El amor no se identifica tanto con el afecto como con la donación

donacion2.jpgFilósofos y teólogos han subrayado la importancia del bien global de la persona como orientación de una «ética de las virtudes» o «ética de la primera persona». No se trata de adherirse a una moral de la opción fundamental, que ignoraría los criterios objetivos de la naturaleza moral de un acto, sino más bien de ampliar las perspectivas por elevación. La opción moral no se encierra en un acto concreto, sino que se inscribe en un estilo de vida: ¿cuál es el verdadero bien de mi vida? Desde esta perspectiva, las inclinaciones o tendencias, que Rodríguez Luño llama «deseos espontáneos», que preceden a las elecciones deliberadas, manifiestan nuestras necesidades en relación con el mundo: conservación, seguridad, deseo de ser apreciado, necesidad de amar, sed de armonía, aspiración a lo trascendente, búsqueda del sentido de la vida… En un segundo nivel se sitúa la percepción de los bienes relacionados con esas tendencias, y entonces interviene la reacción afectiva (sentimientos, emociones, pasiones): alegría, temor, vergüenza… «El sentimiento anticipa y prepara la evaluación ética, sugiere una toma de posición y nuestro modo de actuar». A continuación, viene el acto en el que intervienen la inteligencia y la voluntad, en el marco de la libertad; y, finalmente, la adquisición de virtudes o de vicios, que actúan sobre los deseos.De ahí, la importancia de la educación de las tendencias y de los sentimientos. Es preciso integrar los deseos en la perspectiva del bien global de la persona. Eso supone limitar la satisfacción de las tendencias gracias a una educación de la afectividad, y no por la vía de una negación u opresión. En este sentido, «la ética enseña en primer lugar no lo que hay que hacer u omitir, sino lo que es justo desear, qué género de vida es deseable para el hombre».
La experiencia afectiva implica al mismo tiempo a la conciencia del hombre y a su comportamiento. Tiene su raíz en la tendencia hacia el amor a sí mismo, al amor a los demás y al amor a Dios. Esta tendencia, inscrita en la realidad ontológica personal, se traduce en emociones y en sentimientos, y eventualmente, según las indicaciones de la voluntad, en actos. Cuando la afectividad está bien orientada, conforme con la verdad personal, favorece el don de sí y su continuidad. Como se ha mostrado acertadamente, «el amor no se identifica con el afecto que puede acompañarlo (enamoramiento, gozo, fruición, alegría), sino con la donación»; así, «no solo amando al otro se alcanza la propia perfección, pues la donación al otro forma parte del fin personal, sino que con la aceptación del don por parte del otro se va más allá de la perfección personal individual, pues amante y amado participan de una perfección que los trasciende: el don mutuo».
Karol Wojtyla ha reflexionado sobre esa autenticidad del amor como elección, y por lo tanto sobre la fidelidad: «Mientras que el amor puramente afectivo se caracteriza por una idealización de su objeto […], el amor concentrado sobre el valor de la persona hace que la amemos tal como es verdaderamente: no amamos una idea que nos hacemos de la persona, sino que queremos al ser real. Lo amamos con sus virtudes y sus defectos y, hasta un cierto punto, independientemente de sus virtudes y a pesar de sus defectos. La medida de semejante amor aparece más claramente en el momento en que su objeto comete una falta, cuando sus flaquezas, incluso sus pecados, son innegables. El hombre que ama verdaderamente no solo no le niega entonces su amor, sino que, al contrario, ama todavía más, sin dejar de tener conciencia de sus defectos y de sus faltas, y sin tampoco aprobarlas. Porque la persona misma no pierde nunca su valor esencial de persona» (K. Wojtyla, Amor y responsabilidad, p. 147). Fuente: Gillaume. Derville en “Amor y desamor”

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4 comentarios en “El amor no se identifica tanto con el afecto como con la donación

  1. Hay una realidad que ni el voluntarista ni el superficial acabarán por aceptar y es que todas las virtudes, como mueven al amor, conllevan también sufrimiento por amor que no es sólo sacrificio o esfuerzo, sino renuncia gustosa a cosas lícitas o buenas en sí mismas pero que no favorecen la propia entrega. En el fondo de las personas voluntaristas y superficiales –y repito que todos tenemos algo de esto, por eso es bueno ser concientes de ello– hay un temor muy claro: el miedo a sufrir por amor. Y es que somos más capaces de sufrir por un bien personal, que sufrir por otra persona. He aquí una paradoja que considero de importancia capital y es que la felicidad no se alcanza cuando hay serenidad en la conciencia, ni cuando se ha logrado el auto-control de las tendencias naturales del propio cuerpo y de los afectos. La felicidad no es seguridad de nosotros mismos, de cómo nos expresamos y de lo que valemos, sino muy por el contrario, es consecuencia de haber entregado todo lo que valemos a un ser amado, y por eso esperamos recibir todo de él. Ser feliz implica, por tanto, un poco de sufrimiento por amor, que es incertidumbre, expectativa, respuesta y correspondencia. Es, por ello, una maravillosa escuela de esperanza, pues una persona enamorada nunca se siente satisfecha, siempre quiere más, siempre espera. ¡Qué importante es que el don de sí en el amor esté a la altura de nuestra capacidad de esperar! Que nuestro amor y nuestros amigos sean personas virtuosas, capaces de corresponder al don del amor que les damos. La mayor felicidad se alcanza cuando se tiene esperanza segura de plenitud de amor, y sólo por esa promesa es que somos capaces de sufrir. En consecuencia, el único motivo de felicidad plena es Dios, y el modo de estar unidos a Dios no son sólo las virtudes y los esfuerzos que hagamos, sino sobre todo el don de nosotros mismos a los demás.

  2. Hola …buena entrada y bastante ampLía ya que la inteligencia emocional abarca muchos afectos y relaciones. ..pero me voy a quedar con algo sencillo que leí. en surco;(no es textual)dice:No te pido que me quites mis afectos señor,que me sirven para servirte .si no que los acrisoles (purifiques)… Adios

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