No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia

no te desanimesYa terminamos esta serie de entradas. Por eso, pide al Espíritu Santo la gracia que necesitas para superar los pequeños celos y las manifestaciones de vanidad que suelen empañar el brillo de tu caridadLos pecados de envidia, celos y vanagloria nacen de la soberbia y la avaricia, y provienen del amor propio herido o de una exagerada autoestima. Son pasiones que se manifiestan a diario en las relaciones humanas y ejercen una enorme influencia sobre los pensamientos y los deseos del hombre; transforman sus sentimientos y dominan su conducta. Son responsables de muchos pecados contra la caridad y de muchas de las inquietudes que atormentan los corazones. La señal del auténtico cristiano consiste en amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. La avaricia, la envidia y los celos alimentan el odio, no el amor: por eso no tienen cabida en la vida del que sigue a Cristo. En palabras de san Pablo, «no seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente».

Las siguientes sugerencias pueden ayudarte a evitar la avaricia, la envidia y los celos:

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El amor propio desordenado puede amargarte la vida

orgullo

La vanagloria, que es una manifestación de la envidia y los celos y, por lo tanto, un obstáculo para el amor fraterno, consiste en la sobrestima de uno mismo. Es el engreimiento y la valoración exagerada de las propias facultades, de la posición social, del saber o el talento, de las aptitudes y habilidades. El amor propio constituye una inclinación tan fuerte que puede arrastrarte hasta el punto de amargarte la vida y, en consecuencia, hacerte muy desgraciado.
San Pablo la considera un impedimento para el amor fraterno. «La caridad… no hace alarde, no se envanece… no busca su propio interés». El que permite que lo gobierne la vanagloria despierta fácilmente el resentimiento de los demás. El que cae en el error de impresionar a otros con una grandeza hueca se convierte en víctima de la envidia.

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Ser celoso no siempre es malo…

renunciaLos celos no son necesariamente malos, sino perfectamente legítimos cuando se trata de la defensa de tus derechos, la cual, siempre que esté bien dirigida y se mantenga en sus justos límites, puede ser incluso un deber. No es malo ser celoso de nuestros derechos y de nuestra autoridad cuando estos nos corresponden. Tienes obligación de proteger tu libertad de culto y tus derechos como ciudadano de una nación libre, así como el de educar a los jóvenes en los principios de la fe católica. Hay que ser celoso en el cuidado de estos y otros derechos parecidos.

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“Tenía un amor a Dios gigantesco, arrollador…”

Dentro de unos días se celebrarán misas por la fiesta de san Josemaría en torno al 265 de junio y me ha parecido muy interesante como el beato Álvaro del Portillo, que convivió con san Josemaría muchos años, cuenta en este vídeo cuál era la virtud más característica de san Josemaría: un amor a Dios gigantesco, arrollador…

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Si eres mal perdedor, puede ayudarte leer esto…

efe_20150202_213700_pa26891errejonLa raíz de los celos es la soberbia: de ahí que puedan convertirse en campo abonado donde crezcan otros vicios. El odio, que tiene como frutos la calumnia, la difamación y los juicios temerarios, nace de los celos, los cuales fomentan también la maledicencia y se convierten en un instrumento capaz de dañar la fama y la reputación ajenas.
Los celos pueden llevar al hombre a excederse en el trabajo, la ambición y la búsqueda de riquezas, e incluso a valerse de medios dudosos para superar a sus rivales. Por eso la lealtad y la justicia son víctimas de ellos. Mientras no encuentren satisfacción, no hay paz en el alma: solo angustia e infelicidad.
En los juegos (tanto de habilidad como los de azar) pueden hacer claramente patentes ciertos rasgos de tu carácter. La actitud positiva cuando pierdes, junto con una caridad y una humildad no fingidas, son indicios de tu fuerza de voluntad y de tu dominio de la soberbia y las pasiones. Si eres mal perdedor, manifiestas la debilidad de tu voluntad acusando enfadado al ganador, culpando de tu fracaso a tu pareja, a tu equipo o a un inocente espectador, o mostrando tu descontento y tu mal humor.
El buen perdedor sabe que los juegos sirven para entretenerse y disfrutar, y que no hay que tomarse demasiado en serio ni las victorias ni las derrotas. Y, sobre todo, sabe que, si la rueda de la fortuna le quita la paz o le lleva a ser desagradable con los demás, el objetivo del juego ha fracasado. También se da cuenta de que a veces a la humildad le conviene perder y está agradecido del bien espiritual que se deriva de la derrota. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

Los celos son una forma de envidia

celos2Los celos implican el temor a ser desplazados por un rival o a vernos privados de lo que es nuestro por derecho, o de lo que pensamos que nos pertenece. Decimos que los celos son una forma de envidia, en cuanto que afectan a lo que poseemos; mientras que la envidia atañe a lo que poseen otros. Nos hacen sentirnos agraviados por la intrusión en lo que es nuestro y nos disponen a vengarnos del desprecio de nuestros derechos y reivindicaciones.
Los celos van un paso más allá de la envidia: no solamente intentan rebajar la buena opinión de que gozan otros y critican a quienes reciben alabanzas y honores, sino que se caracterizan por un amor excesivo hacia nuestro bien personal y nos llevan a temer vernos privados de él. Prefieren que no se haga el bien antes que perder un ápice de alabanza. (Autor: L. G, Lovasick, “El poder oculto de la amabilidad”)

La envidia es la única pasión que conlleva solo dolor y ninguna recompensa

envidia malaPor lo general la envidia trastoca la vida en común. Vuelve al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano, al prójimo contra el prójimo y a una nación contra otra. Destruye la fraternidad, mina las relaciones de negocios y pone trabas a la reconciliación. Es una de las principales fuentes de malentendidos, críticas, odios, venganzas, calumnias y maledicencias, y de perversos ataques a la vida privada.
La envidia y la avaricia, de donde nacen los conflictos y las guerras de este mundo, son pecados contra la caridad porque nos hacen perseguir lo que pertenece a otros. A menudo nos llevan a desear lo que no es nuestro a costa del daño del prójimo.
Pero sus consecuencias más nocivas afectan al propio envidioso. De todas las pasiones, es la única que solo proporciona dolor y no conlleva ninguna recompensa para el hombre. Lejos de ser gratificante, como la lujuria o la soberbia, acrecienta la miseria. Es como un gusano que corroe y destruye la paz del alma y la salud del cuerpo. Empeora el carácter llenando el corazón de abatimiento. Vuelve a las personas desconfiadas, injustas y suspicaces, y hace a sus víctimas malhumoradas, tristes e inaccesibles.

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