Gloria y servidumbre de Internet

usuarios_esclavos_internet_07.jpgLa gran fuerza de atracción de Internet, y en particular de las imágenes (fotografías y vídeos) que ofrece la red, junto con un relativo anonimato de acceso, reclama una cierta prudencia que actúe como protección de la propia libertad. El dominio de sí es especialmente necesario en el mundo digital. Es un hecho comprobado que la red informática, que en sí es una herramienta magnífica, crea fácilmente adicción y, como las drogas, provoca dependencias psíquicas. En este caso, puede llegar a absorber al usuario de manera vertiginosa, y en cierto modo a hundirlo, aunque inadvertidamente: las personas se hacen prisioneras y desgraciadas al mismo tiempo. Más allá del prudente empleo de filtros y de determinadas medidas relativas a los lugares y los momentos elegidos para consultar Internet, es obvio que lo esencial en este ámbito es la «estructura» interior que hace al hombre maestro de sí mismo y la disposición que depende de una identidad personal bien afirmada. La actitud interior y las ayudas exteriores permiten estar prevenido y ser disciplinado, prudente y celoso de la propia salud psicológica y espiritual. Lo sensato es navegar en Internet con una meta concreta, en el ámbito del propio trabajo o de otro horizonte honrado: evitar la navegación sin rumbo, al capricho del viento, dispuestos a visitar cualquier «isla del tesoro» que se nos pueda presentar.
Internet, que da felizmente una voz a quienes no tienen medios, es también un ámbito de crecimiento en la templanza. Seguir leyendo “Gloria y servidumbre de Internet”

Mirar con mirada limpia, noble y respetuosa, una mirada que no se apropia de lo que pertenece al otro y, en última instancia, a Dios

mirada-limpia2La vista es un don que permite admirar la belleza de la creación y de las obras humanas, pero la ventana de los ojos debe ser objeto de vigilancia. Evitar las ocasiones de pecar, huir de ellas si se presentan, es la actitud fundamental de lo que suele denominarse guardar la vista. Con evidente realismo, el Antiguo Testamento aconseja a los hombres: «No andes curioseando por las calles de la ciudad, ni vagabundees por sus lugares solitarios. Aparta tus ojos de una mujer hermosa, y no mires la belleza que no es tuya. Muchos se perdieron por la belleza de una mujer, de ella brota un amor que quema como fuego» (Si 9, 7-8). Cristo enseña que la mirada impura provoca el adulterio del corazón: «Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo» (Mt 5, 28-29). La vista enturbia con gran facilidad al alma, aunque no sea siempre de inmediato. ¿No afirma Pascal que la causa del amor es un «no sé qué» y que sus efectos son aterradores? Y para ilustrar su afirmación, añade: «Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, hubiera cambiado toda la faz de la tierra».

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«… ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen»

Frases-Para-Hacer-Reir-A-Una-Mujer.jpgCuando el profeta Jeremías se lamenta de la decadencia moral, no solo de los judíos sino de todos los pueblos, nos da una imagen que quedará como la personificación de la muerte como guadaña: «Pues la muerte ha subido por nuestras ventanas, ha entrado en nuestros palacios, para aniquilar a los niños en la calle, a los jóvenes en las plazas» (9, 20). Cesáreo de Arlés, comentando este pasaje a propósito de la pureza, dice que los ojos y los oídos son las ventanas del alma. Imágenes y palabras afectan indudablemente a nuestro espíritu y a nuestra conducta.

¡Las palabras! Huir de la ocasión de pecado es cortar radicalmente las conversaciones inconvenientes. Seguir leyendo “«… ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen»”

El control de la vista, del oído y del tacto, garantiza la propia libertad de decisión

sentidos control.jpgEl desarrollo de los sentidos forma parte del crecimiento humano: aprender a observar a una hormiga que transporta una miga de pan más grande que ella; contemplar una puesta de sol sobre el mar; aspirar el perfume de una rosa o el olor de un caramelo; saborear un trozo de chocolate; asombrarse ante el sabor de una aceituna; escuchar una voz agradable, el viento que pone en movimiento las hojas de los árboles, el sonido de las campanas, una sonata de Chopin, el ruido del agua que discurre sobre los guijarros; tocar la seda, el terciopelo, una piedra lisa; estrechar a un hijo entre los brazos… Los sentidos están hechos para vivir, para amar, para maravillarse ante la bondad de Dios. Algo distinto es la concupiscencia, la esclavitud de la sensualidad.
El control de la vista, del oído y del tacto, garantiza la propia libertad de decisión sin dejarse dominar por un deseo irresistible. Seguir leyendo “El control de la vista, del oído y del tacto, garantiza la propia libertad de decisión”

Huir de las ocasiones peligrosas

huir.jpgEl valor consiste en mirar la realidad de frente y sin miedo, tal como es, no como querríamos que fuera. Un aspecto esencial en la lucha por la pureza es el conocimiento de las propias limitaciones, de la debilidad de la carne y de la fuerza de los instintos. El sentido común aconseja evitar, en la medida de lo posible, las ocasiones (lugares, personas, situaciones) propicias a las tentaciones, del mismo modo que se evita caminar al borde de un precipicio. Según los médicos, las personas sujetas a síncopes vagales –es decir a perder fácilmente el conocimiento, porque son impresionables o por una baja tensión arterial–, saben que en cuanto notan los síntomas de un desvanecimiento, tienen que huir de la causa sin tratar de enfrentarse a ella, pues difícilmente podrán vencer a su naturaleza. Lo mismo sucede en el terreno de la pureza: es mejor huir de las ocasiones que afrontarlas. La debilidad se hace fortaleza huyendo de la tentación, decía san Josemaría.
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El que está solo, está en mala compañía

triste.jpg¡Qué liberación interior cuando se presta una atención ponderada al juicio ajeno sobre uno mismo! Semejante actitud es más fácil cuando no se está solo, cuando uno se deja acompañar en el camino de la vida cristiana, y expresa con sinceridad y deseos de ser ayudado las dificultades encontradas en el ámbito de la castidad. Cuando se intenta ser sincero con Dios y consigo mismo gracias a la dirección espiritual, se reconocen claramente los afectos que no provienen de Dios. No se trata ya de asuntos profesionales o familiares que son de estricta incumbencia del interesado, sino de la vida de relación con Dios; cada persona posee el libre albedrío y necesita la ayuda de su semejante: el que está solo, está en mala compañía. El acompañamiento espiritual facilita seguir los consejos recibidos, especialmente cuando conllevan un corte radical, y en seco, de contactos con personas cuya influencia no hace feliz ni acerca a Dios, acudiendo a medios ordinarios o, a veces, extraordinarios, hasta llegar incluso –si fuera necesario para el alma– al alejamiento geográfico.
La infidelidad no se produce repentinamente: en primer lugar, el amor se enmohece debido a una serie de pequeñas imprudencias consentidas tácitamente o a dejar de preocuparse por el cónyuge. Por desgracia, personas que se separan después de unos años de matrimonio, reconocen con demasiada frecuencia que en el origen de la ruptura ha habido un encadenamiento de pequeños descuidos que degradaron poco a poco su relación; a continuación, con la facilidad con que uno toma una pastilla de aspirina, viene el divorcio. ¿En qué terrenos es fundamental estar atento a esas insignificancias? La vigilancia lleva a huir de las ocasiones en las que sería difícil evitar el pecado… (G. Derville en “Amor y desamor”)

Ni angelismos ni sensualismos

solomon_kane10.jpgA comienzos del siglo III, Tertuliano ponía en guardia a las mujeres de Cartago contra su excesiva coquetería, pero sus opiniones carecían de equilibrio cuando escribía: «La castidad perfecta, es decir cristiana, busca no solo no ser deseada, sino más aún, repeler». Entonces, la mujer ¿no debe ser atractiva para su marido? Tertuliano llama a la mujer, alternativamente, «puerta del diablo» y «templo de Dios». Esta dicotomía perduró a lo largo de los siglos. En el siglo XIX el poeta francés Albert Samain, popular en su tiempo, reconoce que «la mujer, tal como la hemos hecho, es a la vez esclava y ángel, sin término medio». Es una alternativa que falsea la realidad. Entre un angelismo desencarnado y un sensualismo empobrecedor, existe la persona humana. Seguir leyendo “Ni angelismos ni sensualismos”