Algunas frases del Papa Francisco

Lunes, 24 marzo, 2014

No quiero dejar de empezar la semana con una frase del Papa, como venimos haciendo últimamente:

Papa Francisco - Jorge Mario Bergoglio  dando beso a un bebe

“…dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor”

La frase fue pronunciada en la homilía de la toma de posesión de la cátedra de Obispo de Roma, el 7 de abril del 2013.

El texto completo aquí: Leer el resto de esta entrada »

Timeo Danaos et dona ferentes

Martes, 23 octubre, 2012

Timeo Danaos et dona ferentes es una frase latina de la Eneida de Virgilio (libro II, 49). Significa «Temo a los dánaos (griegos) incluso cuando traen regalos».

Después de guerrear en las playas de Troya durante nueve años, Calcas introduce a los líderes de los dánaos (griegos) en el famoso «Caballo de Troya». Sin embargo, el sacerdote troyano Laocoonte desconfía de dicho presente, y advierte a los troyanos que no acepten el obsequio, exclamando: Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. («¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los dánaos incluso si traen regalos»). Los troyanos, a pesar de las advertencias, se confiaron y colocaron ruedas al caballo para introducirlo tras sus impenetrables murallas, dando inicio a una fiesta en la creencia de que la guerra había acabado. Además el observador que habían enviado para verificar la partida de los griegos descubre a la flota oculta en un oscuro puerto, fue descubierto y asesinado. Dentro del caballo se escondía un selecto grupo de soldados, los cuales una vez introducido el caballo en Troya, mientras dormían sus habitantes abrieron las puertas de la ciudad a las fuerzas invasoras y destruyeron la ciudad. Leer el resto de esta entrada »

Ya que estamos con buenos propósitos para este curso que acaba de empezar, ¿qué tal procurarnos una buena ayuda espiritual? La dirección o acompañamiento espiritual es un medio de santidad que ha existido siempre en la Iglesia, aunque su práctica haya tenido mayor o menor extensión según los momentos históricos, y haya asumido diversas modalidades.

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento hay numerosas referencias a la necesidad de ayuda y consejo para ir adelante en el camino de la santidad. Y por lo que se refiere a la experiencia de la Iglesia pertenece al común sentir como: “Dios ha dispuesto que, de forma ordinaria, los hombres se salven con la ayuda de otros hombres; y así (…), les proporciona también a unos hombres que les guíen hacia esta meta”. Leer el resto de esta entrada »

La lentilla y la hormiga

Jueves, 14 junio, 2012

Aquella joven disfrutaba con sus amigos de una excelente excursión de domingo. La ascensión por la montaña iba bien hasta que, mientras descasaba al borde de una roca, un golpe de cuerda hizo saltar por los aires la lentilla de uno de sus ojos, cayendo hacia el vacío…
Algo inquieta comenzó a pedir al Señor que le ayudase a encontrar su lentilla. Cuando llegó a la cima, un amigo examinó su ojo y su ropa buscando la lente, pero no la pudieron encontrar.

Comenzó el descenso. Al llegar abajo, encontraron un grupo de excursionistas. Uno de ellos les gritó: “¿Alguno de vosotros ha perdido una lente de contacto?”… Bueno, esto ya hubiera sido suficientemente impactante. Pero ¿Sabéis cómo encontró aquel excursionista la lentilla? Gracias al brillo del sol que una hormiga provocaba mientras se movía lentamente cargando la lentilla.
Cuando llegó a su casa y le contó a su padre lo ocurrido, éste le hizo una caricatura en la que se veía a una hormiga cargando con la lentilla mientras iba diciendo: “Señor, no sé por qué Tu quieres que yo cargue esta cosa. No puedo comérmela, y es muy pesada. Pero si eso es lo que Tu quieres que haga, yo la cargaré para Ti.”

***

Puede venirnos bien rezar así de vez en cuando:  “Señor, no sé por qué quieres que yo lleve esta carga.  No veo nada bueno en ello y es bastante pesada.  Pero si Tu quieres que yo la cargue, lo haré”.  Leer el resto de esta entrada »

Siempre que un corazón percibe de algún modo el calor de Cristo, y decide abrirse a esa fuente de alegría para conocerla mejor, entonces, y aunque sea a escondidas, se produce el milagro más sorprendente al que podemos asistir: la acción de la gracia en un alma. Con cierta frecuencia, he tenido la suerte de ser testigo de excepción de ese encuentro de la libertad personal con la gracia de Dios… Quienes hayan tenido esta experiencia saben cuánta alegría genera. Sí, todos podemos -y debemos- facilitar a parientes, amigos, colegas, el encuentro con Dios… Todos podemos aprender a mirarles como los mira Él, a participar de algún modo de la paternidad divina que cuida de cada uno de sus hijos. (Cfr.Basta una cebolla) Leer el resto de esta entrada »

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, o del hombre rico y el mendigo Lázaro, tiene algo que la hace, al menos para mi, especialmente incómoda. En algún rincón de nuestro espíritu la figura de Lázaro nos resulta incómoda, molesta; y, por el contrario, algo de nosotros conspira secretamente a favor de Epulón. Me explicaré.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día…

A Epulón le va bien. Tiene durante su vida, todo lo que secretamente quisiéramos tener: banquetes y fiestas, riquezas y triunfos, amigos y honores; y no parece tener ninguna preocupación o pesar. Pero ¡luego va y se condena!

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba-

A Lázaro, sin embargo, le va mal. Su vida es una verdadera lástima: mendigando tirado en la calle, hambriento y cubierto de heridas, que esos perros callejeros, tan molestos, se empeñan en lamer ¡Y él es el que se salva en la parábola! Parece como si se nos estuviera diciendo que si aquí te lo pasas bien, ya sabes lo que te espera al final del recorrido… Y, si quieres salvarte, pues eso, ya sabes, lo de Lázaro: penalidades y sufrimientos.

Pero no, las claves para interpretar correctamente la parábola nos las dan las lecturas litúrgicas que la acompañan. Leer el resto de esta entrada »

La roca

Miércoles, 18 enero, 2012

Aquí os dejo con este hermoso relato que nos habla del abandono confiado en Dios y de la perseverancia de nuestra lucha.

Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la habitación y apareció Dios. El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus fuerzas. El hombre hizo lo que el Señor le pidió, día tras día. Por muchos años, desde que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas…y esta no se movía. Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano. Como el hombre empezó a sentirse frustrado, Satanás decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su mente: “Has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido”. Le dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible de realizar y que él era un fracaso. Estos pensamientos incrementaron su sentimiento de frustración y desilusión. Satanás le dijo: “¿Por qué esforzarte todo el día en esta tarea imposible? Sólo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente”. El hombre pensó en poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesarle sus sentimientos: “Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aún así, no he podido mover la roca ni un milímetro. ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado? “. El Señor le respondió con compasión:”Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tu aceptaste, te dije que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar. Ahora vienes a mi sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez. Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era ser obediente y empujar para ejercitar tu fe en mi. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la roca”.

***

Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor y tratamos inútilmente de entender o descubrir su voluntad, quizás es por que Dios solo nos pedía obediencia y fe en Él. Debemos ejercitar nuestra fe, capaz de mover montañas, pero siendo conscientes que es solo Él quien puede moverlas. Cuando todo parezca ir mal… No te preocupes y empuja. Cuando estés agotado por el trabajo… sigue un poco más y empuja, ya verás como puedes terminar bien. Cuando la gente no se comporte de la manera que te parece que debería… Salta por encima y sigue empujando. Cuando no tienes más dinero para pagar las deudas.. Mantén la esperanza y sigue empujando, ya verás como todo se soluciona. Cuando la gente no te comprende… Tu mantente y empuja. Cuando te sientas agotado y sin fuerzas… Un último esfuerzo y empuja.

Es cierto que existen rocas imposibles de mover o de cambiar. Tal vez esa no es nuestra misión. En todo caso… ¡¡nunca dejes de “empujar”!!

“Señor, enséñanos a orar”

Miércoles, 5 octubre, 2011

“Señor, enséñanos a orar“. Siempre me pareció que a los apóstoles les daba un poco de envidieja ver rezar al Señor. Me contaba un sacerdote amigo que estando un día rezando en la parroquia frente al Santísimo, se le acercó una mujer y le dijo: “oiga, ver rezar a un cura debería ser un sacramental; le entran a uno ganas de ponerse de rodillas”. Sí, ver rezar puede inducir a otros a la oración, lo mismo que el pecado mueve a otros a pecar. Por eso, me gusta esta santa envidia de los apóstoles y les pido que me enseñen a mirar al Señor en oración. 

La primera palabra que pronunció el Señor para enseñarles a rezar fue un término familiar: Abba, Papá, Padre. Jesús nos sitúa así en el clima de confianza y de filiación en el que nos debemos dirigir siempre a Dios. ¿Qué cosa hay más agradable que el nombre de padre, que indica ternura y amor? Cuando rezamos el Padrenuestro, y muchas veces a lo largo del día, hemos de saborear esta palabra llena de misterio y de dulzura, Abba, Padre, Padre mío…

Mientras muchos buscan a Dios como en medio de la niebla, a tientas, los cristianos sabemos, de modo muy particular, que Él es nuestro Padre y que vela por nosotros. Cada vez que acudimos a Él, nos dice: Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo . «Todo cuanto nos viene de parte de Dios y que al pronto nos parece próspero o adverso, nos es enviado por un Padre lleno de ternura y por el más sabio de los médicos, con miras a nuestro propio bien» (Casiano). La vida, iluminada por la filiación divina, adquiere un sentido nuevo; ya no es un oscuro enigma que descifrar, sino una tarea que llevamos a cabo en la casa del Padre, que es el mundo: Hijo mío, nos dice a cada uno, ve a trabajar a mi viña.

El Señor insiste con una parábola en la misma idea:“¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? (…) ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?”… Leer el resto de esta entrada »

El detonante fue la expulsión por la mañana del espíritu inmundo en la sinagoga. Pero la movilización vino después al saberse la curación milagrosa de la suegra de Pedro a medio día. La noticia voló y en cuestión de minutos, toda Cafarnaúm estaba a las puertas de la casa del apóstol. Todos querían verle y que les tocase aunque fuera con su sombra para quedar sanados. Jesús les imponía las manos y los curaba uno a uno. No quedó ni un enfermo en cama ese día en Cafarnaúm. Aquella ciudad aquel día había sido llena de gracia. ¿Sería Cafarnaúm donde empezaría el Reino de Dios a instaurase? Luego cayó la noche.

Al amanecer se presentaba otro día de triunfo para los apóstoles; quizá el más propicio para reclutar entre aquellos hombres agradecidos nuevos discípulos… Amanecía, y Jesús no estaba allí. Muy temprano se había levantado para orar a su Padre… Ya de vuelta, los discípulos esperan gozosos sus órdenes. “Nos vamos”, les dice: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios”. Pero Señor ¿irnos, ahora? Y ¿qué pasa con todos nuestros planes de triunfo y nuestras expectativas de éxito? Y es que los planes de Dios no son como los de los hombres. Jesús cumple obediente lo que su Padre le ha enviado a hacer.

Nos enseña así el Señor que todas las vocaciones tienen por objeto misiones: si Dios llama, es para enviar; a Abraham, a Moisés, a Amós, a Isaías, a Jeremías, a Ezequiel les repite la misma orden: ¡Ve!. Y Dios aguarda una respuesta. Con frecuencia, esta respuesta, al ser invadido por el miedo y trata de evadirse. Y es que la vocación normalmente pone aparte al llamado y hace de él un extraño entre los suyos. Toda la predicación de Jesús tiene algo que comporta una vocación: un llamamiento a seguirle en una vida nueva cuyo secreto él posee: «Si alguien quiere venir en pos de mí…». La Iglesia naciente percibió inmediatamente el ser cristiano como una vocación. La vida cristiana es una vocación porque es una vida en el Espíritu, porque el Espíritu es un nuevo universo, que «se une a nuestro espíritu» para hacernos oír la palabra del Padre y despertar en nosotros la respuesta filial.

Pero Señor, ¡esto implica también abandonar planes personales y quizás expectativas de éxito! Y supone asumir riesgos, y abandonarse en un querer del Padre que no siempre aparece tan claro a nuestros ojos. ¿Cómo habérnoslas con la vida y con sus peligros? Necesitamos apoyos, Señor, con que poder contar, refugios donde acogernos; para perseverar en medio de las pruebas y esperar llegar a la meta hay que tener confianza. Pero ¿en quién confiar? Leer el resto de esta entrada »

Las señas de identidad

Viernes, 24 junio, 2011

Un padre entra en una iglesia con su hijo, de unos 5 años. Al cabo de un rato el pequeño le pregunta:
– Papá ¿Quién es aquel santo? - Pues no los sé, hijo. Pero, mira, allí parece que está el cura. Pregúntale a él

Ni corto ni perezoso se acerca el pequeño al sacerdote y comenzó su curioso interrogatorio:
– Hola, ¿tú rezas mucho a Jesús y a la Virgen?
– Hombre… lo intento. Sí.  
– ¿Y tú, quieres a todos?
– Bueno… Sí.
– ¿Y tú haces la Misa?
– Sí, también.
– ¿Y tu le das a la gente el Cuerpo de Jesús para que lo coma?
– Sí, se lo doy.
– ¡Ah, bien! Entonces, sí. Tú eres el cura.
Después, ya seguro, preguntó por el santo.

Que claro está para los pequeños y sencillos, lo que para otros resulta tan complicado descubrir.

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