Que Amor, el de Dios!

La escena es sobrecogedora. Buscad en la historia de las religiones, y decidme si podéis encontrar a un dios humillado y arrodillado ante sus criaturas. No lo encontraréis, porque, en cualquier religión, es el hombre religioso quien debe postrarse ante Dios. Nunca al contrario.

Y, sin embargo… Si digo esto, es para que vosotros os salvéis. Lee despacio el discurso de Jesús, y míralo casi de rodillas ante sus acusadores, buscando salvar sus almas. Desplegará ante ellos todos los motivos por los que deberían creer sus palabras y acoger su salvación: El testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan… Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo dan testimonio de mí… El Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí…

Nadie imaginaría a un catedrático arrodillado, mostrando sus títulos ante sus alumnos para lograr que le crean y aprendan. Nos parece ridículo. Pero hasta ese ridículo, por Amor, se ha humillado el Hijo de Dios.

Sólo una imagen se le puede comparar: He visto a madres arrodilladas ante sus hijos, pidiéndoles que las escuchen y no arruinen sus vidas. El amor lleva a esas humillaciones.

¡Pero qué Amor, el de Dios!

[José-Fernando Rey]

2 comentarios sobre “Que Amor, el de Dios!

  1. Por qué perdonar? No sé cuántos de vosotros os habréis hecho esta pregunta alguna vez. ¿Por qué
    perdonar? A la mayoría de nosotros es algo que nos han enseñado, que nuestros padres nos han transmitido desde que éramos pequeños. Es algo que hemos hecho muchas veces, pedir perdón, y que también hemos recibido, siendo perdonados. Pero… ¿por qué? Yo me lo preguntaba estos días a la luz de la tragedia que España entera ha vivido recientemente con el presunto asesinato del niño Gabriel y con unos padres que han sido un ejemplo para todos en horas tan críticas.

    Siempre que acudimos a Él nos perdona. Dios sólo sabe salvar. El amor, sólo amar sabe, como diría S. Agustín. No pedimos perdón porque alguien nos obligue a ello. No pedimos perdón para salvarnos de algo o alguien. Yo creo que pedimos perdón porque hacerlo nos hace mejores. Pedimos perdón para no morir ahogados, para no asfixiarnos, para no encerrar la luz que llevamos dentro y esperar a que se apague por falta de Espíritu. Pedimos perdón para volver al camino de la felicidad y de la plenitud. Pedimos perdón para ser fieles a lo que somos y responder a la llamada de un Dios que nos invita desde nuestro nacimiento a ser hijos suyos. Pedimos perdón porque no hacerlo sería, sencillamente, claudicar ante el mal.
    ¡Claro que Dios espera que pidamos perdón! Pero no por Él… no por la Ley… no por la culpa, ni por la pena… Lo espera por Amor. Lo espera porque no lleva bien ver a sus criaturas, llamadas a ser plenas y felices, arrastrándose en el fango, tristes, oscuras, corrompidas. El perdón nos hace mejores, nos devuelve la vida que se nos fue con el pecado.

    Ojalá acudamos masivamente a pedir perdón estos días a Dios y al prójimo. Ojalá nuestros objetivos personales pasen también por no volver a caer. Ojalá no desconfiemos nunca, por orgullo o vergüenza, de la misericordia de nuestro Padre.

    Pienso, que sería estupendo aprovechar estos días para confesarnos con verdadero arrepentimiento
    y empezáramos a dejarnos aconsejar en una dirección espiritual.

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