Si eres mal perdedor, puede ayudarte leer esto…

efe_20150202_213700_pa26891errejonLa raíz de los celos es la soberbia: de ahí que puedan convertirse en campo abonado donde crezcan otros vicios. El odio, que tiene como frutos la calumnia, la difamación y los juicios temerarios, nace de los celos, los cuales fomentan también la maledicencia y se convierten en un instrumento capaz de dañar la fama y la reputación ajenas.
Los celos pueden llevar al hombre a excederse en el trabajo, la ambición y la búsqueda de riquezas, e incluso a valerse de medios dudosos para superar a sus rivales. Por eso la lealtad y la justicia son víctimas de ellos. Mientras no encuentren satisfacción, no hay paz en el alma: solo angustia e infelicidad.
En los juegos (tanto de habilidad como los de azar) pueden hacer claramente patentes ciertos rasgos de tu carácter. La actitud positiva cuando pierdes, junto con una caridad y una humildad no fingidas, son indicios de tu fuerza de voluntad y de tu dominio de la soberbia y las pasiones. Si eres mal perdedor, manifiestas la debilidad de tu voluntad acusando enfadado al ganador, culpando de tu fracaso a tu pareja, a tu equipo o a un inocente espectador, o mostrando tu descontento y tu mal humor.
El buen perdedor sabe que los juegos sirven para entretenerse y disfrutar, y que no hay que tomarse demasiado en serio ni las victorias ni las derrotas. Y, sobre todo, sabe que, si la rueda de la fortuna le quita la paz o le lleva a ser desagradable con los demás, el objetivo del juego ha fracasado. También se da cuenta de que a veces a la humildad le conviene perder y está agradecido del bien espiritual que se deriva de la derrota. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

Los celos son una forma de envidia

celos2Los celos implican el temor a ser desplazados por un rival o a vernos privados de lo que es nuestro por derecho, o de lo que pensamos que nos pertenece. Decimos que los celos son una forma de envidia, en cuanto que afectan a lo que poseemos; mientras que la envidia atañe a lo que poseen otros. Nos hacen sentirnos agraviados por la intrusión en lo que es nuestro y nos disponen a vengarnos del desprecio de nuestros derechos y reivindicaciones.
Los celos van un paso más allá de la envidia: no solamente intentan rebajar la buena opinión de que gozan otros y critican a quienes reciben alabanzas y honores, sino que se caracterizan por un amor excesivo hacia nuestro bien personal y nos llevan a temer vernos privados de él. Prefieren que no se haga el bien antes que perder un ápice de alabanza. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

La envidia es la única pasión que conlleva solo dolor y ninguna recompensa

envidia malaPor lo general la envidia trastoca la vida en común. Vuelve al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano, al prójimo contra el prójimo y a una nación contra otra. Destruye la fraternidad, mina las relaciones de negocios y pone trabas a la reconciliación. Es una de las principales fuentes de malentendidos, críticas, odios, venganzas, calumnias y maledicencias, y de perversos ataques a la vida privada.
La envidia y la avaricia, de donde nacen los conflictos y las guerras de este mundo, son pecados contra la caridad porque nos hacen perseguir lo que pertenece a otros. A menudo nos llevan a desear lo que no es nuestro a costa del daño del prójimo.
Pero sus consecuencias más nocivas afectan al propio envidioso. De todas las pasiones, es la única que solo proporciona dolor y no conlleva ninguna recompensa para el hombre. Lejos de ser gratificante, como la lujuria o la soberbia, acrecienta la miseria. Es como un gusano que corroe y destruye la paz del alma y la salud del cuerpo. Empeora el carácter llenando el corazón de abatimiento. Vuelve a las personas desconfiadas, injustas y suspicaces, y hace a sus víctimas malhumoradas, tristes e inaccesibles.

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La envidia es justo lo opuesto a la caridad en el pensamiento, los deseos y la conducta

envidioso1La envidia, que hunde sus raíces en la soberbia y la vanidad, es la tristeza provocada por la suerte cuando concede a otros lo que a ti te niega. Esta apropiación indebida de la honra, la estima, la posición, el poder, y todo lo que conduce a ellos —el dinero, el talento, la educación, la personalidad e incluso la gracia de Dios— pueden ser motivos para la envidia. Eres envidioso si permites que tu frustración te amargue y te haga ser desagradable, o si te mueve a conspirar en contra de quienes te superan. La ley natural y el décimo mandamiento —«no codiciarás los bienes ajenos»— se alzan en contra de esta tendencia de la naturaleza humana.
«La caridad no es envidiosa», dice san Pablo, y para san Agustín la envidia es un pecado monstruoso. Santo Tomás sostiene que puede constituir un pecado mortal, o solo venial si hay materia leve o si no es deliberado. Sin embargo, el pesar que provoca el éxito ajeno no siempre es malo: el factor determinante está en el motivo que lo produce. Se trata de un pesar justificado si veamos a una persona influyente, abiertamente hostil a la Iglesia, ocupar una posición de poder, o si hace mal uso de la riqueza de bienes de la que es destinataria.
La envidia es justo lo opuesto a la caridad en el pensamiento, los sentimientos, los deseos y la conducta. Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, debemos ayudarnos y apoyarnos mutuamente, cosa que la envidia hace imposible.

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Estad alerta y guardaos de toda avaricia…

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El deseo de tener cosas y el hábito de reunir bienes forman parte del amor natural a uno mismo que Dios ha puesto en nosotros. Son virtudes naturales que se nos han dado para que, a través de ellas, podamos asegurarnos la existencia y el bienestar. No hay nada intrínsecamente malo en los esfuerzos del hombre por obtener riqueza.
El objetivo de la avaricia es parecido, pero sus medios son perversos. La avaricia —o la codicia— es el deseo inmoderado de bienes mundanos: pisotea a los rivales, explota a los trabajadores y no conoce otro criterio de conducta que el éxito. Representa un serio obstáculo para amar al prójimo. Por eso tu alma debe estar vigilante y desechar todo pensamiento o deseo inspirados por ella.
La avaricia roba al hombre el amor al prójimo. Quien cae bajo su dominio no tarda nada en volverse desconsiderado y falto de compasión, y carece de generosidad y amor hacia los demás, a quienes ve como obstáculos en el camino que le lleva sin vacilar a obtener más riqueza.
También roba a las personas el amor a Dios. “No se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas”. El deseo desmedido de bienes materiales conlleva el olvido de Dios. La avaricia acaba arrebatando al hombre todo lo que en verdad podría llamar suyo, y lo despoja de su única y auténtica riqueza: los tesoros de su alma. A la hora de la muerte, no le quedará nada de lo que su avaricia le ha procurado, porque los bienes solo le han sido prestados.

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Los prejuicios y la intolerancia son venenos del alma

aishwarya_raiSí —aunque rara vez aciertas, aunque es la obstinación la que te hace persistir en tus juicios, y aunque te han advertido de tu error—, insistes en juzgar temerariamente. Y así comienzas a cultivar un vicio -que es a su vez un trastorno de la mente: el prejuicio. Cuando prejuzgas, nunca buscas la razón de tu rechazo en ti mismo, sino que culpas de él a los demás. Si tus prejuicios se extienden a grupos más amplios de personas y levantas entre tú y ellos una especie de muro de rencor, padeces los efectos de un veneno especialmente dañino conocido como intolerancia.
En una mente inteligente, no solo abierta a las convicciones, sino también sedienta de justicia e imparcialidad, no caben trastornos como el prejuicio y la intolerancia, que únicamente conducen a juicios, rechazos y odios mal orientados. Por eso las personas con prejuicios, además de no hablar nunca bien de quienes no son de su agrado, tampoco son capaces, en su estrechez de mente, de pensar bien de ellos, tanto si se trata de individuos como de colectivos.… Al excluir la verdad, empequeñecen tu alma. Si te enfrentas a obstáculos de este tipo, recuerda lo siguiente:

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Siempre es hora de la gracia