Una conducta y una actitud afables ayudan mucho a quienes te tratan

cara sonrienteOtra gran obra de misericordia: la alegría. La alegría presta un inmenso servicio a los demás… y, por lo tanto, se trata de un hábito que podemos y debemos adquirir. Santo Tomás de Aquino sitúa a la alegría bajo el epígrafe general de la virtud cardinal de la justicia, aquella que nos dispone a dar a otros lo que les corresponde por deber o por obligación. Nosotros estamos obligados a ayudar —y no a poner obstáculos— en su camino hacia el cielo a quienes nos rodean en este mundo. Y no solo hemos de ayudar con nuestra limosna a los que padecen necesidad y con nuestro consejo a los que yerran: también debemos prestar ayuda a los que conocemos o tratamos con nuestra amabilidad, nuestra comprensión y nuestras maneras afables.

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Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben

paisaje primavera.jpgSan Pablo aconseja sacrificar pequeños derechos por el bien de los demás. Llega incluso a desear hacerse siervo con el fin de salvar almas para Cristo: Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a cuantos más pueda… Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos.

En tu caso, hacerte siervo implica la privación voluntaria de esos pequeños derechos que te resultan tan placenteros. Quizá signifique permanecer muy atento a las necesidades y deseos de los demás ahorrándoles esfuerzos, aliviando sus cargas, infundiéndoles coraje y nuevas esperanzas, ofreciéndoles aliento con un apretón de manos, o haciéndoles el favor que te piden en el momento más inoportuno. Seguir leyendo “Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben”

Cuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo

Platero-Flores1.JPGCuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo; no hay espacio para la soberbia; ¡no se nos ocurrirán más que ocasiones de servir! (Forja 683)

Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.

Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen. (Es Cristo que pasa, 181-182)

 

No le has maltratado físicamente. Pero le has ignorado tantas veces; le has mirado con indiferencia, como a un extraño.—¿Te parece poco?

indiferenciaNo le has maltratado físicamente… Pero le has ignorado tantas veces; le has mirado con indiferencia, como a un extraño. —¿Te parece poco? Surco, 245.

Una de las grandes deficiencias de la sociedad actual se expresa en la dificultad de perdonar

perdonar, pasar página

Una de las grandes deficiencias de la sociedad actual se expresa en la dificultad de perdonar. Personas singulares y naciones enteras vuelven una vez y otra sobre los agravios recibidos, chapotean en esos recuerdos como en un charco lleno de inmundicia, y no quieren esforzarse por olvidarlos y perdonar. Otra —y muy clara— es la enseñanza de Nuestro Señor, que compendia la historia de la clemencia divina con la humanidad en estas palabras: bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. (Mons. Javier Echevarría, abril 2016)

Es preciso escuchar, pero escuchar con verdadera intención de comprender

Aprende-a-escuchar.jpgPara acertar con cualquier consejo —parece bastante obvio, pero quizá no esté de más decirlo—, hay primero que dedicar atención al problema y hacerse cargo bien de qué le pasa a la persona a quien se lo vamos a dar .

Muchos problemas personales se habrían resuelto —y pueden aún resolverse— con una adecuada actitud de escucha, escuchando con verdadera intención de comprender a la otra persona, y no sólo en el plano intelectual, sino también en el emocional, puesto que no basta con entender lo que piensa, también hay que entender lo que siente. Porque la vida no es sólo lógica, ni sólo emocional, sino las dos cosas .

Es preciso escuchar, pero escuchar con verdadera intención de comprender. De este modo lograremos ese mínimo de confianza que se necesita para que alguien empiece a abrir su intimidad.

Ocurre que cada persona está permanentemente dándose a conocer, irradiando mensajes, comunicando. A través de esos mensajes —la mayoría de ellos no directamente conscientes—, cada persona se gana la confianza o desconfianza de quienes le rodean. Seguir leyendo “Es preciso escuchar, pero escuchar con verdadera intención de comprender”

Un caballero es alguien que nunca inflige dolor a los demás

Paisajes-NaturalesLa cortesía es la amabilidad del corazón manifestada en nuestro trato con los demás; es, simplemente, la manera de ser un caballero o una dama. «Un caballero es alguien que nunca inflige dolor»9, dice el cardenal Newman.
Un caballero se fija en todos los presentes: es atento con el tímido, amable con el distante y misericordioso con el ausente. Evita sacar cualquier tema de conversación molesto o hiriente; a veces resulta aburrido. Quita importancia a los favores que hace. Nunca habla de sí mismo, excepto cuando se ve obligado a ello; nunca se defiende con acalorados argumentos, ni le gustan las difamaciones y los chismes. Procura no atribuir motivos torcidos a quienes disienten de él y, siempre que puede, lo interpreta todo en positivo; y si no puede, se calla.
Un caballero nunca es mezquino ni desagradable cuando discute, no se aprovecha de su superioridad, no tergiversa ni los dichos agudos ni las frases célebres para apoyar sus argumentos; jamás insinúa nada malo que no se atreva a decir abiertamente. Sigue la máxima de comportarse con el enemigo como si algún día fuera a ser amigo suyo.

En la vida de los seres humanos hasta un «gracias» tiene su importancia. Por pequeño e insignificante que sea un favor, merece un reconocimiento, y quien descuida habitualmente este aspecto merece que lo tengan por maleducado y descortés.

Propósito para este Año de la Misericordia: aprender a pensar primero en los demás.

Los pequeños detalles de cortesía son el perfume de la vida. La amabilidad es el arte de agradar, el mejor modo para contribuir en lo posible a la gratuidad y la felicidad de aquellos con quienes te relacionas.

Fuente: “El poder oculto de la amabilidad”