¿Qué querrá Dios de mi?

Viernes, 2 noviembre, 2012

Ayer Solemnidad de Todos los Santos nos hablaba del Cielo, nuestro destino eterno. Y hoy, todos los fieles difuntos, nos habla de que estamos aquí de paso. Y mientras tanto, además de cumplir con ese piadoso deber de rezar por nuestros difuntos, nos planteamos esa inquietante pregunta que tantas veces repitió santa Teresa de Jesús: Tuya soy, para ti nací ¿Qué queréis Señor de mi?”.

Sabemos que nos jugamos mucho en dar la respuesta acertada a esa pregunta: ¿Qué querrá Dios de mi? La pista nos la da san Pablo: Esta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Tes 4,3). Si algo es seguro es que Dios quiere que seas salvado: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (1 Tm 2,4). Este es su máximo afán. Este es el común denominador de ese numerador diversísimo que forman todas las realidades humanas en las que vivimos los hombres.

Pero conviene tener bien claro que estamos diciendo con esto. Así que aquí te dejo con este post Lo que Dios no nos pide, y que copio a continuación: Leer el resto de esta entrada »

Cuenta Francis S. Collins, en el capítulo 11 (Los verdaderos buscadores), de su libro ¿Cómo habla Dios? la evidencia científica de la fe, un episodio curioso que le ocurrió a su llegada a Eku, un pueblecito africano. Vale la pena leerl entero:

El empobrecido pueblo de Eku yace en el delta del río Níger, cerca de la curvatura que forma la costa occidental de África. Fue allí donde tuve una lección poderosa e inesperada.

Viajé a Nigeria en el verano de 1989 para trabajar como voluntario en un pequeño hospital de misioneros y dar oportunidad a que algunos médicos de la misión asistieran a su reunión anual y recargaran sus baterías físicas y espiri­tuales. Mi colega, mi hija y yo acordamos ir juntos en esta aventura, ya que siempre habíamos sentido curiosidad por África y atesorado el deseo de contribuir en algo al mundo en desarrollo. Yo era consciente de que mis habilidades médi­cas, dependientes como son de la alta tecnología del hospi­tal norteamericano, se podrían ver disminuidas ante los retos de las desconocidas enfermedades tropicales y el poco sopor­te tecnológico. No obstante, llegué a Nigeria con la expecta­tiva de que mi presencia causaría una diferencia importante en las vidas de los muchos que yo esperaba atender. Leer el resto de esta entrada »

Así reza el salmo 113:  “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”…  Este Salmo es el que se canta (ver vídeo abajo) en el momento cumbre de la película “Enrique V”, adaptación extraordinaria de Keneth Branagh a la obra de Shakespeare. Tras vencer a los franceses en la batalla de Agincourt, y con el campo de batalla aún sembrado de cadáveres, se procede al recuento de bajas. Los franceses han tenido 25.000 bajas. Los ingleses, en cambio… 25. Tal desproporción se presenta como algo disparatado. Es un triunfo sin precedentes. Uno pregunta al Rey si será lícito gloriarse de semejante batalla. Enrique V, entonces, dice: “que nadie en Inglaterra se gloríe de esta victoria sin decir que Dios luchó a nuestro favor”. Acto seguido, ordena que se recojan los cadáveres mientras se canta el “non nobis”, que resulta especialmente sobrecogedor en aquellas circunstancias:

Lo políticamente correcto hubiera sido evitar, en lo posible, todo ese desagradable capítulo de la Muerte en la Cruz. Al fin y al cabo ¡Cristo está vivo, ha resucitado! No está en el sepulcro… De hecho cuando alguien vence, se le representa con el símbolo de su victoria: levantando un trofeo, portando orgulloso una medalla, o subido sobre un podio que le levanta sobre aquellos a los que ha superado, bien alto, para que todos puedan verlo e imitarle… Nadie, que yo sepa, celebra una victoria con algo que recuerde el momento más humillante del evento con el que se logró.

Entonces ¿por qué erigir la Cruz como el símbolo del cristiano? ¿Por qué conservar e incidir tanto en las llagas del Cuerpo del Resucitado? ¿Por qué significar al Vencedor Eterno por medio de la Cruz humillante? ¿Por qué, entonces, ese afán de llenarlo todo de cruces? ¿Por qué insistir con una Cruz, que puede resultar desafiante y provocativa; y con la imagen de un Hombre Horadado por clavos que le cosieron a un Madero? Leer el resto de esta entrada »

El animal de las dilaciones

Martes, 31 enero, 2012

Se cuenta que Alejandro Magno, en una de sus campañas guerreras, se encontró con Diógenes, que tomaba el sol tranquilo y medio desnudo a la orilla de un río. Alejandro, que no en vano había tenido como tutor al mismo Aristóteles y respetaba y secretamente envidiaba la sabiduría, había oído hablar de Diógenes, el filósofo que vivía en un tonel, y aprovechó la ocasión para acercarse a él en persona y conversar con él humildemente, volviendo a ser por un rato discípulo en medio de su gloria militar. Con todo, no podía hacer esperar mucho tiempo a sus tropas, y al fin hubo de despedirse del filósofo. Tal fue la impresión que aquella breve conversación le había causado, que el conquistador de mundos dijo al sabio del tonel:

- «Me marcho, pues he de continuar con mis hazañas para la historia. Pero desde ahora ruego a los cielos que en la vida que me toque vivir en mi próxima encarnación no sea yo Alejandro, sino Diógenes».

- Diógenes contestó: «¿Y a qué esperar para ello a tu próxima encarnación? Puedes serlo desde ahora si así lo deseas. El río es amplio, y el sol no escatima sus rayos. Hay sitio de sobra por aquí para otro tonel». Y volvió a tumbarse al sol, mientras Alejandro montaba en su caballo.

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En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Miércoles, 14 septiembre, 2011

Hoy celebra la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Ya estamos acostumbrados pero ¿cómo se produjo el cambio del escándalo y la locura de la Cruz a su exaltación gloriosa? Voy a intentar responder.

«Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos». Con estas palabras expresa Pablo la reacción espontánea de cualquier hombre frente a la cruz ¿Cómo puede venir la salvación por la crucifixión, un suplicio reservado a los esclavos, que no sólo era una muerte cruel, sino además una deshonra? ¿Cómo puede venir la salvación de los judíos por un cadáver, aquella impureza de la que había que deshacerse lo antes posible, por un condenado colgado del patíbulo y estigmatizado con la maldición divina? Es fácil imaginar la reacción horrorizada de los discípulos, podemos imaginarnos su reacción horrorizada. Si el mismo Pedro no pudo tolerar ni el anuncio de su sufrimiento y de su muerte ¿Cómo hubiera admitido su crucifixión? Por eso, la víspera de su pasión anunció Jesús que todos se escandalizarían a causa de él.

Si Jesús, y los discípulos después de él, no dulcificaron el escándalo de la cruz, es que un misterio oculto le confería sentido. Pero ¿de qué misterio se trata? Si Dios es el «autor de todo lo que ha sucedido, se hace actualmente y se hará más tarde», y obra «con número, peso y medida», entonces ,la historia de los hombre no es fruto del azar ni las circunstancias, sino el resultado, a veces por caminos increíbles, de la voluntad de Dios ¿Y cuál es entonces el misterio de esa voluntad de Dios? Este es el misterio, fijado desde toda la eternidad en la mente divina: la salvación en Cristo y la salvación de todos los hombres: «Dios quiere que todos los hombres se salven». Tal es «el misterio de la voluntad de Dios, el designio conforme a su beneplácito, que había formado de antemano en él para realizarlo cuando llegara la plenitud de los tiempos».

¿Cómo llevó Cristo a cabo esta salvación de todos los hombres? «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras». Este dato suministra el punto de partida para descubrir la sabiduría que resplandece en la Cruz, la sabiduría del designio de Dios. En ella triunfa Jesús. La Cruz es el momento en que el Hijo del hombre es «elevado», y como una nueva serpiente de bronce, se muestra como el Salvador del mundo. Hacia ella vemos a Jesús avanzar con majestad. Sube a ella triunfalmente, como a un trono desde el que funda su Iglesia «dando el Espíritu». Por eso en adelante habrá que «mirar al que han atravesado». 

Esto mismo se ha de repetir de forma misteriosa pero real en todos los bautizados. A través de los acontecimientos de la vida cotidiana, nuestro «hombre viejo es crucificado», hasta quedar poco a poco liberado del pecado. Nuestros pensamientos van transformándose por la sabiduría de la cruz, y a ejemplo de Jesús, nos vamos haciendo más humildes y «obedientes hasta la muerte».

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”

Ahora vuelve a mirar a Jesús en la Cruz, y aprende, que esa llaga de su Costado se nos ha dado para ser el nuevo nacimiento de todos nuestros dolores, porque solo allí encontramos el Amor de Dios derramado por nosotros. Mira ahora con los ojos del Corazón de Cristo y aprende, los designios misericordiosos con los que se ofrece al Padre en su deseo de salvar a todos los hombres. Mira y descubre como cada gota de su Sangre encierra el nuevo linaje de los hijos de Dios.

Descubrimos así, de un modo misterioso como el patíbulo de la Cruz, su Sangre entregada, su muerte ignominiosa, se vuelven alegres, como un río caudaloso de Amor divino que descendiendo del madero, y tras llenar la tierra toda, salta hasta la Vida eterna en un abrazo infinito del Padre con el Hijo.

¡Alégrate! ¡Dios te ama, y ha sustraído a la muerte los sufrimientos de los hombres para trasformarlos en reliquias de Cruz, donde la Vida tiene su origen!

Mañana celebraremos la Virgen de los Dolores, Ella nos ayudará descubrir la Cruz de Cristo, a mirarla, a besarla y abrazarla cuando llegue el momento. Madre como tu, sepa decir yo: ¡Hágase!

Había una vez, sobre una colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños.

El primer árbol dijo: “Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza”.

El segundo árbol contestó: “Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo. Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi casco”.

Finalmente, el tercer árbol dijo: “Yo quiero crecer hasta ser el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina, admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo cerca que estoy de Él. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre se acordará de mí”.

Pasaron años hasta el día en que un grupo de leñadores se acercó a los árboles. Uno de ellos se fijó en el primer árbol y dijo: “Este parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un carpintero”. Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro.

Ante el segundo árbol, otro leñador dijo: “Este es un árbol resistente y fuerte. Seguro que puedo venderlo a los astilleros”. El segundo árbol lo oyó satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse en un navío poderoso.

Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, se asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en nada. Un leñador dijo: “No necesito nada especial. Me llevaré este mismo”. Y lo cortó.

Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo y lo llenaron de heno. No era esto, desde luego, lo que él había soñado, y por lo que tanto había rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, quedaron en eso. Al tercer árbol simplemente lo cortaron en tablones, que dejaron amontonados contra una pared.

Siguió pasando el tiempo, y los árboles llegaron a olvidar sus sueños. Pero un día un hombre y una mujer jóvenes llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño, envuelto en pañales, sobre el heno del pesebre hecho con la madera del primer árbol. El hombre hubiera querido construir una pequeña cuna para el niño, pero tuvo que contentarse con este pesebre. Viendo todo lo que allí sucedió, el árbol entendió que era parte de algo maravilloso, y que se le había concedido contener el mayor tesoro de todos los tiempos.

Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros, aterrorizados, despertaron al que estaba dormido. Él se levantó, y dijo al viento: “¡Cállate!”, y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes.

Finalmente, tiempo después, alguien se acercó a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, sujetaron al hombre al madero, clavándole las manos y los pies, y lo levantaron en la cruz para que muriese en lo alto, a la vista de todos. Cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió que finalmente había llegado a ser lo bastante fuerte y alto para destacar sobre la cumbre, tan cerca de Dios como era posible, porque el Hijo de Dios había sido crucificado en él. Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado, ni ha elevado el pensamiento de tantos hacia Dios como el árbol de la Cruz

Fuente: Anónimo inglés. Leer el resto de esta entrada »

Este próximo domingo 32 del tiempo ordinario, las lecturas están llenas de sietes que necesitan un ocho. Así en la primera se nos habla de los siete hermanos que entregaron su vida para defender su fe en la esperanza de que Dios los resucitaría a la vida eterna… Pero aquellos siete  tuvieron que esperar en el Seno de Abrahán, junto con los demás justos, a que el octavo hermano, Jesús, el primogénito entre muchos hermanos, diera cumplimiento a las promesas de Dios. Después de que los siete macabeos entregasen su vida, Jesús entregó la suya, y, por la ofrenda del Octavo, fue satisfecha la esperanza de los siete.

En el evangelio se habla de otros siete hermanos que, uno tras otro, se casaron con la misma mujer tras enviudar, todos ellos murieron sin tener hijos… Pero habrían de esperar al octavo Esposo, Cristo, para que adquiera su pleno sentido el amor esponsal. Después de que aquellos hermanos, imagen de los siete pecados capitales que desposan la vida del hombre dejándola estéril, Jesús -¡el Octavo!- se desposó a esa alma, arrasada por las culpas, y la colmó de frutos de Vida Eterna. Amor Primero del Alma.

¿Qué más acerca de este siete, símbolo de la impotencia humana? Siete eran los días de la semana, pero al llegar el séptimo -el sábado- el Hijo del Hombre yacía en un sepulcro y abatido por el fracaso. Pero tras los siete días de la semana, vino el Octavo, el Domingo, el día del Señor, en el que resucitó Jesús y con Él nosotros. Él ha inaugurado la Nueva Creación, y por eso este Octavo resulta el Uno de la nueva cuenta, día primero de la semana nueva…

¿Qué más acerca de este siete? Siete veces dijo estar dispuesto a perdonar a su prójimo Pedro, pensando que estaba muy bien. Pero Jesús le revela que, tras aquellos insuficientes siete perdones humanos, bastaría un Octavo y definitivo perdón divino, el de Jesús desde el Madero, para alcanzarnos la vida eterna… Sí, Él ha inaugurado la Nueva cuenta: Primogénito de entre los muertos, Amor primero del alma, Día primero de la semana…

Una última cosa acerca de la Resurrección de la que habla el evangelio. Enseña Santo Tomás que nuestra filiación divina, «será consumada por la glorificación del cuerpo (…), de forma que así como nuestra alma ha sido redimida del pecado, así nuestro cuerpo será redimido de la corrupción de la muerte» (Comentario a la Carta a los Romanos,8, 5). Y cita a continuación las palabras de San Pablo a los filipenses: Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su Cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas (Flp 3, 21). El Señor transformará nuestro cuerpo débil y sujeto a la enfermedad, a la muerte y a la corrupción, en un cuerpo glorioso. No podemos despreciarlo, ni tampoco exaltarlo como si fuera la única realidad en el hombre, porque hemos sido comprados a gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1Cor 6, 20). Y comenta el Papa Juan Pablo II: “La pureza como virtud, es decir, capacidad de mantener el propio cuerpo en santidad y respeto (cfr. 1Ts 4, 4), aliada con el don de piedad, como fruto de la inhabitación del Espíritu Santo en el templo del cuerpo, realiza en él una plenitud tan grande de dignidad en las relaciones interpersonales, que Dios mismo es glorificado en él. La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios. Es la gloria de Dios en el cuerpo humano” (Audiencia general 18 – III – 1981).

Madre, recuérdanos que nuestro cuerpo, como el tuyo, ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad… Ya verás como vas a estar “mas chulo que un ocho”.

¿Dónde está el defecto?

Martes, 26 octubre, 2010

Esta alegoría trata de un científico que descubrió el arte de reproducirse a sí mismo tan perfectamente que resultaba imposible distinguir el original de la reproducción.
Un día se enteró de que andaba buscándole el Ángel de la Muerte, y entonces hizo doce copias de sí mismo.
El ángel no sabía cómo averiguar cuál de los trece ejemplares que tenía ante sí era el científico, de modo que los dejó a todos en paz y regresó al cielo.
Pero no por mucho tiempo, porque, como era un experto en la naturaleza humana, se le ocurrió una ingeniosa estratagema.
Regresó de nuevo y dijo: “Debe de ser usted un genio, señor, para haber logrado tan perfectas reproducciones de sí mismo, sin embargo, he descubierto que su obra tiene un defecto, un único y minúsculo defecto”.
El científico pegó un salto y gritó: “¡Imposible! ¿Dónde está el defecto?”.
“Justamente aquí”, respondió el ángel mientras tomaba al científico de entre sus reproducciones y se lo llevaba consigo. “Todo lo que hace falta para descubrir al ‘ego’ es una palabra de adulación o de crítica”.
Autor desconocido

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