3. Colaboración y complementariedad

Seguimos con el el libro Dios y las artes del hogar, de Pablo Prieto. El capítulo tercero está dedicado como su mismo título indica a la Colaboración y complementariedad que se da en torno a las tareas del hogar:

Le seguían dos ciegos, gritando: ¡ten compasión de nosotros…! (Mt 9, 27).— Ceguera semejante se da con frecuencia en el trabajo en equipo. Los compañeros, de tantas horas juntos discutiendo las cosas del oficio, se vuelven incapaces de verse mutuamente con objetividad; el juicio sobre el otro se deforma, los ánimos se crispan y, finalmente, la lengua se dispara. El trato intenso, que debería facilitar la amistad, paradójicamente la estorba. Los que más podrían servirse, acaban por herirse.

Por eso hay que gritar con los ciegos: ¡Ten compasión de nosotros! ¡Rompe, Señor, este grillete del pecado con que, al querernos, nos aherrojamos; al ayudarnos, nos tropezamos; al cuidarnos, nos herimos; al buscarnos, nos chocamos…! ¿Y cómo remediarlo si no es abriendo los ojos a ti? ¡Únenos viéndote!

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 ¿Quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc 9, 54). Los samaritanos niegan hospitalidad a Jesús y los discípulos se enfurecen.

¡Qué fácil es condenar una casa que no va bien, fulminarla con nuestras críticas! Lo difícil, en cambio, y lo verdaderamente necesario es mejorarla con la caridad y el trabajo, colaborar en su restauración.

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Y la madre de Jesús estaba allí. (En las bodas de Caná, Jn 2,1).— Dondequiera que haya un hogar está María. Allí revive el misterio de la Encarnación, alumbra a Cristo en nosotros, lo cría y lo lleva a su madurez. Pero ese allí hemos de realizarlo nosotros con el cariño y la colaboración.

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Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga (Jn 2, 5).— Este hacer hacer de María es el puente que une a los hombres de aquella casa —el maestresala, los sirvientes— con Jesús.

Otro tanto ocurre en toda familia. Colaborando con las mujeres (y no solo “ayudándoles”), los varones nos entendemos mejor con Cristo… ¡e incluso hacemos milagros!

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Y el discípulo la recibió en su casa. (Juan junto a la cruz, Jn 19,27).— Recibir a María no es sólo ofrecerle un hogar sino convertirse uno mismo en hogar para los demás; en instrumento de María, para hacer operativo su poder materno. En el hogar de Juan, Ella se sirve de sus manos varoniles.

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Nuestros hijos como vigorosos retoños, y nuestras hijas como columnas talladas, esculpidas para un palacio (Salmo 143, 12).— Sí, la mujer es columna, espina dorsal, viga maestra, pero no porque le corresponda soportar el peso de todo edificio, sino porque le marca la altura, le confiere su dimensión humana y su estructura de hogar.

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Aquellas flores, piropos y besos de cuando novios, aquellas horas mágicas a la luz de la luna, no es que se hayan esfumado ahora que estáis casados, sólo que requieren un refrendo menos idílico: el trabajo compartido, el servicio mutuo, la perseverancia en los detalles, en una palabra: las tareas del hogar. En ellas vosotros, los esposos cristianos, renováis aquel amor que os unió para siempre; colaborando en la casa continuáis diciendo lo mismo de entonces —te amo, soy para ti, me entrego—, pero con un lenguaje nuevo…

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Doña Atareada, esa perfeccionista: hiperactiva, maniática, que pone nerviosos a todos y se queja de que nadie le ayuda.

Cierto, pero también está Don Tranquilo. Don Tranquilo presume de franco, sencillo y campechano: ¡fuera formalidades! Nadie tan alegre y apacible como él. Sin embargo sus continuos descuidos deterioran paulatinamente la convivencia: el despacho desordenado, las luces encendidas, la comida sin recoger, los ceniceros sucios, los aseos impresentables… ¿No podría usted, Don Tranquilo, abrir más los ojos?

2 comentarios sobre “3. Colaboración y complementariedad

  1. Nuestra comprensión misma de lo humano es naturalmente sexuada: varón y mujer simbolizan, cada uno por su parte, aspectos diversos de la humanidad que les es común. De ahí la importancia de vivir la complementariedad, por ejemplo mediante la colaboración doméstica, de modo que esta intuición luminosa del lenguaje sea fuente de enriquecimiento mutuo, y no degenere en esquematismos mentales y discriminaciones morales, como ha sido tan frecuente en la Historia.

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