Salvado por el hijo

José II

El emperador José II de Austria solía emplear los encarcelados en servicios públicos. Una mañana -en el año 1777- algunos de esos presos barrían la plaza de Grablen, en Viena. Un consejero de Estado, favorito del emperador, vio que un joven estudiante, muy bien vestido, se acercaba a uno de los presos y lo besaba.

El consejero lo mandó llamar para decirle que no era correcto que se besase públicamente a uno de los presos. El estudiante, humedecidos los ojos por las lágrimas, respondió:

-Pero excelencia, ¡es mi padre!

Esta prueba de amor filial impresionó tanto al consejero, y al mismo emperador, que aquél llamó inmediatamente al padre del estudiante y le dijo:

-Un padre que ha educado tan bien a su hijo y que es correspondido por él con tanto amor, no puede ser un delincuente.

Y lo dejó libre.

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No hace mucho he podido ver como la actitud piadosa de un niño al prepararse para su primera comunión, ha contribuido a que su padre quiera prepararse  para comulgar bien ese día. Como en la anécdota, el amor filial ha salvado al padre.