Aunque la carne se vista de seda, carne se queda…

mirada turbia.jpgEl arte y su falsificación

Hay una pureza de la mirada que depende en primer lugar de la intención, pero que también está relacionada con lo que se ofrece a la vista. El auténtico arte, por la correspondencia de la belleza con la bondad, no ofende a la mirada y lleva a Dios. Entonces, la obra eleva al artista y le hace mejor. Existe una «desnudez casta» cuando el genio del artista sabe representar la nobleza del alma y del cuerpo. Es algo parecido a un buen vaso de vino: resulta excelente para todos, salvo para quien padece de alcoholismo. En definitiva, casi todo depende de la pureza de la mirada. «Omnia munda mundis»: «Todo es puro para los puros; en cambio, para los contaminados e incrédulos no existe nada puro», escribe san Pablo a Tito (Tt 1, 15).En este sentido, san Josemaría explicaba a una pintora: «Yo no tengo inconveniente en decirte que el desnudo clásico me gusta, y me lleva a Dios. En el Capitolio, en Roma, hay una Venus: la Venus Capitolina. No la ha recogido Satanás, la recogieron los Papas, y ahora está en ese museo, sola, en una sala –yo la he visto hace unos años– y sin ningún vestido». Y terminaba: «La miré en su desnudez casta, y bendije a Dios. Ningún mal pensamiento, ningún mal deseo». Al contrario la impureza puede ocultarse «con pretextos de arte, de ciencia…, ¡de caridad!», pero «aunque la carne se vista de seda, carne se queda…». Al mismo tiempo, que nadie se atreva a considerarse «puro» aquí abajo: «El que piensa estar en pie, que tenga cuidado de no caer» (1 Cor 10, 12), y como dice el Apocalipsis, «el santo, que se santifique más todavía» (22, 11).

El cine

La distinción entre ver y mirar, entre el arte y su falsificación, no es indiferente. El cine es un espectáculo que exige una disciplina particular. En realidad, una película, exige ser «mirada» más que vista. Y como los ojos son la ventana del alma, y todo lo que entra por la vista puede provocar emociones intensas, es necesario seleccionar con atención lo que se va a ver al cine o en la televisión. Actualmente, son numerosos los países en los que las producciones cinematográficas presentan con frecuencia, casi por descontado, escenas inmorales o escabrosas. La coherencia personal pide abstenerse de esas representaciones, aunque ellas mismas se califiquen de artísticas.
Si no se trata más que de algunos episodios de un film que se va a ver en casa, lo deseable, en general, es saltar aquellas escenas que apelan a los instintos más bajos, que no suelen aportar nada a la narración. Es lo que hacen algunas compañías aéreas con las películas que se proyectan durante los vuelos: se ofrecen versiones que respeten las normativas internacionales sobre películas que pueden ser ofrecidas a todos los públicos.

En las conversaciones entre amigos, en familia, o con las personas con las que nos reunimos (Mauriac decía que merecemos encontrarnos con las personas con las cuales nos encontramos de hecho…), un cristiano coherente puede explicar lo que vive. Sería una lástima carecer de ese mínimo sentido de la dignidad personal que lleva a no permitir que nos impongan unos espectáculos que hieren el carácter sagrado del amor y de sus manifestaciones. El cristiano tiene derecho a elegir lo que respeta su dignidad y su libertad interior; con el tiempo, los productores y los actores quizá sean conscientes de su responsabilidad en este campo.
Para distinguir lo bueno de lo malo –porque en el fondo se trata de eso– es indispensable la formación de la conciencia. La dirección espiritual es de gran importancia, porque permite aclarar las ideas personales y encontrar la paz interior, y con ese sosiego, la esperanza. (G. Derville, Amor y desamor).

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8 comentarios en “Aunque la carne se vista de seda, carne se queda…

  1. El objeto de la templanza como virtud especial, ES DE LO QUE VOY A HABLAR, consiste en moderar las pasiones del apetito concupiscible, es decir, el amor y el deseo del bien sensible ausente y el placer gozoso del bien poseído, y sólo indirectamente la tristeza que produce la ausencia de ese placer.

    Más concretamente, la templanza modera el deseo y goce de lo que atrae al hombre con más fuerza y, por tanto, de lo más difícil y costoso de moderar . Tal es el caso de los deseos y placeres producidos por la satisfacción de los dos apetitos naturales más fuertes que el hombre posee: el apetito de comer y beber, y el apetito sexual, dirigidos a la conservación de la naturaleza, y que se refieren principalmente al sentido del tacto. La templanza modera e integra dichos apetitos a la luz de la recta razón.

    La templanza no aparta de los placeres sin más, sino de aquellos placeres que se oponen a la razón y, por ello, a la auténtica inclinación natural del hombre y a su perfección como persona. La templanza no se opone a la verdadera inclinación humana, que incluye los placeres acordes a la razón. Si acaso, se opone a la inclinación bestial, no sujeta a la razón , que es, por tanto, inhumana.

    Además la templanza no ejerce su moderación impidiendo las operaciones propias del apetito concupiscible, ni siquiera las pasiones, sino dominándolas para que se ajusten al mediodeterminado por la razón . En palabras del propio Santo Tomás, «no es propio de la virtud hacer que las facultades sometidas a la razón cesen en sus propios actos, sino que sigan el imperio de la razón ejerciendo sus propios actos. Por lo que, así como la virtud ordena a los miembros del cuerpo ejecutar los actos exteriores debidos, también ordena al apetito sensitivo tener sus propios actos ordenados».

    Los vicios que se oponen a la templanza son la intemperancia (por exceso) y la insensibilidad (por defecto). El intemperante deja que sus pasiones desordenadas ofusquen su razón. El insensible considera equivocadamente todo placer como algo pecaminoso. Ambas actitudes son contrarias a la naturaleza humana.

    Las partes integrales de la templanza, es decir, las condiciones de esta virtud, son dos: la vergüenza, «que nos hace huir de la torpeza que implica el acto de la intemperancia» , y la honestidad, que inclina a amar la belleza intrínseca de los actos virtuosos de la templanza. La vergüenza, como temor a un acto torpe, no es propiamente una virtud, sino «una pasión digna de alabanza» que ayuda a evitar los actos contrarios a la templanza y a crecer en ella. Con la vergüenza se relaciona el pudor. En un sentido reducido del término, el pudor es la vergüenza que lleva a ocultar ante la mirada ajena los actos venéreos y sus signos externos, incluso cuando son ordenados por la razón y, por tanto, virtuosos. Se trata de un cierto sentido natural de decencia por el que la persona no quiere exponerse a la mirada ajena cuando se entrega a otra persona, en un contexto de amor e intimidad. No se trata de ocultar algo (el propio cuerpo, la sexualidad, las manifestaciones de afecto, etc.) por considerar que es negativo. Lo que pretende el pudor es no generar una intencionalidad en otros o en uno mismo contraria al valor de la persona .

    En un sentido más amplio, el pudor guarda la propia intimidad no sólo corporal sino también espiritual y la reserva para quien corresponde. La honestidad es propiamente una pasión: el amor a la belleza moral que supone obrar de modo templado. «La belleza, en efecto, puede encontrarse en sentido analógico en los asuntos morales, es decir en las acciones humanas. Una acción humana es bella cuando manifiesta el resplandor de lo inteligible en lo sensible, o sea el orden de la razón en los impulsos pasionales. Si estos impulsos pasionales se sustraen al dominio de la razón, no son humanos, sino bestiales e infrahumanos, y eso es lo que constituye la torpeza o fealdad moral. En cambio, si resplandece en ellos la moderación y el orden de la razón, la conducta humana es entonces decente, decorosa, moralmente bella, digna de honor. Y el amor de esa belleza moral es lo que constituye la honestidad».
    (Basado en un artículo de Almudi)

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