Benjamin Franklin

Una madre joven, con un niño pequeño cogido de su mano, le planteaba a Franklin la necesidad de tener en abundancia para poder ser feliz. Franklin, sin decir nada, cogió una manzana de una cesta y se la dio al niño. El pequeño la cogió con gran alegría. Franklin le alargó otra manzana, que el niño cogió con el mismo gozo con la otra mano. Entonces Franklin le dio una tercera. El niño quiso abarcar las tres y no pudo; se le cayeron todas al suelo rodando. Y el pequeño empezó a llorar.

¿Ves? ­ dijo el sabio a la madre ­ Aquí tienes un hombrecillo que posee demasiadas riquezas para poder disfrutarlas. Con dos manzanas era feliz; con tres ya deja de serlo. ¿No ocurre lo mismo a menudo con los hombres?

La felicidad vale más que las cosas. Por eso las cosas no pueden darla: lo que es menos no puede dar lo que es más, el efecto no puede ser superior a la causa. Un periódico londinense ofreció un premio a la frase que definiera mejor lo que era el dinero. Al fin lo concedió a la siguiente:

“[El dinero es] Un artículo que puede usarse como pasaporte universal para todo, menos para el Cielo. Y que vale para obtener cualquier cosa, menos la felicidad.”

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