El amor propio desordenado puede amargarte la vida

orgullo

La vanagloria, que es una manifestación de la envidia y los celos y, por lo tanto, un obstáculo para el amor fraterno, consiste en la sobrestima de uno mismo. Es el engreimiento y la valoración exagerada de las propias facultades, de la posición social, del saber o el talento, de las aptitudes y habilidades. El amor propio constituye una inclinación tan fuerte que puede arrastrarte hasta el punto de amargarte la vida y, en consecuencia, hacerte muy desgraciado.
San Pablo la considera un impedimento para el amor fraterno. «La caridad… no hace alarde, no se envanece… no busca su propio interés». El que permite que lo gobierne la vanagloria despierta fácilmente el resentimiento de los demás. El que cae en el error de impresionar a otros con una grandeza hueca se convierte en víctima de la envidia.

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Brexit…

Se fueron los ingleses. .. En fin

Ser celoso no siempre es malo…

renunciaLos celos no son necesariamente malos, sino perfectamente legítimos cuando se trata de la defensa de tus derechos, la cual, siempre que esté bien dirigida y se mantenga en sus justos límites, puede ser incluso un deber. No es malo ser celoso de nuestros derechos y de nuestra autoridad cuando estos nos corresponden. Tienes obligación de proteger tu libertad de culto y tus derechos como ciudadano de una nación libre, así como el de educar a los jóvenes en los principios de la fe católica. Hay que ser celoso en el cuidado de estos y otros derechos parecidos.

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Sobre la fidelidad, la templanza y la perseverancia

fortalezaAquí dejo algunas ideas sueltas sobre la fidelidad, la templanza y la perseverancia

  • Frutos del ES (el árbol bueno da frutos buenos… los frutos no salvan pero son indicio de santidad). Los frutos son: a) para Dios (amor, gozo y paz), b) para el prójimo (paciencia, benignidad y bondad) y c) para uno mismo (fidelidad o fe, mansedumbre y templanza) Gal 5, 22-23:En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí.

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La confianza

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La sensación de un niño de un año cuando lo tiras al aire, el se rie, porque sabe que no le dejarás caer. Esto es confianza

“Tenía un amor a Dios gigantesco, arrollador…”

Dentro de unos días se celebrarán misas por la fiesta de san Josemaría en torno al 265 de junio y me ha parecido muy interesante como el beato Álvaro del Portillo, que convivió con san Josemaría muchos años, cuenta en este vídeo cuál era la virtud más característica de san Josemaría: un amor a Dios gigantesco, arrollador…

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Si eres mal perdedor, puede ayudarte leer esto…

efe_20150202_213700_pa26891errejonLa raíz de los celos es la soberbia: de ahí que puedan convertirse en campo abonado donde crezcan otros vicios. El odio, que tiene como frutos la calumnia, la difamación y los juicios temerarios, nace de los celos, los cuales fomentan también la maledicencia y se convierten en un instrumento capaz de dañar la fama y la reputación ajenas.
Los celos pueden llevar al hombre a excederse en el trabajo, la ambición y la búsqueda de riquezas, e incluso a valerse de medios dudosos para superar a sus rivales. Por eso la lealtad y la justicia son víctimas de ellos. Mientras no encuentren satisfacción, no hay paz en el alma: solo angustia e infelicidad.
En los juegos (tanto de habilidad como los de azar) pueden hacer claramente patentes ciertos rasgos de tu carácter. La actitud positiva cuando pierdes, junto con una caridad y una humildad no fingidas, son indicios de tu fuerza de voluntad y de tu dominio de la soberbia y las pasiones. Si eres mal perdedor, manifiestas la debilidad de tu voluntad acusando enfadado al ganador, culpando de tu fracaso a tu pareja, a tu equipo o a un inocente espectador, o mostrando tu descontento y tu mal humor.
El buen perdedor sabe que los juegos sirven para entretenerse y disfrutar, y que no hay que tomarse demasiado en serio ni las victorias ni las derrotas. Y, sobre todo, sabe que, si la rueda de la fortuna le quita la paz o le lleva a ser desagradable con los demás, el objetivo del juego ha fracasado. También se da cuenta de que a veces a la humildad le conviene perder y está agradecido del bien espiritual que se deriva de la derrota. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)