La Justicia

Lunes, 30 abril, 2007

 

Existe dentro de cada hombre un anhelo, un deseo de orden, de un orden ideal que garantice su dignidad, su honor, una aspiración de orden que reclama –para sí y para los demás, para todos- la posibilidad de vivir como persona…. Este anhelo es el anhelo de Justicia.

Sabemos que existe la posibilidad de un orden ideal en el que todo hombre pueda formar su propio pensamiento, tener sus propias convicciones que nadie pueda atacar; un orden ideal en el que pueda ser señor de su decisión y actuar conforme a su propio criterio… El orden que garantizara esto sería un orden Justo.

Sabemos que existe la posibilidad de un orden ideal en el que todo hombre pueda participar en el mundo y realizar su obra; en el que pueda entrar en relaciones de amistad, de trabajo, de amor y fecundidad, tal como se lo propone el juicio de su conciencia… La ordenación que garantizara esto sería: Justicia.

Y ¿por qué sabemos que existe esta posibilidad? Porque sabemos que somos un ser personal, es decir, sabemos que nuestra vida tiene sentido, es decir, que no solo existimos si no que se me pedirá cuenta de lo que he hecho yo, que no solo estamos en actividad, si no que debo responsabilizarme de lo que hago yo. Por eso advertimos que algo debe garantizar este sentimiento de dignidad y honor personal de nuestro existir. Ese algo lo percibimos como algo que nos es debido… Ese algo es Justicia.

Por eso hemos de trabajar por ese orden más justo sabiendo también que: Se es digno de llamarse hombre en la medida en que, donde se está, se trabaje por la justicia; pero en conjunto, evidentemente, nunca se alcanzará como habría de ser, como situación de la existencia y actitud de la humanidad”. Por eso,solo partiendo de Dios se establecerá la justicia real y plena, por el juicio”. Quien no crea en Él no verá nunca saciada esa hambre y sed de justicia. Sin Él todo queda como colgado con medio sentido en el vacío del absurdo. Sólo Él, que todo lo penetra, es el Justo en eterna verdad. (cfr. Romano Guardini en “Una ética para nuestro tiempo”).

“Cartas del diablo a su sobrino” de C. S. LEWIS

Te pongo en antecedentes: Orugario es un diablo novato que informa a su tío Escrutopo, diablo experto, acerca de los progresos que hace con su paciente, un hombre al que debe proteger del Enemigo (es decir de Dios) y llevar al infierno. En esta carta Escrutopo aconseja a su sobrino acerca de evitar que piense su paciente porque el pensamiento serio y profundo puede llevarle a Dios mientras que lo que él denomina la “vida real” y ajetreada de cada día sirve de coartada al diablo: “Acuérdate de que estás ahí -le dice- para embarullarle”

CARTA I

Mi querido Orugario:

Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa, y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son “ciertas” o “falsas”, sino “académicas” o “prácticas”, “superadas” o “actuales”, “convencionales” o “implacables“. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo. También Él puede argumentar, mientras que en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo “vida real” y no le dejes preguntarse qué entiende por “real”.

Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente –¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?–, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que ésa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: “Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana“, la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: “Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada“, iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de “vida real” (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que “ese tipo de cosas” no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de “ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica“. Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre.

¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable “vida real”. Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado, en conversaciones o lecturas es “el resultado de las últimas investigaciones”. Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por como habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Los niños, al cielo

Sábado, 28 abril, 2007

En un documento de 41 páginas que lleva por título «La esperanza de salvación para los niños que mueren sin el bautismo», preparado por la Comisión Teológica Internacional y aprobado por Benedicto XVI el 19 de abril, se afirma que, para los niños sin uso de razón que mueren sin bautizar, no hay razones fundadas para pensar que no puedan ir al cielo.

El documento supera la concepción del limbo, una hipótesis teológica surgida en el siglo XIII, como lugar en el que, según algunas escuelas teológicas, estos niños gozaban de una felicidad natural, pero no tenían la visión de Dios, pues refleja «una visión demasiado restrictiva de la salvación». Por eso, defiende la tesis que subraya cómo la misericordia de Dios «quiere que todos los seres humanos se salven».

Al reflexionar sobre la misericordia de Dios, los expertos de la Comisión Teológica Internacional fundamentan la «esperanza de que los niños fallecidos sin bautismo se salven y gocen de la visión beatífica», pues la exclusión de los niños inocentes del Paraíso no parece reflejar el especial amor de Cristo por los «mas pequeños».

El documento precisa que «los niños no ponen obstáculo personal alguno al camino de la gracia redentora»; por este motivo, «Dios puede dar la gracia del Bautismo».

Este documento por ser resultado solo de la Comisión Teológica Internacional no forma parte del Magisterio de la Iglesia. El documento de la Comisión Teológica Internacional presenta una síntesis del pensamiento de la Iglesia sobre el destino de los niños fallecidos sin bautizar, y concluye que la Escritura y la Tradición “no ofrecen respuestas explícitas”. De ahí que durante siglos se haya mantenido como una cuestión teológica abierta. Ese mismo tono de prudencia es el que preside el texto de la Comisión, que carece de afirmaciones tajantes: “Nuestra conclusión –afirma– es que los muchos factores considerados [en el documento] ofrecen una seria base teológica y litúrgica para esperar en la salvación y visión beatífica de los niños fallecidos sin bautizar”. Y añade: “Subrayamos que estas son razones para una oración esperanzada más que fundamentos para la certeza”.

Para tantas mujeres que ahora están ya arrepentidas de sus abortos del pasado, esta noticia seguro que es una bocanada de aire fresco y esperanza, espero que esta noticia también las ayude a acercarse personalmente al amor de Dios.

Pero entiéndase bien, la Comisión advierte que este planteamiento teológico, un nuevo modo de entender que se ha ido desarrollando en los últimos decenios, no se puede usar para negar la necesidad del bautismo a los niños o para retrasarlo. En realidad, “son razones para esperar que Dios salvará a esos niños, precisamente porque no fue posible hacer por ellos lo que hubiera sido lo más deseable, bautizarlos en la fe de la Iglesia e incorporarlos al cuerpo de Cristo”.

Fuente: Aprobado por el Papa un documento teológico sobre el limbo

Cfr. También: www.aceprensa.com

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Autodisculpa y mediocridad

Viernes, 27 abril, 2007

A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos… -cuenta Alfonso Aguiló que le decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos-… Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia…»

Bueno. Pero ¿por qué creer eso de que uno va a amargarse la existencia si tiene unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno -sobre todo nuestro- enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano? Somos humanos, de acuerdo, pero ¿es que lo propio del hombre es lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino? No. Lo propiamente humano es la razón, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien, la belleza… Curiosamente para llegar a ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos. Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Tenemos que conseguir una especie de inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos, tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

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Ayer miércoles como viene siendo habitual en la audiencia general Benedicto XVI presentó la figura de un padre apostólico, esta vez a Orígenes. El siguiente extracto puede introducirte en la audiencia que está entera en el resto de la entrada del post:

Orígenes, uno de los más grandes escritores de la Iglesia de los primeros siglos, fue un testigo ejemplar de la doctrina que transmitía, afirmando que “la conducta debe corresponderse exactamente con la palabra“. Su deseo del martirio, recordando a su padre que dio la vida por Cristo, se cumple durante la persecución de Decio, en la cual es arrestado y torturado cruelmente, muriendo algunos años después.

Orígenes imprime un “cambio irreversible” al desarrollo del pensamiento teológico, basado en la explicación de las Escrituras, para progresar en el conocimiento de Dios. La tradición y el magisterio se configuran como “Escritura en acción”. El núcleo central de su obra consiste en la “triple lectura” de la Biblia. Sus Comentarios reproducen fielmente las explicaciones que daba, tanto en Alejandría como en Cesarea, y sus Homilías retoman los diversos significados de las Escrituras. Desde el sentido literal, a través de la interpretación oral, los fieles deben llegar al significado espiritual más profundo. Promueve eficazmente la “lectura cristiana” del Antiguo Testamento, haciendo frente al reto de los herejes que oponían los dos Testamentos hasta rechazar el Antiguo: “Para nosotros los dos Testamentos son un nuevo Testamento”.

La audiencia completa en: Leer el resto de esta entrada »

San Marcos, evangelista

Miércoles, 25 abril, 2007

Volvemos este miércoles a hacer una de nuestras “meditaciones” espero que te ayude. Hoy es: 25/04/2007, Miércoles de la 3ª semana de Pascua y la Iglesia celebra a San Marcos, evangelista

1Pe 5, 5b-14; Sal 88; Mc 16, 15-20

Pocas cosas sabemos acerca San Marcos. Sospechamos que es él ese misterioso personaje, pues sólo lo narra su evangelio, quien, cubierto de una sabana, salió corriendo tras Jesús la noche de Getsemaní, mientras lo llevaban preso. Los soldados quisieron prenderlo, pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo (Cf. Mc 14, 51-52). Muchos piensan que era miembro de la familia propietaria del Huerto de los Olivos. También suponemos que se trata del “Marcos” a quien Pedro hace referencia en su primera carta, y quien llama su “hijo“. Pero además de sospechas tenemos certezas. Me explicaré.

Lo que si sabemos con seguridad es que, sin apenas dar a conocer nada de sí mismo, nos ha hecho conocer todo de Cristo. Sin su evangelio no sabríamos que los parientes de Jesús, ya durante su vida pública, quisieron apartarlo de su misión alegando que estaba enajenado; que fueron tres las veces que cantó el gallo y dos las negaciones de Pedro; que Jesús, agonizando en el Huerto, llamó a su Padre: “Abbá” (papá); que, antes de ascender a los Cielos, Jesús dio a sus discípulos poder para realizar signos milagrosos… Ojalá pudieran decir, cuantos se cruzaran nuestro camino, que han sabido muy poco de nosotros y mucho de Jesús. Ojalá, como San marcos, supiéramos ocultarnos para que sólo Jesús brillase.

Y además también sabemos con seguridad que la llamada de Dios hacia San Marcos lo cambió en apóstol, es decir, en pregonero de la “Buena Noticia”. Y es que el apostolado, como decía un amigo mío, no consiste en amargar la vida de los demás recordándoles sus faltas, ni en aburrir a los hombres con consejos que nadie nos ha pedido, ni en “dar la lata” a los amigos una y otra vez hasta que, por cansancio, cedan y nos acompañen a la Iglesia. A esos no los llamo yo apóstoles, sino “plastas con escapulario”. El verdadero apostolado es “evangelio”, Buena Noticia, y consiste en anunciar, a tantos hombres tristes y cansados, que Dios les ama, que Jesús ha muerto por ellos, que sus pecados están perdonados, y que están invitados al Banquete del Reino de los Cielos. Nuestras vidas deben ser, en medio del mundo, una invitación a la alegría. Entonces seremos, como San Marcos, evangelistas.

Que la Reina de los Apóstoles nos conceda ser la pacífica sonrisa del mundo.

Si conocieras el don de Dios

Miércoles, 25 abril, 2007

Conocí a la Hermana Glenda, que es la compositora y cantora de la canción de este vídeo, en Salamanca. Es una monjita simpática y buena persona. Además con su voz más que cantar parece que reza ¿verdad?. Encontré el video en Milenio. Espero que te guste y si estás pendiente de la letra verás que se basa en el encuentro del Señor con la samaritana cuando le dice: “si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tu a Él”.

 

Felicidad y dinero

Martes, 24 abril, 2007

En una entrevista a la multimillonaria Barbara Hutton, un periodista se dirigió a ella comenzando con la típica frase hecha: “Aunque sabemos que el dinero no da la felicidad, díganos, por favor…”. La entrevistada no le dejó terminar: “Oiga, joven, ¿pero quien le ha dicho a usted esa tontería?”.

¿Influye mucho entonces el dinero en la felicidad? Durante más de diez años, un nutrido equipo de investigadores norteamericanos dirigido por David Myers y Ed Diener ha intentado arrojar alguna nueva luz sobre esta cuestión a través de amplios estudios estadísticos. Pronto comprobaron, con cierto asombro, que la impresión personal de felicidad está distribuida de modo bastante homogéneo en casi todas las edades, niveles de ingresos económicos o de titulación académica, y tampoco se ve afectada de modo significativo por la raza o el sexo.

La investigación concluía señalando una serie de rasgos de carácter que parecen comunes a casi todas las personas que se sienten felices: la persona feliz es cordial y optimista, tiene un elevado control sobre ella misma, posee un profundo sentido ético y goza de una alta autoestima. Aunque es difícil saber en qué medida esos rasgos de carácter contribuyen a la felicidad o son más bien parte de sus efectos, sí podemos concluir con Myers y Diener en destacar la gran importancia que para toda persona tiene el carácter y su mejora personal.

En general, el dinero no parece colaborar mucho a sentirse feliz de modo estable. Tampoco la fama suele aportar mucho por sí misma (es más, hay que ser muy maduro emocionalmente para saber digerir de forma adecuada el encumbramiento). Tener un gran talento, o muy buena salud, o un gran atractivo físico, tampoco puede considerarse el eje de la felicidad: indudablemente pueden favorecerla, y crear un clima propicio para sentirse feliz, pero no siempre es así, ni mucho menos.

Como escribió Séneca, todos los hombres quieren ser felices, “lo difícil es saber lo que hace feliz la vida”. Hay que acertar en esa búsqueda, pues quien no lo hace se pasa la vida esperando un mañana que nunca llega.

(Sigue en…) Leer el resto de esta entrada »

La valentía

Lunes, 23 abril, 2007

 

En lo difícil, en toda situación difícil hay una posibilidad de crecer, de llegar a ser mejor, más, eso que se ha de ser; si cedemos ante lo difícil esa posibilidad se pierde… Hacer frente a lo difícil es valentía.
El que aguanta en el peligro, el que a pesar de percibir el mal que actúa en todos los corazones y sabe que algo malo puede ocurrirle en cualquier momento, el que ve su fragilidad y sabe que puede ser herido y advierte la brevedad de su vida que va de camino hacia la muerte, estas cosas que son así y no se pueden cambiar… El que ve esto y le hace frente es valiente.

La valentía de atreverse con la voz íntima en las decisiones grandes. Mucho depende de que elija en mi trabajo según un criterio personal: “esto es lo tuyo, a esos estas llamado, esto es lo mejor para los tuyos; o decidir según un criterio no-personal: “esto promete más dinero, éxito más fácil, mayor influencia. Mucho depende de escuchar o no la voz íntima cuando se trata de una persona, de una amistad, de un amor. Mucho depende de elegir entre algo agradable, que me atrae aunque escucho la voz íntima que avisa de que voy a perder lo mejor: o elegir algo más áspero quizá, más exigente, pero que edifica la vida y enseña responsabilidad.

La valentía de atreverse con la voz íntima también en las decisiones menores, ya que en el fondo toda indicación de la conciencia es llamada de Dios: “pues lo bueno no es sin más lo útil, o lo vitalizador, o el progreso de la cultura, sino la santidad de Dios, que impulsa al hombre a recibirla en su vida y que se encarna en lo requerido moralmente en cada caso. Cada ocasión es una llamada así; pues se nos dirige a nosotros y dice: haz esto… ¡no hagas eso!” (cfr. R. Guardini en “Una ética para nuestro tiempo”).

Oír lo que no se oye

Domingo, 22 abril, 2007

El Rey envió a su hijo, el príncipe heredero, a estudiar con un gran maestro para que le enseñara a ser un buen gobernante. Apenas el príncipe llegó, el gran maestro lo envió solo al bosque, donde transcurrido un año, el joven muchacho debería volver para describir el sonido del bosque.

Cuando, al cabo de un año, el príncipe volvió. El maestro le dijo que describiera todo lo que había podido oír en el bosque. Maestro, -dijo- pude oír el ruido de las hojas, el zumbido de los colibríes, el cantar de los cuclillos, el chirrido de los grillos, el rumor de la hierba, el zumbido de las abejas, el susurro y grito del viento…

Cuando el príncipe termino, el maestro le dijo que debía volver al bosque de nuevo para ver que más podía oír. El príncipe se quedó turbado por la petición del maestro. ¿No había desentrañado ya todos los sonidos? Durante días y días, el joven muchacho intentó sin conseguirlo descubrir algún sonido nuevo… Una mañana, estando sentado debajo de los árboles empezó a distinguir unos sonidos débiles diferentes de los que había oído hasta entonces. Cuanto más atento escuchaba, más claros los percibía. Una sensación envolvió al muchacho y pensó: Estos son los sonidos que el maestro deseaba que distinguiera.

Al cabo de un tiempo, volvió el príncipe de nuevo, y el maestro le pregunto si había podido oír algo más. Maestro, -respondió- pude oír lo que no se oye, el sonido de las flores al abrirse, el sonido del sol calentando la tierra y el sonido de la tierra bebiendo el rocío de la mañana…

El gran maestro entonces sonrió y asintiendo con la cabeza, dijo: Oír lo que no se oye, es una disciplina necesaria para ser un buen gobernante. Pues solo cuando aprendemos a escuchar atentamente los corazones de las personas, a escuchar sus sentimientos no comunicados, las penas no expresadas y las quejas no proferidas, podemos inspirar confianza, comprender cuando algo esta mal y satisfacer las verdaderas necesidades de los demás… El maestro añadió una última cosa: Hemos de entrar lo más hondo que podamos en el alma de los demás para oír su verdadero sentir, desear, pensar… La muerte de un grupo llega cuando el líder solo escucha las palabras que se oyen…

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