Epulón y tú [día 16]

epulón¡Qué malos son los ricos! Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Angulas, langostinos, asado de ternera y helado. Lo de vestir de lino es porque la arruga es bella. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas. Pero el rico, que es el malo, lo dejó morir.

Lees la parábola, la emprendes contra el rico, y te distancias; tú no vistes de lino, no te regalas banquetes, y a la puerta de tu casa no aguarda más que el perro. Emprenderla contra el rico te sale gratis.

Pero vas a misa diariamente, rezas el rosario, haces oración ante el Santísimo cada mañana… ¿Te parece poco banquete? Tu alma es revestida con la gracia divina cada vez que confiesas. ¿Te parece poca riqueza? Epulón, a tu lado, era Carpanta.

Junto a tu casa, miles de lázaros llevan el alma desnuda y hecha jirones. Pero jamás te has acercado a ellos para compartir tus riquezas. «No soy quién –dices– para meterme en las creencias ajenas». Los respetos humanos han cerrado las puertas de tu casa, mientras otros mueren de hambre de Dios… Qué malos son los ricos, ¿verdad? [José Fernando rey]

Un comentario sobre “Epulón y tú [día 16]

  1. La vida de estas dos personas parece transcurrir por raíles paralelos: sus condiciones de vida son opuestas y absolutamente nada comunicantes. El portón de la casa del rico está siempre cerrado para el pobre, que yace fuera, intentando comer algunas sobras de la mesa del rico. Este viste con lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico cada día celebra grandes banquetes, mientras Lázaro muere de hambre. Solo los perros se preocupan de él, y vienen a lamerle las llagas. Esta escena recuerda el duro reproche del Hijo del hombre en el juicio final: Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba […] denudo y no me vestisteis (Mt 25,42-43). Lázaro representa bien el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y la contradicción de un mundo donde inmensas riquezas y recursos están en manos de unos pocos.

    Jesús dice que un día aquel hombre rico murió: los pobres y los ricos mueren, tienen el mismo destino, como todos nosotros, no hay excepciones a esto. Y entonces aquel hombre se dirige a Abraham suplicándole con el apelativo de “padre” (vv. 24.27). Reivindica ser su hijo, perteneciente al pueblo de Dios. Pero en vida no demostró consideración alguna a Dios, es más, hizo de sí mismo el centro de todo, encerrado en su mundo de lujo y derroche. Excluyendo a Lázaro, no tuvo en cuenta ni al Señor, ni a su ley. ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Esto debemos aprenderlo bien: ignorar al pobre es despreciar a Dios. Hay un detalle concreto en la parábola que hay que señalar: el rico no tiene nombre, sino solo el adjetivo: “el rico”; mientras que el del pobre se repite cinco veces, y “Lázaro” significa “Dios ayuda”. Lázaro, que yace ante la puerta, es una viva llamada al rico para acordarse de Dios, pero el rico no acoge dicha llamada. Será condenado por tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y de socorrerlo.

    En la segunda parte de la parábola, encontramos a Lázaro y al rico después de su muerte (vv. 22-31). En el más allá la situación ha cambiado: el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo, junto a Abraham; el rico, en cambio, se precipita entre tormentos. Entonces el rico levantó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Parece como si viera a Lázaro por primera vez, pero sus palabras lo traicionan: Padre Abraham −dice−, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en estas llamas. Ahora el rico reconoce a Lázaro y le pide ayuda, mientras que en vida disimulaba no verlo −¡cuántas veces tanta gente disimula no ver a los pobres! Para ellos los pobres no existen−. Primero le negaba hasta las sobras de su mesa, ¡y ahora quiere que le lleve de beber! Todavía cree que tiene derechos por su anterior condición social. Declarando imposible cumplir su petición, Abraham en persona ofrece la clave de todo el relato: explica que los bienes y los males han sido distribuidos para compensar la injusticia terrena, y la puerta que separaba en vida al rico del pobre, se ha transformada en «un gran abismo». Mientras Lázaro estuvo ante su casa, para el rico existía la posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos han muerto, la situación se ha vuelto irreparable. Dios nunca aparece directamente, pero la parábola pone claramente en guardia: la misericordia de Dios con nosotros está vinculada a nuestra misericordia con el prójimo; cuando falta ésta, tampoco aquella encuentra sitio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, esa puerta permanece cerrada. También para Dios. Y esto es terrible.

    En ese momento, el rico piensa en sus hermanos, que corren el riesgo de tener el mismo fin, y pide que Lázaro pueda volver al mundo para advertirles. Pero Abraham replica: Tienen a Moisés y a los profetas, que los oigan a ellos. Para convertirnos, no debemos esperar sucesos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios puede revivir un corazón seco y curarlo de su ceguera. El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la dejó entrar en su corazón, no la escuchó, por eso fue incapaz de abrir los ojos y tener compasión del pobre. Ningún mensajero ni ningún mensaje podrán sustituir a los pobres que encontramos en el camino, porque en ellos viene a nuestro encuentro Jesús mismo: Todo lo que hicisteis a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt 25,40), dice Jesús. Así, en el cambio de suerte que la parábola describe se esconde el misterio de nuestra salvación, donde Cristo une la pobreza a la misericordia. Queridos hermanos y hermanas, escuchando este Evangelio, todos nosotros, junto a los pobres de la tierra, podemos cantar con María: Derribó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1,52-53).

    PAPA FRANCISCO
    Fuente: romereports.com / vatican.va.

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