Vértigo! [día 18]

El pecado es un camino de descenso. No requiere esfuerzo, basta con dejarse rodar. La concupiscencia actúa como una poderosa fuerza de gravedad. Y el atractivo del vértigo, que se hace intenso por la velocidad de caída, embriaga los sentidos mientras ciega al pecador, que ya no capta las consecuencias de sus actos. Derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Vivir perdidamente es perder la vida.

Cuando lo había gastado todo (…) comenzó a pasar necesidad. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Ahí lo tienes: soñó ser dueño de su vida y su fortuna, y, al despertar, se encontró despojado de cuanto tenía. Toda cuesta abajo tiene su lodazal al fondo del barranco, y todo vértigo es coronado por una colisión.

Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. Allí comenzó el vértigo. Tras cada pecado se oculta la ambición que perdió a Lucifer: «mi vida es mía», «yo soy Dios para mí».

Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Si quieres ser feliz, no lo olvides: tu vida es de Dios. No te separes de Él, haz siempre su voluntad, y Dios mismo se entregará a ti. [José-Fernando Rey]

Un comentario sobre “Vértigo! [día 18]

  1. En esta parábola Jesús nos revela de modo singular el rostro amoroso y misericordioso del Padre. Como en pocas páginas de la Sagrada Escritura, este pasaje del Evangelio de Lucas— junto con las otras dos parábolas que completan el capítulo 15 —nos comunican de forma muy sencilla y cercana un mensaje fundamental: Dios es Padre y nos ama tanto que nos busca y nos perdona cualquier cosa siempre y cuando estemos dispuestos a volver a Él. Su amor y su misericordia no conocen límites. El único límite se lo podemos poner nosotros, si es que nos negamos a recibirlo.

    San Ambrosio decía que esta parábola nos habla de reconciliación. En este sentido, la historia del padre y sus dos hijos es la historia de la humanidad. Pero es también la historia repetida en la existencia de cada uno de nosotros. El relato toca de manera tan aguda diversos aspectos de nuestra vida y llega tan hondo al corazón que por momentos podemos identificarnos con el hijo menor, en otros con el hermano mayor o incluso en algunos con el mismo padre que espera paciente la vuelta del hijo perdido, estalla en alegría con el reencuentro y sufre la incomprensión de su primogénito.

    El mensaje de reconciliación que transmite esta historia es un bálsamo divino a cualquier herida que podamos tener; es una llamada a la conversión, a entrar en nosotros mismos, a abandonar el pecado y a volver con confianza a los brazos de un Padre que nos ama entrañablemente; es también una invitación a perdonar y vivir la reconciliación entre nosotros; es, en fin, una fuente de alegría inacabable porque Jesús nos está revelando el rostro de Dios en el que encontramos una mirada de amor y misericordia que nos llena de paz. San Pablo expresaba esto y mucho más cuando decía a los cristianos de Corinto:
    «Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos: reconcíliense con Dios» (2Cor 5,18-20).

    Meditar e interiorizar la Palabra de Dios en el corazón —como nos enseña Santa María—, es algo fundamental. En este caso, la parábola del hijo pródigo nos pone en contacto con algo esencial del Evangelio y nos permite renovar esa mirada sencilla y profunda sobre la vida (nuestra vida) que nos transmite el Evangelio. Tantas veces en nuestra vida espiritual nos enredamos con mil y una complicaciones, nos confundimos o incluso nos engañamos a nosotros mismos. Jesús, con sabiduría y paciencia, nos enseña con esta profunda historia a mirar lo fundamental, a no perdernos en boberías, y nos invita a sacar las consecuencias para nuestra vida. Es algo que cada uno, con honestidad y valentía, debe hacer con los ojos puestos en ese Rostro divino que nos ama y se alegra infinitamente cuando entramos en nosotros mismos, volvemos a casa y lo miramos.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s