Sobre el amor humano

Miércoles, 2 mayo, 2007

Un amigo, Javier, me habló de este vídeo y, aunque no conozco al sacerdote que habla, me ha gustado lo que dice sobre el amor humano especialmente eso “de perder el miedo a equivocarse (el último baluarte de los enemigo de la libertad) para ser libres, y dar lo mejor que tenemos”; así que aquí va (¡ah! dura 6 minutos):

La santidad es traslúcida

Miércoles, 2 mayo, 2007

Aquí va también este miércoles como quedamos la meditación, es ya la tercera. Espero que puedan ayudarte.

Hech 2, 24-13, 5a; Sal 66; Jn 12, 44-50

“El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. (…) Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar (…) Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre”.

Son palabras difíciles. Mirar a Cristo, contemplar su Humanidad santísima, es proyectar los ojos en un vuelo contemplativo, porque en cada gesto, en cada palabra de Jesús se abre como una ventana que puede llevar nuestra mirada hacia Dios Padre. Cuando Jesús dice “te perdono“, la misericordia del Altísimo se derrama sobre la Tierra; cuando sonríe Jesús, es el Padre quien complacido mira al hombre; cuando llora Jesús, entendemos que Dios es ofendido; cuando ama Jesús, un torrente de Amor de Dios llueve sobre el hombre. A veces miramos a alguien y pensamos es igual que su padre, o su madre, etc. Con Jesús ocurre igual, él es todo de su Padre.

Nos separa de la santidad, precisamente, el que somos “muy nuestros“. Queremos dejar en cuanto hacemos nuestro “sello personal“; queremos estampar nuestra huella en todos los caminos, y distinguirnos de los demás por nuestras “peculiaridades“. Nada nos parece tan temible como la “falta de originalidad“. Estamos en la época del “self-mademan“, el hombre “hecho a sí mismo“, y hasta las cosas más santas nos gusta hacerlas “a nuestra manera“. Nuestros sentimientos, nuestros caprichos, nuestras simpatías y antipatías, nuestrasrarezas“, se nos han hecho muy importantes, y el Amor de Dios debe infiltrarse a través de ellas si quiere alcanzar a los demás. Por ejemplo, cuando alguien nos cae mal, cuando alguien nos resulta antipático, no consideramos el amor que Dios le tiene, quizás más que a nosotros; o pensar que Cristo ha muerto por esa persona que no aguantamos… Y practicamos la caridad en otros campos, precisamente con aquellos que quizás nos caen mejor. Nos parecemos a aquel hombre que perdió una moneda de noche en una acera, y se fue a buscarla a la otra porque sólo en esa había luz. Somos, en definitiva, poco transparentes. Quien se encuentra con nosotros, se encuentra, eso, con nosotros… No con Dios.

El Señor hoy nos propone un camino nuevo: se llama obediencia. Docilidad al Corazón de Cristo; hacer caso al director espiritual; acatar las indicaciones de nuestra Madre la Iglesia… ¿Acaso importa tanto lo que yo opine; lo que yo sienta; lo que a mí me apetezca? ¿No importa más el Amor de Cristo, la Verdad revelada, la Voluntad de Dios? Yo, yo, yo… Ese “yo” tan rebelde, tan “original”, y tan oscuro, tiene su sitio: la Cruz. Y cuando te cueste, toma un crucifijo y bésalo, y luego pon ese “yo-tan tuyo” junto a Cristo. Y ¿qué va a pasar con mi corazón, mi opinión, mi voluntad?… No te preocupes tanto porque deben aprender a estar crucificados con Él para que tu y yo no seamos “tan nuestros” y seamos más “suyos”. Créeme: pocas cosas pueden decirse de un cristiano mejor que ésta: “ese hombre es muy de Dios; es un hombre de Dios”.

Mira a la Santísima Virgen… ¿Quién es María?: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”… Por eso es tan hermosa.

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