La castidad forma parte de la vocación humana

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Cada persona tiene una vocación específica que está llamada a descubrir y a construir durante toda su vida. Esta vocación es, al mismo tiempo, una llamada de Dios y una elección libre: se concreta con el tiempo. En parte, depende de nuestra magnanimidad. Hay circunstancias que es preciso saber captar, decisiones impulsivas, el gusto por el riesgo, o al contrario, la tendencia a evitar todo que lo podría complicarnos la existencia, aunque solo fuera un poco. Tejemos nuestro destino como la araña su tela, decía François Mauriac. La vida, de la cual somos en parte responsables, nos enseña quiénes somos y nos va forjando.

La vocación es una luz: abordar la existencia desde esta perspectiva da sentido a todas las situaciones. La vocación es también una fuerza para emprender, una palanca de apoyo. Otorga un motivo a la vida y proporciona gran seguridad: se sabe adónde se va. Esta certeza no tiene precio. (…)

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Las tres virtudes de la alegría auténtica: la esperanza, la fortaleza y la caridad fraterna

alegria y tristeza interaccionHay tres virtudes importantes que nos convierten en personas alegres en el auténtico sentido de la palabra: la esperanza, la fortaleza y la caridad fraterna.

Por eso, cultivar la alegría no quiere decir que no te inspiran compasión las penas de los demás, ni que haya que evitar a la gente que sufre, ni manifestar con tu actitud que no vas a permitir que te incordien con sus desgracias… No hace falta expresar la alegría con sonrisas, carcajadas, bromas ni conversaciones frívolas. La persona alegre, ante una pena puedes adoptar un semblante serio y dar muestras de compasión, sin dejar de manifestar al mismo tiempo su alegría fundada en los sólidos motivos para la esperanza, la fortaleza y la paciencia que Dios concede a quienes les pide que sufran. No se trata de evitar afrontar los hechos que causan su dolor, ni de inventar razones poco realistas para que no se entristezcan los demás, ni de tomarse a la ligera el sufrimiento de los demás.

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Una conducta y una actitud afables ayudan mucho a quienes te tratan

cara sonrienteOtra gran obra de misericordia: la alegría. La alegría presta un inmenso servicio a los demás… y, por lo tanto, se trata de un hábito que podemos y debemos adquirir. Santo Tomás de Aquino sitúa a la alegría bajo el epígrafe general de la virtud cardinal de la justicia, aquella que nos dispone a dar a otros lo que les corresponde por deber o por obligación. Nosotros estamos obligados a ayudar —y no a poner obstáculos— en su camino hacia el cielo a quienes nos rodean en este mundo. Y no solo hemos de ayudar con nuestra limosna a los que padecen necesidad y con nuestro consejo a los que yerran: también debemos prestar ayuda a los que conocemos o tratamos con nuestra amabilidad, nuestra comprensión y nuestras maneras afables.

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Les exhorto…a que ofrezcan sus cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios

caridad y castidad paisajeSeguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. Esta vez el autor se centra en el papel facilitador de la caridad en el desarrollo de la existencia cristiana: con la ayuda de Dios, y siguiendo sus inspiraciones, es posible resistir a la concupiscencia de la carne. Como reconoce un poeta contemporáneo, «nuestro verdadero vínculo con los demás –vínculo de amistad o de amor fundado en una confianza sin falla– no es posible sino en la luz de la transcendencia» (F. Cheng).

Durante un discurso centrado en la vida cristiana según la caridad, san Pablo escribe lo siguiente: «Os exhorto, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual» (Rm 12, 1; espiritual: «logikèn»; «rationabile»). La ofrenda del «cuerpo» indica aquí que es la persona misma la que ha de entregarse a Dios (sin limitarse a los cultos externos). Refiriéndose al auténtico culto espiritual, el apóstol de las gentes introduce una viva invitación a la caridad como amor oblativo. La castidad, sea en el matrimonio o fuera de él, está íntimamente ligada a la caridad. Como dice san Bernardo, «por mucha que sea la hermosura de la castidad, no tiene valor ni mérito alguno sin la caridad […]. La castidad sin la caridad es un candil sin aceite».

Entregarse: es en el don de sí donde la persona se realiza plenamente

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Seguimos con el libro Amor y desamor de G. Derville. El autor, tras describir la vocación originaria del hombre al amor y el sentido de la libertad interior del don de si, pasa ahora a destacar el valor de la castidad como garante del combate que se libra entre la donación del amor y la apropiación de la concupiscencia. La castidad hace posible el don de sí donde la persona se realiza plenamente.

«La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (CCE, 2337). Vivir en un cuerpo no es un hecho accidental para el alma humana. La unidad sustancial del alma y el cuerpo y su equilibrio adecuado, y la realización de la persona como tal, están estrechamente unidos a la castidad. Es preciso poseerse verdaderamente para poder entregarse. La castidad –añade el Catecismo– comporta «la integridad de la persona y la integridad del don», y es tan válida para el matrimonio como para el celibato. San Josemaría lo concretaba así: «Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlo sacrificadamente a otros». Evidentemente, esta afirmación no niega, como lo atestigua su enseñanza, que las personas casadas puedan y deban amar a Dios apasionadamente. Entregarse: es en el don de sí donde la persona se realiza plenamente.
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La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor

Flores de primaveraSeguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. Esta vez el autor se pregunta ¿cómo definir la felicidad humana? Y con Juan Pablo II afirma: «La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor. La felicidad originaria nos habla del “principio” del hombre, que ha surgido del Amor y ha dado comienzo al amor. Y esto ha sucedido de modo irrevocable, no obstante el sucesivo pecado y la muerte. A su tiempo, Cristo será testigo de este amor irreversible del Creador y Padre, que ya se había expresado en el misterio de la creación y en la gracia de la inocencia originaria». Seguir leyendo “La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor”

La persona no puede encontrarse plenamente si no es mediante el don de sí

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Seguimos con el libro de G. Derville, Amor y desamor. Esta vez el autor se centra en la persona humana, como una realidad extraordinariamente compleja en la que intervienen la psicología, la biología, la moral y la espiritualidad. La castidad aparece entonces como la respuesta de toda la persona, cuerpo y alma, inteligencia, voluntad y sentimientos. Se trataría de una respuesta del corazón, entendido como el «lugar de combate entre el amor y la concupiscencia» (san Juan Pablo II ponía de relieve el vínculo original entre pureza y felicidad del hombre; de ahí la importancia de este combate en el marco de la comunión de las personas).

Existe una conexión esencial entre la persona y la diferenciación entre hombre y mujer. Por eso, cuando «el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos», no se trata de algo «puramente biológico», sino que «afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. […] La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona incluso en su dimensión temporal. Si la persona se reservase algo, o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente». Seguir leyendo “La persona no puede encontrarse plenamente si no es mediante el don de sí”