Ocurrió en Manchester

Martes, 2 octubre, 2012

Lizzie (Elizabeth) había hablado largo y tendido sobre temas religiosos con su buena amiga Helen, a la que poco a poco intentaba acercar a la vida cristiana. Con una pizca de escepticismo, Helen escuchaba lo que su amiga le decía sobre Dios, la providencia divina y la acción de los Ángeles en nuestra existencia. Este último punto -la presencia y actuación de los Custodios- le había resultado especialmente novedoso: algo nunca oído; pero, qué habría de verdad en todo ello, se cuestionaba.

Aquel mismo día, Helen, ya anochecido, sale de pasar un rato en una sala de fiestas. Le gustaría tomar un taxi para regresar a su casa, pero no tiene dinero suficiente, así que no tiene más remedio que ir a pie. Caminando por John Dalton Street advierte la presencia de un individuo muy mal encarado. Está sola en la penumbra a muy pocos pasos de él y tiene el presentimiento de que aquel hombre va a atacarla. Siente un inmenso terror, y en ese instante le viene a la memoria la conversación con su amiga Lizzie: “Esta es tu oportunidad -dice en su interior al Angel Custodio-; si existes, sácame de este peligro“. Curiosamente el individuo, que ya está a su altura, la mira a la cara, no hace nada y sigue su camino.

Al día siguiente Helen lee en los periódicos de Manchester la noticia del asesinato de una joven en la calle John Dalton, ocurrido poco después de haber pasado ella por aquel lugar. Acude a la comisaría de policía donde ya ha sido detenido algún sospechoso. Invitada a participar en un careo, reconoce inmediatamente al hombre con el que se cruzó poco antes del crimen, que acabará por sentarse en el banquillo de los acusados como presunto asesino. Leer el resto de esta entrada »

Oración para iniciar el día

Miércoles, 22 junio, 2011

Oh Dios, a Ti que sostienes todo sobre el abismo de la nada y lo inundas con tu poder para que exista, se nueva y viva. Te ruego se abra mi corazón a tu Misterio, que lo inunda todo.

A Ti, que has concedido a todas las cosas una chispa de tu claridad, recibiendo así su verdad y su valor de Ti. Te ruego que guardes mi corazón de la seducción que puede provenir de este misterio.

Tú, que con el poder de tu aliento lo traspasas todo haciéndolo rebosar de tu misterio. Y haces brotar de este misterio, por todas partes, tanto individual como colectivamente, las imágenes y los pensamientos de lo divino. Imágenes y pensamientos que con su hondo sentido llegan al corazón y a veces hasta otorgan salvación, pero que también pueden llevar al error, la confusión y la maldad.

Por eso te pido me guardes de la seducción de la belleza. Haz segura mi conciencia, para que siempre llame bueno a lo bueno y malo a lo malo. Ilumina mi vida para que distinga lo me lleva hacia a Ti, de lo que me aparta de Ti.

Estas sentado sobre un volcan

Miércoles, 10 noviembre, 2010

Me dice un joven que su novia, con cierta frecuencia, le pregunta si la quiere, y él gentilmente le dice que “sí, claro”, pero ella siempre le responde “pero yo más”, y entonces él, se queda callado porque ya no sabe que decir. Lo que más le molesta es que esto se repite cada poco tiempo, y empieza a resultarle un poco incómodo. Yo le digo que tenga paciencia, porque lo que se oculta en esta desazón repetitiva de su novia es la certera intuición de que todo lo de aquí abajo es caduco, perecedero, y por eso necesita escucharlo y saborearlo cada poco. Pues bien, esta intuición de la novia es muy aguda, y de esto va nuestra meditación hoy. No se trata de amargar la fiesta a nadie, sino de ser acertar en nuestras pretensiones e ilusiones.

Efectivamente, fácilmente nos podemos ilusionar con personas que nos aprecian y nos demuestran una amistad sincera. Nos ilusionamos con realidades tan gozosas como la vida incipiente del hijo que va a nacer, con la sonrisa de los hijos… Y también, con cosas tan tontas como un ordenador portátil o un coche nuevo, etc… Estupendo, porque las cosas son y tienen que ser así, pero -y este es el nervio de esta meditación-, deberíamos además advertir que todas estas realidades las podemos perder: las amistades más fieles, mi salud, mi imagen ante los demás, esa vida en ciernes, y mi propia vida… todo lo puedo perder en un abrir y cerrar de ojos. No en vano, el Señor el próximo 33 domingo, nos recuerda a través de aquellos fariseos que estaban orgullosos de la magnificencia del Templo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”.

Insisto, no pretende el Señor, amargarnos la fiesta, lo que quiere es que advirtamos la realidad y nos planteemos la siguiente pregunta:  ¿con qué podemos ilusionarnos? ¿Qué me queda que no haya de perder algún día? Te queda el Amor de Dios.

Efectivamente, todo un Dios me mira con cariño de Padre cuando los míos me aprecian, y me sigue mirando amorosamente cuando me desprecian; me quiere cuando estoy  en plena forma, y cuando no puedo con mi alma; me sonríe cuando las cosas salen bien y  cuando salen mal; su Misericordia me ha curado y me salva en la vida y esa misma Misericordia me resucitará en la muerte; me quiere cuando le obedezco y ¡oh misterio, también cuando peco!… Sí, definitivamente, me queda siempre el Amor de Dios, un Amor que nada de lo que me pase o haga puede hacerlo desaparecer.

¡Ah! No te preocupes si todo esto te deja un poco frío, si de entrada no te emociona mucho saber que Dios te ama así… Ni te avergüence sentir que un portátil o un coche nuevo te ilusiona más que el Amor de Dios… Pero es muy importante que empieces a despertarte, y comiences a ilusionarte con lo único que en verdad no puedes perder.

¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo empezar? -me preguntas. Empieza leyendo el Evangelio, si puedes 5 minutos cada día, para que puedas conocer a Jesús, porque en realidad aún no le conoces. Ten algunos ratos de oración, acude a Misa entre semana si puedes, confiésate con frecuencia… Ten paciencia y te aseguro que un buen día te sorprenderás que estás haciéndole la corte al Señor, que estás haciendo el oso ante Dios, y como un enamorado te sorprenderá que en lugar de mirar el reloj durante la misa, lo miras el resto del día esperando la hora de acercarte a comulgar o hacer esa visita al sagrario; te sorprenderá que tienes como “hambre” de Dios… Y entonces recuerda que el Amor de Dios no lo puedes perder y sigue trabajando y estudiando y viviendo tu vida como hasta ahora, pero ya con Él para siempre ¿de acuerdo?

Éste fue el Tesoro de María; y éste ha de ser nuestro Tesoro. No hay nada que temer ya.

La teología debe estar iluminada por el amor a Dios

Ayer, miércoles 28 de octubre, en la Audiencia General, Benedicto XVI animó, “a una escucha más atenta del Evangelio en la misa dominical”. “Que la Palabra de Dios sea lámpara que ilumina nuestro camino en la tierra”. Esta invitación a nutrir nuestra existencia con la palabra de Dios la ha hecho el Santo Padre tomando como ejemplo “el florecimiento” de la teología latina en el siglo XII, y en particular de los dos distintos modelos de teología nacidos de aquella vasta renovación espiritual. El Papa ha hablado de la teología monástica nacida en los monasterios, y de la teología escolástica surgida en las “Scholae” que crecieron junto a las catedrales, algunas de las cuales bien pronto dieron vida a las primeras universidades, que son una “típica invención del Edad Media cristiana”. El sínodo de los obispos de 2008, sobre la “Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, ha recordado el Papa, “ha puesto de manifiesto una vez más la necesidad espiritual de las Sagradas Escrituras”. De ahí la importancia de la teología monástica, “una ininterrumpida exégesis bíblica”, que sobrentiende que la lectura puramente teórica, no basta para entrar en las Sagradas Escrituras. “Se debe leer la Biblia con el espíritu con la que ha sido creada”.

Queridos hermanos y hermanas, haciendo eco de la invitación de la Primera Carta de Pedro, la teología escolástica nos anima a estar siempre dispuestos a responder a quien pida razones de la esperanza que está en nosotros (cfr 3,15). Sentir las preguntas como nuestras y ser así capaces también de dar una respuesta. Nos recuerda que entre fe y razón existe una amistad natural, fundada en el mismo orden de la creación. El Siervo de Dios Juan Pablo II, en el incipit de la Encíclica Fides et ratio escribe: “La fe y la razón son como las dos alas, con las que el espíritu humano se alza hacia la contemplación de la verdad”. La fe está abierta al esfuerzo de la comprensión por parte de la razón; la razón, a su vez, reconoce que la fe no la mortifica, al contrario, la empuja hacia horizontes más amplios y elevados. Se inserta aquí la perenne lección de la teología monástica. Fe y razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están animadas por la búsqueda de la íntima unión con Dios. Cuando el amor vivifica la dimensión orante de la teología, el conocimiento, adquirido por la razón, se engrandece. La verdad se debe buscar con humildad, acogida con estupor y gratitud: en una palabra, el conocimiento crece sólo si se ama la verdad. El amor se convierte en inteligencia y la teología auténtica, sabiduría del corazón, que orienta y sostiene la fe y la vida de los creyentes. Oremos por tanto para que el camino del conocimiento y de la profundización de los Misterios de Dios sea siempre iluminado por el amor divino.

Para leer el texto completo de la audiencia general: Leer el resto de esta entrada »

La ilusión (una manera de vivir)

Martes, 27 octubre, 2009

La cita es larga, pero merece la pena. Es de Miguel Angel Martí, que en su brillante ensayo sobre la ilusión (La ilusión, Editorial EUNSA, 1993), nos alienta a esforzarnos por vivir ilusionados, liberados de planteamientos ramplones, de cansancios vitales y de monótonos desencantos.

«La ilusión constituye una manera de vivir de unas personas determinadas: son esos hombres y mujeres que, de una forma habitual, encuentran diariamente motivos para ilusionarse, para hacer de cada jornada laboral un día festivo. Se les suele llamar personas de temperamento alegre, y parte de esa alegría les viene por su capacidad de ilusionarse, ya sea por un paseo o por el color de unas flores, da igual, porque cada una de estas manifestaciones de júbilo responden a una de actitud básica de vivir su propia vida, de esa personas de chispeante, de refrescante juventud, que les lleva a encontrar, en lo que otro tal vez ve la monótona repetición de un acto, una ocasión para disfrutar de la vida. Todo el mundo quisiéramos hacer de nuestra vida una existencia ilusionada. La meta es difícil, pero al estar rodeada de un cierto hábito de magia y utopía se hace sumamente apetecible.»

La ilusión está presente en los más variados ámbitos de nuestra vida, iluminándola y llenándola de alegría. Todos deseamos aprender de esas personas de vida ilusionada, de esas personas —continúa Martí—

«que han encontrado, a lo mejor sin saberlo ellas, el arte de vivir, y que lo manifiestan en el lenguaje vivo de sus ojos, en la frescura de su sonrisa, en esos olvidos de lo que para muchas personas constituye el tema central de sus conversaciones: enfermedades, accidentes, carestía de la vida, la ingratitud de los jóvenes… y una larga letanía de tonos oscuros y de tristes musicalidades, en esos olvidos —decíamos— que tanto se agradecen y que nos ayudan a abrir los ojos a espacios abiertos, refrescantes como la luz que los ilumina.

»Hace falta energía, grandeza de ánimo y finura de espíritu para hacer de la vida algo más que un producto a granel envuelto en papel de periódico (y a veces por la página de las esquelas). No siempre quizá lo consigamos, pero que debemos apostar por este tipo de vida me parece una exigencia de nuestra condición de hombres; eso sí, se sobreentiende, después de haber superado los falsos idealismos y los planteamientos inmaduros.»

Cfr. http://www.interogantes.net

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