Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí

deporte.jpgEl deporte es para muchas personas una gran ayuda en la formación de su equilibrio. Es sabido que disminuye el estrés, apacigua las tensiones interiores y hace más fácil el dominio de sí, especialmente para moderar las pasiones. Por ejemplo, sirve para aliviar el nerviosismo o la angustia profesional. Hay un período de la vida en el que es recomendable dedicarse a una práctica deportiva de modo habitual, por ejemplo una vez o dos a la semana. Algunas personas van más allá, hasta profesar un verdadero culto al deporte. Al margen de unas exageraciones que llegan a considerar la afición colectiva al fútbol como una «peste emocional», o de otros ejercicios físicos propensos a las patologías, el sentido del esfuerzo e incluso del dolor físico forma parte del aprendizaje que proporciona el deporte.
La vida cristiana se puede comparar con el deporte. San Pablo se refiere a los juegos públicos griegos explicando que es preciso correr para alcanzar el premio de la vida eterna (cf. 1 Cor 9, 24-27). La penitencia corporal es también una forma de gimnasia que fortalece la voluntad: es la oración del cuerpo. Desempeña un papel de purificación del alma y de fortalecimiento del carácter: «Nadie aborrece nunca su propia carne» (Ef 5, 29), afirma san Pablo, que sin embargo reconoce, aludiendo a los atletas que se someten a un régimen severo: «Yo castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre» (1 Cor 9, 27), literalmente «lo golpeo a puñetazos» («ypopiazo» en griego, en latín «castigo»). [G. Derville en Amor y desamor]

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6 comentarios en “Necesitamos de la mortificación para lograr el dominio de sí

  1. Para controlar y dirigir todas las fuerzas o tensiones que aparecen en mi vida, para que se integren en torno a mi identidad personal de manera armoniosa, es preciso educar la inteligencia y fortalecer la voluntad. Aquí la mortificación se demuestra necesaria.

    Conseguir el auto-dominio o señorío sobre mi cuerpo precisa de la mortificación, que puede describirse como negación voluntaria de una apetencia (me apetece fumar pero no fumo), o afirmación voluntaria de algo que no me apetece (no me apetece comer esto porque no me gusta, pero es lo que hay y me lo como; no me apetece ponerme a estudiar o trabajar, pero me pongo; no me apetece levantarme, pero me levanto). La mortificación del cuerpo es un acto libre forjado por una decisión de la voluntad, informada por la inteligencia (que proporciona el motivo de esa decisión), que contraría las apetencias o gustos del cuerpo en un acto determinado.

    Ahora bien, ¿por qué necesito controlar mi cuerpo?, o mejor ¿para qué busco controlar mi cuerpo? Los motivos pueden ser muy variados, como por ejemplo la educación o cortesía humana. Así, debo mortificar mi cuerpo para no llevar a cabo actitudes que disturben la paz y la convivencia próxima.
    Entre las muchas razones que llevan a mortificar o sujetar -si se quiere, reprimir- el cuerpo, pienso que la fundamental es la petición al cuerpo de un servicio a la persona por encima de sus posibilidades iniciales u ordinarias. Me explico con algunos ejemplos. En el mundo en que vivimos, sobre todo en las sociedades avanzadas, solemos mortificar el cuerpo principalmente en relación con el trabajo profesional. Soportando frío o calor (especialmente las personas que trabajan a la intemperie); superando el cansancio y el sueño (casi universalmente cada mañana al levantarse -¿a quién no le pide el cuerpo quedarse un buen rato más en la cama, todos o casi todos los días?-; en los trabajos de atención directa al público no me puedo permitir poner mala cara y omitir la sonrisa, aunque realmente el cuerpo pida enfadarse o simplemente pasar de alguien o algo), ¡cuántos proyectos nos llevan más allá de nuestras fuerzas y exigen mortificar el cuerpo!, en períodos determinados o para determinados trabajos siempre.

    Por supuesto, también debo mortificar mi cuerpo para cumplir otros deberes, especialmente con la familia o con los amigos. Prácticamente cada día debo mortificar mi cuerpo y sus apetencias, a favor de los requerimientos de otros: el padre y la madre entre ellos y respecto a sus hijos pequeños; los novios; los amigos; los vecinos. No estamos solos en el mundo, la relación con los demás lleva muchas veces a poner sus cosas antes que las nuestras y, por tanto, mortificar los gustos propios. En caso contrario, en poco tiempo llegaremos a encontrarnos realmente solos.

    Hoy quizá la mortificación corporal más severa se exige a los deportistas. Deben vivir rozando y superando el límite de las posibilidades del cuerpo humano. Para ello necesitan mortificar el cuerpo hasta la extenuación en su vida diaria de entrenamiento; además deben seguir una dieta rigurosa, sin permitirse excesos ni caprichos; un horario estable y regular que limite la diversión. Es algo voluntario, pero que exige mucha mortificación: piénsese en las discusiones y críticas -a veces con fundamento- sobre si Ronaldo está gordo o no, o si los futbolistas deben salir por la noche o no. Aunque el caso de los futbolistas es un poco especial. Si pensamos en ciclistas, tenistas, nadadores, atletas, montañistas o gimnastas no nos quedará duda de la dureza de su vida: del entrenamiento y de la competición.

    Con los deportistas profesionales, a veces justificamos todo ese esfuerzo en que ellos son los mejores o representan la excelencia de la humanidad. En este sentido estos personajes de élite son unos elegidos para la gloria y por tanto se les puede pedir e incluso exigir todo ese sometimiento o mortificación del cuerpo, mientras los demás contemplamos esas maravillas desde nuestro sillón de la tele. Pero según el cristianismo todos hemos sido elegidos para la gloria, por tanto cada persona singular es tratada por Dios como su mejor hijo, como si fuera el único.

    Conectamos así con el tema que nos ocupa. La mortificación corporal cristiana se puede encuadrar dentro de este sentido de ejercicio o entrenamiento para controlar el cuerpo, con idea de disponerlo al servicio de Dios y de los demás. En la sociedad en que vivimos, tiene sentido mortificar el cuerpo para controlar sus fuerzas e integrarlas hacia la ejecución de un proyecto laboral, la realización de tareas o deberes en relación con los demás, el logro de unas metas deportivas, etc. Sin embargo, a algunos les puede extrañar la mortificación del cuerpo para conseguir un objetivo espiritual, religioso. La renuncia a un gusto sensible o material, para apreciar con mayor soltura un valor espiritual. Es curioso, aunque explicable por el materialismo práctico de nuestra cultura.

    La vida cristiana enseña que el ideal de amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a uno mismo, no sale solo y necesita de la implicación personal, de la lucha y el esfuerzo. Ahí aparece la necesidad de la mortificación del cuerpo, para involucrarle por completo en la íntima unidad de la persona y así pueda dar lo mejor de sí mismo.

    No sólo porque existen tendencias desordenadas que conducen la persona a su propia ruina, y que es preciso controlar. El deseo de satisfacción y de goce, desordenado por el pecado, lleva a cosas que, si las hiciéramos, nos apartarían de la paz interior y de la comunión con Dios. Por ejemplo, el apetito desordenado por la comida o la bebida, la envidia, la crítica o intolerancia con alguna persona (familiar, amigo, vecino o compañero), la pereza ante los propios deberes, etc. Sino también porque la excelencia del ideal cristiano (amar con todas las fuerzas y todas las obras), conlleva la práctica intensa de la virtud (la caridad y todas las demás), lo cual no es posible sin imponerse cosas, por así decir, desagradables, que nos restan comodidad y reposo para obligarnos al compromiso y al trabajo por los demás. Para poder avanzar en la vida cristiana, hay que mortificarse. Como sucede en muchos aspectos de la vida humana (el deporte, el trabajo o la carrera profesional, la estética personal, etc.).
    Cambia la motivación: el amor a Dios y a las demás personas.

  2. Gracias..Joaquín. Si en algo estamos de.acuerdo es que en los.centros.del OPD siempre te recibirán muy bien, en eso puedo poner la mano en el fuego y no me queno . Haber sido( m auxiliar ,muchísimos años)sé cómo la gente se entrega , cuida de las cosas.Para que cada persona que pisa un centro se sienta como en casa.Por eso entiendo que te encuentres tan bien.He leído muchas veces en internet que es muy difícil dejar de ser miembro de la Obra .!¡Una mentira !! como otras ,a mi me fue muy fácil de un día para otro.Y aun luego seguí yendo por centros de la obra para ir a los medios de formación .Nunca me pusieron mala cara es más Siempre se han preocupado por mi, fui yo la que quiso poner distancia.Entiendo lo que dices…..No es precisamente rencor lo que me produce estar con gente de la Obra….Son otros sentimientos ,igual k al pensar en Dios no puedo evitar pensar en esa parte en la verdad. Pensar en confesión o en oración. Me supone enfrentarme a cosas que nunca e querido ver.Por eso sufro tanto en el blog, y porque mis circunstancias personales no son adecuadas para meterme en esos temas.Y es más fácil vivir de cara al exterior k en el interior.Me es más fácil,pensar que Dios no existe , que creer que existe .Por lo visto los dos estamos recorriendo el mismo camino,con la diferencia de que tú ya tienes a DIOS .y como me dijo un sacerdote de OPD “no es necesario ser del OPD para querer a Dios”por que lo que importa es Dios. igual que no todos podemos ser monjas,sacerdotes .etc
    Los dos vamos a tener que rezar mucho ,y ser muy sinceros tú para descubrir lo que Dios quiere, y yo para reconocer la verdad no la que me he creado este tiempo si no la real.No te preocupes sabrás lo que Dios te pide y en ese momento serás la persona más feliz del mundo….Gracias me has. Ayudado mucho…Si vas al centro diles que te inviten a merendar .Y cuando vallas a la capilla (oratorio)reza por mi.Saludos
    D Rafael no se enfade creo que le debía a Joaquín. la misna sinceridad que el me ha dado .gracias

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