Inventar el espacio en el hogar (y en el alma)

decoracion azulSeguimos con algunos textos de Pablo Prieto, extraído de diversos lugares. Aquí os dejo con estos fragmentos relacionados con el espacio en el hogar:

Ven, Espíritu Santo…, llena lo más íntimo de los corazones. (Del himno Veni Sancte Spiritus).— ¿Y qué puede llenar la intimidad sino el amor? El amor llena ahondando y afinando a su receptor, abriendo en él nuevas interioridades, descubriéndole filones inéditos.

¿Y cómo realiza el Espíritu esta obra en el alma? Al modo de un ama de casa: lava lo que está manchado, riega…, sana…, dobla…, calienta…, endereza… (ibidem). Pues el oficio doméstico, ¿qué es sino crear espacio humano? Un espacio donde siempre cabe más, pues el amor lo dilata.

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Cuidando la casa tú mismo te haces casa. Te conviertes en lo que cuidas. La habitación que limpias y adornas se replica y desdobla en tu alma.

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Decorar un espacio es ampliarlo espiritualmente mediante el arte. Sin este ensanchamiento el prójimo apenas cabría en él.

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Judas conocía el lugar porque Jesús se reunía frecuentemente allí con sus discípulos (Jn 18, 2).— Este rincón apacible de Getsemaní les servía de “sala de estar”, pues no contaban con casa fija en Jerusalén. Y allí organizaban su tertulia familiar: esa reunión que no persigue más finalidad que “estar juntos”, y que recoge como un remanso los diversos ríos de la familia, haciendo transparente su fondo.

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Llenó toda la casa donde se encontraban. (Pentecostés, Hechos 2, 2).— ¿Y qué es “llenar” una casa sino unir a los que la habitan? Así nace la Iglesia: invadiendo el Espíritu Santo un cenáculo, es decir, un comedor, y convirtiendo a los discípulos en familia.

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La Iglesia no sólo nació en un comedor, sino que en cierto modo lo es.

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Sólo puedes “crear” un hogar hermoso si “crees” en sus moradores. La confianza en lo mejor del prójimo (creer) confiere a la labor doméstica talante artístico (crear). Lo que se crea está en función de lo que se cree. Si crees que los tuyos son maravillosos (por más que a veces no lo demuestren), crearás para ellos cosas maravillosas. La belleza nace de la fe.

¿Y qué fe? Una fe ciertamente humana, en cuanto su objeto son meros hombres, pero divina, pues profesa y realiza tu fe en Cristo. Apoyándote en Él, cree en tu prójimo y te sorprenderás de lo que sale de tus manos: El todopoderoso ha hecho cosas grandes por mí (Lc 1, 49).

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El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14).— Puso un hogar, estableció su casa, asentó una vivienda: en eso consiste la Redención. Dios se muda a nuestro domicilio y se sienta a nuestra mesa.

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¡Qué bien se está aquí!, ¡hagamos tres tiendas! (Pedro ante Jesús transfigurado, Mc 9, 5).— La belleza de Cristo incita a crear hogar. El resplandor de su Rostro reclama “una tienda”, una morada, donde esta luz se materialice y perpetúe. La casa que cuidamos todos los días es la respuesta exacta y cabal a esta belleza que vislumbra la fe.

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La casa se parece a las personas que la habitan: tiene alma y cuerpo, acusa el paso del tiempo, envejece, se maquilla. Sus objetos (muebles, utensilios, adornos) van cobrando significados nuevos, el tiempo los humaniza, los espiritualiza; el espacio se puebla de recuerdos; los muebles “se hacen” a sus usuarios: Pedro, Marta, Pepe, Lola. La simple mirada, de tanto posarse sobre un objeto, le confiere cierta marca personal que lo hace único.

Por eso cuidar los objetos de la casa es cuidar en ellos a sus moradores, acceder a sus corazones, y salirles al encuentro.

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Los envolvió con su luz. (El ángel de Belén, Lc 2, 9).— Pastores, ovejas, aperos, arbustos, y hasta piedras: ¡todo queda envuelto por la luz celestial! Lo más tosco emite sagrados destellos. En este efecto luminoso se insinúa el mensaje del ángel: que el Mesías santifica la vida ordinaria, y que las tareas y objetos cotidianos adquieren valor divino, incluidas (para consuelo de algunos de nosotros) las mismas piedras…

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¿Qué vieron los pastores? Una escena bien sencilla: Vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre (Lc 2, 16). Y sin embargo se conmovieron de gozo, conscientes de estar ante Dios: Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este niño.

Esta misma es la fe de quien busca a Dios en las tareas cotidianas: en lo ordinario, descubre lo excelente; en lo humano, lo divino; en las cosas, a las personas; entre lo diverso, lo único.

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Y os mostrará una habitación en el piso de arriba, grande y amueblada; disponed allí para nosotros. (Preparando el cenáculo, Mc 14, 15).— Arreglar una habitación es honrar la presencia que la llenará. Mediante la limpieza y el orden salimos al encuentro del prójimo presintiéndolo en el espacio vacío y los objetos inertes. No sólo lo esperamos sino que lo llamamos. La habitación pulcra y aseada dice: “ven”.

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Arreglar una habitación no es sólo preparar un espacio sino “crearlo”: hacer que las cosas inanimadas (muebles, adornos, suelo, luz) “digan” a las personas que las usarán.

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El ama de casa tiene un fonendoscopio que lo aplica a todo: la cocina, las cuentas, la ropa, la limpieza, la decoración, las plantas… En todos los rincones percibe el latido de un único corazón: la familia. Y el amor afina su oído de doctora y cirujana, para detectar la mínima enfermedad y curarla.

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En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Me voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2).— ¿Qué es “preparar un lugar dentro de una morada” sino barrer, ordenar y adornar una habitación: la alcoba, el salón, el despacho…? La mejor imagen, en efecto, para explicarnos la doble Misión de la Santísima Trinidad la encuentra Jesús en esta tarea tan sencilla y prosaica. Por un lado Cristo nos prepara el Cielo para nosotros, y por otro el Espíritu nos prepara a nosotros para el Cielo.

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Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre parientes y conocidos (Lc 2, 44).— En esta caravana de la vida los parientes y conocidos compartimos muchas cosas: cultura, fe, tradiciones, recuerdos, vecindad, compromisos, penas, alegrías… Aunque diversos en edad, carácter y condición, formamos entre todos aquel ámbito donde el hombre crece y se abre a la vida.

Buscándolo entre parientes y conocidos… ¡Por aquí hay que empezar! Para encontrar a Cristo en el Templo, empieza buscándolo en tu casa. Investiga primero en la familia y acabarás hallándolo en el altar…

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El Sagrado Corazón es mi casa pequeña, donde yo vivo, duermo, trabajo y descanso, de donde nunca salgo, y si salgo, adonde siempre vuelvo.

Un comentario sobre “Inventar el espacio en el hogar (y en el alma)

  1. Mi hogar es un espacio de paz. Y así debe ser. Un lugar donde te puedas refugiar, descansar y tomar nuevas energías para la vida. Dentro del hogar, debemos promover la convivencia armoniosa. Debe ser un territorio neutral donde únicamente el amor predomine. Un lugar donde estar cómodo y tener paz espiritual. Cuando todos los que habitan en ese espacio coinciden en que así debe ser, hay paz y armonía a pesar de las vicisitudes de la vida.

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