Para corregir con fruto, hace falta delicadeza y mucho tacto

corregir-autoridadPara corregir con fruto, hace falta delicadeza y mucho tacto. Si quieres que tu amonestación obtenga su fruto, debes estar movida por justos motivos, como los siguientes:
—El celo por el cumplimiento de la ley de Dios. Abstente de corregir si las circunstancias parecen indicar que no se va a lograr el bien deseado: puede que la amonestación empeore aún más las cosas, induciendo a quien es censurado a cometer una maldad mayor o a hacerse incorregible. Quizá hay otra persona capaz de reprender de un modo más provechoso.
—La enmienda de quien ha errado. Habrás llevado a cabo una estupenda obra de misericordia y demostrado la nobleza de tu caridad si apartas a un cristiano del mal camino.
—La responsabilidad en ese asunto. Incumplirías tu deber si dejaras de corregir al prójimo que yerra cuando te corresponde hacerlo a ti.

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El carácter de una persona aparece claramente reflejado cuando ejerce su autoridad

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Corregir o reconvenir consiste en reprender a otro con autoridad, abierta y directamente, por lo que ha hecho mal. Es la manera de expresar desaprobación hacia la persona corregida y deben hacerlo, obviamente, quienes poseen un cargo de gobierno sobre otros, como ocurre con las autoridades eclesiásticas, los representantes de la ley, los padres, los empresarios, los profesores…; en definitiva, quienes tienen obligación de proteger los verdaderos intereses de cualquier actividad en general.
Cuando las exhortaciones amables y el estímulo han fracasado, la caridad debe tomar el camino de la amonestación, que ha de ser siempre manifestación del amor. Cristo no dudó en pronunciar palabras de reprobación: reconvino a Cafarnaún y a Jerusalén, a los apóstoles e incluso a Pedro. Dios censura todo error a través de la voz de la conciencia. Solo es lícita la corrección que está justificada, es decir, si se trata de un pecado o de esas faltas más leves que conducen fácilmente a él. El Señor dijo: «Andaos con cuidado. Si tu hermano peca, repréndele; y, si se arrepiente, perdónale. Y si peca siete veces al día contra ti, y siete veces vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás». No se está refiriendo a la mera compensación personal del ofendido, sino a la corrección y salvación del que yerra, pues Cristo ha dicho: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

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Aprende a guardar silencio, sobre todo cuando estés enfadado o molesto por algo

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Si tomas la firme decisión de no pronunciar nunca una palabra desagradable, avanzarás rápidamente en el camino hacia la santidad. Que tu ejemplo sean las palabras del Señor en el Evangelio: jamás fueron hirientes. En esta vida, una palabra amable no lleva más que un momento, pero tendrá un alcance enorme en la eternidad que te espera: «Por tus palabras, pues, serás justificado, y por tus palabras serás condenado». He aquí algunos remedios contra las palabras desagradables:
—Aprende a guardar silencio, sobre todo cuando estés enfadado o molesto por algo. El silencio no es un fin en sí mismo, pero sí un medio importante para alcanzar un fin, y un medio lleno de gracia. Un gran amor al silencio ayuda a evitar el pecado, proteger la virtud y crecer en estrecha unión con Dios. El silencio es el lenguaje divino: la lengua materna de la santidad. Recuerda el ejemplo de Jesús: «Jesús permanecía en silencio». En inglés la expresión to hold one´s peace, «conservar la paz», significa «guardar silencio». Romper el silencio es romper la paz. Pídele a Dios que te ayude a conservar la paz, sobre todo cuando tus palabras puedan desagradarle a Él, ofender a otros y alterar el sosiego de tu alma. Sé un instrumento de su paz, ocupes el lugar que ocupes en el mundo. El silencio será tu ayuda más valiosa.
Hay personas incapaces de guardar un secreto, porque nunca han aprendido el noble arte de callar. No descansan hasta que no han revelado, primero a retazos y luego de una vez, cualquier información confidencial que les llega. No escarbes en los defectos del prójimo. Si por casualidad te enteras de la falta oculta de otro, que la caridad la recoja en tu corazón como en lo más hondo de una tumba, y nunca la abras a la vista de otro hombre sin una razón importante. Cuando sientas la tentación de comentar los secretos ajenos, pregúntate: «¿Por qué debo hacerlo?».

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Los insultos causan dolorosas heridas difíciles de sanar, y a veces no sanan nunca.

ira.jpgA muchos los ha llevado al cielo una palabra de aliento. Tal vez muchas almas perdidas y privadas de la visión de Dios brillarían bajo su sepultura si hubiera habido alguien que les dedicara una palabra amable en el momento justo, o si alguien hubiese callado una palabra cruel.
La forma más común que adoptan los pecados de ira son las palabras ásperas o destempladas que pronunciamos a gritos. Pecas de ira si empleas palabras coléricas cada vez que alzas la voz cuando te molesta algo que se hace o se dice para herir tus sentimientos; cuando hablas con acritud y resentimiento sin pararte a pensar en lo que estás diciendo; cuando llevado por la ira utilizas un lenguaje blasfemo, grosero e incluso obsceno con intención de ofender o agraviar a quien te contradice; cuando acusas a otro sabiendo que no tienes derecho a hacerlo; y cuando eres rencoroso.

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¿Cómo vencer la murmuración?

murmurar.jpgOfrecemos a continuación algunas pistas que pueden ayudarnos a vencer la murmuración:
 —Nunca digas a espaldas de una persona nada que te avergüence decirle a la cara. Puesto que toda murmuración nace de una parte mezquina y egoísta del hombre, debemos controlarla cuanto sea posible. En el interior de todos existe cierta tendencia al chismorreo. Domina severamente esa inclinación y acabarás con mucha infelicidad y muchos conflictos en las relaciones humanas.
—Aprende a preocuparte solamente de tus asuntos. No te ocupas exclusivamente de lo tuyo si te metes en los asuntos privados de otros sin que te lo pidan y sin motivo ni intención de practicar una caridad auténtica; si eres un metomentodo que intenta interferir en negocios ajenos y en las relaciones humanas; o si te pasas la vida interrogando a la gente para descubrir su vida íntima. Por otra parte, está también quien se preocupa demasiado de sí mismo, hasta el punto de excluir toda misericordia y caridad, de no prestar ayuda a otros y de acabar llevando una existencia centrada solo en él.

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Es un error decir nada que dañe la reputación de otro

murmurar.jpgLa murmuración implica hablar innecesariamente de las faltas y debilidades de otros, e incluso inventarlas cuando son inexistentes. Significa analizar detenidamente la conducta del prójimo y enredarse en una crítica injustificada de sus motivos y en un juicio temerario sobre la naturaleza de sus pecados.
Es uno de los pecados de la lengua más comunes. Se suele calificar de inofensiva, cosa que rara vez resulta cierta, ya que su objetivo es generalmente el carácter de alguien. El carácter es lo que somos, y es Dios quien lo conoce bien. La reputación es lo que la gente dice que somos, y la gente dice lo que piensa. Tu respuesta a lo que piensas de una persona es la reputación que le otorgas, es decir, la imagen de su carácter.

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¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios?

herida y bendicion.jpgDios es nuestro origen y nuestro fin. Nos invita a cosas más grandes que nosotros. Pero la herida que ese desafío conlleva cuando no estamos a la altura abre, por así decir, una apertura a la gracia divina y a los demás. Todo hombre, toda mujer, es vulnerable. Somos vulnerables, sí, pero ¡somos capaces!: «Possumus» (Mt 20, 22), ¡podemos!, dijeron Santiago y Juan al Señor. Y de hecho fueron capaces de beber su cáliz, manteniendo la fidelidad a su amor. Nos toca aceptar y asumir nuestra dependencia, con la fuerza del amor que recibimos y que damos. Así maduramos, así se construye nuestro equilibrio: con el sufrimiento que nos engrandece. Alguna vez no queremos de verdad el bien, o no podemos practicarlo, o no somos capaces de amar a fondo, por ejemplo en el matrimonio, y no comprendemos siempre la razón: «en cada alma hay un fondo delicado, en el que solo Dios puede penetrar». Es hora de apoyarse en la filiación divina: «Sentirse barro, recompuesto con lañas, es fuente continua de alegría; significa reconocerse poca cosa delante de Dios: niño, hijo. ¿Y hay mayor alegría que la del que, sabiéndose pobre y débil, se sabe también hijo de Dios?». Es hora de dar gracias, de reconocer el don de Dios que es el Espíritu Santo. Es hora de descubrir que dar gracias, cultivar una disposición de gratitud y ver el buen lado de las cosas es fuente de creatividad y de enriquecimiento personal en la capacidad de decisión y en aspectos tan variados como los cognoscitivos, especulativos, relacionales, físicos o psicológicos. Es hora de hacer fructificar nuestros talentos (cf. Mt 25, 14-30), que nos han sido dados, no prestados: Dios nos da el acto de dar.
Un gran enriquecimiento personal, desde esta perspectiva, está en el saber valorar a los más vulnerables y a los que son frágiles. San Josemaría afirma que «las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado…». Y descubre la presencia de Jesús en los pequeños: «–Niño. –Enfermo. –Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él». (G. Derville en Amor y desamor)