Ante la muerte “que no tiemble vuestro corazón”

Bueno, ya estamos de vuelta. Aquí os dejo -este 2 de noviembre-, con un comentario del blog de José-Fernando Rey:

JES_S_CRUZ_DE_CRISTO_CON_FONDO_ROJO_Y_AMARILLO_Jesus_Cross890CEpicuro, que no era ningún Padre de la Iglesia, decía que la muerte no debe preocuparnos; mientras estamos aquí, ella no está, y, cuando llega, somos nosotros quienes nos hemos ido. Como sofisma, o como ejercicio de ingenio, la frase puede pasar. Pero lo cierto es que lo malo de la muerte no es tanto la propia muerte como el temblor que produce. Antes de llegar, se deja sentir, porque el corazón tiembla a la vista de esa puerta oscura hacia… ¿Hacia qué? He ahí el temblor.

Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos el camino?

No conozco otro consuelo para el temblor que produce la muerte que estas palabras del Señor. Para el cristiano, Cristo no es sólo la Vida; Él es también la muerte. El Crucifijo se ha quedado en esa puerta oscura, y la ilumina con una claridad amorosa. Es su muerte, no la mía, la que cruzaré, si en vida me mantengo unido a Él. Y, a través de esa misma muerte suya, llevado sobre sus hombros entraré en la Vida.

3 comentarios en “Ante la muerte “que no tiemble vuestro corazón”

  1. No puedo por menos de comentar lo que para mi han sido y han supuesto estos días en mis ratos de oración. Para ayudarme, he leído lo que tantas veces nos ha dicho San Josemaría, y os puedo asegurar que me he quedado con una gran paz. Me ha parecido oportuno ponerlo en el blog. Estoy segura que a todos ayudará como a mi.

    1. La muerte
    San Josemaría
    Todo se arregla, menos la muerte… Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.
    Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?… ¡Vivir! Surco, 876.
    ¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.
    El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante si lucha para vivir como hombre de Cristo, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.
    «Me hizo gracia que hable usted de la ‘cuenta’ que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez –en el sentido austero de la palabra– sino simplemente Jesús». –Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.

    2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?
    San Josemaría
    Mienten los hombres cuando dicen «para siempre» en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el «para siempre» de la eternidad. –Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.
    Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban… En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.
    Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados –amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo–, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208
    En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. –Así se gana siempre. Forja, 998.

    3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?
    San Josemaría
    El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889
    No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.
    «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». –Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? –Sí…, ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.

    4. ¿Existe el infierno?
    San Josemaría
    No me olvidéis que resulta más cómodo –pero es un descamino– evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.
    Un discípulo de Cristo nunca razonará así: «yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren…, que se vayan al infierno». Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952
    Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.

    5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?
    San Josemaría
    Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo… Porque El ya sabe que le amas…, y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.
    «Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro», me dices disgustado y apenado. –No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.
    El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer –que nada vale–, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.
    Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos…: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.

    6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?
    San Josemaría
    Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
    Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180.
    En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.
    Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.
    El tiempo es nuestro tesoro, el «dinero» para comprar la eternidad. Surco, 882.

    ¿Por qué rezar por los difuntos?
    San Josemaría, en Surco
    «El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El» (Punto 889).
    «¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro» (Punto 893).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s