Orden interior y exterior

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Otro aspecto de la prudencia al que san Josemaría concede gran importancia es el orden: el “orden interior” en los pensamientos, intenciones y afectos, del que deriva el “orden exterior” en la conducta (como virtud, no como simple mecanismo). En el terreno de la actividad humana, el orden comporta el reconocimiento de una prioridad o posteridad de las acciones en relación con un principio. Tenemos aquí dos elementos:

  • En primer lugar, que el orden debe estar presente en todas las acciones. Así se lee en Camino: ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!. San Josemaría considera necesario el orden para que cualquier acto pueda ser un acto de virtud, y esto es propio de la prudencia, cuyo objeto es indicar la “medida” de las acciones. En este sentido el orden es un aspecto de la virtud de la prudencia, que consiste en indicar el “lugar” de las acciones u “ordenarlas”.
  • El segundo elemento es el principio ordenador o rector de la conducta. Para un cristiano, ese principio es la caridad, el amor a Dios. San Josemaría recalca que la vida de un fiel corriente exige ante todo buscar el verdadero “centro” de la vida humana, lo que puede dar una jerarquía, un orden y un sentido a todo: el trato con Dios. Sólo a la luz de ese foco central se puede descubrir el lugar de cada cosa, el orden en los bienes que ha de buscar la voluntad, en los afectos y en las acciones: lo que es prioritario y lo que debe esperar. El orden es así, en definitiva, un acto de la virtud de la prudencia informada por la caridad.

La importancia de esta virtud es grande para un fiel corriente solicitado por ocupaciones diversas. Cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse. Muchas dificultades provienen de la falta de orden, de la carencia de ese hábito.

Entre los consejos de san Josemaría en el terreno práctico de esta virtud, el más importante –y con mucho el más frecuente– es el dar prioridad, a lo largo de la jornada, a las prácticas de piedad que cada uno tiene previstas: lo primero es el trato con Dios, y esto se traduce generalmente –o sea, cuando la caridad no exige otra cosa– en anteponer a las demás ocupaciones habituales el cumplimiento amoroso del propio “plan de vida espiritual. Siguen después otras muchas recomendaciones, en las que no nos podemos detener, acerca de la puntualidad, el orden material en los instrumentos de trabajo, e incluso en el modo de presentarse: Que tu porte exterior sea reflejo de la paz y el orden de tu espíritu.

Realismo cristiano

“No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor.” Lo que comúnmente se entiende por “realismo” –conocer y presentar las cosas tal como son– es sin duda un elemento integrante de la prudencia. El hombre prudente no ignora el terreno en el que se mueve. En este sentido, el primer paso de la prudencia es el reconocimiento de la propia limitación.

Hay un realismo que forma parte de la prudencia humana y un realismo propio de la prudencia cristiana. Este último descubre aspectos nuevos al considerar las cosas con los ojos de la fe, pero cuenta con la realidad en toda su amplitud. El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo.

Esta actitud es connatural a la enseñanza de san Josemaría porque, como hace notar Jorge Peña Vial, «la santificación de la vida ordinaria requiere esta dosis de realismo y de amor a la realidad». Su predicación no es abstracta; impulsa a la búsqueda de la unión con Dios en medio de las vicisitudes reales de la vida. Ilusiona con grandes ideales de santidad y de transformación cristiana del mundo, pero sin utopías:

Os pido sencillamente que toquéis el cielo con la cabeza: tenéis derecho, porque sois hijos de Dios. Pero que vuestros pies, que vuestras plantas estén bien seguras en la tierra, para glorificar al Señor Creador Nuestro, con el mundo y con la tierra y con la labor humana.

Entre las afecciones que puede sufriri el sano realismo está lo que él llamaba “mística ojalatera” (lo veremos).

Serenidad

camino 8Serenidad.
—¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato… y te has de desenfadar al fin?

Este punto está en el Cuaderno VI, nº 881, 28-XI-1932. He aquí el texto del Cuaderno:

«Serenidad. ¿Por qué has de enfadarte, si, enfadándote, ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato, y no arreglas las cosas…, y te has de desenfadar, al fin?».

Nótese la omisión de la frase «y no arreglas las cosas» y la evolución de la puntuación hasta llegar al texto definitivo.

Este punto, como tantos otros de este capítulo primero, pone al lector «contra las cuerdas». Un joven comentaba a este propósito, en un coloquio con San Josemaría , que él tenía todos los defectos de los que se habla en el primer capítulo de Camino. Le contestó:

«Eso quiere decir que esos defectos los he tenido yo primero, y probablemente los seguiré teniendo escondidos en mi soberbia».

Con esa su natural humildad, San Josemaría nos confirma el carácter autobiográfico de Camino.

Libro de la semana: Bien, mejor, ¡excelente!

120273-borde-sombraTodos los padres se enfrentan al desafío de transmitir a sus hijos una actitud positiva hacia el trabajo, que arraigue en hábitos útiles para toda la vida. Que los hijos lo entiendan es importante, pero no es suficiente: han de esmerarse en hacer sus tareas bien, ordenar sus cosas, trabajar en equipo, vencer la mala gana.

La autora trata cinco virtudes relacionadas con el trabajo: orden, diligencia, responsabilidad, cooperación y alegría. Fruto de su vivencia personal y de su experiencia, ofrece un breve y práctico manual para padres, cuidadores y educadores. Seguir leyendo “Libro de la semana: Bien, mejor, ¡excelente!”

Kelcie y Larry: una historia de amor agradecido

Lo más impresionante de esta historia es ver como Kelcie, la novia de Larry, supo estar ahí en esos momentos tan duros. Demostrándole que, aunque sus circunstancias eran lamentables su amor incondicional segía presente. Cuando Larry logra recuperarse hace algo simbólico pero muy bonito para Kelcie, una muestra de su agradecimiento a su entrega incondicional. No quiero ponerme sentimental con este tipo de vídeos pero puede ayudar a entender el noviazgo.

«Virtud»: la realización del proyecto divino encarnado en la criatura.

Plitvice Lakes National ParkTambién vamos a ir poniendo algunos artículos publicados de Josef Pieper a modo de Antología de textos. Empezamos por su concepción de la virtud como realización del hombre cabal.

El postrer gran maestro de la cristiandad occidental aún no dividida, Tomás de Aquino, definía la virtud humana como ultimum potentiae, es decir, «lo sumo de lo que uno puede ser». Esta lacónica sentencia, inmediatamente clara, no se presta a ninguno de los diversos y bien conocidos equívocos con los que suele jugar nuestra imaginación a propósito de la palabra «virtud»; ni tampoco vale la pena que nos extendamos al respecto. Nos parece muy interesante, en cambio, precisar algunos elementos conceptuales encerrados  y aun algo escondidos a primera vista  en esa definición. Seguir leyendo “«Virtud»: la realización del proyecto divino encarnado en la criatura.”

“Templanza es el amor que se conserva íntegro e incorruptible para Dios” (san Agustín)

La atracción por las cosas sensibles, cuando nos impulsa a satisfacer las legítimas necesidades, es en sí buena: pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Pero no conviene olvidar que tras el pecado original, estamos inclinados a un desordenado amor propio y a buscar en los bienes sensibles la propia satisfacción, ambicionando, con el pretexto de las necesidades, más de lo que nos conviene, y aún en contra del querer de Dios.

Este tiempo nuestro, cuando se concibe la felicidad en el uso y disfrute de la mayor cantidad de bienes y goces, exige del cristiano una vigilancia especial (templanza) para no traicionar el alma misma de nuestra fe. Lo expresaba muy bien Juan Pablo II al referirse al ambiente de materialismo práctico en que vivimos: Seguir leyendo ““Templanza es el amor que se conserva íntegro e incorruptible para Dios” (san Agustín)”