Siempre alegres en este curso que comienza

Olvidamos con cierta facilidad que la alegría debe conformar todas las actividades de un cristiano. La alegría es, en cierto modo, una consecuencia de la caridad. Es el mismo Santo Tomás quien lo afirma: “La alegría es cierto acto y efecto de la caridad; por tanto, el mandato de estar alegres se extiende tanto como el de la caridad” (S. Th., II-IIae, q. 28, a. 4).

Por eso, hemos de luchar para que todo lo que hagamos sea cara a Dios, con rectitud de intención. Y por eso, como fruto de la caridad que hemos de poner en todo cuanto hacemos, brotará la alegría sobrenatural, que debe informar cualquier actividad. Quizás te preguntes y ¿también en las circunstancias adversas de la vida: enfermedad, contrariedades, etc.? También nos dirá san Pablo omnia in bonum… Y es que nada puede aplastar a un hijo de Dios. Un buen propósito: procurar estar siempre alegres. A ver si lo conseguimos este curso que empieza.

Benedicto XVI: “Él (san Pablo) no presume de sus trabajos o esfuerzos, sino de la acción de Dios en él.”

Como cada jueves, ponemos este vídeo del Papa durante la audiencia general de ayer miércoles, que dedicó a la oración contemplativa y la confianza en Dios ante las dificultades. Pidió que se dedique un poco más de tiempo a la oración. Cfr. texto completo de la audiencia general Seguir leyendo “Benedicto XVI: “Él (san Pablo) no presume de sus trabajos o esfuerzos, sino de la acción de Dios en él.””

“Lo que me importa es completar mi carrera”

Esta tarde tengo la misa de graduación de 4º ESO en el Colegio. Terminan una etapa y empezarán el curso que viene el bachillerato. Algunos ya están pensando en la carrera que quieren hacer. Por eso, estas palabras de san Pablo en la misa de hoy pueden venir muy bien para empezar la homilía: “Lo que me importa es completar mi carrera y llevar adelante el encargo que me dio el Señor Jesús”. Y es que, para Para San Pablo la vida es como una carrera,y el cristiano como un atleta de Cristo: “olvidando lo que dejo atrás y lanzado a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama” (Flp 3, 13-14). Seguir leyendo ““Lo que me importa es completar mi carrera””

Tocados por la gracia

Ya lo hemos dicho, es bueno advertir que “nos falta algo”. Que necesitamos a los demás y la gracia de Dios. En la liturgia de esta semana salen a nuestro encuentro dos hombres tocados por la gracia: Pablo y David.
Pablo, perseguidor a muerte de los seguidores de un tal Jesús. Para él se trata solo de un farsante, condenado y muerto, y bien muerto, en un madero. Un embaucador que está poniendo en peligro al judaísmo ortodoxo; él mismo ha podido presenciar este peligro en el martirio de san Esteban… Pero camino de Damasco fue tocado por la gracia, Cristo lo derribó y muriendo Saulo se levanto un hombre nuevo: Pablo, el Apóstol. Todos sus ideales, sus juicios, sus opiniones, y hasta su “religión” quedaron sepultados, camino de Damasco, para siempre. En adelante -dirá él mismo- “ya no soy yo quien vivo. Es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20). Seguir leyendo “Tocados por la gracia”

El segundo y definitivo momento

Esta semana la liturgia nos presenta varios tipos o figuras: Saúl, David, los doce Apóstoles. El griego typos y el latín figura son utilizados por los teólogos para designar los simbolismos más originales que se descubren en el lenguaje de la Biblia. Hacen referencia a los relatos que sirven de tipo, modelo o ejemplo, de imagen anunciadora, o de reproducción anticipada, de símbolo o imitación.
Que David es tipo o figura de Jesús es fácil descubrirlo. Como Jesús, David siente la predilección de Dios por él: Dijo el Señor: –Levántate y úngelo, porque éste es. Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Dios amaba a David y él lo sabía. Este amor de predilección le dio la confianza que necesitaba llegado el momento para salir de la formación y correr velozmente en dirección al filisteo (Goliat); echó mano al zurrón, sacó una piedra, disparó la honda y le pegó al filisteo en la frente: la piedra se le clavó en la frente, y cayó de bruces en tierra. Es el mismo amor que hacía correr a Jesús hacía su pasión de Cruz: Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡cómo me siento urgido hasta que se lleve a cabo! Es la confianza total de su victoria la que les permite superar el miedo y la angustia de la muerte y salir corriendo en dirección del Calvario.
Pero será con un segundo y definitivo golpe como ambos triunfan. Venció David a Goliat, usando precisamente su propia arma: David corrió y se paró junto al filisteo, le agarró la espada, la desenvainó y lo remató, cortándole la cabeza. Jesús alcanzó con un segundo golpe, la resurrección, la victoria definitiva sobre su enemigo, usando su misma arma, la muerte: más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (Sab 2,24). Desde entonces sabemos, con san Pablo, que la muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. Pero demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo.
Este viernes narra la liturgia la elección de los Doce Apóstoles: tipo o figura de nosotros. Seguir leyendo “El segundo y definitivo momento”

Jesús no estuvo “entregado a los hombres”; estuvo entregado a Dios “por los hombres”

Este Domingo IV del Tiempo Ordinario, la liturgia nos ofrece el himno de San Pablo a la caridad (el ágape o amor cristiano), tal vez el más célebre y sublime que jamás se haya escrito. La fórmula clásica de la caridad es aquella de Jesús que dice: «Como yo os he amado, amaos así los unos a los otros». La otra forma de amar es el amor de deseo o eros. A diferencia del ágape, el amor de eros tiende a la exclusividad y ama en gran medida por lo que recibe. Sin embargo el amor de ágape además de ser expansivo y permanecer, ama no por lo que recibe, sino por lo que necesitan los demás.

Esta idea se puede ilustrar con una anécdota real: Lapide P. cuenta, en un diálogo con V. Frankl que, siendo cónsul de Israel en Milán, organizó un acto de agradecimiento a unas franciscanas que habían acogido a 27 judíos durante 25 meses en la segunda guerra mundial. Después de dos horas de discursos y todo lo demás, le pide disculpas a la anciana abadesa diciendo:

«El mundo tiene exceso de malas noticias; quizás sea conveniente que la gente tenga de cuando en cuando algo bueno que oír». Entonces la abadesa me preguntó algo que nunca olvidaré:

– «Mire, Sr. Cónsul, ¿son ustedes comunistas o fascistas?»

Por primera vez en mi vida no supe qué contestar. Le dije: “Señora, llevamos aquí dos horas hablando de las bienaventuranzas, del amor al prójimo, de la tierra santa, de Jerusalén y de la Biblia, ¿y me hace usted esa pregunta?”

Entonces la anciana señora se puso colorada y contestó tartamudeando: «mire, Sr. Cónsul, soy una mujer ya mayor, y tiene que disculparme, pero en el sótano que les acabamos de mostrar, a 600 metros de las oficinas de la Gestapo, hemos tenido escondidos comunistas en 1942, judíos de 1943 a 1945 y fascistas en los años 1946 y 1947. Comprenderá que me encuentre ahora un poco atolondrada».

Concluye su relato el Cónsul judío: «Gracias a Dios todavía existen personas como éstas» (Cf. «Búsqueda de Dios y sentido de la vida», Herder, Barcelona 2005, p. 154-5).

Este tipo de personas es posible porque los cristianos no amamos solo ni principalmente por lo que recibimos o nos aportan los demás, sino por lo que los demás necesitan de nosotros.

Te has fijado que Jesús, contra lo que muchos puedan pensar, nunca estuvo “entregado a los hombres”; sino que estuvo entregado a Dios “por los hombres”… Esta es mi cuerpo que se entrega (a Dios) por vosotros y por todos… En este caso, el cambio en una pequeña preposición marca una diferencia radical. Efectivamente, nuestra entrega es siempre a Dios, aunque se realice por los demás…

Y si esto hace que quedes mal con unos y con otros, piensa que parte del sacrificio de Jesús fue también quedar mal con los hombres, ser tenido por blasfemo, por rebelde, por poco complaciente con las reglas del mundo.

Madre, haz que sea como Jesús, que no me detengan ni los halagos ni las amenazas. Haz, Madre, que mi acción esté destinada sólo a Dios. Jesús alcanzó su objetivo, se sentó a la derecha del Padre, y nos salvó a todos. Nos amó… Madre, enséñame a amar así, para que viendo ese Amor le vean a Él.

San Pablo: un hombre que supo querer

Vilyandi, está en el centro
Vilyandi, está en el centro

Quizás ya algunos os habréis dado cuenta del retaso en los post. La causa: que estoy unos días en Estonia. Más en concreto en Viljandi (o Vílyandi como dicen aquí), muy cerca de una villa denominada Ramsi. Estoy viviendo en  una especie de albergue, que lleva por nombre Kivi Turismiltalu. Ya os contaré más adelante como he parado por aquí. Por ahora os diré que estoy intentando aprender un poco de estonio, cosa que doy por imposible; así como hacerme el oído al inglés para poder entender y hacerme entender algo.

Pero como estamos apunto de terminar el año jubilar dedicado a san Pablo se me ha ocurrido poneros este post sobre un aspecto que a veces no se trata mucho. Si, san Pablo fue un hombre con corazón, que supo querer.

Basta conocer un poco la vida de san Pablo para advertir que se trata de la aventura fogosa de un hombre extraordinario, entregado en cuerpo y alma a su misión. Le vemos moverse y actuar por una fuerza que parece inagotable, y cuya razón última se esconde en un corazón enamorado: Pablo es un enamorado de Cristo: para mi vivir es Cristo…

Efectivamente, toda su vida cambia repentinamente, como él mismo repetidamente cuenta, tras aquel encuentro inesperado con Jesús en el camino de Damasco. Un encuentro que hará re-fundar toda su vida: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en miTodo eso que para mi era ganancia, lo tuve por pérdida comparado con el Mesías; más aún, cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús mi Señor… Yo vivo en la fe del hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.

Su vida será ya una respuesta de amor (amor con amor se paga) a ese amor de Cristo, ya no entenderá ni sabrá otra cosa sino a Cristo… Pablo ha descubierto el Amor de Dios, ha sido atrapado por Cristo, y será ya desde entonces el siervo de ese Amor: servidor de Jesucristo (Rom 1,1). Un enamorado que no parará ya: 30.000 Km. en viajes (recordar las dificultades y peligros de los viajes de entonces); las Cartas (no es un teólogo sino un misionero; lo costoso en tiempo y dinero); su desvelo por las comunidades (padre y madre: sufro con dolores de parto hasta ver formado…); amigos y amigas (listas interminables de nombres y saludos al final; enfados Bartolomé).

Si el corazón es la esfera más tierna, más interior, más secreta de la persona. ¿Cuál fue el misterio, la fuente más profunda de su alegría imperturbable, de sus desvelos, de su entrega insaciable? En su encuentro personal con Jesús, Pablo percibió con certeza plena que Cristo le amaba: «Yo vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Flp 1,21). Pienso que este fue su gran secreto, y que es el secreto más íntimo de los santos, y en el fondo de toda alma fiel.

Este gran secreto —el infinito amor de Dios por nosotros en Cristo— es la fuente de nuestra alegría, de nuestro consuelo, de nuestra esperanza, de nuestro deseo permanente de eternidad. Por eso san Pablo se propuso durante toda su vida, convertir su corazón a la medida del Suyo: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve. La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sinrazón, no se ensancha; No es injuriosa, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; No se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad; Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca deja de ser: mas las profecías se han de acabar, y cesarán las lenguas, y la ciencia ha de ser quitada; Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; Mas cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado. (…) Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara á cara: ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza, y la caridad, estas tres: empero la mayor de ellas es la caridad.