Eres Tú (Espíritu Santo), de Mocedades

Viernes, 26 septiembre, 2014

Es bien sabido que nuestros más altos místicos plagiaban sin pena a los poetas profanos para construir algunos de sus más famosos poemas de amor cristiano. Cambiaban un verso aquí, una palabra allá, embellecían un poco más el texto y el alcance humano del texto se trocaba así en divino. Y es que sucede que los amores humanos nuestros no son sino una chispa desprendida de la única fuente de Amor eterno que arde en la Trinidad

Algo parecido, salvando las distancias, podríamos hacer con el texto de una antigua canción que he vuelto a escuchar estos días: Eres tú de Mocedades. Aquí os la pongo:

Como os decía, esta canción, casi sin hacer ninguna modificación, podemos referirla al Espíritu Santo. A ver que os parece:

«Como una promesa eres Tú», comienza la canción, y ¿acaso no es el Espíritu Santo la gran promesa de Cristo? Efectivamente, al poco de su muerte, después de la Ascensión, acontece Pentecostés: el Espíritu Santo divina aparece «como una mañana de verano» fresca, luminosa «como una sonrisa, eres Tú, así, así eres Tú»

Por eso eres «Toda mi esperanza»… Pero ¿acaso el Espíritu Santo no es también «como lluvia fresca en mis manos»? Así se afirma en secuencia de la Misa de Pentecostés, Veni Sancte Spiritus: «lava lo que está manchado, riega lo que es árido». Él es el agua viva que salta hasta la vida eterna… Y ¿no llega soplando como un viento impetuoso? «¡Cómo fuerte brisa, eres Tú, así, así eres Tú!».

«Como el agua de mi fuente… el fuego de mi hogar… el trigo de mi pan»

«Como mi poema eres Tú». Tú eres la rima, el ritmo, la armonía, el color, la melodía indecible que vibra en todas las fibras del alma. «Como una guitarra en la noche»…«¡Todo mi horizonte eres Tú, así, así eres Tú!». Todo cuanto veo eres Tú. Todo lo iluminas: Si subo a los cielos, allí estás Tú; si desciendo al abismo, allí estás Tú… Mire donde mire, allí estás Tú, acariciándolo todo con tu luz.

«Como el agua de mi fuente… el fuego de mi hogar… el trigo de mi pan»

 

En la Solemnidad de Pentecostes

Domingo, 8 junio, 2014

Alamere Falls and Milky Way - California by Rick Whitacre“Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.”  (Hechos 2,11)

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma. Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios…

Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora… Invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos.

Fuente: Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” §259.261 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)

El don de sabiduría

Miércoles, 4 junio, 2014

7ba4b3f1791f2e909ace650bc023f0c3 (1)De los siete dones del Espíritu Santo, el más precioso y deseable es el de sabiduría.

Nos equivocamos cuando identificamos, rápidamente, «sabiduría» con «saber», y llevamos el don del Paráclito al terreno de los libros y las ciencias. La sabiduría del Espíritu tiene más relación con el gozo de «saborear» o «gustar» que con el sesudo ejercicio del estudio.

Sé que estoy haciendo un juego de palabras, aprovechando las facilidades que me ofrece esta lengua española tan hermosa, pero no hay engaño en lo que escribo. Nada enaltece más a un idioma que emplearlo en mostrar la belleza de Dios.

Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

La sabiduría del Espíritu es conocimiento, pero conocimiento «sabroso». Porque Dios sabe, y sabe bien al paladar del alma. Es dulce como la miel al entendimiento, y un sello almibarado en la memoria.

Gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 34, 9). Por el don de sabiduría, el alma paladea a Dios y gusta su dulzura. Por eso es un don especialmente eucarístico. En la Sagrada Hostia gusta el hombre la delicia de Dios, y al gustarla alcanza vida eterna.

El Espíritu de la Verdad

Miércoles, 28 mayo, 2014

Evening on the Waves, Costa Toscana, Italy by Paolo Pagnini.Mañana empieza el Decenario al Espíritu Santo (también aquí). Hablando de esto alguien me ha preguntado por qué, durante su discurso de despedida, Jesús llama al Espíritu Santo: el Espíritu de la verdad. Pienso que el motivo por el que el Señor emplea esta denominación es claro: sólo Dios es Verdad, y todo lo demás, sin Él, es, de algún modo, solo apariencia, mentira y muerte. Me explicaré:

Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.

Fectivamente, andamos en esta vida como alborotados y aturdidos por mil urgencias…  Todo lo que nos perturba es pasajero, y está llamado a desaparecer. Vivimos como quien sueña. El Espíritu, entonces, nos despierta a la Verdad, la única Verdad, la Verdad inmutable y eterna: Dios.

Viene entonces la paz. Y, aunque sigamos sumergidos en los afanes y trabajos -estamos en el mundo-, podemos entonces recogernos, volvernos hacia Dios, y reposar así en la Verdad y tomar distancia de los acontecimientos a veces tormentosos de la vida. 

Por eso, podemos afirmar con Jesús que bajo la guía del Espíritu, la existencia se convierte en un camino desde la mentira hacia la Verdad, de la apariencia a la realidad, de la muerte a la Vida.

 Otro de los nombres con que Jesús se refiere al Espíritu Santo, en su discurso de despedida, es el de Defensor. Aquí va otro intento de explicación. Leer el resto de esta entrada »

Imagínate a un grupo de personas intentado cada una mover su automóvil a base de empujones. Haciendo un esfuerzo terrible con el que apenas consiguen desplazar el vehículo unos metros, y, además en cuanto dejan de empujar, el automóvil se para. Bastará un día entero empujando para que abandonen tan propósito, pues tanto sus fuerzas como su paciencia llegarán al límite: “Lo he intentado pero no he podido”… “Es muy difícil, yo diría que imposible”… “¡Nada, que no ha habido manera!”.

Así me imagino que van las personas que intentan llevar su Cruz, la de cada día, “a base de empujar con fuerza, a pulso”, sin rezar, sin sacramentos, sin vida interior… Quieren ser generosos sin rezar, quieren vencer rencores y perdonar sin implorar la ayuda divina, quieren vivir conforme a su conciencia sin leer el evangelio ni formarse… Y claro, así no hay manera:  “Lo he intentado pero no he podido”… “Es muy difícil, yo diría que imposible”… “¡Nada, que no ha habido manera!”. Leer el resto de esta entrada »

Pentecostes… Amor que fluye

Miércoles, 8 junio, 2011

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”… “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar” El comienzo de la Iglesia no fue muy épico que digamos, unos hombres asustados detrás de una puerta cerrada. Aquellos hombres tenían fe, pero la fe estaba encerrada por la desconfianza tras los cerrojos del Cenáculo. “Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos”… “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”… Pero, como siempre, tuvo que intervenir Él. Al principio fue un soplo suave como una brisa, pero después fue un ruido ardiente, apasionado, como un grito capaza de hacer saltar por los aires todo aquel cobarde retraimiento.

Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno”… Me parece que sólo quien ha amado ha sentido este fuego. Quienes viven enamorados saben que es sentir abrasarse el corazón. El Espíritu Santo, que es el Amor de Dios hecho Persona, es fuego que incendia y quema purificando todo lo que toca. Lo sabe bien el hombre viejo ve como en medio de un dolor gozoso, la marca del pecado se va deshaciendo, y se van grabado a fuego en el alma los rasgos de Cristo. Se van fundiendo en el Amor de Dios todos los egoísmos que impedían sanar las heridas.

Y es que la santidad no está en el mucho correr o esforzarse, sino en sentirse amado y amar hasta más allá de donde seamos capaces. Por eso el Espíritu Santo es “Amor”… Amor que fluye entre el Padre y el Hijo; Amor que el Hijo derrama sobre los hombres; Amor que llena el alma hasta hacerla rebosar de gozo…

Qué fácil es entonces escuchar al Maestro decir: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”… “Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras”… ¡Venga, vamos a llenar el mundo de Dios! Unidos a ti, Madre Nuestra, vamos a prepararnos para la venida del Paráclito, para que nos haga cristianos valientes, locos de Amor ¡Ven, Espíritu Santo!

La Trinidad, relación de amor

Martes, 31 mayo, 2011

El Dios, que Jesús nos ha revelado, no es solitario ni cerrado en sí mismo: es el Dios que es don en sí mismo y se nos da a nosotros, el Dios que es amor. Como asevera la primera carta de Juan, «en esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que tengamos vida por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… Y nosotros hemos conocido y creemos el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios, en él» (1 Juan 4, 9-10. 16).
El amor es el conducto que nos lleva a conocer al Dios de Jesús: «Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Juan 4, 8). Desde siempre, Dios es amor: es aquel que ama; aquel que es amado e intercambia el amor; es, en persona, el vínculo que une a quien ama y a quien es amado. Escribe san Agustín: «Las personas divinas son tres: la primera, que ama a la que de ella nace; la segunda, que ama a aquella de la que nace; y la tercera, que es el mismo amor» (De Trinitate 6, 5, 7). Estos tres son uno: no tres amores, sino un único, eterno e infinito amor, el único Dios que es amor. Y san Agustín afirma todavía: «Ves a la Trinidad, si ves el amor» (ibíd., 8, 8, 12). Y añade de este único Dios, que es amor: «Así que son tres: el Amante, el Amado y el Amor» (ibíd., 8, 10, 14), el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La beata Isabel de la Trinidad testimonia en esta bellísima oración de qué modo puede la criatura ser partícipe del diálogo de amor de los tres que son uno: Leer el resto de esta entrada »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 600 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: