Carácter · Punto 24

24 Tienes ambiciones:… de saber…, de acaudillar…, de ser audaz. 
Bueno. Bien. 
—Pero… por Cristo, 
por Amor.

Ilustra el clima de este punto el testimonio de un universitario de la Academia DYA, Fernando Alonso-Martínez:

«Nos hablaba de trabajo, de estudio, de Amor de Dios. De que era bueno que fuéramos ambiciosos, muy ambiciosos, mucho, pero… ¡por Cristo!, y dicho esto con mucha energía, casi como un grito enérgico, con esa forma peculiar de decir. Es curioso que casi no recuerdo otras palabras suyas con esa claridad, pero se quedaron grabadas ahí».

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¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!

Camino punto a punto21Pretextos. —Nunca te faltarán para dejar de cumplir tus deberes. ¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!
     No te detengas a considerarlas. —Recházalas y haz tu obligación.

Podemos justificar nuestros defectos por razones de tipo genético: qué le vamos a hacer, he nacido así, y así, con un simple encogimiento de hombros, dejamos de luchar… nada podemos hacer en contra nuestro ADN… Otros veces nos tranquilizamos echando las culpas a la educación recibida: me he educado así, que le vamos hacer… O del ambiente en el que hemos vivido, la condición social, el modo de ser propio del país de origen, el estilo educativo del lugar donde estudié, o de lo que sea…, con tal de no hacer nada por cambiar.

Pero no nos engañemos, el problema, muchas veces, somos nosotros mismos. Sí, ya sé que suena un poco fuerte, pero es así con bastante frecuencia… Tenemos los músculos del alma entumecidos… Pero esos músculos son nuestros y están ahí: lo que tenemos que hacer es empezar a ejercitarlos.

Recuerda que en esos problemas que experimentas, tienes casi siempre, aunque sea en poco, algo de culpa; ten en cuenta que hay en ti muchos recursos y posibilidades de contribuir, en alguna medida, a su solución; por último, recuerda que puedes aprender mucho en ese camino, puedes crecer y madurar personalmente. ¡Animo! Te acompaño!

Chocas con el carácter de aquel o del otro…

Camino 20Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres moneda de cinco duros que a todos gusta.
     Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes —imperfecciones, defectos— de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección?
     Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías.

Tal vez gravite en la redacción de este punto el recuerdo de don Elías Ger Puyuelo, profesor de Instituciones Canónicas en el Seminario de Zaragoza. San Josemaría tuvo siempre una alta estima por este sacerdote, prudente y gran conocedor de las almas, y don Elías también estimó mucho a su alumno. En un momento de contradicción para el futuro Autor de Camino, el profesor contó en plena clase esta «parábola»:

«Había una vez un comerciante que compraba canela en rama, y luego la pasaba por un molino de bolas muy bueno, que la convertía en polvo finísimo. Tenía un inconveniente, y es que cada vez que se estropeaba una de las bolas tenía que pedir ex professo el recambio a una fábrica de Alemania.

Hasta que un día se le gastaron todas las bolas y, cansado de tener que esperar a que llegaran de aquel país, se fue al lecho de un río, y tomó tres cantos rodados, duros como el pedernal, de tamaño más o menos parecido a las bolas originales. Los metió en el molino, y empezó a darles vueltas y vueltas… Al cabo de quince días, estaban pulidos y redondos como las bolas alemanas, y molían la canela perfectamente. (…)

De esta misma manera hace Dios Nuestro Señor con las almas a las que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?, concluyó don Elías». Seguir leyendo “Chocas con el carácter de aquel o del otro…”

Las cosas pequeñas

19Voluntad. –Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas –que nunca son futilidades, ni naderías– fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!…, que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.

«No desprecies las cosas pequeñas». San Josemaría ve con toda claridad que eso que él propone a los fieles del Opus Dei puede y debe ser propuesto a todos los cristianos. «Es una característica muy importante»… de todos los que lo entiendan. La doctrina de este punto parece como el desarrollo en positivo del texto de Si 19, 1: «El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá». Por tanto, quien cuida las cosas pequeñas… 

Eres tibio si…

17No caigas en esa enfermedad del carácter que tiene por síntomas la falta de fijeza para todo, la ligereza en el obrar y en el decir, el atolondramiento…: la frivolidad, en una palabra.

Y la frivolidad –no lo olvides– que te hace tener esos planes de cada día tan vacíos (“tan llenos de vacío”), si no reaccionas a tiempo –no mañana: ¡ahora!– , hará de tu vida un pelele muerto e inútil.

Se diría que la situación aquí descrita, que en lo humano es una “enfermedad del carácter”, es “en lo sobrenatural” el inicio de la tibieza. El mismo autor en el punto 331 describe así la situación del tibio: “Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos.”

¡Hoy o nunca!

15No dejes tu trabajo para mañana

En la propuesta de «reforma personal» a la que San Josemaría dedica este capítulo, este lacónico punto es de la máxima importancia. El tema, que arranca también de los clásicos –«in rebus gerendis tarditas et procrastinatio odiosa» o “En la ejecución de los asuntos, la lentitud y la procrastinación son odiosas”–, constituye una dimensión muy destacada en el estilo de vida espiritual y en la predicación de San Josemaría. Un texto fundamental es éste, dirigido a todos los fieles del Opus Dei en 1935:

«Practicad vosotros e inculcad en los jóvenes este convencimiento: en nuestro diccionario sobran dos palabras: mañana y después. ¡Hoy y ahora! No dejéis la labor para luego, y haced que no la dejen. Pronto llegaréis a comprender cómo, en igualdad de condiciones, y aun en inferioridad de condiciones de talento, cultura, etc., el que vence la pereza de modo habitual –hoy, ahora– es el que domina siempre. El retardar –mañana, después– estropea todo el apostolado».

El Autor de Camino parece estar glosando, en el campo de la praxis humana, el célebre soliloquio de San Agustín, a propósito de posponer el encuentro con la verdad: «Cras veniam; ecce manifestum apparebit, et tenebo»: ya vendré mañana, y todo estará claro y mi adhesión, segura… Dilación que contrasta con su urgencia de conversión en la famosa escena del huerto, que gravitará de continuo en la doctrina de San Josemaría: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo el ¡mañana, mañana!? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner fin, ahora mismo, a mis torpezas?».

Transcribo una ficha autógrafa del año 1935: «Hoy, ahora. No me dejéis las cosas para mañana». Otra, tomada de un guión de predicación sobre «Cristo resucitado»: «Et valde mane una sabbatorum. No, para luego, para mañana. ¡Ahora, hoy!»Incluso en medio de las penalidades de la guerra civil, la «inminencia» del tiempo que urge está viva: «Escribe con todo detalle a Paco [Botella], y que éste informe a Eugenio [Sellés] y a Perico [Casciaro], y ‘todos se muevan’, sin dejar las cosas para después, ni para mañana. No se puede abandonar reclamación de tanta trascendencia. Es preciso ‘continuamente’ estar encima, hasta el final […] No dejéis las cosas para mañana: ¡¡¡hoy!!!».

Este «hodie, nunc», que predicaba de continuo para referirse a las responsabilidades cotidianas, siendo tan inmediatamente operativo, está atravesado en San Josemaría de sentido escatológico, es decir, de urgencia en la respuesta al Dios que llama y que llega. La intuitiva traducción que un residente del hoy Colegio Mayor de La Moncloa (Madrid) –no precisamente un latinista– hizo de estas palabras, que formaban la leyenda de un repostero, divertía mucho al Autor. Era teológicamente certera: «hoy o nunca»..En Surco, 155 da la razón de fondo de su pensamiento:

«Siempre he pensado que muchos llaman ‘mañana’, ‘después’, a la resistencia a la gracia».

Acostúmbrate a decir que no

camino 5Acostúmbrate a decir que no.

El 4-XI-1972, durante un encuentro de catequesis en Lisboa explicó este breve punto:

«Te contesto. Estamos muy inclinados a decir que sí, a todo lo que es agradable a nuestros sentidos y a nuestras potencias: y, muchas veces, eso no es lo que más agrada al Señor. Por lo tanto, los buenos cristianos, en muchas circunstancias, tenemos que decir que no» [1].

La cuestión ya se había suscitado en un coloquio multitudinario que tuvo lugar unos días antes, el 28-X-1972, en Madrid. Alguien hizo la pregunta a Mons. Escrivá: «¿Por qué no nos explica el punto de Camino que dice: ‘acostúmbrate a decir que no’?». Respondió:

«Tú sabes que, cuando decimos que sí, todo son facilidades; pero cuando hemos de decir que no, viene la lucha, y a veces no viene la victoria en la lucha, sino la derrota. Por lo tanto, nos hemos de acostumbrar a decir que no para vencer en esa lucha.

Porque de esta victoria interna sale la paz para nuestro corazón, y la paz que llevamos a nuestros hogares –cada uno, al vuestro–, y la paz que llevamos a la sociedad y al mundo entero. Porque por ahí hablan de paz y no quieren pelear dentro de su alma esta pelea, que es de paz y de amor» [2].

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