«Do as you can», dicen los ingleses: haz lo que puedas y quédate tranquilo

tranquilidad abandono.jpgLa verdad sobre uno mismo es la humildad. Por eso es importante amar esta virtud, tan valorada y buscada como el norte de una brújula. La pureza está muy ligada a esta humildad que es el conocimiento propio. Se trata de aceptarse a uno mismo tal como uno es, pero sin limitarse a subsistir, sino al contrario, con un permanente empeño para ser realmente uno mismo, es decir, para llegar a ser lo que Dios espera de nosotros, ni más ni menos. Consiste, pues, en arrancar de nosotros lo que no nos pertenece, lo que nos desfigura: en cada uno conviven al mismo tiempo el buen grano y la cizaña. Jesucristo habla del trigo y de la cizaña que crecen juntos (cf. Mt 13, 24-30); el Papa Francisco comenta que nuestro Dios es paciente: la misma cizaña, el corazón malo, con tantos pecados, puede al final transformarse en buen granoLa frontera entre el bien y el mal recorre el interior de cada persona. Tomar conciencia de esto nos permite evitar el grave error de confundir la vida con un western, donde se enfrentan buenos y malos.

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La castidad forma parte de la vocación humana

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Cada persona tiene una vocación específica que está llamada a descubrir y a construir durante toda su vida. Esta vocación es, al mismo tiempo, una llamada de Dios y una elección libre: se concreta con el tiempo. En parte, depende de nuestra magnanimidad. Hay circunstancias que es preciso saber captar, decisiones impulsivas, el gusto por el riesgo, o al contrario, la tendencia a evitar todo que lo podría complicarnos la existencia, aunque solo fuera un poco. Tejemos nuestro destino como la araña su tela, decía François Mauriac. La vida, de la cual somos en parte responsables, nos enseña quiénes somos y nos va forjando.

La vocación es una luz: abordar la existencia desde esta perspectiva da sentido a todas las situaciones. La vocación es también una fuerza para emprender, una palanca de apoyo. Otorga un motivo a la vida y proporciona gran seguridad: se sabe adónde se va. Esta certeza no tiene precio. (…)

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Les exhorto…a que ofrezcan sus cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios

caridad y castidad paisajeSeguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. Esta vez el autor se centra en el papel facilitador de la caridad en el desarrollo de la existencia cristiana: con la ayuda de Dios, y siguiendo sus inspiraciones, es posible resistir a la concupiscencia de la carne. Como reconoce un poeta contemporáneo, «nuestro verdadero vínculo con los demás –vínculo de amistad o de amor fundado en una confianza sin falla– no es posible sino en la luz de la transcendencia» (F. Cheng).

Durante un discurso centrado en la vida cristiana según la caridad, san Pablo escribe lo siguiente: «Os exhorto, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual» (Rm 12, 1; espiritual: «logikèn»; «rationabile»). La ofrenda del «cuerpo» indica aquí que es la persona misma la que ha de entregarse a Dios (sin limitarse a los cultos externos). Refiriéndose al auténtico culto espiritual, el apóstol de las gentes introduce una viva invitación a la caridad como amor oblativo. La castidad, sea en el matrimonio o fuera de él, está íntimamente ligada a la caridad. Como dice san Bernardo, «por mucha que sea la hermosura de la castidad, no tiene valor ni mérito alguno sin la caridad […]. La castidad sin la caridad es un candil sin aceite».

La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor

Flores de primaveraSeguimos con el libro “Amor y desamor” de G. Derville. Esta vez el autor se pregunta ¿cómo definir la felicidad humana? Y con Juan Pablo II afirma: «La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor. La felicidad originaria nos habla del “principio” del hombre, que ha surgido del Amor y ha dado comienzo al amor. Y esto ha sucedido de modo irrevocable, no obstante el sucesivo pecado y la muerte. A su tiempo, Cristo será testigo de este amor irreversible del Creador y Padre, que ya se había expresado en el misterio de la creación y en la gracia de la inocencia originaria». Seguir leyendo “La felicidad consiste en el arraigarse en el Amor”

La persona no puede encontrarse plenamente si no es mediante el don de sí

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Seguimos con el libro de G. Derville, Amor y desamor. Esta vez el autor se centra en la persona humana, como una realidad extraordinariamente compleja en la que intervienen la psicología, la biología, la moral y la espiritualidad. La castidad aparece entonces como la respuesta de toda la persona, cuerpo y alma, inteligencia, voluntad y sentimientos. Se trataría de una respuesta del corazón, entendido como el «lugar de combate entre el amor y la concupiscencia» (san Juan Pablo II ponía de relieve el vínculo original entre pureza y felicidad del hombre; de ahí la importancia de este combate en el marco de la comunión de las personas).

Existe una conexión esencial entre la persona y la diferenciación entre hombre y mujer. Por eso, cuando «el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos», no se trata de algo «puramente biológico», sino que «afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. […] La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona incluso en su dimensión temporal. Si la persona se reservase algo, o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente». Seguir leyendo “La persona no puede encontrarse plenamente si no es mediante el don de sí”

Castidad: el hombre interior

Seguimos con el libro “Amor y desamor. La pureza liberadora” de Guillaume Derville. El autor continua su reflexión sobre el sentido profundo e interior de la castidad.

otoñoEl hombre es un ser de deseos que aspira a la felicidad. Los mandamientos marcan el camino que nos conduce a ese fin. La exacta comprensión de estos mandamientos permite ver en ellos, más que unas reglas arbitrarias, una exigencia de amor inscrita en el corazón del ser humano. Lo que Cristo proclama es una moral viva, ya que, como explica san Juan Pablo II, «el ethos [sentido moral] nos hace entrar en la profundidad de la norma en sí misma y simultáneamente descender al interior del hombre-sujeto de la moral. Para llegar hasta allí no basta quedarse “en la superficie” de las acciones humanas, es necesario penetrar en el interior» [9]. Así, continúa, «además del mandamiento “no cometerás adulterio”, el Decálogo tiene también otro mandamiento: “no desearás la mujer del… prójimo”. En el Sermón de la Montaña, Cristo vincula, en cierto sentido, el uno con el otro: “todo el que mira a una mujer para desearla ya ha cometido adulterio en su corazón”. No se trata tanto de distinguir el alcance de aquellos dos mandamientos del Decálogo, cuanto de poner de relieve la dimensión de la acción interior, a la que se refieren también las palabras: “no cometerás adulterio”» [10]. San Juan Pablo II revela que la casuística del Antiguo Testamento trataba de mantener la prohibición del adulterio, aunque abría la puerta a la posibilidad de escapatorias legales. Seguir leyendo “Castidad: el hombre interior”

Las alas de la pureza

Estaré fuera unos días atendiendo una convivencia; a la vuelta nos vemos en el blog. Mientras tanto os dejo con este bonito tema del libro “Amor y desamor. La pureza liberadora” de Guillaume Derville. Hoy el autor hace una metáfora entre la castidad y las alas para volar:

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En efecto, la pureza no se limita a una especie de situación «material», ni tampoco a la simple continencia. Significa más bien una opción, una elección personal, una decisión de la voluntad, una firme aspiración… Es una afirmación, una afirmación prolongada y repetida al mismo tiempo, deseada, querida, amorosa. No es algo que suponga sufrimiento ni que venga impuesto desde el exterior, sino más bien un impulso de amor. Por esa razón, san Josemaría, como otros santos anteriores a él, compara la virtud de la pureza con «alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas –también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes– pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor» [18]. Seguir leyendo “Las alas de la pureza”