Imagínate a un grupo de personas intentado cada una mover su automóvil a base de empujones. Haciendo un esfuerzo terrible con el que apenas consiguen desplazar el vehículo unos metros, y, además en cuanto dejan de empujar, el automóvil se para. Bastará un día entero empujando para que abandonen tan propósito, pues tanto sus fuerzas como su paciencia llegarán al límite: “Lo he intentado pero no he podido”… “Es muy difícil, yo diría que imposible”… “¡Nada, que no ha habido manera!”.

Así me imagino que van las personas que intentan llevar su Cruz, la de cada día, “a base de empujar con fuerza, a pulso”, sin rezar, sin sacramentos, sin vida interior… Quieren ser generosos sin rezar, quieren vencer rencores y perdonar sin implorar la ayuda divina, quieren vivir conforme a su conciencia sin leer el evangelio ni formarse… Y claro, así no hay manera:  “Lo he intentado pero no he podido”… “Es muy difícil, yo diría que imposible”… “¡Nada, que no ha habido manera!”. Leer el resto de esta entrada »

Pentecostes… Amor que fluye

Miércoles, 8 junio, 2011

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”… “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar” El comienzo de la Iglesia no fue muy épico que digamos, unos hombres asustados detrás de una puerta cerrada. Aquellos hombres tenían fe, pero la fe estaba encerrada por la desconfianza tras los cerrojos del Cenáculo. “Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos”… “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”… Pero, como siempre, tuvo que intervenir Él. Al principio fue un soplo suave como una brisa, pero después fue un ruido ardiente, apasionado, como un grito capaza de hacer saltar por los aires todo aquel cobarde retraimiento.

Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno”… Me parece que sólo quien ha amado ha sentido este fuego. Quienes viven enamorados saben que es sentir abrasarse el corazón. El Espíritu Santo, que es el Amor de Dios hecho Persona, es fuego que incendia y quema purificando todo lo que toca. Lo sabe bien el hombre viejo ve como en medio de un dolor gozoso, la marca del pecado se va deshaciendo, y se van grabado a fuego en el alma los rasgos de Cristo. Se van fundiendo en el Amor de Dios todos los egoísmos que impedían sanar las heridas.

Y es que la santidad no está en el mucho correr o esforzarse, sino en sentirse amado y amar hasta más allá de donde seamos capaces. Por eso el Espíritu Santo es “Amor”… Amor que fluye entre el Padre y el Hijo; Amor que el Hijo derrama sobre los hombres; Amor que llena el alma hasta hacerla rebosar de gozo…

Qué fácil es entonces escuchar al Maestro decir: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”… “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras”… ¡Venga, vamos a llenar el mundo de Dios! Unidos a ti, Madre Nuestra, vamos a prepararnos para la venida del Paráclito, para que nos haga cristianos valientes, locos de Amor ¡Ven, Espíritu Santo!

La Trinidad, relación de amor

Martes, 31 mayo, 2011

El Dios, que Jesús nos ha revelado, no es solitario ni cerrado en sí mismo: es el Dios que es don en sí mismo y se nos da a nosotros, el Dios que es amor. Como asevera la primera carta de Juan, «en esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que tengamos vida por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… Y nosotros hemos conocido y creemos el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios, en él» (1 Juan 4, 9-10. 16).
El amor es el conducto que nos lleva a conocer al Dios de Jesús: «Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Juan 4, 8). Desde siempre, Dios es amor: es aquel que ama; aquel que es amado e intercambia el amor; es, en persona, el vínculo que une a quien ama y a quien es amado. Escribe san Agustín: «Las personas divinas son tres: la primera, que ama a la que de ella nace; la segunda, que ama a aquella de la que nace; y la tercera, que es el mismo amor» (De Trinitate 6, 5, 7). Estos tres son uno: no tres amores, sino un único, eterno e infinito amor, el único Dios que es amor. Y san Agustín afirma todavía: «Ves a la Trinidad, si ves el amor» (ibíd., 8, 8, 12). Y añade de este único Dios, que es amor: «Así que son tres: el Amante, el Amado y el Amor» (ibíd., 8, 10, 14), el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La beata Isabel de la Trinidad testimonia en esta bellísima oración de qué modo puede la criatura ser partícipe del diálogo de amor de los tres que son uno: Leer el resto de esta entrada »

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

Martes, 24 mayo, 2011

 En la tradición evangélica se nos transmite el modo de orar de Jesús, que se dirige a Dios llamándolo con el apelativo familiar arameo Abbá, Padre. Al estilo de los Salmos, alaba y bendice al Padre, creador del mundo y Señor de la historia, porque escoge como destinatarios de su revelación a los «pequeños», esos que no pueden reivindicar derechos y privilegios. A estos, Jesús se les presenta como el «Hijo», el único que hace posible el encuentro y la plena comunión con el Padre. Ante la perspectiva de su muerte inminente, Jesús halla la raíz de su libertad de Hijo en el abandono confiado en el Padre. Leer el resto de esta entrada »

Las lecturas del próximo Domingo de Pentecostés alternan dos escenas que en su contraste expresan la fuerza interna que tienen.

“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”… “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar” Estaban en oración, primero escondidos con miedo,  con timidez… Después están ya todos reunidos en un mismo lugar abiertos y a la espera de la acción de Dios…

“Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos”… “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”... Fue primero un soplo suave y después un ruido impetuoso que hacía saltar en pedazos la timidez.

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”… “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras” Es como si se nos fuera diciendo primero en un susurro y luego con un ruido impetuoso:  ¡Venga a llenar el mundo con la Luz de ese fuego de cielo,! Y con el don de lenguas expande por todos los rincones del mundo y todas las lenguas la Palabra de Dios!

Hay cosas que están ahí, silenciosas, calladas, ocultas, que casi nunca las advertimos: el aire que respiramos, el latido del corazón, lo que comimos ayer, etc… Son vitales, pero apenas pensamos en ellas. En la vida espiritual ocurre muy parecido: la vida de gracia en el alma, la acción del Espíritu Santo en nosotros, el ser hijos de Dios, etc. Realidades de una fuerza renovadora extraordinaria pero apenas tomamos conciencia de ellas. He leído estos días el efecto que tuvo sobre un joven (que llegaría a ser san Josemaría) el consejo recibido de su director espiritual: “Frecuente el trato con el Espíritu Santo. No le hable: óigale”. Su respuesta la dejó veladamente escrita en Forja 430: “No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!. En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres…

Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla…, pero no habías “comprendido” esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente…, facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender… ¡No sabré hacerlo!, pensabas. —Oyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres…, ¡que sí quieres!

—Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte“.

Tu y yo le pediremos a la Esposa del Espíritu Santo, en el mes de María, que nos ayude a agasajarlo como Divino Huésped, a escuchar sus lecciones de Divino Maestro, a encendernos con su Luz; a seguirlo y a amarlo como lo hizo ella.

Durante la Semana Santa hemos contemplado la muerte de Cristo como el testimonio supremo de su Caridad. Ahora en estos días estamos contemplando su resurrección  como el testimonio definitivo de su Verdad. «La fe de los cristianos -dice San Agustín- es la resurrección de Cristo. No es gran cosa creer que Jesús ha muerto; esto lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado».

El próximo Domingo in Albis –el segundo más importante del año después del Domingo de Resurrección- termina este octavario o gran domingo del año. En el Evangelio veremos que se narran las dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles en el cenáculo. En la primera de estas apariciones Jesús dice a los apóstoles: «“¡La paz con vosotros! Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». Es el momento solemne del envío.

En la segunda aparición se destaca por medio de Tomás la fe en la Resurrección del Señor. Por eso estos días mientras contemplamos a Jesús resucitado van brotando del corazón agradecido muchos actos de fe, esperanza y amor a este Señor mío y Dios mío. Hemos besado, como Tomás, muchas veces sus llagas y hemos escuchado como si se nos dijera a cada uno de nostros: Mirad mis llagas“Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lc 24, 39). Juan Pablo II ponía en relación ese pasaje del Evangelio con otras palabras de San Juan en la primera Carta: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y nuestras manos palparon… os lo anunciamos” (Jn 1, 1-3).

A San Josemaría le gustaba decir que esas llagas eran como el documento de identidad del Señor. La experiencia venía de lejos, pues el 6 de abril de 1938 escribía: “Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!”.

Y podemos sacar, de esta experiencia mística, consecuencias apostólicas. Tenemos que ser tu y yo también testigos de Cristo resucitado: “Podemos comprender toda la maravilla de la llamada divina. La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro” (san Josemaría en Es Cristo que pasa, n. 3).

En el Samo 117 repetiremos “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. En la historia de las religiones nunca, nunca nadie se había atrevido a perdonar los pecados. Solo con la llegada a este mundo del Hijo de Dios fue posible levantar la maldición que pesaba como una losa terrible sobre todas las almas, y nadie, fuera del propio Dios, tenía fuerzas para levantarla. Sin embargo, hoy: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Con la ligereza de un soplo, Jesús resucitado y glorioso nos ofrece su misericordia y consagra las manos de sus apóstoles para llevarla al mundo este Perdón divino. Por eso las manos del sacerdote están consagradas. No me explico cómo los sacerdotes podemos con nuestras manos.

Y también la Virgen María quiere dejar en las manos del sacerdote, ministro de su Hijo, un beso de perdón y una mirada de misericordia.

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