Mirar con mirada limpia, noble y respetuosa, una mirada que no se apropia de lo que pertenece al otro y, en última instancia, a Dios

mirada-limpia2La vista es un don que permite admirar la belleza de la creación y de las obras humanas, pero la ventana de los ojos debe ser objeto de vigilancia. Evitar las ocasiones de pecar, huir de ellas si se presentan, es la actitud fundamental de lo que suele denominarse guardar la vista. Con evidente realismo, el Antiguo Testamento aconseja a los hombres: «No andes curioseando por las calles de la ciudad, ni vagabundees por sus lugares solitarios. Aparta tus ojos de una mujer hermosa, y no mires la belleza que no es tuya. Muchos se perdieron por la belleza de una mujer, de ella brota un amor que quema como fuego» (Si 9, 7-8). Cristo enseña que la mirada impura provoca el adulterio del corazón: «Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo» (Mt 5, 28-29). La vista enturbia con gran facilidad al alma, aunque no sea siempre de inmediato. ¿No afirma Pascal que la causa del amor es un «no sé qué» y que sus efectos son aterradores? Y para ilustrar su afirmación, añade: «Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, hubiera cambiado toda la faz de la tierra».

La mirada es tan característica del alma y de las íntimas disposiciones de las personas, que aparece mencionada con frecuencia en la Escritura, especialmente referida a Cristo: ¿no mostró un corazón lleno de amor por aquel joven deseoso de observar los mandamientos? ¿No convirtió a Pedro después de la traición? El cardenal Ratzinger, comentando que, según el Génesis, Dios vio que la creación del hombre era muy buena, nos daba una bella definición del cristianismo como «la memoria de esa mirada amorosa de Dios sobre el hombre, en la que están guardadas la plenitud de su verdad y la garantía última de su dignidad». La progresiva identificación con Cristo enseña al bautizado a dirigir sobre las cosas y las personas una mirada que sea la mirada de Dios.

El ser humano no puede quedar reducido al cuerpo, y menos aún a una dimensión cualquiera de él: esta cosificación lleva a la deshumanización. Es preciso mirar con mirada limpia, noble y respetuosa, una mirada que no se apropia de lo que pertenece al otro y, en última instancia, a Dios. La mirada debe saber apartarse de lo que provoca pensamientos impuros, y eventualmente, conmociones orgánicas o corporales cuando son impropias. La educación de la mirada consiste en distinguir, como enseñó san Josemaría, el ver del mirar. Ver es un fenómeno fisiológico indiferente; mirar consiste en aplicar la voluntad para examinar los detalles y sopesarlos. Yo tuve la suerte de asistir en Roma a una tertulia con el fundador del Opus Dei el 30 de marzo de 1974. En un momento dado nos hizo la siguiente confidencia: «Sé que, si descuido la guarda de los sentidos, si miro en lugar de ver, con mis setenta y tantos años, ¡qué catástrofe! Iría al suelo como un chico de catorce años, y dejaría de trabajar, y sería un triste desgraciado». Una confesión singular que acorta las distancias entre edades, más allá de los cambios evidentes que el tiempo opera inexorablemente en los ámbitos físicos y psicológicos.

El «ethos» de la visión

Tratando sobre la actividad artística, san Juan Pablo II afirmaba que la mirada del hombre no es indiferente cuando observa «un cuerpo objetivado», al mismo tiempo que, como hombre y cuerpo vivo, está profundamente unido al significado del modelo que contempla. «Este mirar, por su naturaleza “estético”, no puede, en la conciencia subjetiva del hombre, estar totalmente aislado de aquel “mirar” del que habla Cristo en el sermón de la montaña, poniendo en guardia contra la concupiscencia». San Juan Pablo II bautiza como «ethos de la visión» la moralidad de la mirada, paralela a un «ethos de la imagen». Saber mirar es dejar caer la mirada de acuerdo con la dignidad de la persona humana, creada para sí misma, y jamás degradable a un mero objeto. En resumen, en la creación artística, el espectador debe reconocer la verdad sobre el hombre y sobre el sentido del cuerpo humano. Después, depende del artista la decisión «de esforzarse por acercarse a esa verdad, o de permanecer solo como un “consumidor” superficial de las impresiones [que la obra suscita], es decir, como uno que solo aprovecha el encuentro con el anónimo tema-cuerpo al nivel de la sensualidad, la cual, de por sí, se relaciona con su objeto precisamente “sin posibilidad de elección». (G. Derville en Amor y desamor)

(G. Derville en Amor y desamor)

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7 comentarios en “Mirar con mirada limpia, noble y respetuosa, una mirada que no se apropia de lo que pertenece al otro y, en última instancia, a Dios

  1. Hola. ..Aunque está entrada está muy trillada La parte que entiendo(claro).
    Igual cuando andamos por la calle,nos Tememos que concentrar más en mirar a la cara de las. personas,que al”culo”.Así aprenderemos a ver la belleza de los ojos y de la cara y no tanto guardaremos en nuestro cerebro el resto del cuerpo..Hoy me he acordado de esas personas mayores,que se paran en las obras de construcción ,las miran las comentan ven como avanzan ,Se colocan las vigas los cimientos etc.Nosotros a veces vamos así por la calle analizando observando los gestos los movimientos ,las posturas,Sobre todo si son chicas/os.Somos unos constructores de personas ,porque lo que retenemos en la mente poco tiene que ver con lo que vemos son imágenes adaptadas a nuestro deseo y que saldrán a nuestra imaginación cuando nos convenga…adiós

  2. Qué difícil es mirar un pastel o un dulce sin desearlo. Y qué difícil es no traspasar el umbral entre la belleza que se muestra ante nosotros y el deseo de tenerla. El pensamiento vuela veloz, raúdo entre los infinitos caminos de las neuronas, mientras que los demonios alientan nuestra caída en la telaraña del deseo. Sin embargo, me comentaba un buen sacerdote: los pensamientos son como las gaseosas, simplemente abre la botella y “pisssssshh”, déjalos marchar.
    Así que procuro acordarme de la gaseosa, cuando presionan con fuerza.
    Quizá a alguien le sirva este símil. A mi me resulta gracioso y suele ser eficaz. Aunque lo que más ayuda es acudir con frecuencia s confensarse. Creo que es la clave para educar el comportamiento y dónde más se aprende.
    Buen fin de semana.

    1. Pero sin lucha por guardar la imaginación. La vista y hasta por controlar él deseo al final la confesión puede ser una escusa ” hago lo que me da la gana y luego me confieso”. ,no puede acabar siendo algo rutinario ,un hago lo que quiero luego me confieso…..Igual es que yo me complico mucho pero ¿la confesión no implica mucho más. Que al final lo reducinos a muy poca cosa a decir cuatro pecados en el confesionario. Sabiendo que mos guardamos el fondo.

      1. Tienes mucha razón la confesión es algo muy serio. Allí se recibe fuerza y recomendaciones para enfrentarnos al día a día. No se trata de una rutina y algo banal. Al revés, dada su importancia, los Santos y muchos sacerdotes recomiendan asistir con frecuencia. Yo estoy de acuerdo con ellos, pues, en mi opinión hace un gran bien y otorga fortaleza y normas de conducta. A parte de lo que significa arrodillarse antes Dios para reconocer que bajo la cruz y el sufrimiento de Jesucristo están cada uno de nuestros pecados.
        Saludos y buena semana.

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