16. En mi alcoba y con primor

2618.600x450Escuchaba esta mañana este villancico, y enseguida me acordé de este artículo de Pablo Prieto en su libro: Dios y las artes del hogar. Que lo disfrutéis:

Hazle la cama a este Niño / en mi alcoba y con primor. / No me la haga usted señora / que mi cama es un rincón (Villancico popular).— El rincón de Cristo, estrecho y áspero, es este mundo nuestro donde el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20).

A cambio nosotros le ofrecemos una cama, es decir, el hogar entero en cuanto sitio del reposo y la seguridad. La Cabeza de Cristo tiene aquí donde reclinarse, en la medida que cuidamos de sus miembros, nuestros hermanos.

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15. Una habitación amueblada

Continuamos, una semana más, con el libro de Pablo Prieto: “Dios y las artes del hogar”. Aquí os dejo con el capítulo 15, dedicado al hogar como lugar y como escenario:

 Y os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande y amueblada. (Preparando la Última Cena, Mc 14, 15).— Con el adjetivo “amueblada” Cristo alude a tantos detalles que confieren al mobiliario doméstico una personalidad singular: el adorno, la limpieza, el orden, la reparación, la huella del uso, sus connotaciones familiares, su valor simbólico. No se refiere, en efecto, a muebles mudos, como los del escaparate de una tienda, sino en conversación, pues se encuentran integrados en la estructura viva de un hogar.

La Última Cena tuvo lugar en este escenario, configurado según la sensibilidad y la historia de aquella familia concreta. ¿Qué familia? Lo ignoramos, pero no importa: nuestra casa también será aquella habitación amueblada si la vivimos con fe y primor. Seguir leyendo “15. Una habitación amueblada”

14. Los pañales y la túnica

Continuamos, una semana más, con el libro de Pablo Prieto: “Dios y las artes del hogar”. Aquí os dejo con el capítulo 14, dedicado al vestido:

Y lo envolvió en pañales (Lc 2, 7).— María no sólo envuelve el cuerpo de Jesús, sino toda su vida, desde el pesebre al sepulcro. Los pañales y la mortaja son los extremos de un único lienzo con que María abarca a su Hijo en el espacio y el tiempo, y lo retiene en su corazón.

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Y lo envolvió… .— Envolverlo es prepararlo como un regalo, y concretamente como regalo de Navidad. Con este gesto María anticipa y resume lo que será la vida de su Hijo: darse.

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La Virgen envuelve con pañales al Niño y los ángeles con luz a los pastores (cfr Lc 2, 9). Dios nos cambia su vestido por el nuestro.

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Inventar el espacio en el hogar (y en el alma)

decoracion azulSeguimos con algunos textos de Pablo Prieto, extraído de diversos lugares. Aquí os dejo con estos fragmentos relacionados con el espacio en el hogar:

Ven, Espíritu Santo…, llena lo más íntimo de los corazones. (Del himno Veni Sancte Spiritus).— ¿Y qué puede llenar la intimidad sino el amor? El amor llena ahondando y afinando a su receptor, abriendo en él nuevas interioridades, descubriéndole filones inéditos.

¿Y cómo realiza el Espíritu esta obra en el alma? Al modo de un ama de casa: lava lo que está manchado, riega…, sana…, dobla…, calienta…, endereza… (ibidem). Pues el oficio doméstico, ¿qué es sino crear espacio humano? Un espacio donde siempre cabe más, pues el amor lo dilata.

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Cuidando la casa tú mismo te haces casa. Te conviertes en lo que cuidas. La habitación que limpias y adornas se replica y desdobla en tu alma.

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La ropa

BX7FB8qCIAA1gGn.jpg largePor una extraña circunstancia he perdido el texto que estábamos comentando, cada lunes, en el blog, del libro de Pablo Prieto: “Dios y las artes del hogar”. Pero he tenido la suerte de encontrar este otro del mismo autor que pueden muy bien suplir lo que quedaba del libro. Además, de este modo os dejo con las ganas de conseguir el libro, cosa que seguro Pablo agradecerá. Aquí os dejo con este hermoso tema dedicado a la ropa:

Y lo envolvió en pañales (Lc 2, 7).— Envolverlo en pañales es retraerlo a su seno: prolongar el calor de sus entrañas. En los pañales el niño retorna dentro y la madre se vuelca fuera.
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La Virgen envuelve con pañales al Niño y los ángeles con luz a los pastores. Dios nos cambia su vestido por el nuestro.
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Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos; tanto que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. (En la Transfiguración, Mc 9, 3).— Sus propios vestidos los asume Jesús en la revelación de su gloria: los mismos que su Madre tejió, recompuso y lavó innumerables veces. Así es como estos discretos trabajos quedan enaltecidos para siempre jamás en la Persona del Verbo. Seguir leyendo “La ropa”

¿Estética del trabajo ordinario?

Llevo varios días, semanas en realidad, con el ordenador en mal estado (primero se rompió y ahora no va bien). Por eso habréis notado ciertas irregularidades en el blog. Espero se solucione en unas semanas (las cosas en Venezuela llevan otro ritmo). Gracias por la paciencia.

Aquí os dejo con otro artículo buen de Pablo Prieto. Este no es del libro que venimos viendo, sobre Dios y las artes del hogar. Pero espero que os guste.

Tendrían que conocer ustedes la cafetería de mi calle. Detrás de la barra nos atiende siempre una señorita que lo hace todo: sirve, prepara, cobra, limpia; a todo llega, todo lo ordena, todo lo controla. Siempre me ha admirado la rapidez y precisión de movimientos de estos profesionales de la barra, que semejan a un malabarista en plena actuación. Pero en esta joven hay algo especial. Yo diría que es su serenidad, una serenidad tanto más asombrosa cuanto más inadvertida entre los concurrentes. ¿Cómo puede hacer tanto sin sensación de prisa o nervios? Su trato es amable y sencillo, sus respuestas breves, su gesto yo diría que algo ensimismado. ¿Estará cansada? ¿Será que piensa en su amor? El caso es que se está bien aquí y ella sin duda es parte de ese clima, por no decir su causa misma, su fuente secreta. Seguir leyendo “¿Estética del trabajo ordinario?”

13. Mirad mis manos

Continuamos, un lunes más, con el libro de Pablo Prieto: “Dios y las artes del hogar”. Aquí os dejo con el capítulo 13, dedicado al trabajo, y en especial al trabajo que realizamos con las manos:

Mirad mis manos… (Lc 24, 39).— Puesto en medio de sus discípulos, el Resucitado acredita su identidad de este modo. Para reconocer mi rostro —parece decir— empezad reconociendo mis manos.

¿Y qué vemos en ellas? Los agujeros de los clavos y… los callos del trabajo. Sí, curtidas y recias, las manos de Cristo presentan la honrosa huella de treinta años en el taller, manejando precisamente lo que después serían instrumentos de su Pasión: maderas, martillos, clavos…

Mirad mis manos —nos dice—, y contemplad en ellas vuestro trabajo, redimido por mi Cruz y transfigurado por mi Pascua. Seguir leyendo “13. Mirad mis manos”