Un relato con las cuatro estaciones de Vivladi

Ya vimos la historia de la composición “claro de luna” de Beethoven. Hoy es diferente se trata de aprovechar la idea de las cuatro estaciones de Vivaldi, para contar un relato. Así despedimos julio.

Beethoven: historia de la sonata Claro de Luna

“Santander en movimiento”, el timelapse de la semana

Dedicado a mi madre y hermanos que viven en Santadnder. Aquí os dejo con este timelapse de Mario Setien que le ha costado nada menos que tres años de trabajo.

Mi principal motivación es el poder enseñar la Tierruca a la gente que no es de aquí, y sobre todo a la que es de aquí pero su vida tanto profesional como personal le impide disfrutar de sobre todo amaneceres y atardeceres de Santander con viento sur, que son espectaculares, como los de hoy.- cita El Diario Montañés –

Un verdadero logro, el de Mario, condensando en unos minutos los cientos de horas transcurridas y los miles de kilómetros recorridos que se aprecian en el vídeo. Un trabajo que en ocasiones ha dado sus frutos a la primera intentona pero en otras le ha obligado a repetir hasta una decena de veces la visita tratando de lograr el momento perfecto.

La alegría de un papá por el aprobado en matemáticas de su hijo

Esto es para que los hijos vean la alegría que dan a los papás cuando sacan buenas notas y aprueban todo. Así que ánimo muchachos!!

Orden interior y exterior

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Otro aspecto de la prudencia al que san Josemaría concede gran importancia es el orden: el “orden interior” en los pensamientos, intenciones y afectos, del que deriva el “orden exterior” en la conducta (como virtud, no como simple mecanismo). En el terreno de la actividad humana, el orden comporta el reconocimiento de una prioridad o posteridad de las acciones en relación con un principio. Tenemos aquí dos elementos:

  • En primer lugar, que el orden debe estar presente en todas las acciones. Así se lee en Camino: ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!. San Josemaría considera necesario el orden para que cualquier acto pueda ser un acto de virtud, y esto es propio de la prudencia, cuyo objeto es indicar la “medida” de las acciones. En este sentido el orden es un aspecto de la virtud de la prudencia, que consiste en indicar el “lugar” de las acciones u “ordenarlas”.
  • El segundo elemento es el principio ordenador o rector de la conducta. Para un cristiano, ese principio es la caridad, el amor a Dios. San Josemaría recalca que la vida de un fiel corriente exige ante todo buscar el verdadero “centro” de la vida humana, lo que puede dar una jerarquía, un orden y un sentido a todo: el trato con Dios. Sólo a la luz de ese foco central se puede descubrir el lugar de cada cosa, el orden en los bienes que ha de buscar la voluntad, en los afectos y en las acciones: lo que es prioritario y lo que debe esperar. El orden es así, en definitiva, un acto de la virtud de la prudencia informada por la caridad.

La importancia de esta virtud es grande para un fiel corriente solicitado por ocupaciones diversas. Cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse. Muchas dificultades provienen de la falta de orden, de la carencia de ese hábito.

Entre los consejos de san Josemaría en el terreno práctico de esta virtud, el más importante –y con mucho el más frecuente– es el dar prioridad, a lo largo de la jornada, a las prácticas de piedad que cada uno tiene previstas: lo primero es el trato con Dios, y esto se traduce generalmente –o sea, cuando la caridad no exige otra cosa– en anteponer a las demás ocupaciones habituales el cumplimiento amoroso del propio “plan de vida espiritual. Siguen después otras muchas recomendaciones, en las que no nos podemos detener, acerca de la puntualidad, el orden material en los instrumentos de trabajo, e incluso en el modo de presentarse: Que tu porte exterior sea reflejo de la paz y el orden de tu espíritu.

“Mística ojalatera”

“No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor.” Entre las afecciones que puede sufrir el sano realismo hay una que san Josemaría llama “mística ojalatera”. He aquí como la describe en una de sus homilías, alentando a superarla:

Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera –¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!… –, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor.

“Mística ojalatera” es un neologismo que le sirve para evocar tanto los “ojalá” como la “hojalata”, aleación de buen aspecto pero de escaso valor. La “mística del ojalá” es también eso: una mística aparente, sin autenticidad, que huye de la vida real olvidando que es lugar de encuentro con Dios, para refugiarse en la imaginación; pone el deseo de plenitud en la esperanza de realizar cosas en sí mismas buenas pero que están fuera del camino de la propia vocación personal. Una deformación que, si no se ataja, puede llevar a la locura de cambiar de sitio: un “cambiar por cambiar”, un querer comenzar algo mejor que, en realidad, sólo es pretexto para no perseverar en el bien que se está haciendo.

El peligro puede presentarse de manera particularmente insidiosa en la madurez de la vida, con la tentación de replantearse los compromisos que se han adquirido, o de no aceptar sus consecuencias. San Josemaría advierte de este mal y enseña a ayudar a quien lo sufra rejuveneciendo y vigorizando su piedad, tratándole con especial cariño. También en estas circunstancias, el espíritu de filiación divina –la piedad y la fraternidad de hijos de Dios– es la roca firme que sostiene el edificio de la santidad en medio de las tribulaciones (cfr. Mt 7,24-25). Junto a esto es necesario desarrollar la virtud de la prudencia, porque en el origen de la “mística ojalatera” hay siempre «un problema de realismo». La exhortación a “atenerse sobriamente a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor”, es buena muestra de la importancia de esta virtud para llegar a ser contemplativos en la vida ordinaria: a vivir, como dice san Josemaría:

en el cielo y en la tierra, siempre. No entre el cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez!

Realismo cristiano

“No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor.” Lo que comúnmente se entiende por “realismo” –conocer y presentar las cosas tal como son– es sin duda un elemento integrante de la prudencia. El hombre prudente no ignora el terreno en el que se mueve. En este sentido, el primer paso de la prudencia es el reconocimiento de la propia limitación.

Hay un realismo que forma parte de la prudencia humana y un realismo propio de la prudencia cristiana. Este último descubre aspectos nuevos al considerar las cosas con los ojos de la fe, pero cuenta con la realidad en toda su amplitud. El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo.

Esta actitud es connatural a la enseñanza de san Josemaría porque, como hace notar Jorge Peña Vial, «la santificación de la vida ordinaria requiere esta dosis de realismo y de amor a la realidad». Su predicación no es abstracta; impulsa a la búsqueda de la unión con Dios en medio de las vicisitudes reales de la vida. Ilusiona con grandes ideales de santidad y de transformación cristiana del mundo, pero sin utopías:

Os pido sencillamente que toquéis el cielo con la cabeza: tenéis derecho, porque sois hijos de Dios. Pero que vuestros pies, que vuestras plantas estén bien seguras en la tierra, para glorificar al Señor Creador Nuestro, con el mundo y con la tierra y con la labor humana.

Entre las afecciones que puede sufriri el sano realismo está lo que él llamaba “mística ojalatera” (lo veremos).