La esperanza

esperanza del mañanaTodas las noches nos vamos a la cama sin ninguna garantía de despertar vivos, pero todavía tenemos planes para mañana. Esto es la esperamza

La esperanza grande del Cielo, se encuentra en la esperanza de lo cotidiano

pureza

La esperanza grande está ahí: la esperanza del Cielo se hace presente de algún modo en la pequeña esperanza de cada día, de cada instante. Es lo que san Juan Pablo II llama «la esperanza de lo cotidiano»…: «El hombre y la mujer, unidos en matrimonio, deben emprender cotidianamente la tarea de mantener indisolublemente unida la alianza que han pactado entre ellos. Pero también un hombre o una mujer que voluntariamente han elegido la continencia por el Reino de los Cielos, deben dar cotidianamente un testimonio vivo de la fidelidad a esa elección … En cada caso se trata de la esperanza de cada día, que … ayuda a vencer “el mal con el bien” (Rm 12, 21). Efectivamente, “en la esperanza hemos sido salvados». Esta esperanza nace del amor derramado gratuitamente en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Por eso, toda vocación se inscribe en el misterio de la caridad … Tanto en el matrimonio como en el celibato, el amor es a la vez el rumbo y la razón: el hombre está hecho para amar y para saberse amado.
La pureza, que es la afirmación de una voluntad llena de amor, nace del encuentro de dos amores: el amor de Dios por el hombre, y la respuesta del ser humano a ese amor. En otras palabras, la primacía del amor divino, cuya omnipotencia se manifiesta en la misericordia, se expresa de un modo especial a través del don de la pureza; este don precede y acompaña al esfuerzo personal del hombre. Como en un espejo, la imagen de Dios se refleja en la persona casta, y la hace brillar como alguien libre y feliz. (Autor: G. Derville, “Amor y desamor”)

La ira no siempre es mala

iraAliviará tu conciencia saber que existe una diferencia entre el sentimiento de ira y el pecado de ira. Más de una vez sentirás el enfado o la impaciencia provocados por otros, o te verás tentado a responder con acritud, o te arrastrará el rencor interior hacia alguien. Estos sentimientos no son pecado si evitas que se manifiesten de algún modo en tu conducta exterior y no permites que te lleven al deseo deliberado de que otros sufran un daño: solo podrás controlarlos mediante el dominio de ti mismo y la gracia de Dios.
Hay una diferencia entre el pecado de ira y el intento razonado y enérgico de enmendar a quienes están sujetos a tu autoridad e influencia cuando necesitan ser corregidos. No pecas si estás descontento, pero no deseas herir; si, a pesar de tu desagrado ante una falta, intentas controlarte o buscas castigar el daño de un modo razonable. Aun así, esta ira nace del orgullo, la envidia y los celos.

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La irritabilidad es una debilidad del carácter que nos hace ser antipáticos, bruscos y descorteses

iraLa ira puede ser un pecado venial o mortal. La ira es un pecado mortal si tus sentimientos de descontento derivan en pasión y escapan al control de la razón. El pecado mortal de ira consiste en el deseo deliberado o en la intención de infligir un grave perjuicio a alguien o de verle gravemente dañado. «Todo el que se llena de ira contra su hermano será reo de juicio», dice Jesús. La ira es un pecado venial si la causa una ofensa meramente fortuita, si tu descontento se dirige contra el ofensor antes que contra la ofensa o si te induce a infligir un castigo excesivo. La mayoría de la gente no le desea un daño grave a quien ha provocado su ira: tan solo el suficiente para satisfacer su propio orgullo y su egoísmo.
En nuestro caso, lo que casi todos nos vemos obligados a refrenar y controlar son las pequeñas y menudas manifestaciones de ira. Es probable que tengas tendencia a mostrar impaciencia ante faltas insignificantes de quienes te rodean.
– La irritabilidad es una debilidad de nuestro carácter por la que nos permitimos ser antipáticos, bruscos y descorteses con otros por la sencilla razón de que nos molestan sin pretenderlo, y la manifestamos aun cuando no hayan dicho ni hecho nada que pueda interpretarse como una ofensa. 

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La ira puede destruir la paz de un buen día, herir a quien más quieres o romper una larga amistad

iraLa ira es un sentimiento desordenado de desagrado ante una ofensa real o hipotética que mueve a desear el castigo del ofensor. Tu ira es desordenada cuando la corrección o la pena que aplicas están motivadas por la pasión y la furia. Puede ser, por ejemplo, que dirijas a otro ásperas palabras no con afán de corregirle o ayudarle, sino únicamente para vengarte; o puede que tomes represalias enfadándote con él y guardándole rencor. Tu ira es desordenada cuando los métodos que empleas —insultos, palabras malsonantes, gritos o crueldad— no son rectos, sino pecado, y con capacidad de hacer más mal que bien.
Quizá no suelas dejarte llevar por la ira con los extraños, los conocidos o los amigos, pero sí con tu familia, a quien te unen los lazos más sagrados que hay en esta vida. Pecan los padres cuando corrigen a sus hijos insultándolos, cuando imponen castigos que traspasan los límites razonables, y cuando les gritan tan alto como pueden con intención de atemorizarlos. Cumples con tu deber de corregir justamente a los demás solo si es la razón, y no la pasión, la que te mueve a ello, y si el objetivo de las palabras y los actos que empleas no es herir, sino ayudar a quien corriges.

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La fe

lluviaUna vez todos los aldeanos decidieron orar por lluvia. Se reunieron en la plaza, pero solo un niño llevaba paraguas. Eso es la fe.

No te acobardes nunca en tu combate contra la envidia

no te desanimesYa terminamos esta serie de entradas. Por eso, pide al Espíritu Santo la gracia que necesitas para superar los pequeños celos y las manifestaciones de vanidad que suelen empañar el brillo de tu caridadLos pecados de envidia, celos y vanagloria nacen de la soberbia y la avaricia, y provienen del amor propio herido o de una exagerada autoestima. Son pasiones que se manifiestan a diario en las relaciones humanas y ejercen una enorme influencia sobre los pensamientos y los deseos del hombre; transforman sus sentimientos y dominan su conducta. Son responsables de muchos pecados contra la caridad y de muchas de las inquietudes que atormentan los corazones. La señal del auténtico cristiano consiste en amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. La avaricia, la envidia y los celos alimentan el odio, no el amor: por eso no tienen cabida en la vida del que sigue a Cristo. En palabras de san Pablo, «no seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente».

Las siguientes sugerencias pueden ayudarte a evitar la avaricia, la envidia y los celos:

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