Jueves Santo: Papa Francisco en la Misa crismal

El juicio de la conciencia

orgullo-y-prejuicio-1Esta entrada forma parte de “el orden de los amores” (parte 3)

Un padre de familia, o cualquier persona que tenga responsabilidad sobre otras personas, aunque esté en una situación extrema, no puede satisfacer su hambre sin pensar antes en el hambre de los que tiene a su cargo. Su hambre no es lo primero, por muy real y verdadera que sea.

  • Sentir hambre –el deseo de comer– puede ser una llamada de atención para que cubramos esa necesidad elemental, sin la cual no podemos sobrevivir. Pero no siempre hay que atender esa voz. No es necesario comer siempre que se siente hambre. Por muchos motivos prácticos, de higiene, de salud y de trabajo, es preferible, por ejemplo, llevar un sistema ordenado de comidas y comer a horas fijas. Tampoco es bueno dejarse llevar en la comida estrictamente por los gustos, porque la dieta debe ser equilibrada y esto exige una alimentación variada, donde lógicamente habrá cosas que gusten más y otras menos. Y no conviene comer hasta saciarse; es decir, hasta que no quede hambre; siempre se ha recomendado lo contrario: es buena medida para la salud levantarse de la mesa con un poco de apetito; de otro modo frecuentemente se come más de lo necesario y se engorda. La inteligencia tiene que poner condiciones a la voz del deseo. Tiene que establecer cuándo, cómo y en qué medida; tiene que conjugar la voz de los bienes y la de los deberes.

Somos limitados: nuestras fuerzas son limitadas y nuestro tiempo también es limitado. Son muchos los bienes que debemos adquirir y muchos los deberes que hemos de atender. No podemos hacerlo todo a la vez. Hay que poner medida y orden de prioridades, tanto en las grandes dedicaciones de tiempo y energía de nuestra vida, como en el reparto diario. Seguir leyendo “El juicio de la conciencia”