La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, o del hombre rico y el mendigo Lázaro, tiene algo que la hace, al menos para mi, especialmente incómoda. En algún rincón de nuestro espíritu la figura de Lázaro nos resulta incómoda, molesta; y, por el contrario, algo de nosotros conspira secretamente a favor de Epulón. Me explicaré.

Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día…

A Epulón le va bien. Tiene durante su vida, todo lo que secretamente quisiéramos tener: banquetes y fiestas, riquezas y triunfos, amigos y honores; y no parece tener ninguna preocupación o pesar. Pero ¡luego va y se condena!

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba-

A Lázaro, sin embargo, le va mal. Su vida es una verdadera lástima: mendigando tirado en la calle, hambriento y cubierto de heridas, que esos perros callejeros, tan molestos, se empeñan en lamer ¡Y él es el que se salva en la parábola! Parece como si se nos estuviera diciendo que si aquí te lo pasas bien, ya sabes lo que te espera al final del recorrido… Y, si quieres salvarte, pues eso, ya sabes, lo de Lázaro: penalidades y sufrimientos.

Pero no, las claves para interpretar correctamente la parábola nos las dan las lecturas litúrgicas que la acompañan. Leer el resto de esta entrada »

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