Formación cristiana

PiedadEl núcleo de la formación: Jesucristo

– Jesús forma a sus discípulos. Después de rezar, Jesucristo eligió a sus apóstoles (cfr. Lc 6, 12-16), y les fue formando poco a poco para su misión. “Jesús comenzó a hacer y enseñar” y continúa Lucas: “hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo”. También después de su Pasión, siguió enseñándoles durante cuarenta días “de lo referente al Reino de Dios” (Hch 1, 1-3). En otras palabras, durante su vida pública, y también después de su resurrección, Jesús preparó a sus discípulos para que pudieran seguir su obra de evangelización. La Iglesia  continúa esta obra de Cristo hasta el fin del mundo.  (Ej. fuego del cielo…; discutian de ser el primero…; lavar los pies, etc… forma sus corazones, sus creencias, su piedad… )

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Reza tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza

tres avemarias de la nocheSan Juan Pablo II pone en evidencia el lazo que une la pureza y la piedad, virtud que nos sitúa en relación con Dios y con los demás, y subraya que «de la pureza brota esa belleza singular que impregna cada esfera de la convivencia recíproca de los hombres y permite expresar la sencillez y la profundidad, la cordialidad y la autenticidad irrepetible de la confianza personal». La piedad, fruto de la inhabitación del Espíritu Santo, daba autenticidad y plenitud de sentimientos a santa María en sus relaciones con los demás. En la Virgen Madre, que es paradigma de la pureza, maternidad y virginidad coinciden. Ruega por nosotros «ahora y en la hora de nuestra muerte». Los que imploran la gracia de la pureza pueden recurrir siempre a su mediación, especialmente en el momento de la tentación: «ahora». En la medida en que es nuestra Madre, nos comprende, y no nos avergüenza decirle lo que nos sucede y lo poco que somos. Siempre es nuestra abogada y, en la medida en que es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Todas las gracias pasan por la mediación de la Santísima Virgen, que es purísima, castísima, sin mancha, siempre virgen, como cantan las letanías del rosario. Por eso, muchos cristianos tienen la costumbre de rezar tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza. También la invocan confiadamente recitando el Acordaos por uno mismo y por los demás. (Fuente: G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

María fue glorificada en su cuerpo

frutoEn la Asunción de María…, en cierto modo, la gracia que inunda su alma se extiende igualmente sobre su cuerpo. Se transforma en gloria, en una íntima unión de la Hija de Dios con Dios su Hijo. Una analogía puede permitirnos vislumbrar este misterio: tenemos la experiencia de la influencia en nuestra salud de los estados de ánimo, debidos por ejemplo a éxitos o fracasos. Es tal la unión del cuerpo y el alma que a veces nos permite, sin pasar indebidamente de un orden a otro, adivinar en un rostro una preocupación, como se puede leer la tristeza, o bien las huellas de una profunda alegría espiritual. Así, el cuerpo de la Virgen María entra en la gloria de Dios, y participa de la divinidad, incluida en la materialidad misma de su carne. Por su unión con Cristo, María se convierte en el canal de todas las gracias para nosotros. Es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia, y nos precede en el misterio de su plenitud de gracia. Imagen de la Iglesia, es la que «recibe dos alas del águila grande para volar al desierto» (Ap 12, 14); las alas simbolizan la protección divina, frecuentemente recordada en los Salmos: «A la sombra de tus alas me refugio» (Sal 57 [56], 2); en este caso, el desierto es la imagen del refugio en el Señor. A comienzos del siglo IV, san Epifanio será el primer Padre de la Iglesia en aplicar el capítulo 12 del Apocalipsis a María. El amor a Dios, escribe san Máximo, «ama siempre poner alas al intelecto» para unirlo a Dios. El Cura de Ars decía por experiencia que «cuando conservamos la inocencia nos sentimos transportados hacia arriba por el amor, como un pájaro por sus alas». (G. Derville, en Amor y desamor. La pureza liberadora)

En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne

caridad y castidad paisajeLa Madre de Jesús no conoció hombre y, sin embargo, concibió a un hijo y, luego, se encargó de su educación. En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne en un misterio que –aun desafiando nuestra inteligencia y nuestra experiencia– no es por eso menos real, pues nada es imposible para Dios. En la Virgen Madre, en su pureza sin mancha y en su fecundidad, se realiza el misterio de la pureza. Ella se convierte así en la medianera de las gracias que todo ser necesita para vivir este misterio.
Desde el momento de la concepción de Jesús en el seno de la Virgen, el Verbo toma la naturaleza humana, y nace la Iglesia. Para san Agustín, «el Esposo es el Verbo, y la Esposa es la carne humana, y ambas cosas son una sola y misma cosa, que es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. El seno de la Virgen María fue como el lecho nupcial donde se hizo cabeza de la Iglesia». Esta unión mística de Cristo y la Iglesia, seg ún santo Tomás, es como un «matrimonio» que tuvo lugar gracias al «consentimiento» de María en nombre de todo el género humano.

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María: la Virgen que es Madre

pheasants-eye-1324890_960_720Seguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. El autor tras hacer una referencia a la idea de María como Virgen y Madre, profundiza ahora un poco más en esta verdad de fe, destacando así el valor fecundo de la virginidad:

La imagen de la flor tiene reminiscencias bíblicas: María desciende de David, hijo de Jesé (cf. Is 11, 1; Rm 15, 12). El secreto que guardó al principio, quizá como toda mujer, y luego como virgen llamada a ser madre en su virginidad, es el anunciado por los profetas: Una virgen («alma») dará a luz un hijo (cf. Is 7, 14): este es el sentido que en la Edad Media daban los rabinos Rashi o Ben Gershon a la palabra «alma» . Jesús fue «el hijo» único que nunca tuvo hermanos según la carne. La exacta comprensión del término evangélico «adefoi»los hermanos– de Jesús exige que sea reubicada en el tiempo y en el espacio [Cf. Mt 13, 55-56; Mc 6, 3]. El griego hablado en Palestina en tiempos de Cristo incluye en la palabra «adelfos» todos los grados de parentesco, próximo o lejano, como en nuestros días en el sur de Francia y otras regiones del mundo la palabra «hermano» se aplica al amigo y al vecino, tanto en boca de los emigrados de África del Norte como en la de los provenzales de origen.

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Todos necesitamos ternura

papa Francisco ternuraEl joven sacerdote de treinta años encuentra en la santa humanidad de Jesús el amor que es fuente de pureza. Basándose en las novedosas enseñanzas de Cristo referidas al cumplimiento perfecto de la ley (Mt 5, 27-30), san Josemaría llega a la conclusión de que únicamente la ternura divina colmará sus deseos. Y pide a Dios la virtud de la castidad como un don.

La liturgia de la Iglesia pone esta petición en boca del que va a proclamar el Evangelio durante la Misa: «Purifica mi corazón». Nadie puede decir que ha guardado puro su corazón (cf. Pr 20, 9). Como muestra el Nuevo Testamento en los primeros tiempos de la Iglesia, todos los hombres están necesitados de esta purificación: los judíos (cf. Hb 10, 22), los paganos (cf. Hch 15, 9) y los judeo-cristianos (cf. St 4, 8).

Todos, menos la Virgen María. Las gracias divinas nos llegan por sus manos y, por tanto, también la castidad. Pídele a ella, sin miedo, que te otorgue un amor que sea fuente de pureza!! (G. Derville, en “Amor y desamor”)

Dios concede la santa pureza cuando se pide con humildad

purezaLa castidad es un don de Dios que hemos de pedir. De hecho, la oración en sí es una apertura del corazón y en ese sentido, es ya un acto de pureza. «Ten piedad de mí, Dios mío, a la sombra de tus alas me refugio» (Sal 57 [56], 2); «a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 17 [16], 8). Dios liberó al pueblo hebreo del yugo egipcio «llevándolo sobre sus alas» (Ex 9, 4), es decir, de un modo extraordinario que sobrepasa las fuerzas humanas. Cristo mismo nos ha enseñado la necesidad y la eficacia de la oración de petición. Pues bien, «Dios concede la santa pureza cuando se pide con humildad». San Josemaría deduce esta afirmación de su experiencia personal, y la recoge en primer lugar en sus Apuntes íntimos: «Lo sé, lo he visto», insiste, citando las duras palabras de Cristo sobre el escándalo, y la necesidad de rechazar violentamente lo que podría inducir a otro a hacer el mal: «Mi pobre corazón está ansioso de ternura. Si oculus tuus scandalizat te… No, no es preciso tirarlo lejos: que no se puede vivir sin corazón. La santa pureza –lo sé, lo he visto– la das tú, Jesús, a quien la pida con humildad. Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!» (san Josemaría). Fuente: G. Derville, en “Amor y desamor”