Brain man

Domingo, 25 noviembre, 2012

En la noche del viernes último vimos en casa un documental curioso, pero a mi me gustó. A ver que os parece a vosotros:

“No te olvides del Señor, tu Dios, (…) que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres” Estas palabras parecen estar escritas para los hombres-niños. No negaremos la importancia de los poderosos y grandes medios humanos, pero en lo referente a la salvación nada pueden hacer. No existe poder en toda la tierra capaz de vencer a la muerte y asaltar el Cielo. Efectivamente, en lo referente a la salvación, somos como niños pequeños que han de ser alimentados y limpiados, solo cuando aprendemos a abandonarnos indefensos puede alimentarnos el mismo Dios y cambiarnos los pañales en el sacramento del Perdón.

“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Solo el hombre-niño entiende estas palabras que la Iglesia hace suyas cuando afirma que faltar a misa un domingo constituye un pecado mortal, es decir se nos priva del alimento necesario para la Vida Eterna. El hombre-autónomo no las puede entender porque en el fondo piensa que puede salvarse a sí mismo… Cualquier bebé sabe instintivamente que si no se abraza a los pechos de su madre morirá. Y cualquier cristiano sabe que Dios alimenta a sus pequeños, porque Salvación y Eucaristía son, exactamente, lo mismo.

¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua! (Lc 22,15) El hombre-niño también sabe que Jesús desea llegar a su corazón, que ansía la celebración de la eucaristía… Al parecer una de las principales necesidades del hombre es la necesidad de sentirse amado y aceptado. Pues bien, Juan Pablo II nos recuerda que el acto de comulgar, no es tanto que tú lo recibas a él, sino que él te recibe a ti. Te das cuenta: “Él te recibe”… ¿Existe mejor modo de expresar que Él nos acepta y nos ama?… Celso, un filósofo pagano del año 178 para burlarse de los cristianos, a los que consideraba unos locos, decía: “Creen que Dios se transformó en uno de ellos y que pueden fundirse con él en el banquete eucarístico”. Pero no somos los cristianos los que estamos locos, es en realidad Dios mismo quien parece haberse vuelto loco. ¿Acaso no es la eucaristía una manifestación de la locura de Cristo, del loco amor que nos tiene…, del amor que te tiene? Por eso, es muy importante que creas en este Amor, que creas que Él ansía llegar a ti en la eucaristía. Y que al igual que una madre buena sufre “el tormento de la espera” del hijo que no llega, así pero infinitamente más, todo un Dios, sufre por ti cuando no te llegas bien preparado algún domingo. Cuando descubrimos esto, entonces ya no podemos vivir sin la eucaristía.

Madre Mía que nunca deje de prepararme para poder comulgar bien el Pan Nuestro de cada día.

La primer comunión para los padres

Sábado, 7 agosto, 2010

Miguel Aranguren

El sábado pasado (hoy hace una semana) pude dar la primera comunión a mi prima Lucia (aunque ella me llama tío). Como siempre fue un momento imborrable para ella y para mi. Pero cada vez empieza a ser también un momento importante para los padres; que en caso de Lucía son un matrimonio ejemplar, con tres hijos maravillosos.

Me ha parecido muy interesante y copio algunos fragmentos de un comentario de Miguel Aranguren sobre este tema.

Para los padres, la primera Comunión de nuestros hijos supone una barrera que franquea la madurez, porque incluso en la paternidad hay grados, desde la inocencia de los primeros pañales al cansancio de cuando no sabemos hacia dónde tirar de las veleidades de los hijos capciosos (…) Como anunciaba, la última ha sido la primera Comunión del segundo de mis vástagos, con el que he vuelto a cruzar la frontera de la fe infantil, casi vaporosa, para enfrentarme junto a él al misterio insondable de un Dios que se queda, desarmado, en un trozo de pan.

La primera Comunión ofrece lecciones preciosas a los padres que colaboran en la catequesis familiar. Vemos acercarse a los hijos hasta la sabiduría de las oraciones populares y cómo tratan de desbrozar los misterios de la lógica sacramental, cómo se plantean la economía salvadora de Dios y comienzan a verle y a tratarle como a un Padre todavía más auténtico que el que les ha tocado por sangre.

Me confiaba un amigo, hoy joven sacerdote, que en su vocación tuvo mucho que ver la primera de sus comuniones. Su abuela, a la sazón mujer sufridora por la ruptura matrimonial de los padres de aquel niño, a todas luces irreparable, le hizo un ruego a aquella criatura que aún se atrevía a tratar de tú a tú a Jesús: “El niño Dios concede un deseo a los niños que hacen su primera Comunión. Cuando comulgues y le tengas en el corazón, pídele, por favor, que tus papás vuelvan a quererse”. Así hizo la criatura, con sencillez y empeño. Dos años después el matrimonio vivía de nuevo bajo el mismo techo y consentía, con el tiempo, al propósito sacerdotal del chico.

Benedicto XVI tuvo ayer miércoles la tradicional audiencia general, cuya catequesis ha dedicado a la Santa Navidad, invitando a los fieles y peregrinos al fervor profundo de la celebración del Nacimiento de Dios, el Salvador del mundo, exhortando a la serenidad de la fiesta y a la sencillez de las manifestaciones.

“Que la fiesta de Navidad nos dé la alegría serena y profunda para poder tocar la bondad de nuestro Dios y nos dé la posibilidad de encontrar un nuevo aliento y valor”“Por Navidad, Dios es verdaderamente Emmanuel, es decir, Dios con nosotros, y del cual nada nos podrá separar.

“Recemos a Dios para que ponga en nuestros corazones la simplicidad que nos hará que reconozcamos al Señor en el Niño recostado en el pesebre”.

El misterio del Nacimiento del Niño Dios, que «viene sin armas», pues la Navidad es la victoria del amor sobre la soberbia y la violencia:

«En aquel Niño, Dios se acerca a cada uno de nosotros, lo tenemos tan cerca que podemos tutearnos y mantener con Él una relación confidencial de profundo afecto, así como hacemos con un recién nacido. En aquel Niño, en efecto, se manifiesta Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin fuerza, porque no tiene intención de conquistar, por decir, desde el exterior. Sino que desea, más bien, ser acogido por el hombre en libertad. Dios se hace niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer del hombre. En Jesús, Dios asumió esta condición pobre que desarma, para vencernos con el amor y conducirnos a nuestra verdadera identidad».

Para texto completo de la audiencia general aquí: Leer el resto de esta entrada »

Mañana es Nochebuena. Hay que darse prisa… Leí hace poco este bonito relato navideño. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y ser avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a Jesús. ¡Que suerte la de aquel pastorcillo! Tener las manos vacías fue su fortuna. Un bello relato navideño que nos hace desear llegar así a la Navidad. Llegar como los llegan los niños: pobres y humildes de corazón.

La Navidad nos recuerda que no estamos solos. Dios está con nosotros para siempre: es el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. Gran mensaje éste, que nos rescata de la soledad  y nos bendice con la entrañable “presencia” de un Niño:

«El título central de Jesús, el que más propiamente expresa su dignidad, es el de “Hijo”. […] La orientación total de su vida, el motivo originario y el objetivo que la modelaron, se expresan en una palabra: Abbá, Padre amado. Jesús sabía que nunca estaba solo: aquel a quien llamaba Padre siguió volcándose en Él hasta el último grito sobre la cruz. Únicamente así es posible comprender que no haya querido llamarse rey, ni señor, sino utilizando una palabra que podríamos traducir también por “niño”. Podemos, pues, afirmar: la infancia tiene en la predicación de Jesús una significación tan extraordinaria porque es ella la que con mayor profundidad responde al misterio más personal de Jesús, a su filiación. Su dignidad más elevada, que remite a su divinidad, no es un poder que él posea en definitiva; se funda sobre su estar vuelto hacia el Otro: Dios, el Padre. […] Jeremias dice con mucho acierto que ser niños, en el sentido de Jesús, significa aprender a decir Padre» (Cfr. Cardenal Ratzinger en un retiro espiritual en el Vaticano).

Los santos han sido así, han tenido la audacia de los niños. Recuerdo un relato de la vida de San Juan Bosco. Estaba muy ilusionado con la idea de levantar un gran santuario en honor de María bajo el título de Auxiliadora de los cristianos. Tuvo una noche un sueño y en él la Virgen Santísima le animaba a seguir su labor con los muchachos, le invitaba a poner en Ella su confianza a pesar de las dificultades y, finalmente, le señalaba dónde quería que se hiciera el gran santuario (en la ciudad de Turín). El problema era que no había una moneda en caja, cosa nada rara. Don Bosco se lanzó con audacia a pedir dinero a todo el mundo, empezando por las autoridades. Hizo llegar a miles de personas circulares solicitando apoyo económico. No faltó quien le criticó diciendo que estaba loco, o quien pensó que iba a fracasar estrepitosamente; por ejemplo, un sacerdote compañero suyo hizo esta afirmación: -El día en que levantes un templo como el que dices, yo me comeré un perro crudo. A los tres años el templo se abrió al culto y el amigo pidió al Santo que le dispensara del compromiso, pero este último, con su habitual buen humor, decidió no dispensarlo y lo llevó a una confitería para que tomara un dulce en forma de perrito.

Vamos tu y yo a hacernos pequeños para entrar a Belén. Vamos a inclinarnos un poco para estar a la altura de un niño. Seguramente nosotros cuando nos inclinemos, no haremos cosas grandes ni llamativas. Más bien hacemos cosas sencillas como sentarnos a rezar, acostarnos y levantarnos a la hora en punto, o pasear en compañía de la familia. El milagro de los que se hacen pequeños consiste en que Dios se sirve de sus cosas sencillas para obrar prodigios que a ellos mismos se les escapa la mayor parte de las veces…. Pero ¿sabes? mejor así. Un pincel, por sí solo, no puede hacer nada. Pero en manos del artista aunque tampoco hace nada especial: se mancha de pintura y rasca un lienzo como si se arrastrase… Y, sin embargo, para quien contempla el cuadro el resultado es maravilloso. Aunque el pincel, quizás no llegó a saberlo jamás.

Ha llegado la hora de introducirnos en el Belén. Vamos tu y yo a pedirle a la Virgen un solo deseo: dejar de ser “tan nuestros” y ser un poco más de Dios. Y entonces habrá -¡ya lo creo!- Navidad.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 522 seguidores

%d personas les gusta esto: