Tú evita actuar movido por la venganza

venganzaEl deseo de venganza, que nace de la aversión y el resentimiento, es también enemigo de la caridad. Asimismo, la ira puede manifestarse en la intención de vengarse de quien la ha provocado.
Hay gente con una extraordinaria tendencia a no olvidar jamás una ofensa, sea esta real o imaginaria: incluso puede llegar a disfrutar con las ocasiones que de algún modo le ofrecen la posibilidad de desquitarse. Muchas de las situaciones desagradables que se producen en las relaciones humanas nacen de esta inclinación.
En el ser humano hay pocas señales más claras de la debilidad de carácter que la costumbre de intentar saldar cuentas con otro por cualquier error cometido. Al débil de carácter le encanta vengarse. Es incapaz de dejar el juicio y el castigo en manos de Dios y se dedica a maquinar constantemente el modo de hacer sufrir a quien le ha perjudicado. 

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Reza tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza

tres avemarias de la nocheSan Juan Pablo II pone en evidencia el lazo que une la pureza y la piedad, virtud que nos sitúa en relación con Dios y con los demás, y subraya que «de la pureza brota esa belleza singular que impregna cada esfera de la convivencia recíproca de los hombres y permite expresar la sencillez y la profundidad, la cordialidad y la autenticidad irrepetible de la confianza personal». La piedad, fruto de la inhabitación del Espíritu Santo, daba autenticidad y plenitud de sentimientos a santa María en sus relaciones con los demás. En la Virgen Madre, que es paradigma de la pureza, maternidad y virginidad coinciden. Ruega por nosotros «ahora y en la hora de nuestra muerte». Los que imploran la gracia de la pureza pueden recurrir siempre a su mediación, especialmente en el momento de la tentación: «ahora». En la medida en que es nuestra Madre, nos comprende, y no nos avergüenza decirle lo que nos sucede y lo poco que somos. Siempre es nuestra abogada y, en la medida en que es Madre de Dios, es la omnipotencia suplicante. Todas las gracias pasan por la mediación de la Santísima Virgen, que es purísima, castísima, sin mancha, siempre virgen, como cantan las letanías del rosario. Por eso, muchos cristianos tienen la costumbre de rezar tres Avemarías antes de acostarse, pidiendo precisamente el don de la pureza. También la invocan confiadamente recitando el Acordaos por uno mismo y por los demás. (Fuente: G. Derville en Amor y desamor. La pureza liberadora).

María fue glorificada en su cuerpo

frutoEn la Asunción de María…, en cierto modo, la gracia que inunda su alma se extiende igualmente sobre su cuerpo. Se transforma en gloria, en una íntima unión de la Hija de Dios con Dios su Hijo. Una analogía puede permitirnos vislumbrar este misterio: tenemos la experiencia de la influencia en nuestra salud de los estados de ánimo, debidos por ejemplo a éxitos o fracasos. Es tal la unión del cuerpo y el alma que a veces nos permite, sin pasar indebidamente de un orden a otro, adivinar en un rostro una preocupación, como se puede leer la tristeza, o bien las huellas de una profunda alegría espiritual. Así, el cuerpo de la Virgen María entra en la gloria de Dios, y participa de la divinidad, incluida en la materialidad misma de su carne. Por su unión con Cristo, María se convierte en el canal de todas las gracias para nosotros. Es ya el cumplimiento escatológico de la Iglesia, y nos precede en el misterio de su plenitud de gracia. Imagen de la Iglesia, es la que «recibe dos alas del águila grande para volar al desierto» (Ap 12, 14); las alas simbolizan la protección divina, frecuentemente recordada en los Salmos: «A la sombra de tus alas me refugio» (Sal 57 [56], 2); en este caso, el desierto es la imagen del refugio en el Señor. A comienzos del siglo IV, san Epifanio será el primer Padre de la Iglesia en aplicar el capítulo 12 del Apocalipsis a María. El amor a Dios, escribe san Máximo, «ama siempre poner alas al intelecto» para unirlo a Dios. El Cura de Ars decía por experiencia que «cuando conservamos la inocencia nos sentimos transportados hacia arriba por el amor, como un pájaro por sus alas». (G. Derville, en Amor y desamor. La pureza liberadora)

No guardes rencor

perdonarAlbergar rencor significa manifestar un resentimiento pertinaz hacia alguien que te ha ofendido de un modo real, dudoso o imaginario. Se expresa con un frío silencio y con la negativa a entablar conversación con esa persona o a contestar a sus preguntas; con la indiferencia hacia el causante del rencor, con el sarcasmo, los comentarios hirientes y las interpretaciones cáusticas de sus palabras o su conducta; y con una actitud sombría.
Este airado silencio carga el ambiente de una tensión tan fácilmente perceptible como la violencia en las palabras. Las personas susceptibles y temperamentales se encuentran especialmente predispuestas a mostrar su enfado de este modo. Cuando se enojan con alguien, se lo hacen notar dejando de mostrar interés por todo, incluso por las cosas que normalmente constituyen sus temas o sus actividades preferidas. Si se les acusa de «estar de morros», adoptan una actitud lúgubre y responden a cualquier tentativa de hacerlos desaparecer con comentarios del tipo «déjame en paz».
La persona rencorosa suele considerarse tan cargada de razón que su conducta le parece plenamente justificada. Pero debería verse como la ven los demás: infantil, mohína, blandengue y terca.

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En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne

caridad y castidad paisajeLa Madre de Jesús no conoció hombre y, sin embargo, concibió a un hijo y, luego, se encargó de su educación. En María, la pureza aúna la virginidad física y la fecundidad de la carne en un misterio que –aun desafiando nuestra inteligencia y nuestra experiencia– no es por eso menos real, pues nada es imposible para Dios. En la Virgen Madre, en su pureza sin mancha y en su fecundidad, se realiza el misterio de la pureza. Ella se convierte así en la medianera de las gracias que todo ser necesita para vivir este misterio.
Desde el momento de la concepción de Jesús en el seno de la Virgen, el Verbo toma la naturaleza humana, y nace la Iglesia. Para san Agustín, «el Esposo es el Verbo, y la Esposa es la carne humana, y ambas cosas son una sola y misma cosa, que es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. El seno de la Virgen María fue como el lecho nupcial donde se hizo cabeza de la Iglesia». Esta unión mística de Cristo y la Iglesia, seg ún santo Tomás, es como un «matrimonio» que tuvo lugar gracias al «consentimiento» de María en nombre de todo el género humano.

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Si han herido tus sentimientos, no hurgues en la herida… y perdona

perdonEl resentimiento y la aversión, enemigos ambos de la caridad, están estrechamente unidos. La persona resentida, al revés que la irascible o vengativa, no desea hacer daño ni herir a otros: el resentimiento, soberbio y silencioso, se repliega en sí mismo y se entrega a la amargura y las tinieblas de sus reacciones y recuerdos; procura no traicionarse abiertamente a sí mismo con una palabra amable o una muestra de atención. Cuando el amor se mantiene encerrado de este modo en el corazón, está condenado a marchitarse y morir.
Puede que por lo general seas generoso y, sin embargo, el resentimiento haya puesto sus cimientos en tu interior. Si te has sentido incomprendido o profundamente dolido por la ingratitud o la injusticia de otro, no te encierres a rumiar tus penosos recuerdos en solitario. Sigue el consejo de san Pablo: «No se ponga el sol estando todavía airados, y no deis ocasión al diablo». Si han herido tus sentimientos, no hurgues en la herida. Deja de mortificarte con la crueldad de lo que te han dicho; olvida la infame conducta que han mostrado contigo. No hay nada que haga tanto bien al alma como el amor que todo lo perdona. El pensamiento de que Dios te ama debe llenar tu corazón de paz y de alegría.

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María: la Virgen que es Madre

pheasants-eye-1324890_960_720Seguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. El autor tras hacer una referencia a la idea de María como Virgen y Madre, profundiza ahora un poco más en esta verdad de fe, destacando así el valor fecundo de la virginidad:

La imagen de la flor tiene reminiscencias bíblicas: María desciende de David, hijo de Jesé (cf. Is 11, 1; Rm 15, 12). El secreto que guardó al principio, quizá como toda mujer, y luego como virgen llamada a ser madre en su virginidad, es el anunciado por los profetas: Una virgen («alma») dará a luz un hijo (cf. Is 7, 14): este es el sentido que en la Edad Media daban los rabinos Rashi o Ben Gershon a la palabra «alma» . Jesús fue «el hijo» único que nunca tuvo hermanos según la carne. La exacta comprensión del término evangélico «adefoi»los hermanos– de Jesús exige que sea reubicada en el tiempo y en el espacio [Cf. Mt 13, 55-56; Mc 6, 3]. El griego hablado en Palestina en tiempos de Cristo incluye en la palabra «adelfos» todos los grados de parentesco, próximo o lejano, como en nuestros días en el sur de Francia y otras regiones del mundo la palabra «hermano» se aplica al amigo y al vecino, tanto en boca de los emigrados de África del Norte como en la de los provenzales de origen.

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