iglesiaPorque el Papa hace las veces de Cristo en la tierra: es su Vicario. Por que es para los cristianos la tangible presencia de Jesús, el «dulce Cristo en la tierra», como lo llamaba santa Catalina de Siena. Esto es lo que mueve a quererlo. Aprendamos a amarlo –con obras: oración y mortificación– de una manera particular. Este amor se manifiesta en determinados momentos: cuando realiza un viaje apostólico, en la enfermedad, cuando arrecian los ataques de los enemigos de la Iglesia, cuando por cualquier circunstancia nos encontramos más cerca de su persona.

El amor a la Iglesia se muestra también en el aprecio y en la oración por los Obispos y por los sacerdotes, en los que tanto confía el Señor y de quienes depende en buena parte la santidad de los fieles que les están encomendados: Leer el resto de esta entrada »

3087__43861eec09275Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, Dios mío… (Sal 41). El ciervo que busca saciar su sed en la fuente es figura del deseo de quien aspira a seguir al Señor de cerca, de quien aspira a la santidad… Pero tú y yo: ¿queremos sinceramente ser santos?, ¿tenemos deseos de una amistad creciente con el Señor?, ¿queremos acercarnos más a Él a través de nuestras ocupaciones  profesionales, deberes familiares y sociales?

Si has dicho que sí, no olvides que estos deseos de santidad deben traducirse en el deseo de cumplir la voluntad de Dios en todo, aun en lo más pequeño; en la esperanza eficaz de acercar almas al Señor; en una lucha interior sincera, concreta.

El enemigo principal de la santidad no es tanto el pecado, que lo es. Existe otro enemigo peor, por ser más sutil y pasar inadvertido. Es esencial mantenerse alerta para detectarlo con prontitud: la tibieza. Esa enfermedad del alma que afecta a la inteligencia y a la voluntad, y que se puede presentar en cualquier etapa de la vida interior. Es un mal que deja al cristiano con una vida interior triste, pobre, sin fuerza apostólica. La voluntad, a causa de las frecuentes faltas de correspondencia a la gracia y de dejaciones culpables, se debilita. Y la inteligencia -por tantos descuidos en detalles de amor- deja de ver con claridad a Cristo en el horizonte de su vida: aparece como algo lejano.
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San Juan Pablo II afirmó: «nuestro Dios en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor» (Homilía, 28 enero 1979)… No dice que Dios sea como una familia sino que es una familia. ¿Por qué? Porque Dios posee los atributos esenciales de una familia: paternidad, filiación y amor y es el único que los posee en toda su perfección y desde toda la eternidad.

Al establecer la Nueva Alianza, Cristo fundó una Iglesia: su Cuerpo místico, como una extensión de su encarnación. Al asumir la carne, Cristo la divinizó, y extendió la vida de la Trinidad a toda la humanidad, a través de la Iglesia. Incorporados al Cuerpo de Cristo, nos hacemos «hijos en el Hijo». Nos convertimos en hijos de la casa eterna de Dios. Formamos parte de la vida de la Trinidad. La Iglesia católica es nada menos que la Familia universal de Dios. Cristo se hizo uno de nosotros para ofrecer su humanidad como sacrificio perfecto. En la Misa unimos nuestro sacrificio al suyo y esa unión hace que nuestro sacrificio sea perfecto.

¿Cómo puede ser esto? Leer el resto de esta entrada »

iglesiaComo cristianos hemos de tener muy en cuenta que no podemos llegar a ser buenos hijos de Dios, si no lo somos también de la Iglesia, porque «no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (san Agustín). Es difícil tener un gran amor a Cristo sin un gran amor a su Cuerpo Místico: la Iglesia: «Tener espíritu católico implica que ha de pesar sobre nuestros hombros la preocupación por toda la Iglesia, no sólo de esta parcela concreta o de aquella otra; y exige que nuestra oración se extienda de norte a sur, de este a oeste, con generosa petición.
»Entenderás así la exclamación –la jaculatoria– de aquel amigo, ante el desamor de tantos hacia nuestra Santa Madre: ¡me duele la Iglesia!»
(san Josemaría en Forja, n. 583).

Este amor a la Iglesia nos lleva a mirarla con ojos de fe, que ven el misterio profundo que en Ella se encierra. Por eso, un buen hijo de la Iglesia no puede escuchar impasible críticas al Papa, a los obispos, sacerdotes o religiosos. Y, si alguna vez se ven culpas y errores en los que debían ser más ejemplares no achacará a la Iglesia las faltas y debilidades de algunos de ellos: «Ojalá no caigas, nunca, en el error de identificar el Cuerpo Místico de Cristo con la determinada actitud, personal o pública, de uno cualquiera de sus miembros.
»Y ojalá no des pie a que gente menos formada caiga en ese error.
»–¡Mira si es importante tu coherencia, tu lealtad!
» (san Josemaría en Surco, n. 356).
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Al encuentro con la Cruz (y 3)

Jueves, 26 febrero, 2015

cargando-la-cruzTercera y última entrada de esta serie sobre la mortificación en la Cuaresma:

Especial importancia tiene la mortificación interior. Es decir, el control sobre la imaginación y la memoria, con el fin de alejar esos pensamientos y recuerdos inútiles, que impiden la presencia de Dios, y que tantas veces son fuente de tentaciones.

Y es que cuando se cede a esta forma de evasión -quizá en momentos de más cansancio, o de aridez espiritual o como compensación ante los pequeños fracasos de la vida diaria–, se va produciendo un deterioro de la unidad de vida: por un lado, un mundo interior -en el que la vanidad triunfa-, y por otro, la vida real, a veces dura, parca y austera… pero donde únicamente puede realizarse el proyecto de santidad personal. Leer el resto de esta entrada »

Al encuentro de la Cruz (2)

Miércoles, 25 febrero, 2015

cargando-la-cruzSeguimos tratando de la mortificación en Cuaresma:

Tanto la mortificación que hacemos voluntariamente como la que nos viene sin buscarla son –más que privación de algo-, una ocasión de expresar nuestro amor a este Dios nuestro que ha querido redimirnos por medio de la Cruz.

La mortificación es mucho más que la simple moderación, o el deseo de mantener a raya los sentidos y el desequilibrio que producen el desorden y el exceso. Se trata más bien de negarnos algo a nosotros mismo para unirnos así más íntimamente con Cristo en la Cruz.

San Alfonso Mª de Ligorio decía que, así como la llama se aviva al contacto del aire, así el alma se perfecciona al contacto de las tribulaciones». Y es que la vida interior se fortalece con las contradicciones y los obstáculos que la hacen crecer en las virtudes y, sobre todo, en la confianza en Dios. Por eso, el espíritu de sacrificio ha de ser una actitud estable, habitual, en la vida del cristiano. Sin mortificación no hay progreso. Hemos de estar convencidos de su necesidad. El espíritu de mortificación ha de ser una costumbre arraigada, estable en al viada de todo cristiano. Leer el resto de esta entrada »

Al encuentro con la Cruz

Martes, 24 febrero, 2015

cargando-la-cruzLa Cuaresma nos lleva de la mano, y casi sin darnos cuenta, al encuentro con la Cruz dentro de unos 40 días. Así que para prepararnos mejor a ese encuentro, pondremos en el blog algunas entradas sobre la mortificación y la penitencia.

La mortificación es primordial para seguir a Cristo: «para Vivir hay que morir» (Camino 185).Y el mismo Señor nos advierte: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame (Lc 9,23). Difícilmente sin ella puede haber frutos verdaderos, virtudes o intimidad sincera con el Señor. Y es que en la vida interior, conforme se avanza «el Señor se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia» (san Josemaría).

Y sin embargo, ¡cuánto rechazo y falta de generosidad para todo lo que supone contrariedad o dolor!. Además está todo este ambiente hedonista que nos rodea. El ambiente presiona con su visión negativa del sacrificio voluntario, pero no olvides el carácter positivo de la mortificación y como estrecha la relación de amistad con Dios, como trae esa alegría verdadera al saber que participamos en el misterio de la Redención. Leer el resto de esta entrada »

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