Tu… siempre Tú… solo Tú

baatara gorge waterfall, lebanonCuando estás Tú, hasta la muerte es vida. Las dificultades, los sufrimientos, contigo, no matan: vivifican….

Y cuando Tú no estás, todo se hace vacío y muerte… La salud sin Ti, es un envejecer diario… El amor sin Ti, egoísmo del corazón… Placer sin Ti, veneno del alma… Trabajo sin Ti,  puro cansancio y desgastarse… Sueños sin Ti, pesadillas…. Muerte sin Ti, infierno.

Por eso, Señor, en dolor y en alegría, te busco y jamás permitas que me separe de Ti.

La vida eterna

Daniel esta planificando el fin de semana de su vida con un par de amigos, cuando un extraño hombre aparece y habla con Daniel  acerca de la vida eterna y lo que puede llegar a tener o perder. Empecemos por lo más importante (la Misa) le dice al final. Es curioso lo bien hechos que están estos vídeos de outside da box. De un modo sencillo transmiten eficazmente un mensaje que resulta hasta simpático.

El infierno

Seguimos con los novisimos, tan propio de estos tiempos como decíamos en el post anterior. Esta vez le toca al infierno. Allá vamos:

¿Por qué creemos que hay un infierno? No porque seamos vengativos. “Mía es la venganza, dice el Señor.” ¿Por qué, entonces? Simplemente porque nos lo ha revelado el mismo Cristo. Existe una falacia popular que Jesús habló sólo palabras de consuelo, y que el miedo al infierno comenzó con San Pablo. La verdad es justo al contrario: Jesús pronunció muchos sermones sobre el “fuego del infierno y la condenación”, mientras que casi todos los pasajes que ofrecen alguna esperanza para la apocatástasis (la creencia de que todos los hombres se salvaran al final) son de san Pablo.

El infierno se desprende de estas dos doctrinas: el cielo y la libertad. Si hay un Cielo, tiene que haber también un no-Cielo. Y si hay libre albedrío, podemos también actuar contra la conciencia y abusar de la libertad. Los que niegan el infierno también debe negar ni el cielo (al igual que el secularismo occidental) o el libre albedrío (al igual que el panteísmo oriental).

CS Lewis dijo una vez que nunca conoció a una persona que tuviera una fe viva en el cielo sin una creencia similar en el infierno. Efectivamente, la altura de una montaña se mide también por la profundidad de los valles; y la grandeza de la salvación por el horror de no ser salvado. Seguir leyendo “El infierno”

E-mail equivocado (humor)

Un matrimonio decide ir a pasar las vacaciones en una playa del Caribe, en el mismo hotel donde pasaron la luna de miel 20 años antes, pero debido a problemas de trabajo, la mujer no pudo viajar con su marido, quedando en darle alcance unos días después.

Cuando el hombre llegó y se alojó en el hotel, vió con asombro que en la habitación había un ordenador con conexión a internet y decide enviar un e-mail a su esposa pero sin darse cuenta se equivoca y lo envía a otra dirección.

Este e-mail lo recibe una viuda que acaba de llegar del funeral de su marido y se desmayó nada más leerlo. El hijo de esta señora entra en la habitación y encuentra a su madre desmayada a los pies del ordenador en cuya pantalla se puede leer:

Querida esposa: He llegado bien. Probablemente te sorprenda recibir noticias mías por esta vía, pero ahora tienen internet aquí y puedes mandar mensajes a tus seres queridos. Acabo de llegar y he comprobado que todo está preparado para cuando llegues el próximo viernes. Tengo muchas ganas de verte y espero que tu viaje sea tan tranquilo y relajado como el ha sido el mío.

PD. No traigas mucha ropa. ¡¡ Aquí hace un calor INFERNAL !!

Un susto a tiempo

Estaba apunto de morir un hombre ya bastante entrado en años. Su larga vida había dejado mucho que desear. Los hijos y el sacerdote se esforzaban en convencerle para que se confesase.

– Confiésate, papá -le decía uno de sus hijos –. Confiésate, aprovecha este momento para librarte del fuego del infierno.

El viejo no estaba por la labor.

De repente, unos estertores y se quedó como muerto. El mayor de los hijos encendió una cerilla y se la acercó a la boca para comprobar si respiraba. Con el nerviosismo se le cayó sobre el cuello del padre. Y éste, sobresaltado, exclamó:

– ¡Cómo! ¿Ya empezamos?

***

Un susto a tiempo puede ser providencial. Y es que, vale la pena arreglar las cosas, aunque cueste, mientras estamos a tiempo. Seguir leyendo “Un susto a tiempo”

¿Cuáles son “tus bienes”, dónde has puesto tu corazón?

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, o del hombre rico y el mendigo Lázaro, tiene algo que la hace, al menos para mi, especialmente incómoda. En algún rincón de nuestro espíritu la figura de Lázaro nos resulta incómoda, molesta; y, por el contrario, algo de nosotros conspira secretamente a favor de Epulón. Me explicaré.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día…

A Epulón le va bien. Tiene durante su vida, todo lo que secretamente quisiéramos tener: banquetes y fiestas, riquezas y triunfos, amigos y honores; y no parece tener ninguna preocupación o pesar. Pero ¡luego va y se condena!

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba-

A Lázaro, sin embargo, le va mal. Su vida es una verdadera lástima: mendigando tirado en la calle, hambriento y cubierto de heridas, que esos perros callejeros, tan molestos, se empeñan en lamer ¡Y él es el que se salva en la parábola! Parece como si se nos estuviera diciendo que si aquí te lo pasas bien, ya sabes lo que te espera al final del recorrido… Y, si quieres salvarte, pues eso, ya sabes, lo de Lázaro: penalidades y sufrimientos.

Pero no, las claves para interpretar correctamente la parábola nos las dan las lecturas litúrgicas que la acompañan. Seguir leyendo “¿Cuáles son “tus bienes”, dónde has puesto tu corazón?”

“La ley de la caridad es ley de felicidad” (Alexis Carrel).

Se cuenta de un buen chinito que, muerto y juzgado, fue destinado al Cielo. Pero cuando llegó ante San Pedro, le vino un deseo y lo expuso: meter las narices, antes, en la puerta del infierno, sólo para hacerse una idea de aquel lugar de tristeza. “De acuerdo, concedido” le respondió San Pedro. Se asomó entonces a la puerta del infierno y vio una sala inmensa, llena de largas mesas. Había en ellas muchas escudillas con arroz cocido, bien condimentado, aromático y apetitoso. Los comensales estaban sentados, hambrientos, dos para cada escudilla, uno frente al otro. ¿Y qué? Pues que para llevarse el arroz a la boca disponían ­ al estilo chino ­ de dos palillos, pero tan largos que, por muchos esfuerzos que hicieran, no llegaba ni un grano a la boca. Este era su suplicio, éste su infierno. “Me basta con lo que he visto”, exclamó chinito. Y regresó a la puerta del Cielo y entró.

La misma sala, las mismas mesas, el mismo arroz, los mismos palillos largos. Pero esta vez los comensales estaban alegres, sonriendo y comiendo. ¿Por qué? Porque cada uno tomando de la comida con los palillos, la llevaba a la boca del compañero de enfrente y todo salía a la perfección.

Comenta el mismo Juan Pablo I: “Pensar en los demás, en vez de en si mismo, resolvía el problema, transformando el infierno en paraíso”. Pero no están dispuesto. No pueden. Y esto puede ocurrir ya en esta vida, no solo en la otra.

“La ley de la caridad es ley de felicidad” (Alexis Carrel).