No bastan las buenas intenciones

En un vasto paisaje helado, azotado por la ventisca, se desliza un trineo. Su único ocupante viaja hacia el polo Norte. De su rostro, cubierto de agujas de hielo, destacan los ojos febriles clavados con ansia en el horizonte. Avanza el trineo con la prisa de quien pareciera llegara tarde. No permite que el tiro de perros se desvíe un ápice del septentrión; no les concede respiro a su esfuerzo, ni disminuye su velocidad. No se distrae el viajero en su valioso equipaje, que es todo lo que posee. Todo en él es una tensa voluntad de alcanzar pronto la meta. En llegar al polo Norte ha puesto lo mejor de sus energías, la más entrañable de sus esperanzas, el sentido final de su destino.
Solamente de trecho en trecho, nuestro viajero se detiene un instante para comprobar si la dirección es correcta y cuánta es la distancia que todavía le separa del Norte. Y aquí la sorpresa. Los instrumentos le demuestran, sin lugar a dudas, que la dirección resulta exacta, pero la distancia del Polo Norte es cada vez mayor. En vano verifica una y otra vez sus instrumentos: no están estropeados, no hay error en la medición, la dirección es buena, más la distancia en cada comprobación no cesa de aumentar. Pero nuestro perplejo viajero, entre el desaliento y la esperanza, fuerza más y más la velocidad, castiga sin piedad a sus perros y los lanza vertiginosamente entre la ventisca con la desesperación de quien pareciera que huye. Todo es inútil, no obstante, en cada sucesiva medición, pese a la fidelidad de la dirección, el polo Norte se aleja más y más….

¿Qué le ocurre, al protagonista de tan dramático viaje? Si nos distanciáramos lo necesario para poder ver desde lo alto aquella situación, descubriríamos que aquel vasto paisaje helado por cuyo interior viaja este diminuto trineo, no es más que un inmenso témpano de hielo, un colosal iceberg, que se desplaza hacia el Sur a mucha mayor velocidad de la que nuestro pobre viajero corre hacia el Norte. La meta del viaje y los ideales de su equipaje eran nobles. Su esfuerzo, admirable. Pero la base sobre la que se sustentaba toda la aventura era tan radicalmente errada que le conducía con fatalidad al polo opuesto.
El deseo y búsqueda bien intencionada de la felicidad, de llegar al Norte, no basta para alcanzarla; los planteamientos de fondo, la visión del hombre y del mundo, la base sobre la que sustentar este proyecto es tanto o más importante.

Quizás este sea el drama dentro del cual se encuentra el perplejo hombre moderno. En su ansía de buscar la felicidad no repara en que su antropología vital, su forma de plantearse las relaciones con él mismo, con el mundo y con los demás (y aquí entra también Dios ), son radicalmente egoístas y le alejan trágicamente del deseado objetivo sin poder nunca alcanzarlo a pesar de su gran empeño.

4 comentarios sobre “No bastan las buenas intenciones

  1. Una alegoria buenisima de lo que vive hoy en dia el ser humano, que a pesar de tantos avances cientificos, mecanicos, etc se siente cada vez mas vacio, mas infeliz, mas frustrado en su vida, entrando en un sinsentido vital, en una muerte de su ser mas profundo, lo mismo que este viajero; pero que es incapaz de pararse a ver mas hondamente donde esta el problema, y no solo mirando lo superficial que siempre llevara a pensar que es porque no tenemos los suficientes avances cientificos , informaticos, no tnemos lo sufciente para vivir mejor…..solo mirando en profundidad el hombre de hoy podra descubrir cual es el verdadero sentido de su existencia, la verdadera meta a alcanzar, y el único Camino para alcanzar esa meta.

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  2. lo primero que tenia que haber hecho este hombre es comprobar los aparatos de medida. por mucha tecnologia si no sabes manejarla es una tonteria. hay que ir a lo básico, mira al cielo y busca la estrella polar.y eso que apesar de los avances el hombre se siente solo son chorradas. los avances te pueden ayudar pero el primer paso lo tiene que dar uno , es muy simple y muy claro SER HUMANO CONTIGO MISMO Y CON LOS DEMAS.

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