La ira no siempre es mala

iraAliviará tu conciencia saber que existe una diferencia entre el sentimiento de ira y el pecado de ira. Más de una vez sentirás el enfado o la impaciencia provocados por otros, o te verás tentado a responder con acritud, o te arrastrará el rencor interior hacia alguien. Estos sentimientos no son pecado si evitas que se manifiesten de algún modo en tu conducta exterior y no permites que te lleven al deseo deliberado de que otros sufran un daño: solo podrás controlarlos mediante el dominio de ti mismo y la gracia de Dios.
Hay una diferencia entre el pecado de ira y el intento razonado y enérgico de enmendar a quienes están sujetos a tu autoridad e influencia cuando necesitan ser corregidos. No pecas si estás descontento, pero no deseas herir; si, a pesar de tu desagrado ante una falta, intentas controlarte o buscas castigar el daño de un modo razonable. Aun así, esta ira nace del orgullo, la envidia y los celos.

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La irritabilidad es una debilidad del carácter que nos hace ser antipáticos, bruscos y descorteses

iraLa ira puede ser un pecado venial o mortal. La ira es un pecado mortal si tus sentimientos de descontento derivan en pasión y escapan al control de la razón. El pecado mortal de ira consiste en el deseo deliberado o en la intención de infligir un grave perjuicio a alguien o de verle gravemente dañado. «Todo el que se llena de ira contra su hermano será reo de juicio», dice Jesús. La ira es un pecado venial si la causa una ofensa meramente fortuita, si tu descontento se dirige contra el ofensor antes que contra la ofensa o si te induce a infligir un castigo excesivo. La mayoría de la gente no le desea un daño grave a quien ha provocado su ira: tan solo el suficiente para satisfacer su propio orgullo y su egoísmo.
En nuestro caso, lo que casi todos nos vemos obligados a refrenar y controlar son las pequeñas y menudas manifestaciones de ira. Es probable que tengas tendencia a mostrar impaciencia ante faltas insignificantes de quienes te rodean.
– La irritabilidad es una debilidad de nuestro carácter por la que nos permitimos ser antipáticos, bruscos y descorteses con otros por la sencilla razón de que nos molestan sin pretenderlo, y la manifestamos aun cuando no hayan dicho ni hecho nada que pueda interpretarse como una ofensa. 

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La ira puede destruir la paz de un buen día, herir a quien más quieres o romper una larga amistad

iraLa ira es un sentimiento desordenado de desagrado ante una ofensa real o hipotética que mueve a desear el castigo del ofensor. Tu ira es desordenada cuando la corrección o la pena que aplicas están motivadas por la pasión y la furia. Puede ser, por ejemplo, que dirijas a otro ásperas palabras no con afán de corregirle o ayudarle, sino únicamente para vengarte; o puede que tomes represalias enfadándote con él y guardándole rencor. Tu ira es desordenada cuando los métodos que empleas —insultos, palabras malsonantes, gritos o crueldad— no son rectos, sino pecado, y con capacidad de hacer más mal que bien.
Quizá no suelas dejarte llevar por la ira con los extraños, los conocidos o los amigos, pero sí con tu familia, a quien te unen los lazos más sagrados que hay en esta vida. Pecan los padres cuando corrigen a sus hijos insultándolos, cuando imponen castigos que traspasan los límites razonables, y cuando les gritan tan alto como pueden con intención de atemorizarlos. Cumples con tu deber de corregir justamente a los demás solo si es la razón, y no la pasión, la que te mueve a ello, y si el objetivo de las palabras y los actos que empleas no es herir, sino ayudar a quien corriges.

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La fe

lluviaUna vez todos los aldeanos decidieron orar por lluvia. Se reunieron en la plaza, pero solo un niño llevaba paraguas. Eso es la fe.

No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia

no te desanimesYa terminamos esta serie de entradas. Por eso, pide al Espíritu Santo la gracia que necesitas para superar los pequeños celos y las manifestaciones de vanidad que suelen empañar el brillo de tu caridadLos pecados de envidia, celos y vanagloria nacen de la soberbia y la avaricia, y provienen del amor propio herido o de una exagerada autoestima. Son pasiones que se manifiestan a diario en las relaciones humanas y ejercen una enorme influencia sobre los pensamientos y los deseos del hombre; transforman sus sentimientos y dominan su conducta. Son responsables de muchos pecados contra la caridad y de muchas de las inquietudes que atormentan los corazones. La señal del auténtico cristiano consiste en amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. La avaricia, la envidia y los celos alimentan el odio, no el amor: por eso no tienen cabida en la vida del que sigue a Cristo. En palabras de san Pablo, «no seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente».

Las siguientes sugerencias pueden ayudarte a evitar la avaricia, la envidia y los celos:

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El amor propio desordenado puede amargarte la vida

orgullo

La vanagloria, que es una manifestación de la envidia y los celos y, por lo tanto, un obstáculo para el amor fraterno, consiste en la sobrestima de uno mismo. Es el engreimiento y la valoración exagerada de las propias facultades, de la posición social, del saber o el talento, de las aptitudes y habilidades. El amor propio constituye una inclinación tan fuerte que puede arrastrarte hasta el punto de amargarte la vida y, en consecuencia, hacerte muy desgraciado.
San Pablo la considera un impedimento para el amor fraterno. «La caridad… no hace alarde, no se envanece… no busca su propio interés». El que permite que lo gobierne la vanagloria despierta fácilmente el resentimiento de los demás. El que cae en el error de impresionar a otros con una grandeza hueca se convierte en víctima de la envidia.

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Ser celoso no siempre es malo…

renunciaLos celos no son necesariamente malos, sino perfectamente legítimos cuando se trata de la defensa de tus derechos, la cual, siempre que esté bien dirigida y se mantenga en sus justos límites, puede ser incluso un deber. No es malo ser celoso de nuestros derechos y de nuestra autoridad cuando estos nos corresponden. Tienes obligación de proteger tu libertad de culto y tus derechos como ciudadano de una nación libre, así como el de educar a los jóvenes en los principios de la fe católica. Hay que ser celoso en el cuidado de estos y otros derechos parecidos.

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