Nihil volitum nisi praecognitum (nada se puede desear si no ha sido primero conocido)

cara-feliz-732969Los antiguos decían que nada es querido si no es previamente conocido: Nihil volitum nisi praecognitum (nada se puede desear que no haya sido primero conocido). De ahí la importancia que tiene conocer a Dios para poder amarlo cada vez más.  Nos preguntamos hoy: cómo manifestamos nuestro interés por las cosas de Dios, por conocerle cada vez mejor.

Comencemos por un ejemplo del Leo J. Trese en su libro La fe explicada:

supongamos a un  soldado americano destinado en una base extranjera. Un día, al leer el periódico de su pueblo que le ha enviado su madre, tropieza con la fotografía de una muchacha. El soldado no la conoce. Nunca ha oído hablar de ella. Pero, al mirarla, se dice: «Vaya, me gusta esta chica. Querría casarme con ella».

La dirección de la muchacha está al pie de la foto, y el soldado se decide a escribirle, sin demasiadas esperanzas en que le conteste. Y, sin embargo, la respuesta llega.

Comienzan una correspondencia regular, intercambian fotografías, y se cuentan todas sus cosas. El soldado se enamora más y más cada día de esa muchacha a quien nunca ha visto.

Al fin, el soldado vuelve a casa licenciado. Durante dos años ha estado cortejándola a distancia. Su amor hacia ella le ha hecho mejor soldado y mejor hombre: ha procurado ser la clase de persona que ella querría que fuera. Ha hecho las cosas que ella desearía que hiciera, y ha evitado las que le desagradarían si llegara a conocerlas. Ya es un anhelo ferviente de ella lo que hay en su corazón, y está volviendo a casa.

¿Podemos imaginar la felicidad que colmará cada fibra de su ser al descender del tren y tomar, al fin, a la muchacha en sus brazos? «¡Oh! –exclamará al abrazarla–, ¡si este momento pudiera hacerse eterno!». Su felicidad es la felicidad del amor logrado, del amor encontrándose en completa posesión de la persona amada. Llamamos a eso la fruición del amor. El muchacho recordará siempre este instante –instante en que su anhelo fue premiado con el primer encuentro real– como uno de los momentos más felices de su vida en la tierra.

Es también el mejor ejemplo que podemos dar sobre la naturaleza de nuestra felicidad en el cielo. Es un ejemplo penosamente imperfecto, inadecuado en extremo, pero el mejor que hemos podido encontrar. Porque la primordial felicidad del cielo consiste exactamente en esto: que poseeremos al Dios infinitamente perfecto y seremos poseídos por Él, en una unión tan absoluta y completa que ni siquiera remotamente podemos imaginar su éxtasis.

A quien poseeremos no será un ser humano, por maravilloso que sea. Será el mismo Dios con quien nos uniremos de un modo personal y consciente; Dios que es Bondad, Verdad y Belleza infinitas; Dios que lo es todo, y cuyo amor infinito puede (como ningún amor humano es capaz de hacer) colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano. Conoceremos entonces una felicidad arrebatadora tal, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre», según la cita de San Pablo (1 Cor 2,9). Y esta felicidad, una vez conseguida, nunca se podrá perder.

Ahora la respuesta a la pregunta que nos hacíamos al principio: el conocimiento de Dios, a quien jamás hemos visto aquí, se realiza de un modo parecido. Los enamorados se escriben cartas; pues nosotros tenemos la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y el ejemplo y las obras de los santos, los grandes enamorados de Dios. Ellos nos enseñan a hablar con Dios; y nosotros procuramos unos tiempos para la oración, conversación amable con Jesús y María; y le adoramos en la Eucaristía; y  cuidamos la presencia amorosa del Espíritu Santo en nuestra alma; y considerar frecuentemente cada día nuestra filiación divina.

Si hacemos así, nos ocurrirá como a María, que esperaba gozosa el momento definitivo del encuentro con Dios en el Cielo.

3 comentarios sobre “Nihil volitum nisi praecognitum (nada se puede desear si no ha sido primero conocido)

  1. Más allá de la filosofía y de la teología, sin negarlas, se encuentra la experiencia de Dios; el conocimiento por connanturalidad, en el que entran en juego los actos de conocimiento propiamente dichos y el amor, puestos ambos bajo una donación gratuita que proviene del Padre y que se dirige al hombre que se encuentra en una actitud de disponibilidad creyente . Solo queda entonces, hablar con Él en nuestra oración personal y a lo largo del día vivir la filiación divina, ofreciéndole todo lo que hagamos durante el día.

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  2. Puede alguien conocer la existencia de Dios “sólo por fe”?

    Es imposible que alguien conozca la existencia de Dios sólo por fe. Tener fe en alguien presupone que yo sé que esa persona existe, y puede decir algo. Para poder tener fe en Dios y creer lo que dice, hay que saber, antes, que existe.

    Se puede creer que Dios es Trino, que Jesucristo es Dios, que la Virgen es virgen y madre de Dios, pero sólo porque Dios lo dice. Eso son cosas de fe. Pero saber que Dios existe no es cosa de “fe en Dios”. No puede serlo: es anterior a la fe.

    Si no, esa fe es algo irracional. Una opción, no un conocimiento. La fe en Dios presupone saber que Dios existe. Sea por razonamiento riguroso o por intuición y sentido común, pero por razón natural. La fe presupone la razón y se apoya en ella. “Si Dios existe” es una cuestión de razón, no de fe. No puede ser de otra manera

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