Vanidad de vanidades

vanidad.jpgLa prudencia en las relaciones con los demás requiere renunciar a ofrecer una buena imagen de sí mismo a cualquier precio. El sentido del humor es un buen aliado: nos ayuda a tomar cierta distancia respecto a la impresión que se da, y a mantenerse libre y sereno, «cómodo con uno mismo».
Existe una especie de cosificación del varón, cuando se hace provocador y superficial. Hace fácilmente «el pavo» en presencia de la mujer, que a su vez puede caer en la obsesión de su propia imagen o comportarse de un modo gravemente irresponsable ignorando, o fingiendo ignorar, la reacción de la sensibilidad masculina ante determinados comportamientos. Por supuesto, que una mujer resulte atractiva en su juventud, es algo natural; también es positivo que procure presentarse bien cuando tiene más edad. El cuidado de sí y de su belleza es expresión de la dignidad femenina, propia de una persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.
Pero el cuidado personal nada tiene que ver con la falta de modestia femenina, especialmente penosa cuando la mujer se comporta con frivolidad, tratando de seducir más o menos conscientemente. En esos casos engaña al varón, que es pasivo, estimulando en él una atracción por algo que es falso, pues ella no tiene interés por la persona del varón, sino que desea llevar a cabo una conquista efímera y superficial, que puede acabar en la destrucción de un matrimonio. En estos casos, la mujer vive desfasada en relación con su identidad y se aplica a un juego que se volverá contra ella, pues la impresión que causa en el otro ha falseado las relaciones interpersonales; la imagen y la realidad están disociadas. Se produce una brecha entre el ser y el modo de comportarse, que no será posible mantener durante mucho tiempo.
Cuando el Señor habla de las prostitutas que nos precederán en el Reino de los Cielos, evidentemente no está elogiando su condición –al contrario, invita a no pecar más a la mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio (cf. Jn 8, 11)–, sino que explica acto seguido que han creído en Él, que se han convertido o al menos han dado pruebas de arrepentimiento (cf. Mt 21, 30-32). Pues bien, ¿tiene conciencia de su identidad la mujer que se viste y se comporta de una manera provocadora o equívoca? Se ha transformado, quizá insensiblemente, en objeto de deseo, en una especie de mercancía que se ofrece a cualquiera. Al mostrar exageradamente el cuerpo, la persona se hace materia y oculta la grandeza de la humanidad inteligente y espiritual, prostituye el don de sí y la aceptación de ese don: en realidad, lo que se ha echado a perder es la libertad misma de amar y ser amado. La mujer destruye lo que hay en ella de fundamental y superior: su espíritu y su incomparable generosidad. (G. Derville, en Amor y desamor)

Anuncios

14 comentarios en “Vanidad de vanidades

  1. Hace unos días, un chico joven, tras unas clases de deporte (practicamos Aikido: el arte marcial cristiano,…, aunque de esto ya os contaría otro día), me contaba que le gustaba la madre de un buen amigo suyo. Yo quedé muy sorprendido ante tal afirmación y la intensidad de la misma. Conozco a la madre de su amigo: una gran persona y mujer, a la que la vida ha tratado con dureza, pero que ha trabajado mucho para salir adelante. Y entre otras cosas, una mujer atractiva. No obstante, el problema de este chico era, que cuando iba a buscar a su amigo para salir a dar un paseo, la madre se encontraba generalmente en su domicilio, vistiendo ropa cómoda. La cuestión es que, en la actualidad, esa ropa cómoda son mallas ajustadas, camisetas sintéticas y elásticas muy ajustadas al cuerpo, etc., etc. De este modo, este chico, en plena efervescencia hormonal, de crecimiento y de desorientación, estaba sufriendo el impacto y castigo de las tentaciones y pensamientos inadecuados, con que la moda actual, junto con la aparente normalidad que debemos aceptar ante la voluptuosidad y la marcada insinuación de las cualidades físicas femeninas, nos perturba.
    Estoy seguro, que la madre, en cuestión, no es consciente del torbellino imaginativo que desencadena en este buen amigo de su hijo. Pero finalmente, lo que su inconsciente actitud implica es que todo pueda desembocar en un terremoto de relaciones y destructivas consecuencias, como ya expresaba aquella antigua película y canción de Simon & Garfunkel: Mrs. Robinson.
    Arreglarse y estar bello, limpio y aseado para los demás, no solo es importante, sino que es una muestra de respeto y un signo patente de que los demás nos importan. La suciedad, la apatía, el mal vestir o escasa urbanidad son una ofensa para los que nos rodean. Pero, como siempre, entre lo uno y lo otro, hay un término medio, donde no se dé cabida al narcisismo ni se caiga en la desidia respecto al aseo y presencia diaria.
    Evidentemente no es necesario embutirse en un burka de los pies a la cabeza. Dios nos hizo a su imagen y semejanza y Dios quiere que nos alegremos con la belleza de los unos y los otros, tal como Él disfruta de nuestra forma y presencia. Si imagino a Jesús, José y María, imagino a una familia de su época con ropa apropiada a cada momento; sin ser ostentosos, manteniéndose humildes, pero no sucios ni con aspecto pordiosero. Cuidadosos de su ropaje, vestimenta, remendando María descosidos propios del uso, pero comprando nuevas ropas cuando el desgaste, el tiempo y la prudencia lo aconsejaban.
    No obstante hoy, con esta moda de rápida y superficial, donde hay que ir a una moda impuesta cada tres meses, donde imperan los pantalones ajustados o amplios y caídos, hombres y mujeres muestran calzoncillos, braguitas, cuando menos, y partes más bajas de la honrosa espalda; pectorales o pechos, superhombros o superespaldas, que intentando generar admiración, al menos, a muchos nos generan perturbación e inquietud. Y no es porque quien observa tenga una tara mental o sea un perturbado; simplemente, todos estamos sometidos a las fuerzas y atracciones biológicas, como seres vivos que somos, animales (racionales?), y que radican en nuestros organismos, con el único propósito de mantener la especie sobre el planeta. Constituye, sin embargo, la absoluta carencia de pudor de los que exhiben su naturaleza, como bien dice la Entrada de Hoy, una transformación de la persona en un objeto de deseo o mercancía, por el cual, los que lo perciben son sometidos a la tentación bilógica de mirarlo, admirarlo o poseerlo, sin haberlo pedido, querido o desearlo.
    En fin, un tema muy interesante para reflexionar, tanto para la mujer como para el hombre. Si bien se presta mucho más en ciertas poses y actitudes de algunas féminas, que se dejan llevar por esa única “obligación” o imperiosa necesidad de gustar al macho alfa, también es cierto que el hombre, en las últimas décadas cada vez está más sometido a una valoración externa o a una estima personal basada únicamente en el tamaño de sus biceps, pectorales, abdominales o tableta y las dimensiones de sus órganos sexuales, olvidando de manera demencial, lo importante que es dispone de una buena cabeza.
    Buenos días a todos.

  2. «Vanidad de vanidades, todo es vanidad.» (Ec. 1:2)

    Las palabras de este versículo no fueron escritas por un agnóstico o un filósofo existencialista. Brotaron de quien había ahondado en el sentido de la vida «debajo del sol» con todas sus paradojas y contradicciones. Fruto de sus reflexiones es una cadena de conclusiones deprimentes. Las ha elaborado con gran objetividad a la luz de sus variadas experiencias personales, expuestas en los primeros diez capítulos del libro de Eclesiastés. Y todas esas experiencias conducen a la misma conclusión: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», lo que equivale a «vacuidad», es decir «vacío». Vacío y desilusión es el trabajo con que se afana el hombre (Ec. 1:3). Vacío -o vanidad- la sucesión de generaciones humanas (Ec. 1:4). Carencia de sentido en lo rutinario del vivir cotidiano (Ec. 1:5-7). «Todas las cosas dan fastidio, más de lo que el hombre puede expresar» (Ec. 1:8). Y a partir del versículo 8, el texto de Eclesiastés es una exposición de sucesivas frustraciones: la futilidad de la sabiduría humana (Ec. 1:17), el placer (Ec. 2:1), la abundancia de posesiones materiales (Ec. 2:10).

    Prosigue la exposición de males y frustraciones que acompañan a las experiencias más variadas del ser humano, todo lo cual culmina con la enigmática experiencia de la muerte.

    Ni aun la vida más favorecida por el bienestar está exenta de días oscuros y de duro sufrimiento. Es aleccionador el testimonio del eminente poeta alemán Johan W. Goethe: «Me llaman mimado de la fortuna, y no me quejo del curso de mi vida. Sin embargo, todo ha sido fatiga y dolor. Puedo decir con verdad que en setenta y cinco años no he disfrutado ni cuatro semanas de verdadera satisfacción». No es de extrañar que filósofos existencialistas como Sartre o Camus hayan visto la vida humana envuelta en la más negra oscuridad y que algunos de ellos hayan visto el suicidio como única salida coherente. No es de extrañar que tal visión de falta de sentido de la vida mueva a un número creciente de personas a visitar la consulta de psiquiatras o psicológos.

    Después de casi tres mil años, los problemas de la existencia humana siguen planteándose al hombre de hoy con la misma inquietud, y con idéntica amargura. Si observamos nuestra existencia objetiva y friamente, a la luz de nuestra deficiente sabiduría, nos resultará muy difícil escapar a su conclusión: «Todo es vanidad». Todo vacío y tedio. Todo punzante insatisfacción.

    Pero en el fondo la conclusión del libro es mucho más luminosa de lo que puede parecer a primera vista. A pesar de todas las vanidades, no induce a la desesperación. Más bien aconseja disfrutar con moderación y sensatez de los goces que todavía puede ofrecer la vida. Todo ello bajo la soberanía de Dios y la autoridad de sus leyes. Así se deduce de la conclusión del libro: «El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13).

    Don Miguel de Unamuno gustaba de contraponer la plenitud a la vanidad. Había mucho de verdad en esa contraposición. No todo es vacío y desilusión. Hay algo -Alguien- que con la plenitud de sus dones colma de satisfacción a quienes confían en él y le siguen. Ese Alguien es el Dios que se reveló en su Hijo eterno, Jesucristo. De él declara Cristo mismo: «Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10). Posiblemente estas palabras de Jesús inspiraron al apóstol Juan a escribir: «De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:16).

    A los redimidos por la sangre de Cristo Dios se nos concede como don preciadísimo «toda sabiduría e inteligencia» (Ef. 1:8). Obviamente no se refiere esta sabiduría a la posesión de grandes conocimientos científicos o a capacidad para formular intrincados sistemas filosóficos. La sabiduría, en su sentido bíblico, tiene un carácter moral y espiritual. La verdadera sabiduría es la que se obtiene de la revelación de Dios en Cristo. Hondamente iluminadoras son las palabras de Jesús en una de sus oraciones: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas de los sabios y de los entendidos y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre, y nadie conoce perfectamente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo lo quiera revelar (…). Venid a mí…» (Mt. 11:25-28).

    Es la paz que mostró el Señor Jesucristo en los momentos más próximos a su pasión y muerte. Aquella hora sombría de su vida era propicia al temor y el temblor; pero Jesús, con serenidad insólita, dice a sus discípulos: «la paz os dejo; mi paz os doy» (Jn. 14:27). «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33).

    Es comprensible que los apóstoles predicaran «la paz por medio de Jesucristo» (Hch. 10:36) y que uno de ellos -Pablo- recomendara la oración intensa para obtener sosiego en todo tipo de circunstancias «y la paz de Dios, que sobrepasa a todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7).

    En la vida del creyente, la paz viene íntimamente relacionada con el gozo. Ambas realidades aparecen de forma consecutiva en la descripción del fruto del Espíritu (Gá. 5:22). La paz de Cristo genera gozo y éste, a su vez incrementa la paz. Palabras del Señor Jesús: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn. 15:11). Este ingrediente de la felicidad no podía faltar en la relación Maestro-discípulo, Señor-siervo. En la vida de los seguidores de Cristo no faltan oposición y tribulaciones, pero al final «todo se torna en gozo» (Jn. 16:20).

    En la vida del cristiano no todo acaba en desilusión, en «vanidad» y amarga frustración. Con sabiduría excelente, el escritor sagrado escribe el final de su discurso: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre» (Ec. 12:13).

    A la «vanidad de vanidades» de Eclesiastés contrapone Pablo la culminación de su mensaje: «La creación perdió toda su razón de ser, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso;, pero le quedaba siempre la esperanza de que también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción a la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Ro. 8:20-21,).

    1. “y la paz de Dios, que sobrepasa a todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7)
      Así sea, Rosa. ¡Gracias por tu comentario tan potente y profundo! Me quedo con la frase de San Pablo para meditarla.

  3. Hola el comentario de Joaquín está muy bien .Es verdad que las chicas mos vestimos para gustarnos y gustar .Ahora las chicas también podemos decir lo misno ya que los chicos también usan pantalones ajustados marcando culo y”paquete”(perdón por la palabra) y camisas ajustadas se depilan y muestran pectorales en verano..Hasta se depilan el entrecejo usan pantalones caídos que se les ve los calzoncillos.y se ponen mallas para correr..asique a todos mos gusta provocar y gustar y las chicas también tenemos hormonas y cabeza..A todos alguna vez mos a gustado alguien k no debía. ..adiós

  4. Hola algo gracioso ,por eso de la ropa:
    Hace unas semanas mi amiga se le cayeron salpicaduras de lejía en un pantalón nuevo .Me contó su pena haber si se me ocurría una idea.Le dije que se viniera a tomar el café y se trajera el pantalón. ..Al ver las salpicaduras lo único que se mos ocurrio hacerle un corte en cada mancha …Que contenta con sus pantalones rotos y no es necesario coserlos.eso si de una gripe no se salva.

  5. Hola… he estado dando vueltas ha esta entrada..hemos hablado de la vestimenta de chicos y chicas.Pero me ha faltado un detalle la responsabilidad del que mira es decir si al amigo de Joaquín le gusta la madre de su amigo y sabe lo que provoca.Porque?sigue yendo a la casa de su amigo y no queda en un bar ,o en su casa.Porque hemos condenado la ropa de esa mujer que en su casa está como quiere y hemos pasado por alto la actitud del amigo..No sera, qué es más fácil echar la culpa a la vanidad de las mujeres que a la actitus muestra. No podemos hacer que él mundo se acomode a lo que yo creo ,que vista la gente recatadamente para que yo no peque.No!!,yo., no le puedo echar la culpa de mis pecados a los demás si yo no quiero verlo no miro ,y no lo busco. Caeré igual si pero habré puesto los medios. Las mujeres somos vamidosas, mos lo enseñan desde que existe él mundo el deber que tiene la mujer es estar guapa para el hombre muestras madres y abuelas te dirán cono ellas hacían para pintarse etc. Podemos ir tapadas hasta las orejas siempre habrá un hombre que te desnude con la mirada. ..Asique,!! pensemos de verdad ,creemos que el “mal” está afuera o dentro de uno misno….(vale para ambos hombres y mujeres) ..adiós

    1. Efectivamente Isabel. Nuestras miradas tienen que ser limpias, independientemente de cómo vayan los demás. Y quien evita la ocasión evita el pecado. El cuerpo lo creó y nos lo regaló Dios y debemos estar contentos con él y cuidarlo.
      Por mi parte, ¡vivan las mujeres guapas, bonitas y arregladas! Yo me siento muy feliz cuando mi mujer está guapa (que lo está siempre, je, je) y arreglada. Pero eso no significa que me guste que exhiba ante otros los dones de su naturaleza.
      Se puede ir bien vestido/a y atractivo/a sin ir provocativo/a.
      Y en mi opinión, también en nuestra casa debemos ser prudentes en cómo nos presentamos ante nuestra propia familia y ante nuestras visitas.
      No creo que para mi hija sea agradable estar con su padre casi sesentón en camiseta y calzoncillos,…, je, je. Y también mi mujer y mi hijo merecen que en casa, aunque vista ropa cómoda, no me muestre sucio o desarreglado. El respeto hacia los demás nos induce hacia una urbanidad y presencia que hagan la vida de todos sana y tolerable. La cuestión creo que radica en que no nos gobiernen los aspectos superficiales.
      En realidad, como todas las cosas, la virtud suele estar en el término medio.
      Gracias por tus reflexiones y comentarios, Isabel y un cordial saludo. y claro que hay que vestirse alegre, cómodo y con ánimo de seducir a nuestras parejas. Si se pierde el encanto, la complicidad y el gusto por gustar es fácil que el amor se resienta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s