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San Juan Pablo II afirmó: «nuestro Dios en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor» (Homilía, 28 enero 1979)… No dice que Dios sea como una familia sino que es una familia. ¿Por qué? Porque Dios posee los atributos esenciales de una familia: paternidad, filiación y amor y es el único que los posee en toda su perfección y desde toda la eternidad.

Al establecer la Nueva Alianza, Cristo fundó una Iglesia: su Cuerpo místico, como una extensión de su encarnación. Al asumir la carne, Cristo la divinizó, y extendió la vida de la Trinidad a toda la humanidad, a través de la Iglesia. Incorporados al Cuerpo de Cristo, nos hacemos «hijos en el Hijo». Nos convertimos en hijos de la casa eterna de Dios. Formamos parte de la vida de la Trinidad. La Iglesia católica es nada menos que la Familia universal de Dios. Cristo se hizo uno de nosotros para ofrecer su humanidad como sacrificio perfecto. En la Misa unimos nuestro sacrificio al suyo y esa unión hace que nuestro sacrificio sea perfecto.

¿Cómo puede ser esto? Leer el resto de esta entrada »

iglesiaComo cristianos hemos de tener muy en cuenta que no podemos llegar a ser buenos hijos de Dios, si no lo somos también de la Iglesia, porque «no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (san Agustín). Es difícil tener un gran amor a Cristo sin un gran amor a su Cuerpo Místico: la Iglesia: «Tener espíritu católico implica que ha de pesar sobre nuestros hombros la preocupación por toda la Iglesia, no sólo de esta parcela concreta o de aquella otra; y exige que nuestra oración se extienda de norte a sur, de este a oeste, con generosa petición.
»Entenderás así la exclamación –la jaculatoria– de aquel amigo, ante el desamor de tantos hacia nuestra Santa Madre: ¡me duele la Iglesia!»
(san Josemaría en Forja, n. 583).

Este amor a la Iglesia nos lleva a mirarla con ojos de fe, que ven el misterio profundo que en Ella se encierra. Por eso, un buen hijo de la Iglesia no puede escuchar impasible críticas al Papa, a los obispos, sacerdotes o religiosos. Y, si alguna vez se ven culpas y errores en los que debían ser más ejemplares no achacará a la Iglesia las faltas y debilidades de algunos de ellos: «Ojalá no caigas, nunca, en el error de identificar el Cuerpo Místico de Cristo con la determinada actitud, personal o pública, de uno cualquiera de sus miembros.
»Y ojalá no des pie a que gente menos formada caiga en ese error.
»–¡Mira si es importante tu coherencia, tu lealtad!
» (san Josemaría en Surco, n. 356).
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Al encuentro con la Cruz (y 3)

Jueves, 26 febrero, 2015

cargando-la-cruzTercera y última entrada de esta serie sobre la mortificación en la Cuaresma:

Especial importancia tiene la mortificación interior. Es decir, el control sobre la imaginación y la memoria, con el fin de alejar esos pensamientos y recuerdos inútiles, que impiden la presencia de Dios, y que tantas veces son fuente de tentaciones.

Y es que cuando se cede a esta forma de evasión -quizá en momentos de más cansancio, o de aridez espiritual o como compensación ante los pequeños fracasos de la vida diaria–, se va produciendo un deterioro de la unidad de vida: por un lado, un mundo interior -en el que la vanidad triunfa-, y por otro, la vida real, a veces dura, parca y austera… pero donde únicamente puede realizarse el proyecto de santidad personal. Leer el resto de esta entrada »

Al encuentro de la Cruz (2)

Miércoles, 25 febrero, 2015

cargando-la-cruzSeguimos tratando de la mortificación en Cuaresma:

Tanto la mortificación que hacemos voluntariamente como la que nos viene sin buscarla son –más que privación de algo-, una ocasión de expresar nuestro amor a este Dios nuestro que ha querido redimirnos por medio de la Cruz.

La mortificación es mucho más que la simple moderación, o el deseo de mantener a raya los sentidos y el desequilibrio que producen el desorden y el exceso. Se trata más bien de negarnos algo a nosotros mismo para unirnos así más íntimamente con Cristo en la Cruz.

San Alfonso Mª de Ligorio decía que, así como la llama se aviva al contacto del aire, así el alma se perfecciona al contacto de las tribulaciones». Y es que la vida interior se fortalece con las contradicciones y los obstáculos que la hacen crecer en las virtudes y, sobre todo, en la confianza en Dios. Por eso, el espíritu de sacrificio ha de ser una actitud estable, habitual, en la vida del cristiano. Sin mortificación no hay progreso. Hemos de estar convencidos de su necesidad. El espíritu de mortificación ha de ser una costumbre arraigada, estable en al viada de todo cristiano. Leer el resto de esta entrada »

Al encuentro con la Cruz

Martes, 24 febrero, 2015

cargando-la-cruzLa Cuaresma nos lleva de la mano, y casi sin darnos cuenta, al encuentro con la Cruz dentro de unos 40 días. Así que para prepararnos mejor a ese encuentro, pondremos en el blog algunas entradas sobre la mortificación y la penitencia.

La mortificación es primordial para seguir a Cristo: «para Vivir hay que morir» (Camino 185).Y el mismo Señor nos advierte: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame (Lc 9,23). Difícilmente sin ella puede haber frutos verdaderos, virtudes o intimidad sincera con el Señor. Y es que en la vida interior, conforme se avanza «el Señor se nos manifiesta cada vez más exigente, nos pide reparación y penitencia» (san Josemaría).

Y sin embargo, ¡cuánto rechazo y falta de generosidad para todo lo que supone contrariedad o dolor!. Además está todo este ambiente hedonista que nos rodea. El ambiente presiona con su visión negativa del sacrificio voluntario, pero no olvides el carácter positivo de la mortificación y como estrecha la relación de amistad con Dios, como trae esa alegría verdadera al saber que participamos en el misterio de la Redención. Leer el resto de esta entrada »

La ceniza y la cabeza

Jueves, 19 febrero, 2015

770x433xEgipto.jpg.pagespeed.ic.qGjz2m4pDM

Me envía José Ramón Ayllón este impresionante texto de Enrique García-Máiquez sobre el miércoles de ceniza:

DESDE hace diez años publico los miércoles para todo el Grupo Joly; llevo, por tanto, un decenio asombrándome cada año de la casualidad de que me toque escribir los días de Ceniza justamente a mí, columnista confesional y ritualista donde los haya. Esta vez, sin embargo, voy a aparcar la broma, no tanto por repetitiva y cansina -yo no me canso nunca de una tradición-, como porque, tras la decapitación en Libia de 21 egipcios, cristianos coptos, no estamos para chistecillos. El hecho es tan grave que exige, como nos enseñó Tomás Moro, un humor salvaje, desafiante, teológico y místico. Ya saben: cuando Moro esperaba para ser decapitado notó cierta jaqueca, pero se felicitó de que su rey, tan atento, fuera a administrarle enseguida una medicina que cortaría el dolor de golpe.

Esta tarde, cuando incline la frente para que me impongan la ceniza, sentiré que, junto al símbolo penitencial antiguo, mi cabeza se troncha (indoloramente) sobre mi cuello en un homenaje a los nuevos mártires. Leer el resto de esta entrada »

Trineo de perros 91 (Small)La gente busca la felicidad, pero recuerda “no bastan las buenas intenciones”. Te copio esta antigua anécdota:

En un vasto paisaje helado, azotado por la ventisca, se desliza un trineo. Su único ocupante viaja hacia el polo Norte. De su rostro, cubierto de agujas de hielo, destacan los ojos febriles clavados con ansia en el horizonte. Avanza el trineo con la prisa de quien pareciera llegara tarde. No permite que el tiro de perros se desvíe un ápice del septentrión; no les concede respiro a su esfuerzo, ni disminuye su velocidad. No se distrae el viajero en su valioso equipaje, que es todo lo que posee. Todo en él es una tensa voluntad de alcanzar pronto la meta. En llegar al polo Norte ha puesto lo mejor de sus energías, la más entrañable de sus esperanzas, el sentido final de su destino.
Solamente de trecho en trecho, nuestro viajero se detiene un instante para comprobar si la dirección es correcta y cuánta es la distancia que todavía le separa del Norte. Y aquí la sorpresa. Los instrumentos le demuestran, sin lugar a dudas, que la dirección resulta exacta, pero la distancia del Polo Norte es cada vez mayor. En vano verifica una y otra vez sus instrumentos: no están estropeados, no hay error en la medición, la dirección es buena, más la distancia en cada comprobación no cesa de aumentar. Pero nuestro perplejo viajero, entre el desaliento y la esperanza, fuerza más y más la velocidad, castiga sin piedad a sus perros y los lanza vertiginosamente entre la ventisca con la desesperación de quien pareciera que huye. Todo es inútil, no obstante, en cada sucesiva medición, pese a la fidelidad de la dirección, el polo Norte se aleja más y más….

¿Qué le ocurre, al protagonista de tan dramático viaje? Si nos distanciáramos lo necesario para poder ver desde lo alto aquella situación, descubriríamos que aquel vasto paisaje helado por cuyo interior viaja este diminuto trineo, no es más que un inmenso témpano de hielo, un colosal iceberg, que se desplaza hacia el Sur a mucha mayor velocidad de la que nuestro pobre viajero corre hacia el Norte. La meta del viaje y los ideales de su equipaje eran nobles. Su esfuerzo, admirable. Pero la base sobre la que se sustentaba toda la aventura era tan radicalmente errada que le conducía con fatalidad al polo opuesto. El deseo y búsqueda bien intencionada de la felicidad, de llegar al Polo Norte, no basta para alcanzarla; los planteamientos de fondo, la visión del hombre, del mundo y de Dios, la base sobre la que sustentar este proyecto es tanto o más importante.

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