Generosidad, entrega… Totalidad

Martes, 12 abril, 2011

—Entonces, ¿tú crees que soy valiente? —preguntó la muchacha.
—Claro que sí.
—Quizá lo sea, pero es porque he recibido la inspiración de algunos maestros. Te hablaré de uno. Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntaria en el hospital de Stanford, conocí a una niña, Liza, que sufría una rara enfermedad muy grave. Al parecer, su única posibilidad de recuperación era una transfusión de sangre de su hermanito de cinco años, que había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El médico le explicó la situación al niño y le preguntó si estaría dispuesto a donar sangre a su hermana. Lo vi vacilar apenas un momento antes de hacer una inspiración profunda y responder: «Sí, lo haré si es para salvar a Liza».
Mientras se realizaba la transfusión, el niño permaneció en una cama junto a la de su hermana, sonriendo, como todos los presentes, al ver cómo el color volvía a las mejillas de Liza. Después, su rostro palideció y se esfumó su sonrisa. Levantó los ojos hacia el médico y le preguntó con voz temblorosa: «¿Empezaré a morirme ahora mismo?».
En su inocencia de niño, había entendido mal al médico y pensaba que tenía que dar a su hermana toda su sangre.
—Sí —añadió la narradora, he aprendido a ser valiente porque he tenido maestros inspirados.
Autor: Dan Millman; Fuente: Sopa de pollo para el alma

 

Nuestro Maestro, el Señor, nos ha dado ejemplo de entrega total cuando nos dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Y en la Última Cena volvió a repetir este es el Cáliz de mi Sangre que será  derramada por vosotros para la remisión de los pecados…

Epulón, Lázaro, tú y yo

Miércoles, 22 septiembre, 2010

El próximo será ya el 26 Domingo del tiempo ordinario. En el Evangelio Jesús narra la parábola de Lázaro y el rico Epulón. Y vemos a Abrahán recordando a Epulón: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Este domingo, como el anterior, se centra sobre las riquezas. Pero quién es Lázaro, y cómo es Epulón en sus ratos libres.

Empecemos por Epulón. Podemos suponer que -cuando no está comiendo-, Epulón oye música o lee para descansar en casa, sale a hacer deporte, le gusta estar con los amigos, y no falta los domingos a misa. Le vemos rezar por las noches, y si quieres, podemos imaginar que se confiesa de vez en cuando. Aunque es curioso pero cuando prepara su examen de conciencia, ni siquiera advierte, no cae en la cuenta, vamos que ni se le pasa por la cabeza, ese fastidioso asunto del mendigo de su puerta. Sí, se acusa de… “de lo de siempre, padre; ya sabe usted… Que si hablamos mal de alguien” –te has fijado en que emplea el plural, así, sin quererlo, busca la complicidad del confesor, de modo que este al sentirse incluido no se atreva a decirle nada-; “que si alguna discusión con mi señora, que si no he rezado lo suficiente, ya sabe usted…” Y así, va Epulón por este mundo, hasta que concluya sus días… ¡Ahí le tienes! Ya ves que la cosa no parece tremenda, ni como para mirar a otro lado, va sencillamente “tirandillo“.

¿Y quién es Lázaro? ¿Cómo es la vida de Lázaro? ¿Qué hace cuando no está en la puerta de nuestro Epulón? Pues… nada. Curiosamente, no hace nada, porque no suele salir de allí. Se queda esperando con una paciencia infinita a que Epulón le abra: “he aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20). Se queda esperando crucificado, cubierto de llagas, manso y humilde…

Ya te habrás dado cuenta de quién es Lázaro y de quien eres tú ¿verdad? Te diré, por si no lo sabías, que Lázaro ama locamente a Epulón. Por él abandonó todos los tesoros que tenía junto a su Padre; por él se hizo hombre y vino a este mundo; por él nació pobre, vivió pobre, y muere pobre. Por él, por ti, está ofrecido en una Cruz pidiendo a Dios perdón por los pecados de su “oveja descarriada”… Pero, ay, si Epulón no abre la puerta… ¿de qué le servirá tanto Amor? Habrá de conformarse con los langostinos y el caviar.

Mientras tanto tu Madre y la mía, pasea sus ojos de ti a mí y de mi a Él, de un hijo a otro. Espera algo… ¿se lo daremos?

El sábado último vimos la película El Concierto, de Radu Mihaileanu. Me pareció buena, incluso muy buena. El tema de fondo: la redención de los errores del pasado y el triunfo de la verdad, la belleza y el amor, como búsqueda última de la vida. Los personajes parecen vivir encerrados obstinadamente en el pasado, pero una circunstancia fortuita les permitirá redimirse de algún modo y así dar comienzo a una nueva realidad.

La película me recordó esa dificultad que todos tenemos a perdonarnos de nuestros errores y fracasos. Todos sabemos que, muchas veces, perdonar es difícil. Pero quizá para algunos sea especialmente difícil perdonarse a sí mismos. Y están tristes porque no se perdonan sus propios fracasos, porque alimentan sus errores dándoles vueltas en su memoria, porque parece que se empeñan en mantener abiertas sus propias heridas. Son como cadenas que se ponen a sí mismos, cárceles en las que se encierran voluntariamente.

A lo mejor están tristes y sienten dentro del corazón como una especie de lanzada que les amarga la existencia, porque cargan con una responsabilidad que no les corresponde, por un fracaso que no es suyo, al menos en su totalidad.

La falta de perdón para uno mismo suele generar tristeza, y una y otra tienen su origen en el orgullo. Y así como el orgullo del que es simplemente vanidoso, o de quien está pagado de sí mismo, es el más corriente y menos peligroso; en cambio, pasarse la vida dando vueltas a los propios errores suele ser señal de un orgullo más refinado y destructivo.

Es preciso aprender a aceptarse serenamente a uno mismo. Aceptarse, que nada tiene que ver con una claudicación en la inevitable lucha que siempre acompaña a toda vida bien planteada, sino que es encontrar un sensato equilibrio entre exigirse y comprenderse a uno mismo.

A continuación te pongo dos ejemplos prácticos: Leer el resto de esta entrada »

A lo largo de todo este año sacerdotal hemos dedicado algunos viernes a este tema. Y hoy viernes 11 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, me ha parecido que como hoy se estrena en Palencia la “última cima” en Cines Avenida, podía hablar un poco de ella.


“La última cima” es una película que contrariamente a lo que estamos acostumbrados en nuestros días habla bien de un sacerdote, por eso tiene complicada su distribución en las salas de cine. Entrando en el siguiente enlace podéis ver donde se estrena en vuestra ciudad, creo sinceramente que vale la pena. http://www.laultimacima.com/#cines

SINOPSIS:

Esta película es la historia de Pablo,un sacerdote joven que deseaba la montaña. Entregó su vida a Dios… y Dios aceptó la ofrenda. Pablo era conocido y querido por un número incalculable de personas, que han dejado constancia de ello después de su muerte. “La última cima” muestra la huella profunda que puede dejar un buen sacerdote en las personas con las que se cruza. Y provoca en el espectador una pregunta comprometedora: ¿También yo podría vivir así?

Te copio esto de Aceprensa: Leer el resto de esta entrada »

¿Por qué estoy aquí un año más?

Sábado, 2 enero, 2010

La vida cristiana es un constante comenzar y recomenzar, un renovarse cada día.

(Es Cristo que pasa, 114)

Ya sabes la costumbre que tengo de de hacer preguntas de fondo de vez en cuando. Y esta mañana que está comenzando este Año Nuevo 2010, joven, espléndido… Se me ha venido a la cabeza y ¿para qué un año más? ¿Por qué estoy aquí? Me parece que hay dos modos de responder a esa pregunta, según la consideremos desde el punto de vista de Dios o del nuestro.

Viéndola primero desde el punto de vista de Dios, la respuesta es: “Dios nos hizo para mostrar su Amor”… Bueno ya tenemos una respuesta: un año más para dar una respuesta de amor, y así dar gloria a este Dios mío que tanto me va aguantando. Y considerándolo ahora desde nuestro punto de vista, a la pregunta “¿Para qué estoy aquí un año más?”, tendríamos que responder  “para ser felices aquí en la tierra y luego eternamente en el Cielo”. “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra” (Forja 1005).

Bien, ¿y qué es esa felicidad de la que venimos hablando? Te copio este ejemplo que leí hace tiempo a Leo J. Trese:

Pongamos un ejemplo: el del soldado americano destinado en una base extranjera. Un día, al leer el periódico de su pueblo que le ha enviado su madre, tropieza con la fotografía de una muchacha. El soldado no la conoce. Nunca ha oído hablar de ella. Pero, al mirarla, se dice: «Vaya, me gusta esta chica. Querría casarme con ella». La dirección de la muchacha está al pie de la foto, y el soldado se decide a escribirle, sin demasiadas esperanzas en que le conteste. Y, sin embargo, la respuesta llega. Comienzan una correspondencia regular, intercambian fotografías, y se cuentan todas sus cosas. El soldado se enamora más y más cada día de esa muchacha a quien nunca ha visto.

Al fin, el soldado vuelve a casa licenciado. Durante dos años ha estado cortejándola a distancia. Su amor hacia ella le ha hecho mejor soldado y mejor hombre: ha procurado ser la clase de persona que ella querría que fuera. Ha hecho las cosas que ella desearía que hiciera, y ha evitado las que le desagradarían si llegara a conocerlas. Ya es un anhelo ferviente de ella lo que hay en su corazón, y está volviendo a casa.

¿Podemos imaginar la felicidad que colmará cada fibra de su ser al descender del tren y tomar, al fin, a la muchacha en sus brazos? «¡Oh! -exclamará al abrazarla-, ¡si este momento pudiera hacerse eterno!» Su felicidad es la felicidad del amor logrado, del amor encontrándose en completa posesión de la persona amada. Llamamos a eso la fruición del amor. El muchacho recordará siempre este instante -instante en que su anhelo fue premiado con el primer encuentro real- como uno de los momentos más felices de su vida en la tierra.

Es también el mejor ejemplo que podemos dar sobre la naturaleza de nuestra felicidad en el cielo. Es un ejemplo penosamente imperfecto, inadecuado en extremo, pero el mejor que hemos podido encontrar. Porque la primordial felicidad del cielo consiste exactamente en esto: que poseeremos al Dios infinitamente perfecto y seremos poseídos por El, en una unión tan absoluta y completa que ni siquiera remotamente podemos imaginar su éxtasis.

A quien poseeremos no será un ser humano, por maravilloso que sea. Será el mismo Dios con quien nos uniremos de un modo personal y consciente; Dios que es Bondad, Verdad y Belleza infinitas; Dios que lo es todo, y cuyo amor infinito puede (como ningún amor humano es capaz de hacer) colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano. Conoceremos entonces una felicidad arrebatadora tal, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre», según la cita de San Pablo (1 Cor 2,9). Y esta felicidad, una vez conseguida, nunca se podrá perder. (Cfr. La fe explicada, de Leo J, Trese)

Cómo bailar bajo la lluvia

Domingo, 13 diciembre, 2009

Me ha enviado este texto un buen amigo de Benavente. Me dice: “Esto es amor. Observa, amigo mio, que profundidad tiene este mensaje. Un abrazo”. Aunque me parece haberlo leído hace tiempo, al releerlo ahora y conociendo a mi amigo, he de reconocer que me ha tocado. Así que os lo pongo.

Era una mañana agitada, eran las 8:30, cuando un señor de unos 80 años, llegó al hospital para que le sacaran los puntos de su pulgar. El señor dijo que estaba apurado y que tenía una cita a las 9:00 am. Comprobé sus señales vitales y le pedí que tomara asiento, sabiendo que quizás pasaría más de una hora antes de que alguien pudiera atenderlo. Lo ví mirando su reloj y decidí, que ya que no estaba ocupado con otro paciente, podría examinar su herida. Durante el examen, comprobé que estaba curado, entonces le pedí a uno de los doctores, algunos elementos para quitarle las suturas y curar su herida.

Mientras le realizaba las curaciones, le pregunté si tenía una cita con otro médico esa mañana, ya que lo veía tan apurado. El señor me dijo que no, que necesitaba ir al geríatrico para desayunar con su esposa. Le pregunté sobre la salud de ella. El me respondió que ella hacía tiempo que estaba allí ya que pacedía de Alzheimer. Le pregunté si ella se enfadaría si llegaba un poco tarde. Me respondió que hacia tiempo que ella no sabía quien era él, que hacía cinco años que ella no podía ya reconocerlo.  Me sorprendió, y entonces le pregunté:

Y usted sigue yendo cada mañana, aun cuando ella no sabe quien es usted?’
El sonrió y me acarició la mano:
“Ella no sabe quien soy,
pero yo aún se quien es ella.”
Se me erizó la piel, y tuve que contener las lágrimas mientras él se iba, y pensé,
“Este es el tipo de Amor que quiero en mi Vida”

El Amor Verdadero no es físico, ni romántico. El Amor Verdadero es la aceptación de todo lo que es, ha sido, será y no será… La gente más feliz no necesariamente tiene lo mejor de todo; ellos sólo hacen todo, lo mejor que pueden. “No se trata de cómo sobrevivir a una tempestad, sino de cómo bailar bajo la lluvia”

Aquí os dejo con esta gran interpretación de Gene Kelly en “cantando bajo la lluvia”. Que lo disfruteis:

Año sacerdotal

Viernes, 4 diciembre, 2009

Los viernes lo dedicamos al Año Sacerdotal. El profesor Francisco Varo recuerda en este vídeo que los sacerdotes siempre han estado en los momentos mejores y más importantes de nuestras vidas, haciendo presente a Dios.

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