Que Amor, el de Dios!

La escena es sobrecogedora. Buscad en la historia de las religiones, y decidme si podéis encontrar a un dios humillado y arrodillado ante sus criaturas. No lo encontraréis, porque, en cualquier religión, es el hombre religioso quien debe postrarse ante Dios. Nunca al contrario.

Y, sin embargo… Si digo esto, es para que vosotros os salvéis. Lee despacio el discurso de Jesús, y míralo casi de rodillas ante sus acusadores, buscando salvar sus almas. Desplegará ante ellos todos los motivos por los que deberían creer sus palabras y acoger su salvación: El testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan… Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo dan testimonio de mí… El Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí…

Nadie imaginaría a un catedrático arrodillado, mostrando sus títulos ante sus alumnos para lograr que le crean y aprendan. Nos parece ridículo. Pero hasta ese ridículo, por Amor, se ha humillado el Hijo de Dios.

Sólo una imagen se le puede comparar: He visto a madres arrodilladas ante sus hijos, pidiéndoles que las escuchen y no arruinen sus vidas. El amor lleva a esas humillaciones.

¡Pero qué Amor, el de Dios!

[José-Fernando Rey]

6 comentarios sobre “Que Amor, el de Dios!

  1. Por qué perdonar? No sé cuántos de vosotros os habréis hecho esta pregunta alguna vez. ¿Por qué
    perdonar? A la mayoría de nosotros es algo que nos han enseñado, que nuestros padres nos han transmitido desde que éramos pequeños. Es algo que hemos hecho muchas veces, pedir perdón, y que también hemos recibido, siendo perdonados. Pero… ¿por qué? Yo me lo preguntaba estos días a la luz de la tragedia que España entera ha vivido recientemente con el presunto asesinato del niño Gabriel y con unos padres que han sido un ejemplo para todos en horas tan críticas.

    Siempre que acudimos a Él nos perdona. Dios sólo sabe salvar. El amor, sólo amar sabe, como diría S. Agustín. No pedimos perdón porque alguien nos obligue a ello. No pedimos perdón para salvarnos de algo o alguien. Yo creo que pedimos perdón porque hacerlo nos hace mejores. Pedimos perdón para no morir ahogados, para no asfixiarnos, para no encerrar la luz que llevamos dentro y esperar a que se apague por falta de Espíritu. Pedimos perdón para volver al camino de la felicidad y de la plenitud. Pedimos perdón para ser fieles a lo que somos y responder a la llamada de un Dios que nos invita desde nuestro nacimiento a ser hijos suyos. Pedimos perdón porque no hacerlo sería, sencillamente, claudicar ante el mal.
    ¡Claro que Dios espera que pidamos perdón! Pero no por Él… no por la Ley… no por la culpa, ni por la pena… Lo espera por Amor. Lo espera porque no lleva bien ver a sus criaturas, llamadas a ser plenas y felices, arrastrándose en el fango, tristes, oscuras, corrompidas. El perdón nos hace mejores, nos devuelve la vida que se nos fue con el pecado.

    Ojalá acudamos masivamente a pedir perdón estos días a Dios y al prójimo. Ojalá nuestros objetivos personales pasen también por no volver a caer. Ojalá no desconfiemos nunca, por orgullo o vergüenza, de la misericordia de nuestro Padre.

    Pienso, que sería estupendo aprovechar estos días para confesarnos con verdadero arrepentimiento
    y empezáramos a dejarnos aconsejar en una dirección espiritual.

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  2. Anima a difundir el Documento de la Fraternidad Humana

    Francisco cree que se puede construir un mundo de fraternidad y de paz con creyentes de otras religiones

    En un comunicado, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, expresa la satisfacción del Pontífice por la creación de la Comisión Superior para perseguir los objetivos contenidos en el Documento de la Fraternidad Humana para la paz mundial y la convivencia, firmado en Abu Dhabi el pasado 4 de febrero.

    26/08/19 3:45 PM

    (Vatican.nes) Sobre la reciente creación del Comité Superior para alcanzar los objetivos manifestados en el Documento sobre la Fraternidad Humana por la paz mundial y la convivencia común, que fue firmado el pasado 4 de de febrero en los Emiratos Árabes Unidos, por el Papa Francisco junto al Gran Imán de Al-Azhar; la Oficina de Prensa de la Santa Sede informa a través de un comunicado que el Santo Padre ha recibido con alegría la noticia de esta iniciativa y ha manifestado:

    «Aunque desafortunadamente a menudo es noticia el mal, el odio, la división, hay un océano escondido de bien que crece y nos hace esperar en el diálogo, en el conocimiento mutuo, en la posibilidad de construir, junto con los creyentes de otras religiones y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, un mundo de fraternidad y de paz».

    Asimismo, el Pontífice anima el trabajo del Comité para la difusión del Documento, agradece a los Emiratos Árabes Unidos por el compromiso concreto en favor de la fraternidad humana y desea que iniciativas semejantes puedan multiplicarse en el mundo.

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  3. Relación entre la depresión y la falta de sentido trascendente. Entrevista a Mario Caponnetto

    Javier Navascués, el 26.08.19 a las 8:03 AM

    Mario Caponnetto, nacido en Buenos Aires, en 1939, es médico por la Universidad Nacional de Buenos Aires (1996), Médico Cardiólogo Universitario por la misma Universidad (1979). Cursó estudios de Filosofía en la Cátedra privada del Dr. Jordán B. Genta (1956-1974). Ex Jefe del Departamento de Enfermedades Cardiovasculares del Hospital Militar Central Buenos Aires. Ha sido Profesor de Ética, Bioética, Antropología Filosófica y Antropología Médica en diversas universidades de su país y del extranjero.

    Ha publicado varios libros, entre ellos: El hombre y la medicina (1992), Victor Frankl, una antropología médica (1995), La sensualidad (traducción de la Cuestión XXV de las Cuestiones Disputadas sobre la verdad de Santo Tomás de Aquino, en colaboración, 2014); Santo Tomás de Aquino. Aproximación a su pensamiento, (2017), Curso de Introducción a la Bioética, (2017). También ha publicado numerosos trabajos sobre temas de su especialidad en diversas revistas argentinas y del exterior.

    En esta entrevista nos habla, desde su rica experiencia y vastos conocimientos, de la relación entre la depresión y la falta de sentido trascendente del hombre en la postmodernidad. Toma como referencia las palabras de San Agustín: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esta inquietud del corazón humano, que es propia del status viatoris en el que ahora nos encontramos, es la fuente última de la que brota toda insatisfacción, toda angustia, las que se vuelven aún mayores si falta la esperanza de alcanzar algún día ese término último de todas nuestras inquietudes que es Dios.

    ¿Se podría decir que en cierta manera la depresión es una enfermedad propia de la postmodernidad?

    No podemos decir que sea propia en sentido estricto ya que esta enfermedad, la depresión, se conoce desde hace muchos siglos y ha sido descripta por numerosos autores a lo largo del tiempo. Por sólo citar un caso: el célebre Tratado sobre la melancolía del médico árabe Avicena, escrito en el siglo XI, nos trae una descripción completa de este mal. Sin contar que ya la encontramos mencionada en los escritos hipocráticos. Es bien sabido que para Hipócrates la causa de este mal residía en un exceso de bilis negra; de ahí proviene su nombre: melancolía quiere decir, justamente, bilis negra…

    Sí, ciertamente… pero si bien antes se pudo dar, no era tan habitual como ahora…

    Desde luego que no. Si nos atenemos a los estrictos datos que nos proporcionan las estadísticas a nivel mundial es evidente que en las últimas décadas la depresión se ha incrementado de manera más que notoria. La misma Organización Mundial de la Salud nos habla de hasta un veinte por ciento de aumento en estos últimos años. Pero su pregunta es muy interesante ya que nos lleva a un terreno particularmente complejo: ¿existe alguna relación entre la enfermedad, en sentido propio, y la situación social, cultural y aún espiritual de una determinada época? Este incremento de la depresión, ¿guarda algún nexo causal con esto que llamamos posmodernidad? Lo que nos lleva todavía a una cuestión más de fondo: ¿el hombre sólo enferma en razón de causas dependientes meramente del mundo físico o también enferma a causa de otros factores que, en principio, llamaremos culturales o espirituales?

    ¿Nos podría citar algún autor de referencia?

    Un gran psiquiatra de nuestro tiempo, Viktor Frankl, nacido en Viena en 1905 y fallecido en esa misma ciudad en 1997, fundador de una nueva Escuela de Psiquiatría conocida como Logoterapia, nos ha dejado una clave importante para tratar de responder a este interrogante. Hablando de lo que él denomina “el vacío existencial” nos dice que este vacío no es en sí mismo patológico (quiere decir no es una enfermedad en sentido específicamente médico ya que se trata de un problema humano) pero sí puede ser patógeno, es decir, puede llevar al hombre al extremo de la enfermedad.

    Ahora esta profunda observación de Frankl nos pone ante un nuevo desafío: ¿cómo se explica que un problema espiritual acabe en una enfermedad en cuya configuración intervienen factores biológicos tan mensurables y objetivables como los neurotransmisores? El campo que se nos abre en este punto es vastísimo: corresponde a una Antropología Médica fundada en la verdad del hombre como creatura corpóreo anímica, unidad substancial de alma y cuerpo, hallar las explicaciones pertinentes. En lo personal, me encuentro abocado a esta tarea hace más de treinta años, tarea en la que la rica doctrina de Tomás de Aquino ha sido y es mi guía permanente.

    En el fondo, ¿cuál es en general la causa o las causas más profundas de la insatisfacción humana?

    Me viene a la memoria la conocida sentencia de San Agustín: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esta inquietud del corazón humano, que es propia del status viatoris en el que ahora nos encontramos, es la fuente última de la que brota toda insatisfacción, toda angustia, las que se vuelven aún mayores si falta la esperanza de alcanzar algún día ese término último de todas nuestras inquietudes que es Dios. La angustia y la esperanza juegan en este punto un papel esencial. Lo que ocurre es que ambas, la angustia y la esperanza, han perdido su sentido cristiano, se han secularizado por decirlo así. Entonces la angustia ya no es inquietud abierta sino una encerrona sin salida, una angustia inmanente, cerrada sobre sí misma; y en cuanto a la esperanza o, mejor dicho, las esperanzas demasiado humanas, se tornan desesperanza, nihilismo. Tiene usted aquí configurado aquel vacío existencial del que habla Frankl.

    La depresión está relacionada con la falta de sentido en la vida…

    Sin duda. El mismo Frankl lo afirma y demuestra a lo largo de su obra. El síntoma capital, si se nos permite hablar así, de ese vacío existencial es la pérdida del sentido de la vida, el sufrimiento de la vida sin sentido. Es un sufrimiento intenso, caracterizado por una angustia vital, como la llama el gran psiquiatra español López Ibor, que se acompaña de una pérdida concomitante de esperanza.

    Se podría decir que es una tristeza tristeza profunda, ontológica, que afecta a lo más hondo de nuestro ser…

    La podemos llamar así, por cierto. La tristeza es una pasión del alma. Los grandes maestros cristianos la conocían muy bien. Santo Tomás la define como el movimiento de nuestra potencia apetitiva ante el mal presente, como una especie de dolor opuesto a la delectación. Ella reside, por tanto, primariamente, en la esfera de nuestra sensibilidad, del psiquismo inferior. Pero en razón de la unidad del hombre la tristeza se extiende a toda la realidad del hombre. Con una argumentación impecable, el Santo Doctor sostieneque dado que todas las facultades del alma radican en su única y sola esencia, cuando la atención del alma es atraída fuertemente hacia la operación de una potencia o facultad, necesariamente el alma se retrae de la operación de las otras potencias o facultades, ya que no puede ser más que única la atención de una sola alma. Toda el alma, todo el hombre, está en la tristeza que lo afecta y compromete por completo, lo ancla por así decirlo a la totalidad de su ser y de su existencia.

    Y no puede haber sentido ni felicidad verdadera fuera de Dios…

    Bueno, aquí llegamos al punto fundamental. El sentido último de nuestra vida es Dios, ciertamente. El mismo Frankl sostiene, en radical oposición a Freud, que no sólo la religión no es una neurosis sino que en muchos casos la ausencia de la religión es la causa de las neurosis o, para ser más precisos, de un tipo especial de neurosis que el maestro de Viena denomina “neurosis noógenas”, de nous, espíritu, es decir, causadas por un problema espiritual.

    ¿Usted cree que si la gente fuese a santos sacerdotes, se reducirían las consultas de psicólogos y psiquiatras…?

    Es un punto delicado que conviene distinguir y matizar adecuadamente. Las llamadas enfermedades psicológicas, esto es, los diversos cuadros que integran la psicopatología, son en principio organizaciones patológicas dependientes de causas puramente naturales. En su configuración se hallan, como dije antes, involucrados factores orgánicos, neurológicos, neuroquímicos y factores mucho más sutiles e importantes que la psicopatología moderna, tensionada entre los extremos del psicologismo y del materialismo, no entiende bien: me refiero a los movimientos y a los dinamismos que se dan en la esfera de nuestra sensibilidad donde aparecen fenómenos tan complejos como las pasiones o emociones, que son el fruto de procesos integrales tanto corpóreos como anímicos. Piense usted que Santo Tomás definía a las pasiones como movimientos de nuestras tendencias sensitivas acompañados siempre de “transmutación corporal”, es decir, tenía muy en claro (¡en el siglo XIII!) la participación del cuerpo en los estados anímicos. Con esto apunto a lo siguiente: hay que distinguir muy bien lo que son organizaciones neuróticas, que competen al médico o al psicólogo, de los problemas espirituales que competen al sacerdote.

    Dicho esto, no hay dudas no obstante de que en la actualidad se ha producido, como observa el gran psiquiatra católico alemán, Viktor von Gebsattel, un éxodo del hombre contemporáneo del sacerdote al psiquiatra. La causa de este éxodo reside, a mi juicio, en eso que he llamado la secularización de la angustia y de la esperanza. Tal vez hoy habría que plantear la posibilidad de que, al menos en algunos casos, se invierta el sentido de ese éxodo: del psiquiatra al sacerdote. Pero insisto: es necesario distinguir y delimitar ambos campos, el de la psiquiatría y el de la pastoral.

    Ciertamente puede haber causas endógenas de depresión e incluso una persona de fe puede estar deprimida…

    Sin duda. En cuanto la depresión es una enfermedad que procede de causas naturales, como ya dije, un hombre de fe puede padecerla. No soy psiquiatra pero he visto a lo largo de más de cincuenta años de médico muchas depresiones en hombres profundamente religiosos, sacerdotes incluso. Y agrego que aquí la fe resulta en muchos casos un firme aliado del médico.

    Volviendo a la relación de la enfermedad con la situación espiritual y cultural de nuestro tiempo, podemos afirmar que el hombre está creado para lo trascendente y por tanto no le pueden llenar del todo las realidades inmanentes.

    Creo que ha dado usted en la clave. Si hay un rasgo fundamental que caracteriza esta posmodernidad que padecemos es, precisamente, un inmanentismo radical que ha cegado toda posibilidad de trascendencia. No son pocos los que han señalado la gravedad y la extensión del inmanentismo contemporáneo. Lo ha hecho Cornelio Fabro con su crítica radical al principio de inmanencia; entre nosotros lo ha estudiado magistralmente Alberto Caturelli al establecer el vínculo que une este inmanentismo con el nihilismo y la muerte de Dios proclamada por Nietzsche, fomentada Gramsci y retomada por los mentores del posmodernismo al estilo de Vattimo. Caturelli habla del “pleroma de la nada”, es decir, paradójicamente, de la plenitud o el lleno de la nada.

    Cuando uno es joven vive tiende a llevar una vida de sentidos, de sensaciones… sin pensar mucho en la trascendencia…

    Sí, es un dato de experiencia. Hay cierta insensatez y necedad en la juventud. Ya lo advierte la Escritura, en el Libro de los Proverbios, 22, 15: Necedad y juventud caminan unidas.

    Pero más tarde o temprano aparecen la enfermedad y la muerte y la necesidad de buscar una respuesta satisfactoria a estas realidades.

    Es una de las pocas cosas buenas de la vejez… nos pone frente a la realidad del dolor y de la muerte. En este sentido, la experiencia cotidiana del derrumbe de nuestro cuerpo y del esfuerzo del espíritu para sobreponerse a él (lo digo desde la experiencia de mis ochenta años) nos vuelve más realistas y quizás hasta un poco más sabios. Claro, siempre que seamos dóciles a la voluntad de Dios y sepamos aceptar los límites de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. De lo contario, estas realidades se hacen insoportables.

    Ha habido numerosos ejemplos de santos y hombres de Dios que las han afrontado con entereza y alegría, sublimando estos momentos y llenándolos de sentido.

    Sí, gracias a Dios tenemos grandes ejemplos. Siempre recuerdo, cuando me toca hablar de este punto, un clásico de nuestra literatura, las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. ¿Recuerda aquella suerte de diálogo entre el Caballero y la Muerte, en la Villa de Ocaña? La Muerte se le apersona y comienza diciéndole: «Buen caballero, dejad el mundo engañoso y su halago; vuestro corazón de acero, muestre su esfuerzo famoso en este trago”. A lo que el Caballero responde: “No tengamos tiempo ya en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”.

    He aquí un claro ejemplo, cristiano y español, de buen vivir y mejor morir.

    Javier Navascués Pérez

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  4. HOY ESTOY MUY ENFADADA……

    Querido Dios:
    Te escribo desde SEVILLA, a ver si me echas un cable. En una sala pública de aquí han organizado una exposición que te ofende.

    Perdona que te lo diga: estás loco. Unos matan en tu nombre. Otros te roban el cuerpo para insultarte. Y tú ¿qué haces? Esperar a que te amemos libremente. Pero… eres ¡Dios! Tú, ¡que lo sabes todo…! (mira, yo si hubiera conocido de antemano que me iban a hacer estas perrerias, para rato me inventaba la Eucaristía).

    Así que quería darte las gracias. Gracias porque en esta tierra alguno se ríe en tu cara, pero muchísimos más te adoramos. Gracias porque tantos sevillanos han encontrado la felicidad en ti y nos han dejado en herencia la fe o fueron a anunciarla hasta las esquinas del mundo. Gracias porque nos has regalado incontables sacerdotes maravillosos. Gracias porque los ancianos, los enfermos, los presos, los pobres de nuestra sociedad reciben el amor y la ayuda concreta de quienes procuramos ser tu rostro y tus manos en esta tierra. Gracias por innumerables familias cristianas que, en tu nombre, construyen día a día la paz en nuestra ciudad. Lo cierto es que todos esos prodigios no suelen publicarse.

    Pues bien, nos urge otro milagro de los tuyos: queremos comportarnos como lo haría Jesús si hoy estuviera empadronado aquí. Vamos a luchar por nuestros derechos civiles y a exigir que no te agredan. Pero oraremos con cariño por A.A. para que acierte a crear arte sin prostituirlo. Rezaremos por la concejal que ha procurado la perversión de la cultura en un espacio de todos. Te pediremos misericordia para los que saben que estás presente en la Hostia y, en nombre de la ¡libertad de expresión! (esa es buena) te abofetean a ti y a nosotros. Invocaremos tu nombre cada vez que destruyan la paz desde la falta de respeto.

    Bendíceles. Bendícenos. Bendice a esta ciudad nuestra que hoy te canta con más fuerza que nunca: ¡ Hostia santa! ¡Seas por siempre bendita y alabada!

    Porque esta exposición pasará. Y, a pesar de que se lucren publicitariamente a tu costa, nadie se acordará de ella. Pero tú permanecerás, 24 horas/365 días, expuesto en el corazón de nuestra ciudad, esperando para ser alimento y compañía. Ese es nuestro destino y el destino final de nuestro pueblo: caer rendidos a tu Amor eterno.

    ROSA

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  5. FORMULA DE AMOR

    Si nos esforzamos a diario en leer unas páginas del Evangelio y tratamos de incorporar esas enseñanzas a nuestra vida: si rezamos con devoción el Rosario contemplando los misterios; si nos confesamos con dolor sincero de los pecados y nos determinamos, con la ayuda de Dios, a enmendar la vida; si participamos con frecuencia en la Santa Misa y procuramos hacer de nuestra vida una Misa, esto es: nos sacrificamos por los demás viviendo la caridad, llegaremos a amar a Dios por encima de todo y seremos amados eternamente por Él.

    DIFICIL PERO POSIBLE

    ROSA

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