La sonrisa no es una expresión inocua, sino la verdad de nuestro corazón

G4462770244761[1]Hay sonrisas que matan… Mordaz, irónica, burlona, cínica, punzante, insolente, necia, improcedente, despectiva, morbosa… Son tantos los valores y significados de la sonrisa que los adjetivos que marcan la malignidad de una sonrisa se pueden multiplicar.

Se ha afirmado que existen tantos modos de sonreír como personas. Conviene reconocer cuál es el propio modo de sonreír; pero, sobre todo, es oportuno matizar bien la intención: todos sabemos que la sonrisa mala hiere. Dañar con la sonrisa está al alcance de todos. La sonrisa que se elige contiene un mensaje casi siempre muy claro, y quien recibe el efecto lo reconoce en el acto, sabe cuál es la actitud de la persona que tiene enfrente, se siente bien o se ve despreciado y se prepara para defenderse de lo que puede venir después.

No se trata de ir derramando sonrisas bondadosas por todas partes, sino de hacer el bien, aliviar el dolor y no causarlo, animar y abrir horizontes, manifestar aprecio y no desprecio.

Nuestros actos y gestos nacen del interior, proceden del corazón, manifestó Jesús a los fariseos que acusaban a los discípulos por comer con manos impuras. La sonrisa no es una expresión inocua, sino la verdad de nuestro corazón.

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