La mortificación no tiene sentido si no va unida a la cruz de Cristo como expresión del amor

Fog in morning hours in Elbe Sandstone Mountains, Saxony, Germany by Jens Böhme«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15, 13). En el fondo, encontramos el modelo de nuestra elevación personal en la imitación de Cristo que, en su exaltación en la Cruz, manifiesta de modo supremo que Dios es Amor; todo bien superior exige renuncia, hasta el bien supremo que es el amor de Dios y del prójimo por Dios. De este modo, la repetición de actos virtuosos y de pequeños sacrificios fortalece la voluntad, del mismo modo que para ganar al tenis es indispensable el entrenamiento en el servicio, en el revés o en la volea.

La mortificación ayuda al dominio de sí, al éxtasis –salir de sí, pensar en Dios y en los demás, darse– y frena el repliegue en uno mismo que representa la falta de castidad. La mortificación no tiene sentido si no va unida a la cruz de Cristo como expresión del amor. Seguir leyendo “La mortificación no tiene sentido si no va unida a la cruz de Cristo como expresión del amor”

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La mortificación es una forma de participación en la muerte de Cristo

Bluebell Heaven - Spring Bluebell Woods in the Morning Mist by Ceri JonesEl amor se manifiesta sobre todo en el sacrificio: el amor supremo es la entrega de la vida por el amigo, la entrega de Jesús en la cruz. Este es el fundamento de la mortificación. En esencia, es una forma de participación en la muerte de Cristo: «Nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, a fin de que ya nunca más sirvamos al pecado. […] Por lo tanto, que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus concupiscencias» (Rm 6, 6-12), dice san Pablo a propósito de esta participación en la muerte y resurrección de Cristo que es el bautismo. La mortificación manifiesta y actualiza nuestra vida en Cristo, que comenzó con el bautismo.

Jesús nuestro Señor no se limitó a sufrir su pasión. La deseó. Es una idea poco extendida por culpa de la ignorancia de las Escrituras: algunos se imaginan que Jesús fue víctima de toda una serie de torturas que no deseaba. Pero el Catecismo enseña lo contrario: «Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte». Con la mortificación, nos unimos al amor de Jesús por su Padre y su común amor por los hombres. Pascal escribió que Jesús «en su agonía sufre los tormentos que se da a sí mismo», y le atribuye estas palabras: «En mi agonía, yo pensaba en ti; he derramado por ti esas gotas de sangre».

Algunas veces, san Gregorio de Nisa llama a la virginidad «mortificación de la carne» o «mortificación del cuerpo». Seguir leyendo “La mortificación es una forma de participación en la muerte de Cristo”

Con la mortificación se trata de morir al pecado para vivir mejor

image Holger_Dörnhoff_nebelschwaden_nebel_sommer_sonnenstrahlen_wald_mystisch_morgennebel_geister_geisterbusch_heide_morgenlicht_geheimnisvollLa penitencia o mortificación, palabra cuya etimología remite a la idea de morir a uno mismo, no es evidentemente algo masoquista ni un fin en sí mismo. No se trata de dejarse aplastar por un elefante, ser embestido por un búfalo o achurrado por un bulldozer. Mantener a raya el cuerpo o mostrarse desprendidos de él tampoco son una especie de liberación, tal como proponen algunas prácticas procedentes del budismo. Se trata de morir al pecado para vivir mejor. Es una cuestión de amor, de libertad y, en consecuencia, de dominio de sí. Este dominio permite servir desinteresadamente a los demás, desarrollar una sincera empatía con ellos, buscar su bien, tratar a Dios. San Máximo el Confesor escribe: «La caridad y el dominio de sí conservan el intelecto imperturbable respecto a las cosas y los pensamientos de las cosas». La mortificación contribuye al dominio de sí. Es una reconquista del cuerpo, ante la perspectiva de su transfiguración por Dios, que librará al hombre de la esclavitud de sus pasiones. Es una ofrenda a Dios, que cuesta pero que da alegría y que podría expresarse con el lenguaje del amor: «Esto lo he hecho por ti». En el fondo, la mortificación es un arte de vivir. Suele consistir en conceder al cuerpo un poco menos de lo que pide, especialmente en lo que se refiere al alimento: Cristo practicó el ayuno. En este sentido, todos los autores espirituales relacionan la gula con la lujuria.

La mortificación afirma, pues, la supremacía del alma sobre el cuerpo. También el alma tendrá necesidad de purificación para aprender a relegar a segundo plano los placeres triviales. Es una ayuda indispensable para la pureza, Seguir leyendo “Con la mortificación se trata de morir al pecado para vivir mejor”

Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí

deporte.jpgEl deporte es para muchas personas una gran ayuda en la formación de su equilibrio. Es sabido que disminuye el estrés, apacigua las tensiones interiores y hace más fácil el dominio de sí, especialmente para moderar las pasiones. Por ejemplo, sirve para aliviar el nerviosismo o la angustia profesional. Hay un período de la vida en el que es recomendable dedicarse a una práctica deportiva de modo habitual, por ejemplo una vez o dos a la semana. Algunas personas van más allá, hasta profesar un verdadero culto al deporte. Al margen de unas exageraciones que llegan a considerar la afición colectiva al fútbol como una «peste emocional», o de otros ejercicios físicos propensos a las patologías, el sentido del esfuerzo e incluso del dolor físico forma parte del aprendizaje que proporciona el deporte.
La vida cristiana se puede comparar con el deporte. Seguir leyendo “Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí”

Una cosa es sentir, y otra consentir… Lo que no conviene de ningún modo es dialogar

sentiry consentir.jpg¿Cómo discernir lo que es pecado de lo que no lo es? En este tema hay que saber distinguir el sentir del consentir. Por ejemplo, cuando se dilata la pupila del ojo, se puede ver sin haberlo buscado: ha sido provocado automáticamente por una bajada en la intensidad luminosa del ambiente. Lo mismo ocurre con otros movimientos fisiológicos y con determinadas sensaciones. No hay pecado sin consentimiento, y por eso, las reacciones fisiológicas no tienen que turbar el espíritu. Si son provocadas por la tentación no hay que perder la paz, sino al contrario, vivirlas como una prueba que da la ocasión de demostrar el amor que se tiene a Dios. «Una cosa es sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar fácilmente, con la ayuda de Dios. Lo que no conviene de ningún modo es dialogar» [18].
La tentación nos recuerda que necesitamos la ayuda de Dios, que «no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas» (1 Cor 10, 13); y aún más, nos demuestra que en la flaqueza es donde somos fuertes (cf. 2 Cor 12, 10). Por eso, el nerviosismo, la cólera o la angustia que pueden acompañar a una tentación, en el caso de una persona que trata de vivir su fe cristiana coherentemente, no deben inquietar sobremanera: puede tratarse de purificaciones que Dios permite para que nos acerquemos más a Él. Seguir leyendo “Una cosa es sentir, y otra consentir… Lo que no conviene de ningún modo es dialogar”

Aunque la carne se vista de seda, carne se queda…

mirada turbia.jpgEl arte y su falsificación

Hay una pureza de la mirada que depende en primer lugar de la intención, pero que también está relacionada con lo que se ofrece a la vista. El auténtico arte, por la correspondencia de la belleza con la bondad, no ofende a la mirada y lleva a Dios. Entonces, la obra eleva al artista y le hace mejor. Existe una «desnudez casta» cuando el genio del artista sabe representar la nobleza del alma y del cuerpo. Es algo parecido a un buen vaso de vino: resulta excelente para todos, salvo para quien padece de alcoholismo. En definitiva, casi todo depende de la pureza de la mirada. «Omnia munda mundis»: «Todo es puro para los puros; en cambio, para los contaminados e incrédulos no existe nada puro», escribe san Pablo a Tito (Tt 1, 15). Seguir leyendo “Aunque la carne se vista de seda, carne se queda…”

Gloria y servidumbre de Internet

usuarios_esclavos_internet_07.jpgLa gran fuerza de atracción de Internet, y en particular de las imágenes (fotografías y vídeos) que ofrece la red, junto con un relativo anonimato de acceso, reclama una cierta prudencia que actúe como protección de la propia libertad. El dominio de sí es especialmente necesario en el mundo digital. Es un hecho comprobado que la red informática, que en sí es una herramienta magnífica, crea fácilmente adicción y, como las drogas, provoca dependencias psíquicas. En este caso, puede llegar a absorber al usuario de manera vertiginosa, y en cierto modo a hundirlo, aunque inadvertidamente: las personas se hacen prisioneras y desgraciadas al mismo tiempo. Más allá del prudente empleo de filtros y de determinadas medidas relativas a los lugares y los momentos elegidos para consultar Internet, es obvio que lo esencial en este ámbito es la «estructura» interior que hace al hombre maestro de sí mismo y la disposición que depende de una identidad personal bien afirmada. La actitud interior y las ayudas exteriores permiten estar prevenido y ser disciplinado, prudente y celoso de la propia salud psicológica y espiritual. Lo sensato es navegar en Internet con una meta concreta, en el ámbito del propio trabajo o de otro horizonte honrado: evitar la navegación sin rumbo, al capricho del viento, dispuestos a visitar cualquier «isla del tesoro» que se nos pueda presentar.
Internet, que da felizmente una voz a quienes no tienen medios, es también un ámbito de crecimiento en la templanza. Seguir leyendo “Gloria y servidumbre de Internet”