A nadie dar por perdido

Viernes, 11 marzo, 2011

Cuenta Fernández Carvajal en su libro “El día que cambié mi vida”, como “a la vuelta de una excursión con un grupo de amigos por el Pirineo aragonés. Mientras bajábamos, nos encontramos con un gran rebaño de ovejas. Al final de todas venía una oveja que renqueaba; tenía una pata rota. Se iba quedando rezagada, muy atrás, y en poco tiempo quedaría desconectada del resto. Sería pasto de los buitres, que acechaban atentos en el cielo.

Nos adelantamos un poco con paso rápido y alcanzamos al pastor. Le hablamos de la oveja con la pata rota y, sin detenerse un instante, aquel hombre respondió:

—Esa es del diez por ciento de pérdidas.

Estaba previsto. Esa oveja estaba sentenciada: se había roto una pata, estaba perdida. Era parte del diez por ciento. Solo tenía ya interés para los buitres carroñeros, que desde las alturas seguían interesados al rebaño. Leer el resto de esta entrada »

¿Quien sostiene tu vida?

Viernes, 11 marzo, 2011

Aconcagua

Ser cristiano a veces comporta riesgos, pequeños actos de confianza, de abandono… La vida interior se ha comparado muchas veces a una ascen­sión. Hay quien ha comparado la vida cristiana con una escalada de alta montaña, pero en la que vamos siempre asegurados por Dios: «el Señor sostiene mi vida» (Sal 53).
Cuentan que un alpinista empeñado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero como quería la gloria para el solo, subió sin compañeros. Su afán por llegar a la cumbre lo llevó a continuar el ascenso cuando ya apenas se podía ver y al poco la noche le llegó inesperadamente. No se veía  absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes. Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y cayó al vacío en medio de la oscuridad. Sintió como pasaba por su cabeza todos los momentos buenos y malos de su vida. Y de repente, sintió el tirón de la cuerda fortísimo en su cintura, por donde le sujetaba. Tras recobrar el sentido y comprender su desesperada situación suspendido en el aire, comenzó a gritar:
–¡Ayúdame Dios Mío! ¡Dios mio ayuda!
En ese momento escuchó como una voz interior que le contestaba:
–¿Qué quieres hijo mío?
–Sálvame Dios mío.
–¿Realmente crees que yo te pueda ayudar?
–Por supuesto Señor.
–Entonces, corta la cuerda que te sostiene.
Pero aquel alpinista, aterrorizado, se agarró todavía más fuertemente a la cuerda. Al día siguiente, el equipo de rescate encontró al alpinista muerto, agarrado fuertemente con las manos a la soga… ¡a tan solo dos metros del suelo…!
Si vamos sujetos a Él no tenemos porqué preocuparnos. Necesitamos fiarnos del Señor, porque hay sucesos que no entendemos o cosas que puede que no le veamos sentido, por ejemplo la mortificación. Por eso lo más difícil en la vida espiritual es el abandono, la confianza absoluta en Dios, aunque a uno le parezca que es lo contrario a lo que nos pide. Fiarse de Dios, que nos quiere.

Leer el resto de esta entrada »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 522 seguidores

%d personas les gusta esto: