La fertilidad y la continencia

Lunes, 16 enero, 2012

Existen dos temas publicitarios contradictorios que se venden a bajo precio desde hace más de treinta años. Por un lado se insiste en la regulación y control de la fecundidad (“fertilidad”). Ya que si no, se daría lugar a embarazos no deseados, con el consiguiente deterioro del desarrollo, escasez de recursos naturales e imposibilidad para la mujer de ocupar el papel que le corresponde en la sociedad. Por otro lado se da por supuesto que la continencia (capacidad del ser humano de controlar su propia sexualidad), es algo imposible. Estas dos premisas tienen sus consecuencias: por una parte, la fecundidad debe ser controlada por todos los medios posibles (preparados químicos, instrumentos mecánicos, operaciones quirúrgicas). Por otra parte, el control de la fecundidad resuelve el problema de la continencia, considerada imposible, y da vía libre a las prácticas sexuales más variadas. Lo que parece haber detrás de estos motivos publicitarios es una interpretación puramente biológica de la sexualidad humana y, por tanto, de la antropología.

Sin embargo, esta interpretación ignora la capacidad humana de administrar la propia sexualidad mediante la razón y la libertad. Ante programas educativos inspirados en una idea degradante del hombre es necesario presentar una antropología que denuncie la “patologización” de la fecundidad y que muestre que la continencia, correctamente entendida, no es algo completamente inaccesible para el común de los mortales”

Se trata de un tema complejo y relacionados con otros muchos aspectos y cuestiones como la reinterpretación ideológica, el control de la población transformado en control de la fertilidad, ¿control de la fertilidad y autonomía de la mujeres?, la fertilidad como amenaza del derecho de mujeres y niñas a una vida sexual satisfactoria, ¿la fertilidad no deseada lleva al embarazo no deseado?, la castidad como algo obsoleto y reemplazado por productos y servicios comerciales… 

Consentimiento informado

Sábado, 27 septiembre, 2008

Es frecuente que, dentro de la planificación familiar, de la procreación «asistida» o de la ginecología, o en el caso de pacientes en fase terminal, no se informe suficientemente al sujeto. Efectivamente, vemos a veces, como el término «consentimiento informado» se emplea con cierta ambigüedad. A veces ocurre, hoy día, que los pacientes están mal informados, que se les ocultan informaciones que les atañen, que no se les consulta sobre las cuestiones de las que depende su salud, su fecundidad y su propia vida. En determinadas situaciones se somete incluso a los pacientes, sin ellos saberlo, a intervenciones mutilantes, por ejemplo, la esterilización quirúrgica- que en realidad les son impuestas y que muchas veces son irreversibles. Por el contrario, en otras situaciones, el «consentimiento informado» sirve al médico como método para librarse de su propia responsabilidad, comunicando al enfermo, con más o menos tacto, una «verdad científica» que el enfermo tal vez no pueda entender o soportar. Por eso vamos a intentar explicarlo, hacer una valoración y una nueva propuesta del mismo, puesto que advertimos con claridad que las relaciones entre los médicos y sus pacientes están llamadas, más que nunca, a ser una relación interpersonal basada en la mutua confianza.

El problema esencial es que nos encontramos hoy con un nuevo y diverso modelo de relación médico y paciente. El modelo hasta ahora ha sido el paternalista de inspiración hipocrática. Su principio raíz es el de beneficencia, es decir, el médico debe actuar siempre en bien de paciente y, según aquel modelo, solo él atendiendo a razones objetivas, es quien puede establecer qué es científicamente bueno y cuál el camino más razonable. El paciente debe dejarse guiar y obedecer las prescripciones del médico. La situación actual es la de situar frente al modelo paternalista un modelo autónomo, su principio raíz es la libertad del paciente de hoy, el cual está más informado y sabe lo que quiere, aunque pueda no coincidir con lo que científicamente es más apropiado para él. En este modelo prevalece la libertad del afectado, incluso cuando se rechaza un tratamiento favorable para él. En este sentido, resulta extremadamente negativa la supervaloración de lo subjetivo abandonando los criterios objetivos.

¿Cuál es la opción correcta? En mi opinión el error está en plantear la elección rígida y exclusiva de uno de los dos modelos, con rechazo total del otro. La propuesta -que apunta D. ÁNnel Galindo García- es la de reexaminar la entera relación entre médico y paciente con el intento de restablecer una ética médica sensible tanto a la autonomía como a la beneficencia, sin absolutizar ni el paternalismo ni la autonomía.

Si pudiéramos admitir que el modelo paternalista es anticuado, deberíamos repudiar todo lo positivo que se ha estado realizando a lo largo de la tradición médica de la beneficencia a lo largo de casi 2.500 años. Refutamos, por tanto, la contraposición entre los dos modelos y proponemos su integración sobre la base de una atenta redefinición de los dos.

En otras palabras: se nos presenta una especie de tercera vía, que se propone para salvar los elementos válidos de la medicina hipocrática y de la moderna; evitando al mismo tiempo el caer en acentos unilaterales. En resumen, es la propuesta de una beneficencia que incluya los valores de la relación médico-paciente tradicional: la beneficencia en un marco de confianza, una beneficencia que no anula la autonomía del paciente, que la prevé, la respeta y se propone hacerla crecer como raíz y fruto de una auténtica decisión humana.

Es lógico que los médicos hagan una propuesta de declaración que reconozca explícitamente, y documente, que las propuestas que se pueden ofrecer son posibles, porque responden a hechos reales y constatables. Su nota característica es la de derivar directamente de la teoría de la beneficencia en la confianza. Por eso, para lograr la integración entre beneficencia y autonomía serían precisas las siguientes tareas: Leer el resto de esta entrada »

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