Los que no tienen a nadie [día 27]

Desde luego, la piscina de Betesda no era una piscina municipal, de ésas en las que la gente pasa al vestuario, se enfunda el bañador, y, tras hacerse veinte largos, se ducha y sale relajadita.

Allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos… ¡Menudo panorama! Todo un hospital de campaña. Pero nada tan triste, en aquel escenario, como ese hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, postrado en su camilla. Y nada tan desolador como la respuesta que le dio a Jesús cuando el Señor le preguntó si quería sanar: No tengo a nadie…

La piscina de Betesda se parece más al mundo que a una piscina olímpica. Porque en el mundo, y en tu bloque de vecinos, y en tu lugar de trabajo, hay multitud de enfermos, cuyas almas languidecen a causa de pecados y soledades. Tienen la iglesia tan cerca de casa como lo estaba la piscina de aquel paralítico. Pero, por su propio pie, jamás se acercarán a buscar el confesonario. Su desgracia es que tampoco ellos tienen a nadie que se preocupe por sus almas y los acerque al sacramento del Perdón.

Mira a tu alrededor… Te tienen a ti. ¿Te has interesado por ellos?

José-Fernando Rey

5 comentarios sobre “Los que no tienen a nadie [día 27]

  1. Jesús se dirigió al paralítico para mostrarle que, a pesar de tantos fracasos, no todo estaba perdido, porque él mismo tenía más poder que ningún ángel o que cualquier agua milagrosa y era capaz de sanarlo con una sola palabra. De esta manera Jesús se presento ante el paralítico como el amigo que todos nosotros necesitamos y que muchas veces hemos echado de menos. Él siempre se ha interesado por nuestros problemas, hasta el punto de hacerlos suyos, y nunca desatiende ni desprecia a nadie que se acerca a él.

    Ahora bien, es muy probable que cuando el inválido vio que Jesús se interesaba por él, parece que pensó que ese forastero estaría dispuesto a ayudarle a llegar a tiempo al estanque la próxima vez que las aguas se agitaran. Pero qué sorpresa recibió cuando el “Médico celestial”, sin necesidad de aquel estante o de una intervención angélica, le dirigió aquellas palabras inolvidables que le devolvieron una sanidad completa e inmediata.

    Aun así, el paralítico tenía que hacer algo para ser sanado. Básicamente tenía que confiar en Jesús. Fijémonos que en una sola frase el Señor le mandó tres cosas que eran completamente imposibles para un paralítico: “Levántate, toma tu lecho y anda”. ¿Haría caso a este forastero, que además de ser un desconocido para él, le pretendía sanar de una forma que él no esperaba? ¡Qué desafío para un hombre que acababa de confesar su completa incapacidad!

    Pero el hombre percibió tal autoridad y poder en las palabras de Jesús, que confió y obedeció lo que el Señor le mandaba. Y entonces fue cuando descubrió que cuando el Señor manda algo, también da las fuerzas y la capacidad necesarias para llevarlo a cabo.

    Y así, “al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo”. De esta forma se resalta el carácter completo y repentino de la curación.

    La historia no terminó allí, de hecho, este momento marcó el comienzo de una larga controversia entre Jesús y los judíos, porque aunque pudiéramos pensar que un milagro de sanidad tan extraordinario como este alegraría a todos los que llegaran a conocerlo, el hecho es que no fue así. Los judíos no tardaron en aparecer en la escena para criticar lo que Jesús había hecho. Desde su punto de vista, el poder y la misericordia manifestados por el Señor al sanar completamente a aquel pobre hombre no tenían importancia alguna. Para ellos, todo esto podía ser ignorado, porque lo único que les parecía importante es que según su interpretación de la ley se había quebrantado el día de reposo: “Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho”.

    En el evangelio de Juan, los “judíos” son los caudillos del pueblo, los ancianos, gobernantes y escribas. No la muchedumbre, sino los representantes de la nación. Aquellos que como antes hemos señalado, difícilmente se acercarían a personas como el paralítico. Sin embargo, puesto que se sentían defensores de la verdadera religión, no tardaron en intervenir en este momento.

    Pero, ¿que había de malo en lo que el Señor acababa de hacer? A nosotros su actitud nos parece totalmente incomprensible, pero intentemos entender su razonamiento. La ley de Dios mandaba reposar en el séptimo día, y ellos interpretaban con esto que no se debía realizar ningún trabajo, por lo tanto, cuando vieron que el paralítico sanado estaba llevando su lecho, consideraron que estaba realizando un trabajo y de esta manera quebrantaba el mandamiento divino: “Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho”.

    Pero el propósito de Dios al dar este mandamiento, tenía que ver con traer reposo al hombre. Así que, aunque tal vez Jesús sanó al paralítico en el día de reposo porque quizá no iba a haber otra ocasión, aun es más probable que lo hiciera para manifestar lo que significaba el verdadero reposo de Dios al que él nos quiere llevar. Pensemos en el que había sido paralítico, ¿podía haber mayor reposo para él que haber sido liberado de la humillante enfermedad que había padecido durante treinta y ocho años de su vida? Sin duda que aquel hombre disfrutaba por primera vez en muchos años de un día de reposo en condiciones. Sin embargo, los judíos no podían entender esto, porque lo único que les preocupaba era el cumplimiento externo de la ley.

    Con esto se puso de relieve el tremendo contraste entre la obra salvadora de Cristo y la religión legalista de los judíos. En tanto que ellos discutían y perfilaban lo que constituía trabajo en el séptimo día, imponiendo nuevas cargas sobre los hombres, el verdadero reposo de Dios trae liberación al hombre. Según el parecer de los judíos, el hombre había sido creado para el día de reposo, pero tal como Cristo lo entendía, el día de reposo había sido hecho por causa del hombre (Mr 2:27).

    Al prohibir a este hombre sanado que llevara su lecho, como si estuviera haciendo algo comparable al que llevaba una carga al mercado para venderla, hacían de la ley de Dios una caricatura. Y es que debajo de su religiosidad externa, se escondía la dureza del corazón de hombres que tenían la conciencia cauterizada. ¿De qué otra manera podemos entender su actitud frente a este milagro del Señor?

    Los judíos encontraron al que había sido sanado y comenzaron su peculiar interrogatorio. En ese momento el que había sido paralítico se debió asustar y en su respuesta parece que intenta librarse de cualquier responsabilidad por lo que estaba haciendo y arroja la culpa sobre el Señor: “Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda”.

    En cualquier caso, independientemente de lo que estuviera pasando por su mente en esos momentos, la respuesta que dio a los judíos ponía en evidencia que Jesús actuaba con un poder sobrenatural que ellos no tenían, ¿por qué cuál de ellos podía decirle a un paralítico que se levantara y llevara su lecho? Pero este hecho no les interesaba, así que, en lugar de preguntar quién le había sanado, sólo se interesaron por saber quién le había mandado llevar su lecho.

    Durante los treinta y ocho años que este hombre había estado enfermo, ellos no habían hecho nada por él, y ahora, en lugar de alegrarse por su sanidad, comenzaban una persecución implacable contra su bienhechor. ¿No se daban cuenta de lo ridículo de su actitud? ¿No veían que al fin y al cabo lo único que el hombre estaba llevando era un lecho?

    Pero en realidad, lo que les movía no era su defensa de la ley de Dios, sino su odio contra Jesús. En esta ocasión vieron una oportunidad para atacarle porque había mandado a un hombre que llevara su lecho después de ser sanado, pero cuando más adelante devolvió la vista a un ciego en el día de reposo, entonces no le mandó llevar nada, pero aun así los judíos tampoco estuvieron satisfechos y también cuestionaron que el poder con el que actuaba no provenía de Dios (Jn 9:16). Porque como decimos, su problema era que odiaban a Jesús, así que nada de lo que hiciera les parecería bien.

    Es curioso que el paralítico no pudo explicar quién era el que le había sanado. Parece que antes de su sanidad no conocía quién era Jesús, y después no debió tomarse mucho interés en averiguar algo más acerca de su benefactor, porque suponemos que de haberlo hecho, no habría tenido muchas dificultades en encontrar a alguien que le informara acerca de él, puesto que sus señales habían llegado a ser bien conocidas en Jerusalén (Jn 2:23).

    En cualquier caso, también es verdad que el Señor no se quedó mucho tiempo en aquel estanque, sino que se apartó pronto. El por qué lo hizo no lo podemos saber con seguridad. Es muy probable que estuviera huyendo nuevamente de la popularidad, aunque también es posible que quisiera dar una oportunidad a este hombre sanado para afirmarse en sus convicciones al verse obligado a expresarlas sin la ayuda de nadie.

    El hecho de que el paralítico no supiera todavía quién era Jesús, pone en evidencia que había un asunto pendiente, y como sabemos, el Señor no deja las cosas a medias, así que nuevamente buscó al paralítico, al que en esta ocasión encontró en el templo. Quizá había ido allí para dar las gracias a Dios, aunque esto tampoco se nos dice. Pero donde por supuesto ya no iba a estar, sería en aquel estanque en el que había pasado los últimos treinta y ocho años de su vida.

    Notemos que nuevamente fue el Señor quien buscó al que había sido paralítico. Su propósito en esta ocasión no era otro que el de tratar con él un asunto aun más importante que el de su sanidad física. Como vamos a ver, esto tenía que ver con su condición espiritual, porque hasta ese momento no había habido ninguna evidencia de que este hombre hubiera confiado en Cristo para su salvación, ni tampoco que sus pecados hubieran sido perdonados.

    El paralítico había sido completamente restablecido desde la perspectiva física, pero otra cosa muy distinta era su espíritu. Y como vamos a ver, esto segundo era lo realmente importante. Así que cuando Jesús lo volvió a encontrar en el templo, abordó esta cuestión de la siguiente manera: “Has sido sanado; no peques más para que no te venga alguna cosa peor”.

    Estas palabras del Señor nos sorprenden. ¿Qué podía haber peor que pasar treinta y ocho años paralítico, tirado en el suelo y olvidado de la sociedad? Sin duda es posible encontrar tragedias mayores en un mundo como el nuestro, pero no es fácil. Pero ¿a qué se refería el Señor? Pues indudablemente tenía que ver con el castigo eterno. Y la única forma de evitarlo sería seguir las indicaciones de Jesús: “No peques más”.

    Es indudable que el Señor quería que aquel hombre comprendiese que el pecado tiene consecuencias mucho más terribles que una dolencia física. Notemos además que en las palabras de Jesús hay implícito un elemento de juicio. Tarde o temprano, todos tendremos de dar cuenta de nuestros hechos. Como dijo el autor de Hebreos: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He 9:27). Y aquellos que mueren sin que sus pecados hayan sido perdonados, se enfrentarán a la condenación de Dios y a una angustia eterna que de ninguna manera puede ser comparable con la peor de las tragedias que en esta vida presente podamos llegar a imaginar. Es cierto que no queremos oír estas cosas, pero el Señor Jesucristo advirtió sobre ello. Algunos pueden pensar que de esta manera lo que pretendemos es infundir miedo y terror a las personas para que busquen a Dios. Y por supuesto, estas cosas nos deberían hacer pensar seriamente en ello, aunque nunca una persona se puede convertir a Dios de verdad si lo hace por miedo. La conversión auténtica sólo puede ser por amor a Dios.

    Ahora bien, fijémonos en que junto a su solemne advertencia, él Señor expuso la única forma posible de librarse de aquello que ha descrito como “algo peor”. Esta solución es el arrepentimiento. Tanto aquel paralítico, como nosotros mismos, debemos escuchar esta exhortación del Señor, que es la misma norma divina que también fue expuesta a la mujer tomada en adulterio: “Vete y no peques más” (Jn 8:11).

    Este arrepentimiento debe ser genuino y se debe manifestar en un cambio real de vida. Por supuesto, también es necesaria la fe en Cristo. Esto último ya lo hemos considerado en otras porciones de este mismo evangelio (Jn 3:16), y en la medida que avancemos veremos que esta fe se debe depositar no sólo en su Persona, sino también en la Obra de la Cruz que él se disponía a llevar a cabo.

    Por último, debemos abordar otro aspecto más que se desprende de las palabras de Jesús. En el caso del paralítico, da la impresión de que su enfermedad fue un castigo por su proceder. Tal vez tenía algún pecado concreto y como resultado quedó paralítico. Y esto reabre el debate: ¿es la enfermedad un castigo divino? Esto es algo que frecuentemente se preguntan los que sufren por enfermedades graves.

    Evidentemente, no todas las enfermedades son fruto del pecado personal del enfermo, porque en ocasiones vemos que quienes se enferman son criaturas inocentes. Sin embargo, en otras ocasiones la relación es muy evidente. Por ejemplo, si una persona fuma no es de extrañar que acabe teniendo un cáncer de pulmón como consecuencia de ello. Pero hay otros muchos casos en que la conexión no es tan fácil de establecer, y no nos toca a nosotros ser los jueces de nadie.

    Aun así, la Biblia nos enseña que tanto la enfermedad como la muerte, son siempre el resultado de formar parte de una raza caída. Aunque no nos lo parezca, el pecado ha traído graves consecuencias para toda la raza humana, y aun para la creación en la que vivimos (Ro 8:20-23). Desgraciadamente vemos sus resultados con demasiada frecuencia en nosotros mismos y a nuestro alrededor. Sin embargo, como ya hemos señalado, de las palabras de Jesús se desprende que hay una solución que puede cambiar nuestro destino final.

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      1. Muchas gracias por su aclaración tan oportuna D. Rafael. Me ha encantado su reflexión. ¡Que alegría saber que aunque cada uno somos responsables de lo que decimos, está Vd. siempre pendiente de todo¡

        Estoy metida en un verdadero problema: el ordenador funciona cuando quiere y no me deja releer lo escrito y me encuentro con que repito frases o no queda explicado como quisiera. Lo siento mucho. Parece ser que no me llega bien la conexión general por tanta lluvia que estamos teniendo y que seguirá. Si algún día ve que no contesto ésta es la causa, pero acabaré contestando aunque sea con retraso.

        Aprovecho para decirle que llega San José cargadito de regalos…..

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