“Tenía un amor a Dios gigantesco, arrollador…”

Dentro de unos días se celebrarán misas por la fiesta de san Josemaría en torno al 265 de junio y me ha parecido muy interesante como el beato Álvaro del Portillo, que convivió con san Josemaría muchos años, cuenta en este vídeo cuál era la virtud más característica de san Josemaría: un amor a Dios gigantesco, arrollador…

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Para decidir justamente debes estar bien dispuesto hacia el otro

desconfianza

Pecas de juicio temerario cuando, sin una razón suficiente, ves algo negativo en el carácter de otro. Un juicio temerario no es lo mismo que la sospecha, esto es, la tendencia que tiene nuestra mente a hacernos creer que probablemente existe en el otro algo moralmente indeseable, aunque aún no nos atrevamos a emitir una opinión concluyente al respecto.
Juzgar temerariamente es un pecado contra la justicia. Todos tenemos derecho a conservar la buena estima de que gozamos mientras no existan obras indiscutiblemente maliciosas que nos priven de ella.  hacia el prójimo, ya que lo condenas sin escucharle ni conocer las razones y motivos que le llevan a obrar. Cuando juzgando temerariamente cometemos una grave injusticia con el prójimo; el pecado es grave si la “materia” que se atribuye es grave y tiene advertencia de su falta.
La caridad y la honradez son cualidades necesarias de todo buen juicio. Pero es altamente improbable que juzguemos rectamente. En la vida los resortes que nos mueven a actuar suelen escapar a nuestro control y permanecen ocultos por nuestra soberbia. El momento en el que alguien te inspira antipatía —es decir, un sentimiento inexplicable de desagrado o rechazo— es el más peligroso para formarte una justa opinión de él, de su carácter o de sus actos. Cualquier juicio que emitas en ese instante será inevitablemente injusto. Para decidir justamente debes estar bien dispuesto hacia el otro. El mal humor, el estado de ánimo y los sentimientos pasajeros influirán en tus juicios. Lo que hoy ves desde determinado ángulo, mañana lo analizarás desde otro, y puede que ambos sean muy diferentes del de ayer. (Autor: L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)

En vez de fijarte en lo malo, acostúmbrate a pensar en lo bueno y foméntalo

piensa bienYa dijimos ayer que la crítica evidencia, con frecuencia, el propio fracaso, porque si no hubiéramos fracasado, muy probablemente no hubiera surgido la crítica sobre aquello o la murmuración contra los superiores. Hoy consideramos la conveniencia de recordar nuestros propios defectos antes de tirar la piedra contra los demás; y del esfuerzo de pensar bien para “acertar sobrenaturalmente”: Seguir leyendo “En vez de fijarte en lo malo, acostúmbrate a pensar en lo bueno y foméntalo”

Una conducta y una actitud afables ayudan mucho a quienes te tratan

cara sonrienteOtra gran obra de misericordia: la alegría. La alegría presta un inmenso servicio a los demás… y, por lo tanto, se trata de un hábito que podemos y debemos adquirir. Santo Tomás de Aquino sitúa a la alegría bajo el epígrafe general de la virtud cardinal de la justicia, aquella que nos dispone a dar a otros lo que les corresponde por deber o por obligación. Nosotros estamos obligados a ayudar —y no a poner obstáculos— en su camino hacia el cielo a quienes nos rodean en este mundo. Y no solo hemos de ayudar con nuestra limosna a los que padecen necesidad y con nuestro consejo a los que yerran: también debemos prestar ayuda a los que conocemos o tratamos con nuestra amabilidad, nuestra comprensión y nuestras maneras afables.

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Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben

paisaje primavera.jpgSan Pablo aconseja sacrificar pequeños derechos por el bien de los demás. Llega incluso a desear hacerse siervo con el fin de salvar almas para Cristo: Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a cuantos más pueda… Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos.

En tu caso, hacerte siervo implica la privación voluntaria de esos pequeños derechos que te resultan tan placenteros. Quizá signifique permanecer muy atento a las necesidades y deseos de los demás ahorrándoles esfuerzos, aliviando sus cargas, infundiéndoles coraje y nuevas esperanzas, ofreciéndoles aliento con un apretón de manos, o haciéndoles el favor que te piden en el momento más inoportuno. Seguir leyendo “Los pequeños detalles de cortesía manifiestan el espíritu de Cristo a quienes los reciben”

Cuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo

Platero-Flores1.JPGCuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo; no hay espacio para la soberbia; ¡no se nos ocurrirán más que ocasiones de servir! (Forja 683)

Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.

Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen. (Es Cristo que pasa, 181-182)

 

No le has maltratado físicamente. Pero le has ignorado tantas veces; le has mirado con indiferencia, como a un extraño.—¿Te parece poco?

indiferenciaNo le has maltratado físicamente… Pero le has ignorado tantas veces; le has mirado con indiferencia, como a un extraño. —¿Te parece poco? Surco, 245.