Las cosas pequeñas

19Voluntad. –Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas –que nunca son futilidades, ni naderías– fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!…, que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.

«No desprecies las cosas pequeñas». San Josemaría ve con toda claridad que eso que él propone a los fieles del Opus Dei puede y debe ser propuesto a todos los cristianos. «Es una característica muy importante»… de todos los que lo entiendan. La doctrina de este punto parece como el desarrollo en positivo del texto de Si 19, 1: «El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá». Por tanto, quien cuida las cosas pequeñas… 

¿Por qué tienes miedo?

18Te empeñas en ser mundano, frívolo y atolondrado porque eres cobarde. ¿Qué es, sino cobardía, ese no querer enfrentarte contigo mismo?

El Autor encamina sus consideraciones a que el lector se enfrente con la necesidad de esa seria “reforma personal“. En particular apunta al miedo a la exigencia, a la mortificación y la penitencia, en definitiva a todo aquello que nos haga sufrir. El en puto 318 también habla indirectamente de este tipo de “cobardía”: Para ti, que eres deportista, ¡qué buena razón es ésta del Apóstol!: “Nescitis quod ii qui in stadio currunt omnes quidem currunt, sed unus accipit bravium? Sic currite ut comprehendatis” –¿No sabéis que los que corren en el estadio, aunque todos corren, uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo ganéis.

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Eres tibio si…

17No caigas en esa enfermedad del carácter que tiene por síntomas la falta de fijeza para todo, la ligereza en el obrar y en el decir, el atolondramiento…: la frivolidad, en una palabra.

Y la frivolidad –no lo olvides– que te hace tener esos planes de cada día tan vacíos (“tan llenos de vacío”), si no reaccionas a tiempo –no mañana: ¡ahora!– , hará de tu vida un pelele muerto e inútil.

Se diría que la situación aquí descrita, que en lo humano es una “enfermedad del carácter”, es “en lo sobrenatural” el inicio de la tibieza. El mismo autor en el punto 331 describe así la situación del tibio: “Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos.”

¡Has nacido para caudillo!

16¿Adocenarte? ¿¡Tú… del montón!? ¡Si has nacido para caudillo! Entre nosotros no caben los tibios. Humíllate y Cristo te volverá a encender con fuegos de Amor.

El término «caudillo», frecuente en Camino como en muchos otros autores de la época y en los más variados sectores, es de viejo abolengo en la lengua castellana. En la cultura contemporánea el mensaje del término se expresa en la palabra leader, introducida desde el ámbito anglosajón en casi todos los idiomas. El uso del término no es socio-elitista (la masa – el caudillo), sino paradójico: no a uno sino a todos los lectores se les dice que «han nacido para caudillos». Es una manera vibrante y dialéctica de predicar la universal llamada a la santidad y la responsabilidad apostólica de todos los cristianos.

En Camino, a mi parecer, «caudillo» designa al cristiano metido en la vida del mundo y que se hace consciente de una doble responsabilidad. Responsabilidad, ante todo, delante del Dios que llama a una entrega plena a su voluntad: «responder» a Cristo que pasa y llama a la santidad y al apostolado, empezando por la reforma personal de la propia vida. Y a la vez, la responsabilidad de concurrir briosamente a la gran batalla cultural y científica que se libra en la historia, sacudiendo el absentismo y la inercia en esos campos –enfermedades endémicas de los católicos en muchos países– para estar presente en ellos con categoría profesional y con el consiguiente prestigio y, por supuesto, con ese «fuego de Cristo» de que se habla en el primer punto de CaminoPor eso escribe San Josemaría en enero de 1935, dirigiéndose a los fieles del Opus Dei: «Fomentad en los muchachos todas sus ambiciones nobles, sobrenaturalizándolas. Dejadles: tienen razón: hay que ser… sabios, audaces, santos. Repetidles muchas veces, en todos los tonos, que no pueden quedarse en el montón: porque han nacido para caudillos».

Ser caudillo –vivir esa doble responsabilidad– es ser «cabeza de fila» e implica, pues, «dominar el carácter, estudiar mucho, cultivar el espíritu de servicio y, sobre todo, estar muy unidos a Dios, para poder llevarle muchas almas, con un incesante apostolado»; por tanto, mover a otros, guiarles, arrastrarles al seguimiento de Cristo y a la santificación de las realidades humanas (vid punto 19). Por eso, ya desde este p/16, el paradójico camino para ser «caudillo» es la humillación…: «Humíllate y Cristo te volverá a encender con fuegos de Amor».

¡Hoy o nunca!

15No dejes tu trabajo para mañana

En la propuesta de «reforma personal» a la que San Josemaría dedica este capítulo, este lacónico punto es de la máxima importancia. El tema, que arranca también de los clásicos –«in rebus gerendis tarditas et procrastinatio odiosa» o “En la ejecución de los asuntos, la lentitud y la procrastinación son odiosas”–, constituye una dimensión muy destacada en el estilo de vida espiritual y en la predicación de San Josemaría. Un texto fundamental es éste, dirigido a todos los fieles del Opus Dei en 1935:

«Practicad vosotros e inculcad en los jóvenes este convencimiento: en nuestro diccionario sobran dos palabras: mañana y después. ¡Hoy y ahora! No dejéis la labor para luego, y haced que no la dejen. Pronto llegaréis a comprender cómo, en igualdad de condiciones, y aun en inferioridad de condiciones de talento, cultura, etc., el que vence la pereza de modo habitual –hoy, ahora– es el que domina siempre. El retardar –mañana, después– estropea todo el apostolado».

El Autor de Camino parece estar glosando, en el campo de la praxis humana, el célebre soliloquio de San Agustín, a propósito de posponer el encuentro con la verdad: «Cras veniam; ecce manifestum apparebit, et tenebo»: ya vendré mañana, y todo estará claro y mi adhesión, segura… Dilación que contrasta con su urgencia de conversión en la famosa escena del huerto, que gravitará de continuo en la doctrina de San Josemaría: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo el ¡mañana, mañana!? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no poner fin, ahora mismo, a mis torpezas?».

Transcribo una ficha autógrafa del año 1935: «Hoy, ahora. No me dejéis las cosas para mañana». Otra, tomada de un guión de predicación sobre «Cristo resucitado»: «Et valde mane una sabbatorum. No, para luego, para mañana. ¡Ahora, hoy!»Incluso en medio de las penalidades de la guerra civil, la «inminencia» del tiempo que urge está viva: «Escribe con todo detalle a Paco [Botella], y que éste informe a Eugenio [Sellés] y a Perico [Casciaro], y ‘todos se muevan’, sin dejar las cosas para después, ni para mañana. No se puede abandonar reclamación de tanta trascendencia. Es preciso ‘continuamente’ estar encima, hasta el final […] No dejéis las cosas para mañana: ¡¡¡hoy!!!».

Este «hodie, nunc», que predicaba de continuo para referirse a las responsabilidades cotidianas, siendo tan inmediatamente operativo, está atravesado en San Josemaría de sentido escatológico, es decir, de urgencia en la respuesta al Dios que llama y que llega. La intuitiva traducción que un residente del hoy Colegio Mayor de La Moncloa (Madrid) –no precisamente un latinista– hizo de estas palabras, que formaban la leyenda de un repostero, divertía mucho al Autor. Era teológicamente certera: «hoy o nunca»..En Surco, 155 da la razón de fondo de su pensamiento:

«Siempre he pensado que muchos llaman ‘mañana’, ‘después’, a la resistencia a la gracia».

¿Ladran?; señal de que cabalgamos…

14No pierdas tus energías y tu tiempo, que son de Dios, apedreando los perros que te ladren en el camino. 

Desprécialos.

«Apedrear los perros que ladran en el camino». Es una expresión que viene de los clásicos, que la emplearon en el mismo sentido. San Juan de Ávila: «El cuarto documento sea que asiente en su corazón muy fijo que, si al cielo quiere ir, que ha de pasar muchos trabajos y que ha de ser escarnecido y perseguido de muchos […] : que no se le haga nueva una cosa tan cierta a todos los que sirven a Dios, sino mire a Cristo nuestro Redentor y a todos los santos que fueron por aquí, y baje la cabeza sin alboroto ninguno, dejando los perros que ladren cuanto quieran»

Despreciar significa aquí «no prestar atención», «seguir adelante». Es una exhortación a «cabalgar» decididamente, a seguir el camino que Jesús nos traza, sin dejarnos detener por las incomprensiones, que son inevitables. Esa «cabalgada» aparecerá de nuevo en la predicación en la Legación de Honduras en Madrid:

«Aún puede haber otro obstáculo para mi labor, para la labor de la Obra: la falta de comprensión y cordialidad por parte de personas buenas e influyentes. Es un inconveniente con el que es preciso contar. Hasta ahora no vino con fuerza, pero puede llegar impetuosa esta prueba: que quienes debieran comprender y ayudar como hermanos a los que trabajamos por Cristo, se opongan abierta o encubiertamente a nuestra labor. ¿Y entonces?

Entonces, cuando el Señor consienta esta otra cruz,la contradicción de los buenos, haré oídos de mercader; porque, si estoy seguro de la Voluntad de Dios, ¿qué me pueden importar las críticas humanas, aunque procedan de personas muy calificadas? ¿Ladran?; señal de que cabalgamos».

Lo cual es perfectamente compatible con el bíblico «dar razón, a quien os la pida, de la esperanza que hay en vosotros» (1P 3, 15).

Fuente: Edición crítica de Camino

Cuando la imaginación bulle…

13Aleja de ti esos pensamientos inútiles que, por lo menos, te hacen perder el tiempo.

Me parece que el mejor comentario de este punto es este otro de la mano del mismo autor en Surco 135: 

Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. –Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar –cuando no tienes esa misión–, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. –Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones
voluntarias.
–¡No abandones ningún día la mortificación interior!