Miradlo! [día 26]

Se queja Jesús: Si no veis signos y prodigios, no creéis. Tenían delante de ellos a Dios hecho hombre, y no les bastaba con mirarlo para creer (Me habéis visto y no creéis –Jn 6, 36–, les dirá más adelante). Sin embargo, querían ver cosas: milagros, curaciones, exorcismos… pirotecnia.

¿Es que no os basta con mirar al Hijo de Dios? Os diré por qué no os basta, y es el mismo motivo por el que a muchos no les basta con mirar a la sagrada Hostia: porque buscáis cosas, os gustan las cosas, y al propio Jesús lo miráis como a una cosa; una cosa omnipotente, pero una cosa, una herramienta que os resuelva la vida. Así miráis también a la sagrada Hostia, y no creéis; mirándola así, no podéis ver más que pan.

¡Mirad al Señor como a una persona! Miradlo a los ojos, y creeréis. Buscad su corazón, tratad de alcanzar su alma con vuestros ojos, y lo amaréis sin remisión. Miradlo como lo miró Mateo, como lo miró Felipe… como no quiso mirarlo el joven rico. Mirad a la sagrada Hostia como se mira a Dios humillado, y lo adoraréis.

¿Has mirado los ojos del Crucifijo? [José-Fernando Rey]

4 comentarios sobre “Miradlo! [día 26]

  1. “No os detengáis en la superficie de las cosas y desconfiad de las liturgias mundanas de la apariencia, del maquillaje del alma para aparentar ser mejores. Por el contrario, instalad bien la conexión más estable, la de un corazón que ve y transmite el bien sin cansarse. Y esa alegría que habéis recibido gratis de Dios, dadla gratis (cf. Mt 10,8), porque son muchos los que la esperan”.

    Hoy tengo que alojarme en tu casa, le dice Jesús a Zaqueo. Traducido para nosotros: “El Señor (…) quiere venir a tu casa, vivir tu vida ordinaria: el estudio y los primeros años de trabajo, las amistades y los afectos, los proyectos y los sueños. ¡Cómo le gusta que todo esto se lo llevemos en la oración! Él espera que, entre tantos contactos y chats de cada día, el primer puesto lo ocupe el hilo de oro de la oración. ¡Cuánto desea que su Palabra hable a cada una de tus jornadas, que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu navegador en el camino de la vida!”

    Jesús, le dice Francisco a cada joven, te llama por tu nombre, que es precioso para él. Así como Zaqueo significa el hombre justo que vive del recuerdo de Dios, el Señor nos tiene en su memoria. Pero “su memoria no es un disco duro que registra y almacena todos nuestros datos, sino un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio de mal”. ¿Y nosotros? Debemos imitar esa forma de memoria fiel de Dios, guardarla y reavivarla siempre.

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  2. Jesús mismo nos lo dijo “quién me ha visto a mí, ha visto a mi Padre” (Jn 14, 9). Dios Padre es la
    Paternidad absoluta de quien procede toda otra (Cfr. Efe 3, 15). Además, la “paternidad”, a nivel divino, se puede conocer por analogía con la paternidad humana, que es un reflejo, aunque imperfecto, de la paternidad increada y eterna, como dice San Pablo.

    Pero donde encontramos grandes dificultades es con la Persona del Espíritu Santo, ya que está radicalmente muy por encima de nuestros medios humanos de conocimiento. La misma génesis e inspiración del amor, que en el alma humana es un reflejo del Amor increado, no tiene la transparencia del acto cognoscitivo. Ahí radica el misterio del amor, a nivel psicológico y teológico, como observa Santo Tomás. El Amor en Persona, el Espíritu Santo, se manifiesta al hombre como lo hace éste en el amor humano: mediante símbolos. Y así lo da a entrever la Revelación.

    Los enamorados se hacen regalos, tanto más valiosos y frecuentes cuanto más se quieren. De hecho el mayor regalo son sus mismas personas que desean no separarse jamás. En esta desinteresada e incondicional autodonación queda constituida la vida de amor. A la manera que la muerte es la separación del alma del cuerpo, para los que se aman separase es de algún modo morir. La vida la trasmiten los vivos; los muertos no engendran. El amor es creador en Dios y procreador en el hombre que con Él coopera. Es la vida de la fe, el apostolado, la actividad misionera propia del cristiano que sigue a la generación humana.

    El amor humano necesita mostrarse externamente, y lo hace con un beso, un apretón de manos, una sonrisa, una mirada, el tono de voz, un recuerdo, un regalo, etc., pero siempre… ¡signos sensibles, símbolos! También aparecerá en la Sagrada Escritura el Espíritu Santo en esas simbólicas y múltiples formas: viento, brisa, aire, fuego, agua, rocío, nube, paloma, unción, etc., todos cargados de intensos significados.

    Durante la visita de Pablo VI a India, un país en franca minoría católica, desde el aeropuerto a la Nunciatura se agolpó una muchedumbre de cientos de miles de personas. Los acompañantes del Papa no daban crédito a tal evento, pese a conocer la capacidad de convocatoria del Romano Pontífice. Eso les llevó a comentar que era mucha la gente que quería ver a Pablo VI, a lo que un alto eclesiástico del lugar replicó que era exactamente al revés. La multitud de personas que se agolpaban en el camino lo hacían con la esperanza de ser mirados por un hombre santo.

    En ese país las gentes consideraban que la mirada de un hombre de Dios les beneficiaba y purificaba el espíritu. Ciertamente Pablo VI fue una bendición de Dios a la humanidad y a la Iglesia. A lo largo de la historia hasta Cristo, Dios ha mirado a su Pueblo y a la humanidad con infinito amor, pero fue durante la vida de Jesús y ahora, desde el Cielo al enviarnos al Paráclito, cuando mira sin cesar y lleno de amor a su nuevo pueblo, la Iglesia. Después de la Ascensión, a lo largo de la historia de la Iglesia –el nuevo Pueblo de Dios– sigue guiado por el Espíritu Santo.

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  3. Un artículo sobre la oración publicado en «ABC» se hace viral: «Rezar es un privilegio inmenso»

    No es habitual que un artículo dedicado estrictamente a la oración y lo que puede ayudar a la persona tenga una página entera en la sección de opinión…

    15 marzo 2018

    El artículo está dedicado únicamente a la oración:

    No es habitual que un artículo dedicado estrictamente a la oración y lo que puede ayudar a la persona tenga una página entera en la sección de opinión de un gran periódico. Esto ha ocurrido con el texto que firma Miguel Ángel Robles y que sale publicado en ABC Sevilla bajo el título Reza por mí.

    Robles es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla y en su trayectoria profesional ha trabajado en distintos medios de comunicación como ABC, Europa Press, Canal Sur o Huelva Información. Actualmente, es consejero delegado de Euromedia Corporate y también es profesor de Opinión Pública en la Universidad Loyola de Andalucía.

    Pero no sólo ha conseguido salir publicado en un periódico sino que además se está empezando a viralizar en las redes sociales. Muchos usuarios de Twitter y Facebook están compartiendo este bello canto a la oración, que sin pretenderlo está llegando a miles de personas creyentes y no creyentes.

    “Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como pare rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud”, afirma el artículo.

    Cada párrafo del artículo empieza igual: “Rezar es…”. Por ejemplo , es “curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

    Reza por mí

    Rezar es una conversación con los que ya no están, el recuerdo de los que te antecedieron y la oración para seguir su ejemplo. Rezar es pedir por ellos. Y también pedirles a ellos por los que estamos aquí. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. Es pasar por la Iglesia de San Pedro, de camino al colegio, y rezarle al Cristo de Burgos un Padre Nuestro para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

    Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta, porque ya lo dice el refrán: a Dios rogando y con el mazo dando. Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). Rezar no hace milagros, o sí los hace, eso nunca lo sabremos, pero ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

    Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. Rezar es resignación cuando procede, pero también arrebato y pundonor cuando toca. Es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir, como en la canción, erguido frente a todo, y es mi padre antes de morir. Rezar es fragilidad y entereza.

    Rezar es curar las heridas, restañar los arañazos, superar el daño que te han hecho. Pasar página y empezar de cero. Perdonar las ofensas y también pedir perdón. Y sobre todo tener gratitud. Rezar es dar las gracias por vivir y por lo que la vida te ha dado. Es despertarse con las ilusiones renovadas. Aferrarse desesperadamente a lo inmaterial. Acordarse de lo que de verdad importa, y relativizar todo lo demás. Es establecer las prioridades, poner en orden los papeles de tu mesa, buscar la trascendencia, pensar a lo grande.

    Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.

    Rezar es una forma extrema de independencia, una actividad casi contracultural, lo más punki que se puede hacer una tarde de domingo. Es la forma más radical de practicar mindfullness, tan pasada de moda que cualquier día se volverá extraordinariamente cool. Rezar podría computar como horas de trabajo para los empleados públicos, pero no sirve porque es una práctica “antisistema”, sin reconocimiento alguno del establishment. Tan políticamente incorrecta que la gente oculta que reza como esconde la tripa para la foto. Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita cierta oscuridad y mucha, mucha, confianza.

    Rezar es desnudarse y abrir tu alma a la persona con la que rezas. Y es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. Rezar es tener a otros en tus oraciones y estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. ¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

    Rezar es tener fe. Tener fe en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. Rezar es la maestría de niños y abuelos. Y es un súper poder que nos predispone al bien. Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

    Publicado en ABC de Sevilla el 11 de marzo de 2018.

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