La nube, la luz y la sombra…

 Propiamente hablando, decir que “una nube luminosa los cubrió con su sombra”, es algo contradictorio. Las nubes no son luminosas sino más bien grisáceas. Pero aun suponiendo que hubiera una nube luminosa ¿cómo puede “cubrir con su sombra” si emite luz?

Sin embargo… Todo lo absurda que nos parezca, la frase, en lenguaje bíblico, tiene muchísimo sentido. Veamos:

  • La nube es el signo de la presencia de Dios, de la gloria divina. Se nos dice que estuvieron envueltos en un ambiente divino.
  • La luz es signo de Cristo: Yo soy la luz del mundo. Por eso, quienes son iluminados por Cristo viven como hijos de la luz.
  • Y la sombra es signo de intimidad, del secreto de la vida espiritual. Es ese claro oscuro de la fe en el que germina el diálogo escondido con Dios.

Por todo esto, nuestro Tabor es la oración. Allí estamos en el Cielo, allí somos iluminados y alumbrados (dados a luz), y también allí permanecemos a oscuras y en la intimidad del Señor. ¡Qué fácil es rezar! Lo complicado es vivir. Orar es sencillo, es… volver al Tabor. Allí descubrimos un brillo suave y amoroso que baña en su Amor todo lo que toca. Seguir leyendo “La nube, la luz y la sombra…”

Orden interior y exterior

elia-locardi-travel-photography-the-heart-of-santorini-oia-greece-1440-wm-1440x600.jpg

Otro aspecto de la prudencia al que san Josemaría concede gran importancia es el orden: el “orden interior” en los pensamientos, intenciones y afectos, del que deriva el “orden exterior” en la conducta (como virtud, no como simple mecanismo). En el terreno de la actividad humana, el orden comporta el reconocimiento de una prioridad o posteridad de las acciones en relación con un principio. Tenemos aquí dos elementos:

  • En primer lugar, que el orden debe estar presente en todas las acciones. Así se lee en Camino: ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!. San Josemaría considera necesario el orden para que cualquier acto pueda ser un acto de virtud, y esto es propio de la prudencia, cuyo objeto es indicar la “medida” de las acciones. En este sentido el orden es un aspecto de la virtud de la prudencia, que consiste en indicar el “lugar” de las acciones u “ordenarlas”.
  • El segundo elemento es el principio ordenador o rector de la conducta. Para un cristiano, ese principio es la caridad, el amor a Dios. San Josemaría recalca que la vida de un fiel corriente exige ante todo buscar el verdadero “centro” de la vida humana, lo que puede dar una jerarquía, un orden y un sentido a todo: el trato con Dios. Sólo a la luz de ese foco central se puede descubrir el lugar de cada cosa, el orden en los bienes que ha de buscar la voluntad, en los afectos y en las acciones: lo que es prioritario y lo que debe esperar. El orden es así, en definitiva, un acto de la virtud de la prudencia informada por la caridad.

La importancia de esta virtud es grande para un fiel corriente solicitado por ocupaciones diversas. Cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse. Muchas dificultades provienen de la falta de orden, de la carencia de ese hábito.

Entre los consejos de san Josemaría en el terreno práctico de esta virtud, el más importante –y con mucho el más frecuente– es el dar prioridad, a lo largo de la jornada, a las prácticas de piedad que cada uno tiene previstas: lo primero es el trato con Dios, y esto se traduce generalmente –o sea, cuando la caridad no exige otra cosa– en anteponer a las demás ocupaciones habituales el cumplimiento amoroso del propio “plan de vida espiritual. Siguen después otras muchas recomendaciones, en las que no nos podemos detener, acerca de la puntualidad, el orden material en los instrumentos de trabajo, e incluso en el modo de presentarse: Que tu porte exterior sea reflejo de la paz y el orden de tu espíritu.

“Mística ojalatera”

“No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor.” Entre las afecciones que puede sufrir el sano realismo hay una que san Josemaría llama “mística ojalatera”. He aquí como la describe en una de sus homilías, alentando a superarla:

Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera –¡ojalá no me hubiera casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera joven, ojalá fuera viejo!… –, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor.

“Mística ojalatera” es un neologismo que le sirve para evocar tanto los “ojalá” como la “hojalata”, aleación de buen aspecto pero de escaso valor. La “mística del ojalá” es también eso: una mística aparente, sin autenticidad, que huye de la vida real olvidando que es lugar de encuentro con Dios, para refugiarse en la imaginación; pone el deseo de plenitud en la esperanza de realizar cosas en sí mismas buenas pero que están fuera del camino de la propia vocación personal. Una deformación que, si no se ataja, puede llevar a la locura de cambiar de sitio: un “cambiar por cambiar”, un querer comenzar algo mejor que, en realidad, sólo es pretexto para no perseverar en el bien que se está haciendo.

El peligro puede presentarse de manera particularmente insidiosa en la madurez de la vida, con la tentación de replantearse los compromisos que se han adquirido, o de no aceptar sus consecuencias. San Josemaría advierte de este mal y enseña a ayudar a quien lo sufra rejuveneciendo y vigorizando su piedad, tratándole con especial cariño. También en estas circunstancias, el espíritu de filiación divina –la piedad y la fraternidad de hijos de Dios– es la roca firme que sostiene el edificio de la santidad en medio de las tribulaciones (cfr. Mt 7,24-25). Junto a esto es necesario desarrollar la virtud de la prudencia, porque en el origen de la “mística ojalatera” hay siempre «un problema de realismo». La exhortación a “atenerse sobriamente a la realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor”, es buena muestra de la importancia de esta virtud para llegar a ser contemplativos en la vida ordinaria: a vivir, como dice san Josemaría:

en el cielo y en la tierra, siempre. No entre el cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez!

Realismo cristiano

“No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor.” Lo que comúnmente se entiende por “realismo” –conocer y presentar las cosas tal como son– es sin duda un elemento integrante de la prudencia. El hombre prudente no ignora el terreno en el que se mueve. En este sentido, el primer paso de la prudencia es el reconocimiento de la propia limitación.

Hay un realismo que forma parte de la prudencia humana y un realismo propio de la prudencia cristiana. Este último descubre aspectos nuevos al considerar las cosas con los ojos de la fe, pero cuenta con la realidad en toda su amplitud. El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo.

Esta actitud es connatural a la enseñanza de san Josemaría porque, como hace notar Jorge Peña Vial, «la santificación de la vida ordinaria requiere esta dosis de realismo y de amor a la realidad». Su predicación no es abstracta; impulsa a la búsqueda de la unión con Dios en medio de las vicisitudes reales de la vida. Ilusiona con grandes ideales de santidad y de transformación cristiana del mundo, pero sin utopías:

Os pido sencillamente que toquéis el cielo con la cabeza: tenéis derecho, porque sois hijos de Dios. Pero que vuestros pies, que vuestras plantas estén bien seguras en la tierra, para glorificar al Señor Creador Nuestro, con el mundo y con la tierra y con la labor humana.

Entre las afecciones que puede sufriri el sano realismo está lo que él llamaba “mística ojalatera” (lo veremos).

Las cosas pequeñas

19Voluntad. –Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas –que nunca son futilidades, ni naderías– fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!…, que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.

«No desprecies las cosas pequeñas». San Josemaría ve con toda claridad que eso que él propone a los fieles del Opus Dei puede y debe ser propuesto a todos los cristianos. «Es una característica muy importante»… de todos los que lo entiendan. La doctrina de este punto parece como el desarrollo en positivo del texto de Si 19, 1: «El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá». Por tanto, quien cuida las cosas pequeñas… 

¡Ánimo!


confesion5Hace pocos días leíamos cómo, ante un paralítico, Jesús exclamaba: ¡Ánimo, hijo! Tus pecados están perdonados (Mt 9, 2). La misma exclamación brotaba pocos días después de los labios del Señor ante la enferma sanada al contacto con su manto: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado.

   Ya entendéis que son cosas de la traducción, y que Jesús no pretendía, con ese grito, insuflar moral en Alberto Contador para que ganase el Tour de Francia. Ese ¡Ánimo! significa «¡Alégrate!».

   Y, en verdad, hay que decirlo. Porque, muchas veces, los hombres recibimos grandes regalos de Cielo y nos marchamos como si tal cosa. Hay personas que se confiesan, obtienen el perdón de todas sus culpas y la liberación de las penas eternas, y salen del confesonario como saldrían de la caja del supermercado. Ni una emoción, ni una sonrisa, ni una sensación de gratitud. ¡Están tan acostumbrados!

   Valorad mucho el sacramento de la Penitencia. Considerad que, cada vez que recibís la absolución, quedan vencidos el pecado, el Infierno y la muerte. Recibid el perdón con fervor, y salid del confesonario gozosos e ilusionados. Cumplid la penitencia con alegría, y llenad el corazón con deseos de santidad. La vida comienza tras cada absolución. ¡Ánimo!

Autor: José-Fernado Rey Ballesteros

Todos entran entre un hombro y otro

la señal de la cruzUn poco por casualidad he dado con este texto de José Pedro Manglano. Me ha impactado y aquí os dejo con él:

Son típicos los malos entendidos y piques entre amigos. Lógicos, pues somos distintos y todos tenemos nuestro amor propio… Bien, ¿y nos perdonamos?

En la universidad tuve un profesor croata, Luka Brajnovich, que había pasado mucho en la vida. Lo que vivió en la guerra era apasionante. Lo publicó más tarde en un libro que tituló Despedidas y encuentros. Allí se lee:

“Una mañana de 1942, Margo (guerrillero comunista en Croacia), entró en una iglesia detrás del sacerdote, Ivo, al que entregó un sobre que contenía –le dijo– una carta de un párroco del pueblo cercano. Cuando Ivo va a abrir el sobre, el terrorista le agredió con un cuchillo. La primera puñalada la dirigió al corazón de su víctima, pero no le mató gracias a la medalla que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. (…) Con las repetidas puñaladas le causó heridas graves en el vientre y en las manos. (…) Poco después el agresor fue detenido y en el careo ante el juez, D. Ivo –demostrando su perdón– para salvarlo, declaró que no conocía al sospechoso”.

Cada vez que hacemos la señal de la cruz es bueno que recordemos su significado. Marca la altura y laprofundidad de la presencia de Dios, la anchura y la largura de la caridad. Quiero decir, cuando alzamos nuestra mano hacia nuestra mente recordamos que vivimos viendo al Padre que se encuentra en lo más alto y profundo, y cuando llevamos la mano de un hombro a otro recordamos que estamos abiertos y amamos a todos los hombres, que sobre nuestros hombros queremos llevar la carga de todos los hermanos. Seguir leyendo “Todos entran entre un hombro y otro”