En el sacramento de la misericordia “os daré una alegría que nadie os podrá quitar”

audrey-assad-1Si pudiéramos observar en su interior la situación de las personas que esperan delante del confesonario, veríamos a no pocos cargados con un fardo pesadísimo de faltas y pecados, de tibieza y mediocridad, que les pesa y agobia y entristece. Después, al salir del confesonario, los veríamos alegres, contentos, ligeros, libres, porque saben que han sido salvados: «cada confesonario es el lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado» (san Juan Pablo II). Se cumple aquí la promesa de Jesús: os daré una alegría que nadie os podrá quitar. Seguir leyendo “En el sacramento de la misericordia “os daré una alegría que nadie os podrá quitar””

La alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar

cara alegreDios perdona siempre, y Jesús ha manifestado la alegría que siente Dios cuando nos perdona de modo admirable en la parábola del hijo pródigo. Desde el momento en que el padre desde lejos ve a su hijo, su alegría le lleva a actuar prontamente: corre hacia él y, a continuación, ordena a los criados que saquen el mejor vestido, el anillo, las sandalias, el ternero cebado. Comamos y celebremos la fiesta, les dice. Fue una fiesta grande, con música. Al padre le invade un grandísimo gozo, y todo le parece poco para celebrar el regreso de su hijo. Y echó la casa por la ventana, según el decir popular.

Dios es así. El despliegue de su misericordia nos desborda; sin embargo, no sabemos darnos cuenta y, a veces, tampoco procuramos imitarle en serio, a pesar de la experiencia de que perdonar a quien nos ofende es una fuente de enorme alegría, una de las más grandes. Seguir leyendo “La alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar”

No estés triste porque la alegría del Señor es tu fortaleza

alegria4No estéis tristes porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza, manifestaron Esdras y Nehemías al pueblo. Los israelitas habían regresado de la cautividad y podían vivir de nuevo en la ciudad santa. Y Esdras, el escriba, les anima a dejar atrás la memoria de las penalidades que han sufrido y les señala cuál es la fuente de la alegría, les hace caer en la cuenta de una verdad esencial: el verdadero gozo procede sólo de Dios.

El gozo del Señor es eterno. Desde el comienzo de la revelación, la Sagrada Escritura manifiesta la alegría de Dios al crear el universo: y vio Dios que lo hecho era bueno.

A través de los profetas, el Señor anuncia a su pueblo tiempos de alegre prosperidad, cuando se encontraban todavía en cautiverio: de nuevo tomarás tus panderos y saltarás al corro de los que bailan alegres. De nuevo plantarás viñas en los montes de Samaría, y los que las plantan las vendimiarán… Vendrán y gritarán de júbilo en lo alto de Sión… Sus almas serán como huertos regados y nunca desfallecerán, repite la Escritura santa. Seguir leyendo “No estés triste porque la alegría del Señor es tu fortaleza”

Hemos sido creados para la alegría

creados para la alegria.jpgLa fuente de la alegría: Buscar a Dios, encontrar a Dios, es buen camino para hallar la alegría estable y verdadera. Es el camino. El Señor la concede siempre a quienes procuran vivir cerca de Él.

Hemos sido creados para la alegría que se encuentra en Dios mismo; por eso su ausencia provoca tantos desequilibrios y amarguras. Todos aspiramos a ella con energía irresistible, y jamás dejamos de desearla y de buscarla. Y es Dios la fuente de toda alegría verdadera y perdurable.

La alegría es una conquista diaria frente a la tristeza siempre amenazante, frente a la adversidad, las dificultades, los problemas, las incertidumbres y aparentes fracasos. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Él es la fuente inagotable. (F. Fernandez Carvajal, Pasó haciendo el bien)

La mortificación es una forma de participación en la muerte de Cristo

Bluebell Heaven - Spring Bluebell Woods in the Morning Mist by Ceri JonesEl amor se manifiesta sobre todo en el sacrificio: el amor supremo es la entrega de la vida por el amigo, la entrega de Jesús en la cruz. Este es el fundamento de la mortificación. En esencia, es una forma de participación en la muerte de Cristo: «Nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, para que fuera destruido el cuerpo del pecado, a fin de que ya nunca más sirvamos al pecado. […] Por lo tanto, que no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus concupiscencias» (Rm 6, 6-12), dice san Pablo a propósito de esta participación en la muerte y resurrección de Cristo que es el bautismo. La mortificación manifiesta y actualiza nuestra vida en Cristo, que comenzó con el bautismo.

Jesús nuestro Señor no se limitó a sufrir su pasión. La deseó. Es una idea poco extendida por culpa de la ignorancia de las Escrituras: algunos se imaginan que Jesús fue víctima de toda una serie de torturas que no deseaba. Pero el Catecismo enseña lo contrario: «Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte». Con la mortificación, nos unimos al amor de Jesús por su Padre y su común amor por los hombres. Pascal escribió que Jesús «en su agonía sufre los tormentos que se da a sí mismo», y le atribuye estas palabras: «En mi agonía, yo pensaba en ti; he derramado por ti esas gotas de sangre».

Algunas veces, san Gregorio de Nisa llama a la virginidad «mortificación de la carne» o «mortificación del cuerpo». Seguir leyendo “La mortificación es una forma de participación en la muerte de Cristo”

Con la mortificación se trata de morir al pecado para vivir mejor

image Holger_Dörnhoff_nebelschwaden_nebel_sommer_sonnenstrahlen_wald_mystisch_morgennebel_geister_geisterbusch_heide_morgenlicht_geheimnisvollLa penitencia o mortificación, palabra cuya etimología remite a la idea de morir a uno mismo, no es evidentemente algo masoquista ni un fin en sí mismo. No se trata de dejarse aplastar por un elefante, ser embestido por un búfalo o achurrado por un bulldozer. Mantener a raya el cuerpo o mostrarse desprendidos de él tampoco son una especie de liberación, tal como proponen algunas prácticas procedentes del budismo. Se trata de morir al pecado para vivir mejor. Es una cuestión de amor, de libertad y, en consecuencia, de dominio de sí. Este dominio permite servir desinteresadamente a los demás, desarrollar una sincera empatía con ellos, buscar su bien, tratar a Dios. San Máximo el Confesor escribe: «La caridad y el dominio de sí conservan el intelecto imperturbable respecto a las cosas y los pensamientos de las cosas». La mortificación contribuye al dominio de sí. Es una reconquista del cuerpo, ante la perspectiva de su transfiguración por Dios, que librará al hombre de la esclavitud de sus pasiones. Es una ofrenda a Dios, que cuesta pero que da alegría y que podría expresarse con el lenguaje del amor: «Esto lo he hecho por ti». En el fondo, la mortificación es un arte de vivir. Suele consistir en conceder al cuerpo un poco menos de lo que pide, especialmente en lo que se refiere al alimento: Cristo practicó el ayuno. En este sentido, todos los autores espirituales relacionan la gula con la lujuria.

La mortificación afirma, pues, la supremacía del alma sobre el cuerpo. También el alma tendrá necesidad de purificación para aprender a relegar a segundo plano los placeres triviales. Es una ayuda indispensable para la pureza, Seguir leyendo “Con la mortificación se trata de morir al pecado para vivir mejor”

Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí

deporte.jpgEl deporte es para muchas personas una gran ayuda en la formación de su equilibrio. Es sabido que disminuye el estrés, apacigua las tensiones interiores y hace más fácil el dominio de sí, especialmente para moderar las pasiones. Por ejemplo, sirve para aliviar el nerviosismo o la angustia profesional. Hay un período de la vida en el que es recomendable dedicarse a una práctica deportiva de modo habitual, por ejemplo una vez o dos a la semana. Algunas personas van más allá, hasta profesar un verdadero culto al deporte. Al margen de unas exageraciones que llegan a considerar la afición colectiva al fútbol como una «peste emocional», o de otros ejercicios físicos propensos a las patologías, el sentido del esfuerzo e incluso del dolor físico forma parte del aprendizaje que proporciona el deporte.
La vida cristiana se puede comparar con el deporte. Seguir leyendo “Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí”