Cuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo

Platero-Flores1.JPGCuando se vive de veras la caridad, no queda tiempo de buscarse a sí mismo; no hay espacio para la soberbia; ¡no se nos ocurrirán más que ocasiones de servir! (Forja 683)

Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.

Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen. (Es Cristo que pasa, 181-182)

 

¿Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”?

 ¿Te ríes porque te digo que tienes «vocación matrimonial»?

—Pues la tienes: así, vocación.

Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías. (Camino · Punto 27)

 En la Sagrada Escritura se narra la historia del joven Tobías. Su padre era un hombre piadoso que confiaba en Dios y se había quedado ciego. Creyendo que estaba próxima su muerte le pidió que fuera a cobrar una deuda a un poblado lejano.

El joven Tobías, deseando cumplir cuanto antes la petición de su padre, buscó un guía, y encontró a otro joven, llamado Rafael ,que estaba dispuesto a acompañarle en su viaje. Ambos emprendieron el camino. Durante el viaje Rafael aconsejó a Tobías que guardase ciertas sustancias de un pescado para curar la ceguera de su padre. Después, le propuso conocer a Sara: una mujer piadosa, buena y hermosa. Tobías se enamoró de ella y pidió a sus padres que le dejaran contraer matrimonio. Sus padres accedieron. Rafael, mientras tanto, fue a cobrar la deuda pendiente.

Cuando regresaron a casa del padre de Tobías, siguiendo el consejo de Rafael, Tobías aplicó el ungüento en los ojos de su padre, que recuperó la vista. El joven Rafael les reveló en ese momento quien era realmente: “Yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que asistimos delante del Señor” (Tob. 12, 15). Toda la familia dió gracias a Dios por haberlos socorrido en sus necesidades.

Carácter · Punto 24

24 Tienes ambiciones:… de saber…, de acaudillar…, de ser audaz. 
Bueno. Bien. 
—Pero… por Cristo, 
por Amor.

Ilustra el clima de este punto el testimonio de un universitario de la Academia DYA, Fernando Alonso-Martínez:

«Nos hablaba de trabajo, de estudio, de Amor de Dios. De que era bueno que fuéramos ambiciosos, muy ambiciosos, mucho, pero… ¡por Cristo!, y dicho esto con mucha energía, casi como un grito enérgico, con esa forma peculiar de decir. Es curioso que casi no recuerdo otras palabras suyas con esa claridad, pero se quedaron grabadas ahí».

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Carácter · Punto 23

23
¿Que… ¡no puedes hacer más!?
—¿No será que.. no puedes hacer menos?
Este punto de Camino ha ofrecido, al parecer, dificultades para su traducción a algunos idiomas: no es cómoda de expresar la idea, ese paso del «hacer más» al «hacer menos». En castellano parece claro que es un modo irónico de decir, fuertemente interpelativo.

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¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!

Camino punto a punto21Pretextos. —Nunca te faltarán para dejar de cumplir tus deberes. ¡Qué abundancia de razonadas sinrazones!
     No te detengas a considerarlas. —Recházalas y haz tu obligación.

Podemos justificar nuestros defectos por razones de tipo genético: qué le vamos a hacer, he nacido así, y así, con un simple encogimiento de hombros, dejamos de luchar… nada podemos hacer en contra nuestro ADN… Otros veces nos tranquilizamos echando las culpas a la educación recibida: me he educado así, que le vamos hacer… O del ambiente en el que hemos vivido, la condición social, el modo de ser propio del país de origen, el estilo educativo del lugar donde estudié, o de lo que sea…, con tal de no hacer nada por cambiar.

Pero no nos engañemos, el problema, muchas veces, somos nosotros mismos. Sí, ya sé que suena un poco fuerte, pero es así con bastante frecuencia… Tenemos los músculos del alma entumecidos… Pero esos músculos son nuestros y están ahí: lo que tenemos que hacer es empezar a ejercitarlos.

Recuerda que en esos problemas que experimentas, tienes casi siempre, aunque sea en poco, algo de culpa; ten en cuenta que hay en ti muchos recursos y posibilidades de contribuir, en alguna medida, a su solución; por último, recuerda que puedes aprender mucho en ese camino, puedes crecer y madurar personalmente. ¡Animo! Te acompaño!

Chocas con el carácter de aquel o del otro…

Camino 20Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres moneda de cinco duros que a todos gusta.
     Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes —imperfecciones, defectos— de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección?
     Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías.

Tal vez gravite en la redacción de este punto el recuerdo de don Elías Ger Puyuelo, profesor de Instituciones Canónicas en el Seminario de Zaragoza. San Josemaría tuvo siempre una alta estima por este sacerdote, prudente y gran conocedor de las almas, y don Elías también estimó mucho a su alumno. En un momento de contradicción para el futuro Autor de Camino, el profesor contó en plena clase esta «parábola»:

«Había una vez un comerciante que compraba canela en rama, y luego la pasaba por un molino de bolas muy bueno, que la convertía en polvo finísimo. Tenía un inconveniente, y es que cada vez que se estropeaba una de las bolas tenía que pedir ex professo el recambio a una fábrica de Alemania.

Hasta que un día se le gastaron todas las bolas y, cansado de tener que esperar a que llegaran de aquel país, se fue al lecho de un río, y tomó tres cantos rodados, duros como el pedernal, de tamaño más o menos parecido a las bolas originales. Los metió en el molino, y empezó a darles vueltas y vueltas… Al cabo de quince días, estaban pulidos y redondos como las bolas alemanas, y molían la canela perfectamente. (…)

De esta misma manera hace Dios Nuestro Señor con las almas a las que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá?, concluyó don Elías». Seguir leyendo “Chocas con el carácter de aquel o del otro…”

Las cosas pequeñas

19Voluntad. –Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas –que nunca son futilidades, ni naderías– fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!…, que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.

«No desprecies las cosas pequeñas». San Josemaría ve con toda claridad que eso que él propone a los fieles del Opus Dei puede y debe ser propuesto a todos los cristianos. «Es una característica muy importante»… de todos los que lo entiendan. La doctrina de este punto parece como el desarrollo en positivo del texto de Si 19, 1: «El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá». Por tanto, quien cuida las cosas pequeñas…