¿Cuáles son “tus bienes”, dónde has puesto tu corazón?

Miércoles, 7 marzo, 2012

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, o del hombre rico y el mendigo Lázaro, tiene algo que la hace, al menos para mi, especialmente incómoda. En algún rincón de nuestro espíritu la figura de Lázaro nos resulta incómoda, molesta; y, por el contrario, algo de nosotros conspira secretamente a favor de Epulón. Me explicaré.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día…

A Epulón le va bien. Tiene durante su vida, todo lo que secretamente quisiéramos tener: banquetes y fiestas, riquezas y triunfos, amigos y honores; y no parece tener ninguna preocupación o pesar. Pero ¡luego va y se condena!

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba-

A Lázaro, sin embargo, le va mal. Su vida es una verdadera lástima: mendigando tirado en la calle, hambriento y cubierto de heridas, que esos perros callejeros, tan molestos, se empeñan en lamer ¡Y él es el que se salva en la parábola! Parece como si se nos estuviera diciendo que si aquí te lo pasas bien, ya sabes lo que te espera al final del recorrido… Y, si quieres salvarte, pues eso, ya sabes, lo de Lázaro: penalidades y sufrimientos.

Pero no, las claves para interpretar correctamente la parábola nos las dan las lecturas litúrgicas que la acompañan. En Jeremías leemos: maldito quien confía en el hombre, y en la carne pone su esperanza. En el salmo repetimos: dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. Y, por último, cuando se dice la causa de la condena de Epulón, ya no hay duda: recuerda que tú recibiste tus bienes en vida… “Tus bienes”, esta es la clave de la interpretación. La parábola nos está preguntando: “¿cuáles son “tus bienes”, dónde has puesto tu corazón?”. “Tus bienes” te salvarán o te perderán.

Imagina por un momento que Epulón se fuese al Cielo. Allí todo gozo reside en la contemplación amorosa de Dios, pero a él esto no le dice nada y no entiende por qué están tan alegres todos allí. Intrigado, le pregunta a san Pedro: “Oye ¿dónde está aquí “lo bueno”, el “royo”, ya me entiendes? ¿Dónde está aquí “lo interesante”, tío? Yo esperaba un festín a lo grande, los placeres y goces de la tierra multiplicados por infinito, y ya ves, que soso es todo esto”. San Pedro le dice: “si eso es lo que quieres, ven”. Y le lleva hacia un descomunal parque de atracciones y de todo tipo de placeres… ¡Y todo gratis! Ahora sí que está en su salsa Epulón. Pero claro, la eternidad es la eternidad. Y cuando han pasado solo tres billones de años, nuestro Epulón está asqueado, ha gozado de todo millones de veces y su sensación de aburrimiento y de vacío es insoportable, la eternidad así de vacía le empieza a resultar abrasadora. Se da cuenta que, donde él ha querido ir, a donde le han llevado “sus bienes”, es al infierno. Efectivamente, cada uno tiene lo que quiere.

Pregúntate ahora ¿Cuáles son “mis bienes”, en qué he puesto mi corazón? Y después de agradecer a Dios por tantas cosas buenas que te ha dado, no te olvides de Lázaro, mírale también como “un bien tuyo”, porque será Lázaro quien te lleve al Cielo.

Lázaro es Jesús: he aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, cenaré con él, y él conmigo (Ap 3,20). Mírale, ahí le tienes, crucificado, manso y humilde, esperando a tu puerta. Por ti, lo ha dejado todo. Te quiere tanto, que se ha hecho pobre por ti, para pedir como un mendigo en la puerta de tu libertad. Se ha ofrecido totalmente por ti, en una Cruz, pidiendo a Dios el perdón de tus pecados…Dirás que le tienes en cuenta, que no le olvidas, que para ti Jesús cuenta. Pero acaso no le ofreces solo las migajas de tu tiempo, las sobras de tus fuerzas, el último amor después del festín… Le das, pero las migajas. Le das, pero no te das.

Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. A veces, no te enfades, yo también lo hago, al sentirnos pecadores nos acercamos como perros a lamer las llagas de Cristo y conseguir la misericordia que nos ofrecen. Ya lo ves, mientras nosotros solo le damos las migajas, él se nos da todo entero. Aprende.

Vamos a decirle hoy a Jesús, que queremos que él sea “Nuestro Bien” (así con mayúsculas), nuestro mayor bien, que queremos ablandar nuestro corazón de piedra y abrirle la puerta de nuestra libertad, y le serviremos como él quiere ser servido. ¿Sabré Madre mía cambiar el final de la parábola? ¡En ti pongo mi esperanza Madre!

 

 

 

 

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