“Pecado perdonado, pecado olvidado”

cropped-confession.jpgSan Gregorio de Nisa afirma que el «eros es un ágape intenso». Al escoger la palabra «eros» quiere demostrar que el amor cristiano es «apasionado», pues un amor que no lo fuera no sería un verdadero amor. En efecto, el ser humano es un ser sensible, y por lo tanto, apasionado. En su primera encíclica, Benedicto XVI explicaba que el amor de Dios por el hombre, al que ama personalmente con un amor de elección, puede ser calificado de eros, al mismo tiempo que es totalmente ágape, don de sí. Una manifestación eminente de esto es el perdón: el amor divino no solo se da de un modo enteramente gratuito, sin mérito previo alguno, sino que también es un amor que perdona. En la confesión, sacramento instituido bajo el doble signo de la paz y de la alegría de la resurrección, y de la nueva presencia de Jesús entre sus discípulos, la petición de perdón es escuchada: «Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

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Esfuerzate por conseguir una sensibilidad equilibrada

sensibilidad.jpgLa hipersensibilidad suele provocar conflictos en las relaciones humanas. Ser sensible es bueno, pero dejar que la sensibilidad crezca desmesuradamente nos hace infelices.
Hay personas cuyo temperamento les impide evitar ser sensibles; y hay personas que parecen contar con armas eficaces para defenderse de los desengaños de la vida. Otros tienen una sensibilidad exacerbada y son propensos a la introspección y la melancolía. Les resulta muy fácil descubrir el desdén, a veces incluso donde no lo hay. Tienden a dar vueltas y más vueltas a esos desprecios reales o imaginados, lo que les hace infelices a ellos y a quienes los rodean.
No hay nada malo en el hecho de estar dotado de un temperamento sensible. Una rica imaginación y unos sentimientos y emociones equilibradamente delicados permiten disfrutar en grado sumo de la belleza y la bondad. Si eres sensible, tu tarea consistirá en sacarle el máximo partido, permaneciendo en guardia contra las malas tendencias que puedas desarrollar. Debes hacer un decidido esfuerzo por no rumiar los desprecios reales o ficticios. No permitas que tu inclinación natural a la introspección acabe siendo exagerada; oblígate a vivir un trato activo y saludable con los demás. Dedícate a la oración.
Si no eres sensible, entonces debes ejercitar la paciencia. Todo temperamento tiene sus defectos y la paciencia de unos y otros disminuye las disensiones. Quizá no alcances nunca la auténtica caridad, pero sí puedes al menos recomenzar una y otra vez, de modo que las fricciones se reduzcan al mínimo. Tanto tú como los demás seréis más felices, porque de ello se derivará la unidad de pensamiento, sin la cual es imposible la verdadera caridad. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

«Lujuria oculta, orgullo manifiesto», se dice

castidad conyugalLa oración en sí misma implica que se emprende un camino de conversión y de penitencia. «Lujuria oculta, orgullo manifiesto», se dice. Los Padres de la Iglesia califican al orgullo de «lujuria espiritual». Es normal, pues, que la apología de la impureza revista cierta arrogancia, un orgullo que pretende –sin lograrlo– revestirse de dignidad, porque oculta una susceptibilidad y una sensibilidad a flor de piel, «en carne viva». Es una altanería que busca el reconocimiento, pero que necesita presentarse como víctima, pretendiendo así autojustificar su falta de control personal, y teorizando sobre la bondad de la propia conducta inmoral. En este caso, la dificultad –más que la falta de pureza, que después de todo puede ser comprensible o excusable y en todo caso siempre perdonable– es el orgullo, que impide la contrición y por esto cierra la vía del perdón. Este fue el pecado de Sodoma, como deplora Isaías: «La expresión de su rostro los denuncia, ellos mismos proclaman su pecado, no lo ocultan. ¡Ay de ellos!» (Is 3, 9).

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Para evitar las fricciones, resulta útil conocer las diferencias de temperamento

infelicidadPara evitar las fricciones, resulta útil conocer las diferencias de temperamento. Si quieres llevarte bien con la gente, necesitas muy buena voluntad y una sólida virtud. Pero debes hacer uso también del sentido común y de la inteligencia. En cualquier grupo de personas existe una amplia variedad de gustos, de antipatías y de actitudes ante la vida. Todos tenemos un temperamento distinto.
El temperamento es la combinación de las cualidades que te hacen el tipo de persona que eres por naturaleza. Se puede definir como la materia prima a partir de la cual debes forjar un carácter firme. Todo temperamento tiene su parte buena y su parte mala. Lucha por dominar las malas tendencias del tuyo y por fomentar las potenciales cualidades de los demás. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad).

La castidad conyugal en una gracia


castidad conyugalLa castidad conyugal es una gracia.
En su comentario del capítulo 5 de la Epístola a los Efesios, especialmente del hecho de que los esposos se encuentran «sometidos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Ef 5, 21), Juan Pablo II reconoce «una forma espiritualmente madura» de la fascinación recíproca «del hombre por la feminidad y de la mujer por la masculinidad». Añade que «la madurez espiritual de esta fascinación no es otra sino el fructificar del don del temor, uno de los siete dones del Espíritu Santo, del que ha hablado san Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses (1 Tes 4, 4-7)». Así, «al exhortar a los cónyuges a que se sometan los unos a los otros “en el temor de Cristo” (Ef 5, 21), y al animarles luego al “respeto” en la relación conyugal, parece poner de relieve –conforme a la tradición paulina– a la castidad como una virtud y como don». La virtud y el don conducen a la auténtica libertad, por ser más fuertes que la concupiscencia
. (G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora)

Procura ser conciliador en vez de conflictivo

no complificto si conciliadorLa caridad exige la unidad de pensamiento. San Pablo exhorta a los filipenses a tener un solo espíritu, es decir, a pensar del mismo modo y a amar las mismas cosas, con una única alma y un único sentimiento. «Colmad mi gozo», dice, «con vuestro mismo sentir, con vuestra misma caridad y concordia y con vuestros mismos anhelos». Olvidando las cadenas que le atan a su celda, san Pablo siente la preocupación de acabar con las disensiones que agitan a los cristianos y les recuerda que, siendo tantas las cosas que los unen, deben dejar a un lado lo que los divide. Han pasado veinte siglos de cristianismo y este urgente llamamiento no es hoy menos oportuno.
«Un solo corazón y una sola alma» fue el lema de los primeros discípulos de Cristo. La unidad les valió el reconocimiento de los paganos por su llamativo amor fraterno.
A la luz de esta exhortación, examina tu unidad de espíritu con el prójimo, sobre todo en lo que es lícito. Eres una persona conflictiva si discutes a menudo con los demás, si riñes con ellos y sueles encontrarles defectos.
No perturbes nunca la paz con tus tendencias egoístas y tu predisposición a discutir. Haz un esfuerzo por acostumbrarte a reconocer las cosas buenas de quienes trabajan contigo y de quienes tratas en tu vida social, en lugar de intentar egoístamente que todo gire alrededor de tus gustos y tus antipatías.
(L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

Pide a Dios la virtud de la pureza, para tí mismo y para los demás

lucha fuerza pedir.jpgLa vida es un gran río cuyas aguas no son tan puras ni tan tranquilas como los torrentes de paz del mundo nuevo, la Jerusalén celestial anunciada por Isaías (66, 12). Pascal pensaba sin duda en esta profecía cuando alude a los ríos de inmundicia que corren aquí abajo y nos pone en guardia contra las tres concupiscencias (cf. 1 Jn 2, 16): «Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. Libido sentiendi, libido sciendi, libido dominandi. Desgraciada la tierra de maldición que estos tres ríos de fuego abrasan, más que regar. Bienaventurados los que permanecen en estos tres ríos, no sumergidos, no arrastrados, sino inmóviles y firmes; no en pie, sino sentados en un asiento bajo y seguro, del que no se levantan antes de la luz sino después de haber reposado en paz; tienden la mano al que debe levantarles para hacerles permanecer en pie y firmes en los atrios de la santa Jerusalén, donde el orgullo ya no podrá combatirles y derribarles; y, sin embargo, lloran, no al ver que pasan todas las cosas perecederas que arrastran los torrentes, sino al recordar su querida patria, la Jerusalén celestial, de la que se acuerdan sin cesar a lo largo de su destierro».

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