María fue glorificada en su cuerpo

frutoEn la Asunción de María…, en cierto modo, la gracia que inunda su alma se extiende igualmente sobre su cuerpo. Se transforma en gloria, en una íntima unión de la Hija de Dios con Dios su Hijo. Una analogía puede permitirnos vislumbrar este misterio: tenemos la experiencia de la influencia en nuestra salud de los estados de ánimo, debidos por ejemplo a éxitos o fracasos. Es tal la unión del cuerpo y el alma que a veces nos permite, sin pasar indebidamente de un orden a otro, adivinar en un rostro una preocupación, como se puede leer la tristeza, o bien las huellas de una profunda alegría espiritual. Así, el cuerpo de la Virgen María entra en la gloria de Dios, y participa de la divinidad, incluida en la materialidad misma de su carne. Por su unión con Cristo, María se convierte en el canal de todas las gracias para nosotros. Es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia, y nos precede en el misterio de su plenitud de gracia. Imagen de la Iglesia, es la que «recibe dos alas del águila grande para volar al desierto» (Ap 12, 14); las alas simbolizan la protección divina, frecuentemente recordada en los Salmos: «A la sombra de tus alas me refugio» (Sal 57 [56], 2); en este caso, el desierto es la imagen del refugio en el Señor. A comienzos del siglo IV, san Epifanio será el primer Padre de la Iglesia en aplicar el capítulo 12 del Apocalipsis a María. El amor a Dios, escribe san Máximo, «ama siempre poner alas al intelecto» para unirlo a Dios. El Cura de Ars decía por experiencia que «cuando conservamos la inocencia nos sentimos transportados hacia arriba por el amor, como un pájaro por sus alas». (G. Derville, en Amor y desamor. La pureza liberadora)

En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne

caridad y castidad paisajeLa Madre de Jesús no conoció hombre y, sin embargo, concibió a un hijo y, luego, se encargó de su educación. En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne en un misterio que –aun desafiando nuestra inteligencia y nuestra experiencia– no es por eso menos real, pues nada es imposible para Dios. En la Virgen Madre, en su pureza sin mancha y en su fecundidad, se realiza el misterio de la pureza. Ella se convierte así en la medianera de las gracias que todo ser necesita para vivir este misterio.
Desde el momento de la concepción de Jesús en el seno de la Virgen, el Verbo toma la naturaleza humana, y nace la Iglesia. Para san Agustín, «el Esposo es el Verbo, y la Esposa es la carne humana, y ambas cosas son una sola y misma cosa, que es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. El seno de la Virgen María fue como el lecho nupcial donde se hizo cabeza de la Iglesia». Esta unión mística de Cristo y la Iglesia, seg ún santo Tomás, es como un «matrimonio» que tuvo lugar gracias al «consentimiento» de María en nombre de todo el género humano.

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María: la Virgen que es Madre

pheasants-eye-1324890_960_720Seguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. El autor tras hacer una referencia a la idea de María como Virgen y Madre, profundiza ahora un poco más en esta verdad de fe, destacando así el valor fecundo de la virginidad:

La imagen de la flor tiene reminiscencias bíblicas: María desciende de David, hijo de Jesé (cf. Is 11, 1; Rm 15, 12). El secreto que guardó al principio, quizá como toda mujer, y luego como virgen llamada a ser madre en su virginidad, es el anunciado por los profetas: Una virgen («alma») dará a luz un hijo (cf. Is 7, 14): este es el sentido que en la Edad Media daban los rabinos Rashi o Ben Gershon a la palabra «alma» . Jesús fue «el hijo» único que nunca tuvo hermanos según la carne. La exacta comprensión del término evangélico «adefoi»los hermanos– de Jesús exige que sea reubicada en el tiempo y en el espacio [Cf. Mt 13, 55-56; Mc 6, 3]. El griego hablado en Palestina en tiempos de Cristo incluye en la palabra «adelfos» todos los grados de parentesco, próximo o lejano, como en nuestros días en el sur de Francia y otras regiones del mundo la palabra «hermano» se aplica al amigo y al vecino, tanto en boca de los emigrados de África del Norte como en la de los provenzales de origen.

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Todos necesitamos ternura

papa Francisco ternuraEl joven sacerdote de treinta años encuentra en la santa humanidad de Jesús el amor que es fuente de pureza. Basándose en las novedosas enseñanzas de Cristo referidas al cumplimiento perfecto de la ley (Mt 5, 27-30), san Josemaría llega a la conclusión de que únicamente la ternura divina colmará sus deseos. Y pide a Dios la virtud de la castidad como un don.

La liturgia de la Iglesia pone esta petición en boca del que va a proclamar el Evangelio durante la Misa: «Purifica mi corazón». Nadie puede decir que ha guardado puro su corazón (cf. Pr 20, 9). Como muestra el Nuevo Testamento en los primeros tiempos de la Iglesia, todos los hombres están necesitados de esta purificación: los judíos (cf. Hb 10, 22), los paganos (cf. Hch 15, 9) y los judeo-cristianos (cf. St 4, 8).

Todos, menos la Virgen María. Las gracias divinas nos llegan por sus manos y, por tanto, también la castidad. Pídele a ella, sin miedo, que te otorgue un amor que sea fuente de pureza!! (G. Derville, en “Amor y desamor”)

Dios concede la santa pureza cuando se pide con humildad

purezaLa castidad es un don de Dios que hemos de pedir. De hecho, la oración en sí es una apertura del corazón y en ese sentido, es ya un acto de pureza. «Ten piedad de mí, Dios mío, a la sombra de tus alas me refugio» (Sal 57 [56], 2); «a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 17 [16], 8). Dios liberó al pueblo hebreo del yugo egipcio «llevándolo sobre sus alas» (Ex 9, 4), es decir, de un modo extraordinario que sobrepasa las fuerzas humanas. Cristo mismo nos ha enseñado la necesidad y la eficacia de la oración de petición. Pues bien, «Dios concede la santa pureza cuando se pide con humildad». San Josemaría deduce esta afirmación de su experiencia personal, y la recoge en primer lugar en sus Apuntes íntimos: «Lo sé, lo he visto», insiste, citando las duras palabras de Cristo sobre el escándalo, y la necesidad de rechazar violentamente lo que podría inducir a otro a hacer el mal: «Mi pobre corazón está ansioso de ternura. Si oculus tuus scandalizat te… No, no es preciso tirarlo lejos: que no se puede vivir sin corazón. La santa pureza –lo sé, lo he visto– la das tú, Jesús, a quien la pida con humildad. Y esa ternura, que has puesto en el hombre, ¡cómo queda saciada, anegada, cuando el hombre te busca, por la ternura (que te llevó a la muerte) de tu divino Corazón!» (san Josemaría). Fuente: G. Derville, en “Amor y desamor”

La esperanza grande del Cielo, se encuentra en la esperanza de lo cotidiano

pureza

La esperanza grande está ahí: la esperanza del Cielo se hace presente de algún modo en la pequeña esperanza de cada día, de cada instante. Es lo que san Juan Pablo II llama «la esperanza de lo cotidiano»…: «El hombre y la mujer, unidos en matrimonio, deben emprender cotidianamente la tarea de mantener indisolublemente unida la alianza que han pactado entre ellos. Pero también un hombre o una mujer que voluntariamente han elegido la continencia por el Reino de los Cielos, deben dar cotidianamente un testimonio vivo de la fidelidad a esa elección … En cada caso se trata de la esperanza de cada día, que … ayuda a vencer “el mal con el bien” (Rm 12, 21). Efectivamente, “en la esperanza hemos sido salvados». Esta esperanza nace del amor derramado gratuitamente en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Por eso, toda vocación se inscribe en el misterio de la caridad … Tanto en el matrimonio como en el celibato, el amor es a la vez el rumbo y la razón: el hombre está hecho para amar y para saberse amado.
La pureza, que es la afirmación de una voluntad llena de amor, nace del encuentro de dos amores: el amor de Dios por el hombre, y la respuesta del ser humano a ese amor. En otras palabras, la primacía del amor divino, cuya omnipotencia se manifiesta en la misericordia, se expresa de un modo especial a través del don de la pureza; este don precede y acompaña al esfuerzo personal del hombre. Como en un espejo, la imagen de Dios se refleja en la persona casta, y la hace brillar como alguien libre y feliz. (Autor: G. Derville, “Amor y desamor”)

La confianza

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La sensación de un niño de un año cuando lo tiras al aire, el se rie, porque sabe que no le dejarás caer. Esto es confianza